Karra Elejalde regresa el viernes a los cines.

Repasamos la filmografía del actor cuando regresa a la comedia con "Ocho apellidos vascos".

Palmarés XXIII Premios de la Unión de Actores.

"Caníbal", de Manuel Martín Cuenca, una de las vencedoras con 2 premios.

17º Festival de Málaga. Cine Español.

La Sección Oficial está compuesta por 15 largometrajes muy esperados para este 2014.

17º Festival de Málaga. Cine Español.

Seis títulos integran la sección paralela, competitiva, Zonazine, el espacio independiente.

17º Festival de Málaga. Cine Español.

Málaga Premiere y Estrenos Especiales completan la oferta de novedades del certamen.

Mostrando entradas con la etiqueta Grandes Performances. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Grandes Performances. Mostrar todas las entradas

martes, 11 de junio de 2013

El estupendo "yo" de Àlex Brendemühl.


Tras muchos meses anhelando este momento, este viernes llega por fin a las salas Insensibles (2012), debut en la dirección de largometrajes del hasta ahora cortometrajista Juan Carlos Medina. Una obra adscrita sin disimulo al cine fantástico que, sin ser una obra redonda, nos devuelve a la actualidad cinematográfica a uno de los actores más inclasificables, magnéticos y brillantes, amén de versátiles, con los que cuenta nuestra cinematografía en la actualidad: Àlex Brendemühl. Poniendo como excusa este nuevo protagonismo cinematográfico del actor, diana de estupendas críticas hace tan solo unas semanas tras la presentación internacional de Wakolda, de Lucía Puenzo, co-producción entre Argentina, España, Francia y Noruega, en el reputadísimo Festival de Cannes 2013, recuperamos uno de sus mejores trabajos para la gran pantalla a través de nuestras Grandes Performances: yo (2007), de Rafa Cortés.


Y no es de extrañar que su protagonismo en esta cinta pase a la historia por ser una de sus más logradas interpretaciones y es que ser uno de los creadores del personaje que vas a interpretar tiene que tener sus ventajas. Aunque esto a Brendemühl no le debe influir demasiado si atendemos a los trabajos anteriores realizados por este catalán en películas como Las horas del día (2002), de Jaime Rosales, o En la ciudad (2003), de Cesc Gay. Con yo, Brendemühl debutó como guionista junto al director del filme y se reservó para sí el papel principal: Hans, un trabajador alemán que llega a un pueblo de Mallorca para ocupar un puesto que pertenecía a otro alemán desaparecido misteriosamente. Sintiéndose culpable de algo que no ha hecho por la absurda razón de estar en el sitio incorrecto en el momento equivocado, Hans evoluciona durante todo el metraje confrontándose consigo mismo, con su propio sentimiento de culpa y con las apariencias que su comportamiento pueda generar en los vecinos.


Realizando parte de su actuación en un perfecto alemán (su padre lo era), Brendemühl logra perderse por completo en la piel de ese bicho raro y, como ya ocurriera en Las horas del día, nos obsequia un proverbial recital interpretativo, caracterizado en sus aspectos externos por un estupendo acento extranjero, un movimiento corporal hierático y una mirada asustadiza, débil y angustiada. Todo ello decorando una parte interna no menos apasionante. Por un lado, una sensación de congoja recorre cada una de sus intervenciones, como si al mínimo cambio de planes fuese a estallar en un incontrolable y desconsolador llanto. Por otro, reina en su asimilación del personaje la frialdad y el individualismo que se les adjudican a los norteños.


Así, Àlex Brendemühl sostiene estoicamente sobre su espalda todo el peso de la película haciéndonos vivir en carne propia la insoportable sensación de que estamos ante una persona desequilibrada y culpable, cuando la verdad es otra. Es tal el poder de las imágenes de yo y de la actuación de su protagonista, que sería fácil acusar a Hans del delito que no cometió simplemente porque compartimos con él ese insufrible sentimiento de culpa. Estamos, pues, ante un trabajo magnífico, áspero, de una calculada sobriedad y una sutileza física que rozan la perfección en cada escena, en cada momento. Y, en definitiva, ante otro digno merecedor del premio al Mejor Actor en el Festival de Málaga de aquél año, donde la película participaba en la Sección Oficial a concurso y acabó yéndose prácticamente de vacío. Premiado en el Festival de Toulouse, así como también con un merecidísimo Premio Sant Jordi por toda su labor aquel año, pasará a la historia por ser uno de los más injustos olvidos de la Academia para sus Premios Goya.


jueves, 18 de abril de 2013

Miguel Ángel Silvestre no ha vuelto a marcar "La distancia".

Con Alacrán enamorado, de Santiago A. Zannou, recién aterrizada en las salas comerciales, nos acordamos de las altas y esperanzadoras expectativas que nos hicimos en su momento sobre uno de sus actores protagonistas, el luego ídolo de adolescentes Miguel Ángel Silvestre. Y no es que el actor no merezca tremendas expectativas, sino que sus trabajos más recientes apenas han permitido aflorar todo el talento que intuíamos allá por el año 2006, cuando se presentaba en sociedad La distancia, thriller de Iñaki Dorronsoro, que permanece todavía como el mejor trabajo llevado a cabo por la estrella para la gran pantalla. 


Aunque este castellonés ya había brillado con luz propia dentro del heterogéneo reparto de Vida y color (2005), del debutante Santiago Tabernero, no fue hasta La distancia, otra ópera prima, cuando tuvo la oportunidad de desplegar todo su potencial en un papel netamente protagonista, después de haber pasado una pequeña temporada en televisión. Con su personaje en La distancia, Miguel Ángel Silvestre se colocó en el punto de mira de todos los analistas y especialistas. Y no es para menos. Su actuación (remarcada con envidiables alabanzas en la prensa) no parecía propia de un intérprete con tan poca experiencia como la que él tenía, más aún teniendo en cuenta que se trata de un personaje llevado muy al límite: un boxeador encarcelado, que comete un asesinato en prisión para poder salir cuanto antes gracias al chantaje al que le somete un policía corrupto, y que una vez fuera, busca a la mujer del hombre que mató para acabar enamorándose de ella mientras soporta las amenazas constantes del policía con oscuro pasado. En un tono lúgubre, Silvestre deambula por un abanico inmenso de registros durante un metraje que soporta estoicamente en sus fuertes espaldas. Sereno, cálido, tímido por momentos, amoroso y tierno, muda de pronto a un tipo seco y amenazante, para cambiar incluso en el mismo plano a una inseguridad descorazonadora, a un miedo atroz que se torna desesperación en cuestión de segundos. 


De físico rotundo, enormemente atractivo para la cámara gracias a una mirada explosiva y ferozmente elocuente, el intérprete dejaba traslucir a través de su rostro el sentimiento de culpa que le atormenta al personaje, el hipnótico deslumbramiento en el que va cayendo ante la presencia de la joven viuda, el miedo constante hacia una permanente amenaza de muerte a la que se encuentra sometido, y, finalmente, una rabia incontestable que sólo aflora en los combates de boxeo. La rabia da pronto paso a un derrumbe moral y emocional que congela la sangre. Sólo el dominio impecable que sobre sus emociones poseen los intérpretes más expertos podría lograr acometer tal catálogo de sentimientos de manera verosímil. Un novel apenas podría llegar más allá de una correcta y plausible asimilación de tantos y tan diferentes estados de ánimo. Silvestre no se conforma con ello y se funde con su personaje, le deja que le coma las entrañas y desde ahí lo saca fuera, en un inusual ejercicio de perfección dramática que lo situó de la noche a la mañana como uno de los mejores actores de la nueva hornada.


Sin excesos, sin estridencias, con la 'verdad' por delante en cada plano y con una absoluta falta de juicios y temores, Miguel Ángel Silvestre se desnudó como un robusto animal cinematográfico en un caso que apenas tiene precedentes en nuestra cinematografía (tal vez sólo comparable con el de Javier Bardem a principios de la década de los noventa), convirtiéndose en uno de los principales y más importantes olvidos de los muchos que tuvieron los académicos a la hora de elegir a sus nominados aquella edición del 2006. Por desgracia, la posterior trayectoria del intérprete le ha permitido afianzarse como uno de los reclamos publicitarios más destacados del cine patrio, sobre todo gracias a sus éxitos en la pequeña pantalla, pero no le ha dado la oportunidad de lucir como merecemos, abnegados espectadores, un talento que nos disuada de pensar que con lo conseguido en La distancia estábamos ante otro frustrante espejismo.


domingo, 31 de marzo de 2013

La madurez de Jorge Sanz pasó de largo.


Perdido en un mar de protagonistas sin sustancia en productos infames que no le merecían, el cambio de siglo amenazaba con recluir indefinidamente a una de las principales estrellas cinematográficas de principios de los noventa en agradecidos roles de carácter a través de los cuales pudiera seguir aflorando el enorme talento demostrado por Jorge Sanz en los grandes trabajos cinematográficos que le convirtieron en el actor joven más importante del cine español. Parecía que su momento ya había pasado, que a partir de ahora sus mayores triunfos como actor los conocería sobre las tablas, medio al que acudió para poder seguir incorporando el tipo de personajes para los que ya no se le tenía en cuenta en las agendas de los productores cinematográficos. 


En esas llegó Pedro Olea con un cometido realmente jugoso, el de un dibujante violento y posesivo con graves problemas con las drogas al que el abandono de su mujer conducirá casi hasta las puertas de la muerte, en ese elegante y conseguido drama a cuatro bandas que fue Tiempo de tormenta (2003). Sin la responsabilidad y la presión que conlleva ser el único protagonista del filme, Sanz se echa encima el personaje más complejo y, por ello, más rico de toda la función, y con una enorme sensibilidad, tan grande que se hace insoportable por humano según el momento, el intérprete calló de un manotazo a todos sus detractores, consiguiendo estar sencillamente formidable en toda su intervención. 


Aparentemente desalmado y laxo durante toda la primera parte del filme, el intérprete encarna los desfases de su personaje con pasmosa verosimilitud, llegando a extremos de realidad tales que contemplarle, por ejemplo, en esa escena en la que conversa telefónicamente con su madre absolutamente enajenado, supone un duro trago para cualquier paladar. La crudeza descarnada de su actuación va cediendo poco a poco ante una reposada sencillez y frescura, que son las que dominan su trabajo en la segunda parte, cuando su rol ya ha pasado por la clínica de desintoxicación y parece curado. Pero aún nos queda más, pues pronto vuelve la tormenta a nublar esa poderosa mirada y se apodera del intérprete una súbita contención, una pavorosa sobriedad, que impregnan cada una de sus frases, incluso en esa hermosa y desoladora secuencia compartida con María Barranco bajo la tempestad.


Cuando ya se pensaba que Jorge Sanz estaba acabado, cinematográficamente hablando, llegó esta Tiempo de tormenta para estamparnos en la cara una enorme composición, de apabullante madurez, digna de un intérprete con mucho oficio a sus espaldas y también de un indiscutible talento, pulido con tesón y esfuerzo. Lástima que, a pesar de las buenas críticas recibidas tras su estreno, a la otrora estrella no le lloviesen más trabajos como éste, y hayamos tenido que asistir a la triste y prematura decadencia fílmica de una de las grandes figuras de nuestro cine en los noventa.

sábado, 23 de marzo de 2013

El Goya que no ganó una magnífica Concha Velasco


Como bien decía ella en el spot publicitario de la gala de los pasados Premios Goya, ésa iba a ser su gran noche. Ningún ganador del Goya de Honor ha desmerecido tal mención, pero de entre todos, el de este año a Concha Velasco se puede considerar como uno de los más justos y, por supuesto, esperados. Hace ya varios años que el nombre de la actriz vallisoletana sonaba siempre entre los 'candidatos' a recibirlo y, por fin, llegó el día en el que la Velasco puede presumir de Goya, además de tantas otras cosas. Como bien ella se encargó de recordar en su discurso de aceptación, ya había estado nominada anteriormente sin éxito, primero como secundaria en la edición de 1989 por su papel en Esquilache (1989), de Josefina Molina, y luego como principal por su trabajo en Más allá del jardín (1996), de Pedro Olea. Nosotros, aunque tarde, homenajeamos ese feliz Goya de Honor recordando esta última interpretación, sin ningún género de dudas, una de las inolvidables de la Historia del Cine Español.

Pudo sentirse orgullosa Concha Velasco de haber podido disfrutar de un nuevo protagonismo absoluto en su dilatada carrera cinematográfica cuando su presencia en la pantalla grande comenzaba a palidecer notablemente. Quién si no Pedro Olea, el director que a mediados de los setenta le proporcionó sus dos mejores empeños dramáticos en Tormento (1974) y Pim, pam, pum... ¡fuego! (1975), podía regalarle el suculento lucimiento que proporciona Palmira, la heroína romántica surgida de las páginas de la novela de Antonio Gala, en Más allá del jardín. Concebida únicamente como vehículo para la actriz, o al menos esa es la sensación que se desprende del visionado de la cinta, Más allá del jardín gira en torno a la complicada asimilación de una mujer madura, en traumática edad menopáusica, de su propia felicidad, con la que no dará hasta haber sufrido innumerables golpes vitales que, poco a poco, irán despertándola de su egocéntrico y cómodo sueño de bienestar. A pesar del desequilibrio global de la propuesta, ésta se sostiene únicamente por la omnipresencia de la intérprete, que supera el cartón-piedra en el que está esculpido su tópico personaje a través de la compleja pormenorización que realiza de absolutamente todas sus aristas. 


Con el dominio y la sabiduría inherentes a una de nuestras más completas y simbólicas actrices, Concha Velasco da forma a una espléndida composición de madurez que tiene sus mejores bazas en la creencia ciega y absoluta de todo lo que concierne a su rol, traspasando la cómoda superficialidad en la que habría sido fácil caer para adentrarse sin reservas en la compleja angustia que corroe a Palmira, exponiéndola ante las cámaras con una entrega y una valentía infinitas. Pasa la Velasco en Más allá del jardín por todos los registros imaginables y en cada uno de ellos se muestra excelsa, aportándoles una aplastante sinceridad que logra una rápida comprensión por parte del espectador. La sobriedad y delicada altanería con la que su aburguesada sevillana domina la función en cada uno de sus desesperados flirteos no tapan la acalorada sinrazón con la que busca macho esta perra en celo constante, esperanzada en poder llenar así ese vacío inmenso que dejó, hace ya mucho tiempo, la pérdida del único hombre al que realmente amó. Mérito absoluto éste de la actriz, que poco a poco va perdiendo esa fiereza animal, cayendo irremisiblemente en un doloroso mar de soledad cuando vayan desapareciendo de su lado las personas que más ama y a las que nunca ha pretendido conocer a fondo: su ama de cría, su hija prematuramente casada por embarazo o su hijo, muerto en un accidente de tráfico, escena que proporciona a la Velasco una espeluznante oportunidad de exhibir un visceral dramatismo que sacude implacable el corazón.


Siempre pausada y serena, dueña por completo de una materia prima de primera ley, la actriz triunfa en un magistral despliegue artístico que culmina con ese caminar entre los cadáveres de una terrible matanza, sosteniendo entre sus brazos a un recién nacido huérfano mientras en su rostro se dibuja una desesperanzada ausencia, envuelta en incontenibles lágrimas, mirando al frente sin hallar salida alguna. Cierto que se medía en los Goya con prodigiosos trabajos debidos a Ana Torrent, en Tesis, y a Emma Suárez, en El perro del hortelano (quien ganó finalmente el cabezón), pero éste se presentaba como la excusa perfecta para premiar como realmente se merecía la enorme categoría de Concha Velasco.

miércoles, 13 de marzo de 2013

Marisa Paredes, la gran diva del melodrama


Con la excusa del reciente estreno de lo último de Pedro Almodóvar, Los amantes pasajeros, actualizamos la sección de este blog dedicada a repasar aquellos trabajos interpretativos que, por méritos propios, han pasado a formar parte ya de la Historia de nuestro cine. Y de estos, en el cine de Almodóvar hay muchos. De todo el abanico de estupendas interpretaciones que nos ha regalado el personal universo del manchego, nos quedamos con la realizada por una actriz terriblemente olvidada últimamente por la industria en una de las películas más redondas del realizador: la Marisa Paredes de La flor de mi secreto (1995).

lunes, 12 de marzo de 2012

Michael Fassbender consigue una obra de arte


Existen varias formas o métodos para acometer un trabajo interpretativo. Por un lado están aquéllos que echan mano de la teoría y la ponen en práctica, unas veces para ahondar en la parte interna del personaje y desparecer dentro de él y otras para quedarse a las puertas y luego imprimirles aspectos de su propia personalidad. También están los que tiran de instinto y talento. Y luego está el Michael Fassbender de Shame, de Steve McQueen. Hace unos días que tuve el privilegio de asistir como espectador a tan felicísima demostración de arte y dominio interpretativos. Y aún sigo en estado de shock, no ya sólo por la turbiedad y el mazazo a la conciencia que es en sí toda la película, sino sobre todo por la exposición íntima que realiza el actor. Y no hablo de una exposición física de él como intérprete (que también), ni tampoco de una exposición interna, no, me refiero a una exposición tan sumamente compleja y peligrosa como la que Michael Fassbender realiza de los fantasmas que lleva consigo el personaje mismo.

martes, 6 de marzo de 2012

Michelle Williams se hace mito


Tras ver Mi semana con Marilyn (My Week with Marilyn), de Simon Curtis, tengo la ligera impresión de no saber muy bien en qué mundo he vivido todos estos años. Me explico. Todos conocemos a Marilyn Monroe, todos sabemos reconocer sus labios, sus ojos, su famoso lunar, sus curvas, su melena rubia... Hemos visto su rostro en infinidad de sitios. Incluso algunos de ellos inimaginables incluso para los que la conocieron en vida y, sobre todo, incluso para ella misma. Porque cuando hablamos de Marilyn Monroe no hablamos de una actriz cualquiera. No. Hablamos de un mito. Probablemente el mayor mito nacido en el cine. No ha habido y, probablemente, no habrá otra estrella cuya estela sobreviva tan fervorosamente al paso del tiempo. Hablar de Marilyn Monroe también es hablar de mitos, muchos mitos, empezando por todos los que rodearon su vida pública y, por supuesto, su vida privada. Bien, pues tras el visionado de Mi semana con Marilyn no acierto a distinguir dónde termina la actriz y dónde empieza el mito. Ése quizás sea el mayor mérito de Michelle Williams en su trabajo interpretativo: el no desmitificar, pero tampoco terrenalizar a la mujer más famosa del mundo.

lunes, 5 de marzo de 2012

El coraje de Maribel Verdú


Ahora que vuelve a los cines con su trabajo en De tu ventana a la mia, el debut de Paula Ortiz, por el que (aún sin haberse estrenado comercialmente), Maribel Verdú ha vuelto a ser finalista al Goya en la categoría de reparto sumando su octava nominación (está a una de igualar a la más nominada en la historia de los cabezones: Victoria Abril); recuperamos el trabajo que la rescató del olvido cinematográfico abriéndole una trayectoria posterior pletórica, colmada de buenos e intensos protagonismos que confirmaron la excelente categoría de la Verdú.

miércoles, 29 de febrero de 2012

El gran tren de Rosa María Sardá


Aprovecho que este fin de semana llega a los cines el reencuentro entre una de las mejores actrices de nuestro país con su director fetiche para rememorar otra gran performance. Esta vez le toca el turno a Rosa María Sardá y su protagonismo absoluto a las órdenes de Ventura Pons en Anita no pierde el tren (2001), una de las pocas, escasas por desgracia, ocasiones que ha tenido la Sardá la fortuna de disfrutar un papel tan lucido en una película.

jueves, 23 de febrero de 2012

Javier Bardem, el cómico inesperado


Acabamos de conocer a los ganadores de los Premios Goya 2011 y es una ocasión perfecta para recordar a alguno de los ganadores más merecidos del preciado cabezón. Y como no todo en la vida es drama, ha llegado la hora de valorar también en su justa medida las composiciones de comedia, porque las hay tan buenas como las dramáticas y, lo más importante de todo, son incluso más difíciles que éstas (y no es un mito). El Goya al mejor actor de 1995 fue a parar a Javier Bardem, sólo un año después de la obtención de su primer cabezón (como secundario) por su demoledora creación en Días contados, de Imanol Uribe, y por primera vez en la historia de los Premios de la Academia, a un trabajo netamente cómico. Todo un placer, sí señor.

lunes, 20 de febrero de 2012

La apoteosis de Uma Thurman Vol. 1


Soy fan confeso de Uma Thurman. Muchos de los que me conocéis lo sabéis perfectamente. Y los que no, lo vais a descubrir a continuación. Me he dado cuenta de que dentro de esa sección "Grandes Performances" aún no había dedicado unas líneas a ningún trabajo femenino. Siendo también un confeso fan de multitud de actrices, tenía que poner fin a tremenda afrenta lo antes posible. Y nada mejor que hacerlo con Uma Thurman y la que, probablemente, se alce como su interpretación más memorable: la llevada a cabo en las dos entregas de esa mastodóntica obra, inolvidable delirio, de Quentin Tarantino, llamada Kill Bill (2003 y 2004). Voy a intentar no dejarme llevar por mi euforia y mi reverencial admiración hacia la actriz y su trabajo y a tratar de ser lo más objetivo que pueda. Pero, ¡joder!, ¿se puede estar mejor que Uma Thurman en Kill Bill? Muchos diréis que sí, a mí, francamente, me parece que no. Vayamos por partes, las mismas en las que se dividió la obra.

sábado, 18 de febrero de 2012

Antonio Banderas, ÁTAMEEE!!



Aprovecho la tan esperada, comentada y cercana ceremonia de los XXVI Premios Goya para traer del recuerdo otra de esas interpretaciones inolvidables presentes en la Historia del Cine Español. Y me refiero a la realizada por el malagueño (e internacional) Antonio Banderas en Átame!, su última colaboración con Pedro Almodóvar (hasta su reencuentro este año en La piel que habito), su primera nominación al Goya como Actor Principal. Este año vuelve a ser candidato y, a todas luces, parece que se quedará también sin cabezón en la que se contabiliza como su cuarta nominación (después de 15 años desde la tercera). No obstante, su buen hacer queda de sobra demostrado, aunque haya sido puesto en entredicho en numerosas ocasiones, a tenor de sus poco afortunados empeños en Hollywood. Sin temor a exageraciones, el protagonismo que Pedro Almodóvar regaló a su actor fetiche en aquél entonces supone la constatación del poderío cinematográfico del intérprete, erigiéndose desde ya en su mejor actuación.

miércoles, 15 de febrero de 2012

El abuelo mítico de Fernando Fernán Gómez



Buscando en mi memoria cinéfila grandes interpretaciones he advertido que apenas he dedicado unas lineas a los intérpretes patrios. En estas estaba cuando se me ha venido a la cabeza El abuelo (1998), de José Luis Garci. Nada mejor para romper el hielo con la interpretación en el cine español que empezar recordando a uno de los mejores y más importantes actores de nuestro país, el insigne Fernando Fernán-Gómez, cuya filmografía está plagada de buenos, intensos y memorables papeles, sobre todo cuando en los noventa daba vida, con toda la autoridad que su persona merecía, a roles imperecederos.

lunes, 13 de febrero de 2012

¡¡¡Que Gary Oldman nos chupe la sangre!!!



Aprovechando la recién, esperada y merecidísima primera nominación de Gary Oldman a los Oscar gracias a El topo (Tinker Tailor Soldier Spy), de Tomas Alfredson, me he dejado llevar por el entusiasmo y he recuperado uno de los más laureados y conocidos trabajos del intérprete inglés, el del mismísimo Conde Drácula en la magna obra de Francis Ford Coppola. Contaba con los 34 años cumplidos y ya había sorprendido, cinematográficamente hablando, dando vida en los ochenta a dos personajes reales de la talla de Sid Vicious, el bajista del grupo Sex Pistols, en Sid y Nancy, de Alex Cox, y al dramaturgo homosexual Joe Orton, en Ábrete de orejas (Prick Up Your Ears), de Stephen Frears. Viendo el resultado de su trabajo en Drácula de Bram Stoker (1992) sorprende enterarse de que Oldman no fue la primera elección del director para el papel. Coppola barajó todo tipo de nombres en Hollywood, desde su sobrino Nicolas Cage hasta reputados intérpretes de la talla de Daniel Day-Lewis, Alan Rickman o Gabriel Byrne, pasando incluso por Antonio Banderas.