Karra Elejalde regresa el viernes a los cines.

Repasamos la filmografía del actor cuando regresa a la comedia con "Ocho apellidos vascos".

Palmarés XXIII Premios de la Unión de Actores.

"Caníbal", de Manuel Martín Cuenca, una de las vencedoras con 2 premios.

17º Festival de Málaga. Cine Español.

La Sección Oficial está compuesta por 15 largometrajes muy esperados para este 2014.

17º Festival de Málaga. Cine Español.

Seis títulos integran la sección paralela, competitiva, Zonazine, el espacio independiente.

17º Festival de Málaga. Cine Español.

Málaga Premiere y Estrenos Especiales completan la oferta de novedades del certamen.

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sábado, 23 de noviembre de 2013

Gabino Diego ganó su Goya por no decir ni "mu" en "¡Ay, Carmela!"


Mala cosecha la del 1990 para el Cine Español. Tan mala que, tras visionar la mayor cantidad de títulos estrenados a lo largo del año que daba inicio a la nueva década, no nos queda otra que hablar del decepcionante nivel medio en la calidad de la producción cinematográfica de nuestro país. Razón por la que se entiende, primero, el que la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España tomara la decisión de reducir el número de candidatos en todas las categorías competitivas de los Premios Goya, volviendo de los cinco que habían venido siendo nominados en las dos anteriores entregas, a los tres con los que se iniciaba la entrega de cabezones en las dos primeras ediciones. Y, segundo, se comprende que solo un número bastante reducido de títulos lograra aspirar en alguna categoría de los Premios Goya, obteniendo además dos de ellos la friolera de 15 nominaciones, lejos de toda duda, las dos películas más redondas de las estrenadas por nuestra industria aquel 1990: ¡Átame!, de Pedro Almodóvar, y ¡Ay, Carmela!, de Carlos Saura. El reparto de premios puede considerarse injusto debido al desprecio acaecido hacia la primera, que se fue de vacío, con respecto a la segunda (13 en total), pero en lo que respecta a la categoría relativa al mejor actor secundario, no está de más señalar el acierto de la Academia por preferir el carismático trabajo de una joven promesa frente a la labor de un verdadero monstruo de la interpretación en un papel que, literalmente, lo desaprovechaba.


Evidenciando así su firme predilección por aupar cuanto antes a las emergentes estrellas de nuestro raquítico star system, la Academia entregó su quinto Goya al mejor actor de reparto a un joven Gabino Diego, que había tenido la fortuna de caer en los brazos de Carlos Saura, para el que incorporó al mudo Gustavete en ¡Ay, Carmela!, empeño que el actor ejecutó de maravilla y es que su cara de lelo encajaba a la perfección con la descripción del personaje. Pero al mismo tiempo el joven actor aportó a su trabajo un extraordinario patetismo y una insondable carga de emotividad, obteniendo una actuación fuertemente conmovedora, propiciada por la tierna y candorosa inocencia exhibida por Gabino Diego a lo largo de todo el metraje, razones más que suficientes para justificar el aplauso generalizado de toda la industria, llegando a ser nominado a los Fotogramas de Plata como mejor actor de cine y como mejor actor de reparto a los Premios del Cine Europeo, categoría en la que ganaría luego este correspondiente Goya de la Academia Española de Cine, robándoselo limpiamente a un grande como Francisco Rabal. El Goya le situó como uno de los jóvenes intérpretes más cualificados de cara al futuro dentro del panorama cinematográfico nacional, aumentando considerablemente el nivel de ocupación de la recién instaurada estrella, un aumento de categoría y prestigio artísticos del que daría testimonio la misma Academia, que le volvería a incluir entre los candidatos a sus premios Goya en las dos siguientes ediciones.


Favorito al premio más por su trayectoria que por su trabajo específico en ¡Átame!, Francisco Rabal tuvo que lidiar en su primera nominación al Goya con la deficiencia que acarrean todos los personajes de ¡Átame!, y por extensión casi todos los que conforman la filmografía de Pedro Almodóvar: el servir como meros pretextos a los intereses estilísticos y narrativos del realizador, con lo cual los intérpretes encargados de darles vida en pantalla disponen de poco margen de maniobra a la hora de incorporarlos. Tras el visionado de ¡Átame! a uno le queda la molesta sensación en el cuerpo de que ha asistido a un desaprovechamiento gratuito de Francisco Rabal. En un personaje poco desarrollado, absolutamente lineal y, hasta cierto punto, caricaturesco, la enorme presencia de este actor, emblema por antonomasia del Cine Español, se desborda completamente del plano anecdótico en el que está dibujado su Máximo Espejo, pidiendo a gritos un mayor tratamiento y lucimiento para este director recluido en una silla eléctrica y enamorado hasta las trancas de su actriz protagonista. Rabal responde con la convicción natural a la que nos tiene acostumbrados, dentro de las limitadas líneas en las que se le permite jugar, construyendo un personaje que salva la caricatura lasciva y degenerada a través de la tierna y compasiva mirada que el actor dirige hacia su objeto de deseo. Eso y la contundente fuerza expresiva que es capaz de transmitir, incluso preso de una nula movilidad corporal, únicamente a través de la inteligente transparencia de su rostro, convierten su intervención en ¡Átame! en un disfrutable espectáculo, no exento de humor, ese tan absurdo y delirante que suele caracterizar las réplicas escritas por el manchego y a las que Francisco Rabal aplica no poca sorna e ironía en sus locuciones. Con todo, supone un trabajo aplicado y con suficiente gracia y espontaneidad como para llamar la justa atención de los Académicos, pero también es un empeño demasiado esquemático y desagradecido, injustamente olvidado por la trama hacia el final del metraje y, en definitiva, muy por debajo de la categoría artística de este maestro.


Como tercero en discordia, casi sin ninguna opción al premio frente a los anteriores, se encontraba Juan Echanove, que volvía a ser finalista, justo un año después y también como secundario, gracias al thriller A solas contigo, de Eduardo Campoy, donde el actor echaba por tierra su bien cimentada imagen de chico bobalicón para meterse en la piel de un astuto y cruel asesino en constante acoso de una testigo ciega. La sangre fría exhibida por el intérprete en la espléndida y lograda secuencia del ascensor supone el clímax neurótico de un estupendo trabajo interpretativo que se desarrolla durante toda la película a un gran nivel, destacando por méritos propios sobre el resto del reparto gracias a la austeridad empleada por el actor y a la estudiada y admirable minuciosidad con la que Juan Echanove matiza y recalca cada una de sus intervenciones, decorando con su trabajo situaciones que, sobre el guión, carecen de la originalidad o el efecto sorpresa deseados, imponiéndose de este modo, casi sin esfuerzo, en lo mejor de una de las pocas películas remarcables estrenadas en esa temporada. Por suerte, la Academia no pasó en alto su trabajo en A solas contigo, logrando sumar Echanove una tercera nominación a los Premios Goya que daba fe de la vertiginosa admiración que toda la industria llegó a sentir por este intachable profesional en muy poco tiempo.

Los Olvidados.


Razón principal por la que interesarse por el visionado de La sombra del ciprés es alargada, última realización del español afincado en México Luis Alcoriza, basada en la primera novela de Miguel Delibes, Emilio Gutiérrez Caba se impone pronto como lo mejor de una función aséptica y académica, de cierta atmósfera pero lánguido alcance, interpretando el papel del profesor Don Mateo Lesmes, el hombre encargado de tutelar la infancia huérfana del niño protagonista de la obra. Con su participación, supeditada a la desequilibrada interpretación del cuadro infantil, Gutiérrez Caba apenas ha de efectuar esfuerzos extras para destacar, decayendo además notablemente el interés de la película en la segunda parte, cuando la narración asiste a la vida adulta de Pedro. El veterano intérprete acomete con una estoica sencillez la personalidad de su rol, un tipo estricto y de moral pesimista que, no obstante, se muestra siempre amable y comprensivo en el trato con sus alumnos. Con su maestría acostumbrada, Gutiérrez Caba logra dar en la diana de la actitud represora de su rol, interpretando desde la austeridad corporal y gestual la convicción sombría que de la vida posee el personaje, siendo desconcertante el que este ejercicio de precisión pasara inadvertido ante los ojos de una Academia que, sin embargo, nominó al filme en la categoría al mejor guión adaptado. 






Rodada en 1988, pero estrenada en 1990, la adaptación que Horacio Valcárcel y Antonio Mercero llevaron a cabo de la novela de Miguel Delibes, El tesoro, puso en bandeja para un experimentado Álvaro de Luna un nuevo empeño de hombre primario, un aldeano iletrado que ve peligrar su dignidad y la de todo su municipio con la llegada de unos arqueólogos dispuestos a desenterrar el tesoro celtibérico que ocultan las tierras que rodean al pueblo. Con una colosal contención, De Luna infunde algo parecido al terror desde un estudiado estatismo corporal y una parquedad gestual sobrecogedora, no exenta de la asimilación pertinente de ademanes típicamente rurales y de una contundencia y solidez en el talante, lo que da la idea justa de la cerrazón y el primitivismo moral que embargan la existencia de su rol, que emerge pronto como un avezado cabecilla en la salvaje tarea de defender lo que todo el pueblo considera que les pertenece. Rotundo incluso en la actuación de los brutales actos de violencia de su personaje, El Papo, con el lastre que podía suponer incorporar a un personaje anclado a una aparatosa pata de palo y a una muleta, un ajustado y soberbio De Luna volvía a dejar claro con El tesoro su extraordinaria categoría artística, en un empeño que podría haberse tachado de estereotipado de no ser por el grado oportuno de miseria y barbarie que incorpora el intérprete al dibujo del mismo. Razones de peso para incluirle en la lista de los olvidados al Goya en aquella edición.


Incorporando con estudiado porte y distinción a un empresario erudito, Jordi Dauder hubiera merecido también figurar candidato a aquel Goya al mejor actor secundario gracias a La teranyina (La telaraña), monumental fresco histórico orquestado por Antoni Verdaguer y enmarcado, aunque no directamente, en la histórica Semana Trágica de Barcelona a principios del Siglo XX. Dauder mantiene la compostura de manera incólume a lo largo de la práctica totalidad del metraje, en consonancia con el segundo plano al que recluye la narración a su personaje, un tipo maquinador e intrigante cuya verdadera implicación en la trama principal no conoceremos hasta el final, cuando sin perder ni un ápice de la clase con la que había venido decorando la función, nos la desvelará orgulloso, aunque también taimado, pues en la batalla por el poder, ganar más que un premio conlleva la condena de suscitar envidias y desconfianzas varias. Así, Dauder da forma a un esmerado, detallado e impoluto trabajo interpretativo que le hizo merecedor del Premio Sant Jordi al mejor actor del año.


Con mucho menor tiempo en pantalla que su compañero de reparto, José Soriano volvía a merecer ser incluido entre los olvidados a un Goya, por tercer año consecutivo y ya en la categoría de reparto, gracias al corto empeño llevado a cabo en El tesoro, de nuevo a las órdenes de Antonio Mercero. Daba vida al aprovechado vecino descubridor, con malas artes, del tesoro del título, tras lo cual tratará de sacar tajada económica pese a quien le pese. Sorprende en su trabajo la sencillez con la que un actor tan ajeno a la mísera y primaria condición de ser de la gente del campo manchego retratada por Delibes en su novela, logra aclimatarse a la misma y dar voz en su persona al mezquino carácter de un personaje que, en su ignorancia, desvela sin darse cuenta la más ruin ambición. Parco y macizo en su trabajo corporal, exento de la habitual ternura a la que nos tenía acostumbrados con sus anteriores papeles para el cine, Soriano lograba, con tan solo tres secuencias, convencer en este registro duro y despreciable.


Es curioso que una de las películas más nominadas en la quinta edición no obtuviera mención alguna para los miembros de su reparto. El veterano actor teatral Albert Vidal hubiera merecido algún tipo de reconocimiento, aún admitiendo lo excesivamente breve de su participación en Las cartas de Alou, de Montxo Armendáriz, finalmente ganadora de dos Premios Goya (al guión y a la fotografía). Incorporando al padre de Carmen, la chica de la que se enamora el inmigrante protagonista, Vidal compone uno de los pocos personajes amables de la cinta, con notable sencillez y agradable desenvoltura, hasta su última secuencia donde evidencia el malestar contrariado del carácter de su personaje a través de una contención gestual eficaz y el uso magnífico de su voz. Significan pequeñas virtudes que dotan a su interpretación en particular, y a la película en general, de una ajustada pulcritud.

lunes, 28 de octubre de 2013

Grandes olvidados, sí, pero Goya para Adolfo Marsillach, "que no es poco".


Con una producción cinematográfica tan escasa como la ofrecida por nuestro país en 1989, de la que buena parte de los títulos recogidos en los listados oficiales disfrutaron de oscuras y desconocidas carreras comerciales, es normal que las nominaciones en las categorías interpretativas a los Premios Goya se repartiesen entre sólo unas pocas películas. Lo que resulta especialmente llamativo de la selección al mejor actor secundario es que, debido al empate en el número de votos, la lista final de nominados se ampliase a seis, uno más de los cinco establecidos y, que de ellos, tres compitieran por sus trabajos en la misma película, quedándose fuera de la terna intérpretes de míticas trayectorias con actuaciones imborrables, algunos de ellos representantes de uno de los filmes más importantes no sólo de la década, sino del grueso del Cine Español: Amanece, que no es poco, de José Luis Cuerda, que figuró candidata sólo a 3 Premios Goya (guión original, sonido y efectos especiales), ninguno de carácter interpretativo, cuando éste es uno de los apartados más redondos del filme. Nos queda, eso sí, el consuelo de que el cabezón, al final, fue a parar a las manos de un auténtico Grande de la profesión.


Y es que con brillante majestuosidad y desbordante gentileza, Adolfo Marsillach se imponía como lo mejor de Esquilache, de Josefina Molina, difícil tarea debido al alto nivel exhibido por el reparto al completo, pero que viendo el trabajo llevado a cabo por el intérprete adquiere un cariz de insólita sencillez, de ahí el gran mérito del actor en la piel del Rey Carlos III: el que base toda su intervención en una naturalidad y una frescura gratificantes, que humanizan sobradamente al monarca y, estando como están estudiadas al milímetro, nos dan la información justa y necesaria sobre el carácter confiado y benévolo de su personaje, un rey soñador y reformista pero justo y cabal, que no dudará un instante en sacrificar sus proyectos de reformas (representados en la figura de Esquilache) por la supervivencia de su corona. Está todo el trabajo de Adolfo Marsillach decorado de una solemne cercanía a la que el intérprete incorpora cierto sarcasmo, tan propio de la condición monárquica que representa, y sus secuencias se erigen desde el mismo momento de su aparición en verdaderas obras de arte de exposición interpretativa, hasta el punto de que con su pormenorizada y matizadísima actuación, repleta de miradas eficaces en silencios sumamente elocuentes y caracterizada por una dicción ejemplar, logra comerse sin esfuerzo aparente al mismísimo Fernando Fernán Gómez. La desaparición del actor en los lujosos ropajes de su personaje es total y digna de estudio, logrando así una de las más perfectas interpretaciones vistas en el cine español de los ochenta que, con toda justicia, la Academia supo premiar con el Goya al mejor actor de reparto en la cuarta edición de los Premios de la Academia, reconocimiento que servía también para honrar la ejemplar y excelsa trayectoria profesional de un creador completo y prácticamente todoterreno.


Ante la maestría exhibida por Marsillach, no cabía hablar de otro favorito aquel año. Aunque si alguien tenía alguna posibilidad ese era Fernando Guillén, con la consecución de su primera nominación al Goya en calidad de actor de reparto por su trabajo en la estupenda La noche oscura, film infravalorado de Carlos Saura, en la que encarnaba con encantadora nobleza e inolvidable sencillez al fraile carcelero de San Juan de la Cruz, basando la práctica totalidad de su intervención en una nada disimulada admiración de su personaje hacia el místico poeta. Con muy poco texto, Guillén afrontaba su actuación a través de una logradísima exposición gestual y corporal, ambas sumamente matizadas y liberadas de cualquier tipo de subrayado innecesario, consiguiendo así un ajustado y sobrio trabajo interpretativo, que complementaba a la perfección el espectacular despliegue del protagonista, Juan Diego. Sin lugar a dudas, esta nominación se erigió en un poderoso reconocimiento a un intérprete de larga trayectoria, ninguneado siempre por la gran pantalla, recluido en papeles ínfimos, y al que el cine había comenzado a valorar como convenía tan sólo unos pocos años antes.


Prácticamente lo mismo que había sucedido en el caso de Juan Luis Galiardo, que tras un exilio artístico en México y cuatro años de abandono, obtenía aquella temporada un sonoro éxito personal al parodiarse espléndidamente a sí mismo en El vuelo de la paloma, de José Luis García Sánchez, como ese galán cinematográfico algo maduro ya y algo fantoche también, aunque descaradamente seductor, que el intérprete afrontó desde una saludable y desternillante honestidad, haciendo un extraordinario hincapié en el uso de su inteligente y expresiva mirada para dejar patente su valía en el género de la comedia, alcanzando inimaginables cotas cómicas en ese juego de dualidades constante al que Galiardo somete a su personaje: entre “el hombre” y “el actor” o “el actor” y “la estrella”, siempre saltando de una sarcástica realidad a una complaciente y falsa apariencia. Es tanta la simpatía y el desparpajo con los que Juan Luis Galiardo evoluciona dentro de la surrealista puesta en escena de El vuelo de la paloma que se hace justo congratularse de que lograse aquella merecidísima nominación al Goya como actor secundario.


Intérprete de cometidos mínimos en su escasa filmografía, Manuel Huete poseía el temple necesario para sacar adelante el único papel medianamente lucido que cayó en sus manos, el del suegro de Ana Belén en la comedia coral El vuelo de la paloma, un papel hasta cierto modo sencillo que en manos de cualquier otro intérprete no habría gozado de la sarcástica ternura con la que Huete lo expone en pantalla, haciéndose obligado el visionado de la cinta únicamente por asistir a la personalísima y cómplice actuación del intérprete que, como premio le reportó una anecdótica y admirable nominación al Goya al mejor actor de reparto, candidatura que coronaba de forma simbólica la entusiasta e inmerecidamente pequeña labor de un actor definitivamente peculiar.


Igualmente eficaz, aunque en cierto modo más acomodaticio, fue el trabajo llevado a cabo por Juan Echanove en la misma película que los anteriores, reincidiendo en el mismo personaje-tipo de sus anteriores empeños en la gran pantalla para el género cómico: en esta ocasión, un pescadero solterón enamorado hasta las trancas y de un modo casi obsesivo de la madre de sus ahijadas, la Paloma protagonista. Gracias a él, Echanove daba la vuelta al registro y le incorporaba cierto halo oscuro y malsano que aportaba el granito de arena justo y necesario para desvirtuar cómicamente a su rol y conferirle ese matiz casi surrealista que sobrevuela casi toda la película, pero, como decíamos, sin ser éste un trabajo desdeñable, sí resulta más convencional y, por lo tanto, menos digno de aquélla nominación al Goya, que el ofrecido por el intérprete en otro título del año, Bajarse al moro, de Fernando Colomo.


El sexto y último candidato lo ofreció una comedia hoy día prácticamente olvidada: El baile del pato, de Manuel Iborra, donde Enrique San Francisco llevaba a cabo un trabajo resultón y espontáneo, muy por encima de una nimia corrección, como ese amigo artista y vividor, fanático de la noche madrileña, un empeño que, a pesar de todo, se nos antoja sumamente sencillo y hasta bidimensional, y que se torna en vistoso más por el indudable carisma del actor que por la realización de un verdadero y brillante trabajo interpretativo. Es por esta razón por la que su insólita nominación al Goya como actor de reparto en la cuarta edición de los Premios de la Academia resulta incluso desproporcionada pues, de no ser por este hecho, el trabajo realizado por Enrique San Francisco en El baile del pato no gozaría del interés del que desproporcionadamente disfruta en la actualidad.

Los Olvidados.


Dentro de este apartado no tenemos más remedio que, lamentablemente, comenzar hablando de una de las películas más importantes de aquel 1989 y, por extensión, una cinta que siempre figurará en las listas de las mejores películas del Cine Español en toda su historia. La surrealista y aún perdurable originalidad de Amanece, que no es poco brilla a gran altura también (y mucho) por la labor de la plana mayor de su abultado reparto, donde destaca por méritos propios un excepcional Luis Ciges. De su particularísimo e inimitable estilo interpretativo, sacó el director un provechoso juego cómico, otorgándole el papel de ese padre en sidecar que hace las delicias de los amantes del humor absurdo. Un rol pequeño, pero jugosamente aprovechado por un actor que, partiendo de su personal forma de interpretar, se marca uno de los empeños humorísticos más loables de nuestro cine, componiendo para la historia un personaje absolutamente icónico, de proverbial e inolvidable eficacia, que obtiene de él una insondable ternura, lo que ejerce de contrapunto perfecto a las mordaces réplicas que le caen en gracia, resultando de tan disparatada mezcla las mejores carcajadas de toda la función.


Casi a su misma altura se halla la delirante participación en esta rareza de Castro Sendra "Cassen", dando vida a ese cura impertérrito y vanagloriado cual ídolo de masas, que terminó de ratificar el cariño que una parte de la industria aún le profesaba y ante el que él correspondió dando de sí una de sus mejores interpretaciones, que rezuma ironía e inocencia a partes iguales y en la que Cassen efectuaba un trabajo recorrido en todo momento por una indulgente acidez, lo que erige su intervención en uno de los platos fuertes del film. Lástima que tan buen acabado cómico no obtuviera la resonancia popular que sí que merecía, ni tan siquiera de parte de una industria que no le tuvo en cuenta ni para componer la lista de nominados al Goya al mejor actor de reparto aunque fuese, por lo menos, como homenaje a la categoría estelar de la que el intérprete disfrutó durante toda la década de los sesenta. Para más inri, este insospechado y brillante come back de Cassen a la primera línea de la cinematografía nacional no obtuvo la continuidad laboral deseada y el actor tuvo que esperar un par de años más para volver a participar en otro nuevo proyecto cinematográfico.


Con la altanería acostumbrada en sus intervenciones humorísticas, el estupendo José Sazatornil volvió a merecerse figurar entre los finalistas al Goya un año después de haber triunfado por todo lo alto en esta categoría. Y, no podía ser de otro modo, gracias a Amanece, que no es poco, donde el intérprete lidiaba con el personaje del guardia civil que trata de poner orden y concierto en el sinsentido generalizado de toda la puesta en escena del filme. Desplegando una maestría y solemnidad descomunales, Sazatornil se gana a pulso ser considerado uno de los grandes olvidados a los Goya, sobre todo por el excelente ritmo aplicado a sus réplicas, lo que añade un significativo valor humorístico a todas sus intervenciones, que solo por su sola presencia brillan ya a gran altura.


Es obligado mencionar, también dentro del reparto de la cinta de Cuerda, la hilarante prestación que a la causa lleva a cabo Manuel Alexandre, como ese deslenguada pregonero y capellán, posible pederasta, en un trabajo de desbordante comicidad dada su absurda naturaleza, al que el intérprete, con su contrastada eficacia en el género, incorporaba una sorna entre maliciosa e infantil, ofreciendo en la pantalla un trabajo de despreocupada y desprejuiciada brillantez.


También dentro del registro cómico, aunque ahora ya fuera del elenco de Amanece, que no es poco, el “camello” sin oficio ni beneficio de la crucial Bajarse al moro que incorporaba Juan Echanove, se cuenta entre los trabajos injustamente olvidados en aquella edición. Interpretación tocada por una gracia particular e inolvidable, auténtico cénit humorístico del actor, que basaba su juego en una naturalizada ternura y un insondable mimetismo con su personaje. La libertad de acción otorgada por el director a todo su reparto, se hace especialmente patente en el trabajo de Echanove, que ofrece un auténtico recital de sencillez y franqueza interpretativa, espontaneidad que parece surgida siempre de la improvisación más honesta y que encuentra su complemento perfecto en el trabajo de su compañera de reparto, Verónica Forqué, poniendo en pie entre los dos una de las más encantadoras y divertidas parejas cómicas vistas en una pantalla de cine en los ochenta.


Aparte de Amanece, que no es poco, también Esquilache ofreció un estupendo catálogo de trabajos secundarios masculinos que la Academia podría no haber pasado en alto. Como el de un José Luis López Vázquez, que gozó del honor de ser incluido dentro de tan majestuoso reparto y donde volvía a dar lo mejor de sí en un papel de soporte, como el enigmático y servicial secretario personal del personaje titular, basando toda su participación en una estoica y severa economía gestual, que da la idea justa del lugar y posición que ocupa su personaje en la escala de poder de la corte del rey Carlos III, no estando exenta de su interpretación la dosis necesaria de nobleza que corresponden a un tipo letrado y cultivado como el suyo. Gracias a la labor del intérprete, a nadie le resulta extraño que Esquilache confiese hacia el final del metraje no fiarse demasiado de él, pues López Vázquez se encarga de presentarnos a su secretario como un ser amigable y cercano, sí, pero también sumamente rencoroso y egoísta en fugaces fogonazos que tienen como colofón la última y tensa escena, en la que expone su malestar ante las continuas desacreditaciones que recibe por parte de su amo, incluso en presencia de otros criados. Es por esta escena, donde el orgullo herido y la dignidad manchada luchan por explotar, lucha que el intérprete borda en su exposición con emotiva contención, por la que merece hablarse del trabajo de López Vázquez en Esquilache, nuevamente, como uno de los olvidados al Goya en la categoría de reparto.


Prácticamente olvidado por la industria del cine, el habitualmente actor cómico Ángel de Andrés reapareció cuando nadie lo esperaba a finales de la década de los ochenta y, más sorprendente aún, con un papel dramático en Esquilache, donde disfrutaba por fin de un personaje a su medida, lo suficientemente extenso como para permitirle el lujo de lucir sin parangones de ninguna clase el inconmensurable talento que tanto tiempo había sido ignorado y desaprovechado por el cine. Daba vida al Marqués de la Ensenada, antiguo ministro, ahora amigo y confidente del Marqués de Esquilache protagonista, que guarda celosamente un desapacible rencor hacia el ministro extranjero y sus ideales ilustrados y reformistas. Toda la participación del intérprete deja entrever esta doble dimensión de su personaje, pues a los buenos gestos y a las sonrisas cómplices siempre le acompañan taimadas miradas o cierto agarrotamiento corporal que decoran el trabajo de Ángel de Andrés con la precisión exacta para, como al personaje titular, despistar por completo al espectador sobre sus secretas intenciones. El enfrentamiento final entre el suyo y el personaje de Fernando Fernán Gómez adquiere una categoría superior gracias al contundente juego verbal al que ambos intérpretes se prestan y en el que De Andrés evidencia claramente por qué ha de hablarse de él en términos de uno de los grandes secundarios menospreciados por la industria, no logrando ni tan siquiera una más que merecida nominación al Goya como actor de reparto por esta estupenda labor en Esquilache, la que sería la única oportunidad que el cine le brindaría para luchar por tan insigne cabezón en toda su trayectoria.


Algo que también le ocurrió al último de los muy célebres olvidados aquel año, la otrora estrella de nuestro cine, Alberto Closas. Intérprete al que hacía años que no le dejaban brillar a la altura que una figura de su talla merecía. Así, en uno de sus últimos trabajos, para la película Esquilache, daba vida al Duque de Villasanta, personaje que representaba en su arrugada figura a esa alta nobleza abiertamente contraria a los métodos aperturistas del protagonista titular, como bien manifestaba su personaje en su primera aparición, y a la que el experimentado intérprete aportaba una imperturbable clase incluso lanzando dardos verbales matizados por un conveniente uso del cinismo más cruel. Posteriormente, Closas, con sus ojos vidriosos y su porte señorial, se permitía el lujo de robar planos y escenas a sus compañeros protagonistas, efectuando una labor desafortunadamente poco desarrollada sobre el guión, pero que la antigua y experimentada estrella lograba remarcar con su sola presencia y su sosegado y escrupuloso saber hacer. Una pena que esto, unido a una trayectoria digna de los más importantes homenajes, no sirviera para brindarle una más que justa nominación al Goya como actor de reparto, quizás el único premio cinematográfico que nunca se le concedió.

sábado, 27 de abril de 2013

La juventud de Juan Echanove se impuso a la experiencia de Agustín González.


Retornamos a 1987, a aquella segunda edición de los Premios Goya, para recordar los mejores trabajos secundarios de un año que, como el anterior, volvió a ningunear, sin premiarla, la figura de uno de los más destacados intérpretes de la Historia de nuestro cine: Agustín González. Un año en el que, como es norma, también figuran algunos trabajos importantes entre los olvidados a una categoría donde, por el contrario, la redondez apenas hizo acto de presencia.


Un jovencísimo Juan Echanove de 26 años lograba no sólo la nominación sino también el Goya al mejor actor de reparto de 1987 gracias a Divinas palabras, de José Luis García Sánchez. Actor atípico, lo más alejado que podamos imaginar de la imagen del galán convencional, pero dotado de una amplia versatilidad que le permite incorporar cualquier papel que se le cruce en el camino con calculada y admirable convicción, debido a un demostrado talento que le llevó a labrarse en menos de un lustro una muy firme trayectoria artística. Con su físico rechoncho y su cara de bobo, Juan Echanove casaba perfectamente con el aspecto que requería el personaje creado por Ramón Mª del Valle-Inclán hacia 1920 en su obra mítica "Divinas palabras". Si a eso sumamos la enorme capacidad del intérprete para extraer de su interior cualquier tipo de carácter, tenemos garantizado que su trabajo en el film de García Sánchez sería loable. Efectivamente, su Miguelín el Padrones se presenta como un personaje intachablemente construido desde los primeros planos en los que aparece, cuando el telón aún no se ha levantado y continúan apareciendo créditos por la pantalla. Un gañán, un crápula de cuidado, un vividor con tendencias homosexuales y hasta pederastas que vive de lo que va mangando por ahí o de lo que va sacando de feria en feria como afilador, al que Echanove presta su inconfundible vozarrón con prestado acento gallego, así como una mirada entre lasciva y pendenciera, para imponerse en el despilfarro general y sobresalir por méritos propios. Su trabajo es bueno, ofrece continuamente lo que se espera de un tipo como el suyo, participando de la estética esperpéntica que ya caracterizaba al texto original y que en su traslación fílmica se ha respetado. Aunque dispone de poco tiempo en pantalla, Echanove aprovecha lo suficiente sus escenas, a pesar de que sean pocas en las que pueda lucirse en solitario, aportando a sus intervenciones un marcado sentido de la indecencia, de un descaro deslenguado, que torna en sádica acción cuando emborracha hasta la muerte a Laureaniño, el enano hidrocéfalo protagonista. Una vez que el mal está hecho, el rostro de Echanove se descompone y la chulería abandona su cuerpo para dar cabida al miedo, la desolación y la pena, que se hará manifiesta cuando, de madrugada, sea él quien le dé la mala noticia a Mari Gaila. Mérito absoluto del intérprete el resultar al final emotivo dentro de un papel que durante todo el metraje se había mostrado ante nuestros ojos de una forma tan despreciable.


Y aunque el joven actor no desmereciera el Goya, clama al cielo el que en su segunda nominación consecutiva, la Academia no se dignase a premiar como debía al gran Agustín Gónzález y más por un trabajo en el que esa tendencia al descontrol tan suya que veíamos en Mambrú se fue a la guerra, fue brillantemente utilizada por Luis García Berlanga en su siguiente colaboración, la menor pero recomendable Moros y cristianos, donde encarnando a ese hijo mayor codicioso y trepa, González fingía una maravillosa sobreactuación, en un tono acorde con el disparate generalizado de la película, que se manifestaba adecuadamente en los innumerables cabreos que protagoniza, algunos de ellos antológicos. Pasada la tormenta, la posterior quietud y docilidad de su personaje dejaba constancia del estupendo trabajo de equilibrios que estaba efectuando el intérprete, sin abandonar nunca ese matiz grotesco que otorga a su actuación la coherencia necesaria como para sacar al personaje de su cliché. De la mano de Berlanga, Agustín González no ganaría el Goya pero sí se convirtió en el primer intérprete masculino en obtener dos nominaciones al Goya consecutivas en la misma categoría, partiendo en la competición como el principal favorito por legítimo derecho, aunque la Academia desestimara una vez más su candidatura a favor de otro intérprete menos curtido.


Por suerte, el Goya no cayó en las manos del inesperado nominado Pedro Ruiz, figura popular gracias a la televisión que con escasa y poco destacable experiencia interpretativa, lograba con Moros y cristianos, una sorprendente nominación al Goya en calidad de actor secundario, que se quedó finalmente en algo anecdótico, aunque no por falta de mérito, pues no es moco de pavo el que con un papel tan lucido e importante dentro del conjunto de la cinta, compartiendo planos con actorazos de la talla de Fernando Fernán Gómez, Agustín González o José Luis López Vázquez, no sólo no quedes reducido a la altura del betún, sino que además logres mantener el tipo y salir bastante airoso del empeño. Pero, ¡claro!, la inexperiencia lo dice todo y la nominación de Ruiz al Goya se nos antoja producto de una acertada y eficaz campaña promocional debido a que su participación en la cinta de Berlanga jamás llega a ser cómica por sí misma y sólo resulta plenamente disfrutable cuando participa del disparate generalizado al lado de otros compañeros en el reparto, más curtidos y dotados. No obstante, en su favor diremos que sí que consigue un trabajo sobrado de naturalidad, dinámico y, en ocasiones, hasta efectivo. Pero del todo desmerecedor de un reconocimiento como éste, sobre todo teniendo en cuenta a algunos de los trabajos olvidados aquella segunda edición de los Premios Goya.

Los Olvidados.

El primero de todos ellos, ¡qué duda cabe!, fue otro grande: José Luis López Vázquez, que en Mi general, de nuevo con Jaime de Armiñán, superaba el cómodo convencionalismo en el que de una forma molesta está inmersa toda la puesta en escena de la película, y alejándose completamente del exceso formal, cercano a la sobreactuación, del que hacen gala la mayoría de sus prestigiosos compañeros de reparto, traspasaba el estereotipado dibujo de su personaje a través de una serenidad encomiable. Con el papel más especial, el que menor abuso ejerce de su condición castrense, López Vázquez se permitía el lujo de imprimir a su composición la calidez y hondura humana que habrían necesitado el resto de trabajos interpretativos incluidos en el filme para hacer de éste una película medianamente interesante. A través de la sobriedad y la entereza justas, el intérprete ahonda en la frágil voluntad de su general, exponiendo sin coartadas ante las cámaras una personalidad afectada, carcomida por un miedo atroz a la irreversible muerte y un desconcierto absoluto ante ese estado en la vida en el que uno se ve acompañado de forma obligada por el sentimiento de lo efímero, por la certeza de que todo lo que acontece a tu alrededor tiene los días contados. La vulnerabilidad con la que el actor impregna cada una de sus intervenciones aporta una emoción tranquila a su composición, alcanzando cotas magistrales en determinados momentos en los que la soledad y la impotencia del personaje campan a sus anchas por la escena, ya sea a través de un arrebatado e irracional berrinche acerca de la constante renovación técnica sufrida por el Ejército o por un balanceo nocturno en la butaca cargado de ausencia. No es extraño, por tanto, que ante este triste aspecto de su actuación, a uno se le alegre el corazón al verlo disfrutar despreocupado con las gamberradas perpetradas por todo el elenco hacia la mitad del metraje, alegría suprema que parece colmar una existencia vacía y sin perspectivas para la que esta vuelta al jardín de infancia parece suponer una segunda oportunidad. La brillantez exhibida por López Vázquez en ambas partes, la tremenda veracidad con la que se apropia de las pequeñas ilusiones que van salpicando su paso por ese cursillo para generales tan peculiar, así como la conmovedora perfección con la que expone el dolor que sacude su cabeza hasta esa escena final resuelta con triste pero esperanzadora sencillez, hacen obligado señalar su olvido entre los nominados al Goya al mejor actor de reparto como uno de los más injustos de aquella edición.


Pero también brilla con especial intensidad en este apartado el nuevo, más lucido y conseguido, encuentro de Antonio Banderas con Pedro Almodóvar, que pasó completamente inadvertido para la Academia, al igual que el grueso de la película. Y sí es cierto que Banderas hubiera merecido figurar entre los candidatos al Goya al mejor actor de reparto de 1987 por La ley del deseo, película que demostraba que el intérprete podía resultar óptimo en personajes límite, en este caso un joven tan obsesionado con un veterano director de cine que llegará incluso a cometer asesinato para poseer el amor que tanto codicia. Tierno y encantador en los primeros momentos, aunque denotando siempre cierta inestabilidad emocional, el actor se revela sádico y salvaje a mitad del metraje, ganando puntos su trabajo a partir de este tramo porque todo el atractivo físico de Banderas, y que el cineasta manchego no duda en exponernos de manera explícita, se torna peligroso y trastornado, lo que añade al trabajo del malagueño un plus de atracción. Mérito suyo es además el hecho de que pudiendo descontrolarse gestual y vocalmente en algunos momentos de su intervención, Antonio aplaca sus ademanes y proyecta su voz de manera limpia, lo que invita a congratularse con el crecimiento artístico de la estrella.


A pesar de ser la gran triunfadora del año, El bosque animado, de José Luis Cuerda, procuró pocas alegrías a su abultado y brillante reparto (a excepción del Goya al mejor actor para Alfredo Landa). Así, nos es obligado incluir en esta frustrante lista al también joven Fernando Valverde, que llevaba a cabo un trabajo formidable como ese pocero cojo que lleva por nombre Genaro, enamorado hasta las trancas de una vecina. El hermoso brillo que refulge en los ojos del intérprete para evidenciar la pasión y el deseo son dignos de elogio, pues encierran no poca idolatría y mucha candidez, reforzada por los momentos de galanteo y cortejo en los que el actor poco actúa de galán y sí mucho de bisoño mocito. Indispensable trabajo, enaltecido por una naturalidad aplastante que incluye hasta una más que verosímil cojera, que obliga a hablar de verdadera injusticia sobre su ausencia entre los nominados, pero que le prepara para una futura, aunque escalonada carrera cinematográfica.


Otro actor digno de figurar aquí reseñado es el anterior ganador del Goya en esta misma categoría, un Miguel Rellán que se marcó tres secundarios importantes en 1987, uno muy vistoso aunque finalmente poco consistente, más por la calidad final del film que por la ejecución del intérprete, en Cara de acelga, de José Sacristán, como un borracho algo majara y retorcido; un segundo de mayor alcance mediático en la taquillera La vida alegre, de Fernando Colomo, dando vida a ese en apariencia frío y firme ministro de sanidad que se descubre en un consumado mujeriego cuyo retrato, a pesar del oficio del actor, acaba quedándose en un arco algo superficial; y un último decididamente genial e inolvidable en la maravillosa El bosque animado, encarnando al ánima de Fiz de Cotobelo, el fantasma que vaga por el bosque buscando expiar su sentimiento de culpa por no haber cumplido una promesa en vida. La impavidez y la sosez con las que el intérprete lleva a cabo todos sus parlamentos o apariciones acaban por generar un motivo más de gracia dentro del film y su química con Alfredo Landa eleva su trabajo a lo extraordinario, no habiendo desmerecido una nueva candidatura al Goya como actor de reparto.


Inesperado fue el trabajo que acometió Antonio Resines en Luna de lobos, de Julio Sánchez Valdés, donde abandonaba la ligereza de sus acostumbrados empeños protagonistas para dejar constancia de que también podía resultar válido en argumentos serios. El papel de este guerrillero republicano atrapado, junto a otros compañeros, en la áspera montaña leonesa lo ejecuta el actor con estoica parquedad gestual, tanto que juega por momentos con la delgada línea roja de la inexpresividad y es que la rigidez y reserva de las que se sirve el intérprete para llevar a buen puerto su trabajo salen perjudicadas por la frialdad que desprende toda la película. No obstante, queda la mirada de Resines, tan franca y espontánea, para infundir algo de calor a sus secuencias, como aquélla en la que prácticamente desnuda a la hija del “correo” que les cobija. Era difícil aquel año, pero este trabajo hubiera podido proporcionarle una primera nominación al Goya como actor de reparto, lástima que la eficacia última de su actuación resultara disminuida debido al tono destemplado que rezuma todo el film.


Algo similar es lo que echa un poco por tierra las posibilidades de su compañero de reparto Álvaro de Luna con su modesto papel de reparto en Luna de lobos, donde daba vida a otro combatiente republicano durante la Guerra Civil, esta vez un maqui recluido junto a otros compañeros en las montañas de León. La sequedad y falta de emoción de la película perjudica el alcance último de las interpretaciones de todo el elenco, como ya hemos dicho, pero De Luna lleva a cabo un excelente trabajo sustentado en la austeridad más acérrima, aunque se cuelen fogonazos de emoción por su expresión en algún que otro aislado momento, que ayudan al espectador a encontrar la empatía con su personaje que la historia en sí misma le escatima. 


También resultó meritorio el Antonio Ferrandis de ¡Biba la banda!, de Ricardo Palacios, aunque sólo sea por conseguir que su trabajo fuese de lo poco salvable de una comedia que tiende al lugar común y a lo chabacano por momentos, y donde el intérprete, en la piel de ese comandante entusiasta, director de la banda titular, es lo único que garantiza el dibujo de una sonrisa en el rostro del respetable. Aparte de entrañable, Ferrandis se muestra especialmente cómico apechugando con los mil y un obstáculos a los que se enfrenta su personaje para llevar a buen puerto los obligados ensayos de la banda. Junto a Florinda Chico, a la sazón su esposa, el actor da forma a una serie de momentos realmente inspirados, como ese rezo desesperado casi al final de la cinta.


Por último, resulta obligado incluir aquí la vuelta al ruedo, después de varios años alejado de las pantallas, de la estrella Andrés Pajares gracias a la mediación de Berlanga, que lo reclutó para su reparto coral de Moros y cristianos, donde el actor aportaba un elemento innovador a su perpetuo registro de “salido” encarnando al primo retrasado y “salido” de la familia turronera protagonista, logrando protagonizar momentos ciertamente divertidos que llegan a inspirar no poca ternura, gracias a la concienzuda economía gestual llevada a cabo por la estrella, que llega a participar del excelente nivel interpretativo de todo el film, ganándose un merecido hueco entre estos olvidados por la Academia en la categoría al mejor actor secundario de 1987.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Miguel Rellán siempre será el primer Mejor Actor Secundario


Ahora que la emoción por los Premios Goya ha quedado absolutamente diluida tras conocer a sus últimos vencedores, y mientras se van despejando las dudas acerca de quienes serán los siguientes finalistas en la próxima edición prevista para el 2014, en actoresSinVergüenza nos hemos propuesto hacer un repaso a todas y cada una de las categorías interpretativas desde el mismo alumbramiento de tan insignes galardones, sin duda, los más importantes en la industria cinematográfica española. Comenzamos recordando a los candidatos y a los olvidados al mejor actor de reparto en aquélla primera y mítica entrega de cabezones cuya gala tuvo lugar el 17 de marzo de 1987 en el madrileño Teatro Lope de Vega. Como en toda edición inaugural, la lista de finalistas no fue todo lo redonda que, a tenor de las interpretaciones olvidadas, podría haber sido, pero resulta evidente que sentó las bases de lo que más tarde vendría a ser una constante en la elaboración de los siguientes nominados: grandes intérpretes de significativa importancia en la Historia de nuestro cine nominados por trabajos menores o jóvenes actores candidatos antes que por su excelencia interpretativa, por su evidente tirón popular.