Karra Elejalde regresa el viernes a los cines.

Repasamos la filmografía del actor cuando regresa a la comedia con "Ocho apellidos vascos".

Palmarés XXIII Premios de la Unión de Actores.

"Caníbal", de Manuel Martín Cuenca, una de las vencedoras con 2 premios.

17º Festival de Málaga. Cine Español.

La Sección Oficial está compuesta por 15 largometrajes muy esperados para este 2014.

17º Festival de Málaga. Cine Español.

Seis títulos integran la sección paralela, competitiva, Zonazine, el espacio independiente.

17º Festival de Málaga. Cine Español.

Málaga Premiere y Estrenos Especiales completan la oferta de novedades del certamen.

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martes, 11 de marzo de 2014

Antonio de la Torre, Susi Sánchez y Belén López se resarcen ganando los Premios de la Unión de Actores.


Anoche tuvo lugar la entrega de los XXIII Premios de la Unión de Actores de la Comunidad de Madrid, el sindicato profesional creado para la defensa y reivindicación de los intereses de los actores. Como cada año, los afiliados al mismo han escogido a los que consideran los mejores de cada categoría interpretativa y en los tres ámbitos laborales de la profesión: cine, televisión y teatro. En lo que se refiere a nuestra materia específica, el cine, los Premios de la Unión de Actores han supuesto el "premio consolación" para algunos de los intérpretes que, nominados a los grandes premios, llegaban al final de la temporada de galardones cinematográficos de nuestro país sin haber triunfado por todo lo alto.


La excepción ha sido Roberto Álamo, que revalidó su título de mejor actor secundario del año ganado en los Goya gracias a su trabajo en La gran familia española. La cinta de Daniel Sánchez Arévalo, que partía aquí como una de las máximas nominadas con 5 candidaturas, hizo diana finalmente en el apartado a la mejor actriz de reparto, galardón conseguido por Alicia Rubio, intérprete de corta trayectoria fílmica para la que este premio significa el primer galardón importante.


La ausencia entre las nominadas de las más aplaudidas interpretaciones femeninas del año hizo posible que tanto Susi Sánchez, nominada a la mejor actriz de reparto en los Goya, como Belén López, candidata a revelación, ganarán los Premios a la mejor actriz protagonista y secundaria por 10.000 noches en ninguna parte y 15 años y un día, respectivamente. Sánchez lograba, de este modo, su primer premio de la Unión de Actores tras haber sido candidata anteriormente en dos ocasiones como actriz de reparto por Juana la loca (2001) y La piel que habito (2012). López, que, por lo menos, podía presumir de haber ganado este año el Premio ASECAN a la mejor actriz por este papel, acumulaba ya cuatro nominaciones a estos galardones, una en cine como revelación, por La distancia (2006) y dos en televisión, por R.I.S. Científica, como secundaria, y Pelotas, como principal.


Nominado con doble candidatura, como en los Goya, Antonio de la Torre hizo honor a su condición de favorito de la noche y se alzó como el triunfador en la categoría principal por su trabajo en Caníbal, obteniendo de este modo su cuarto premio de la Unión de Actores consecutivo, tras los obtenidos por Lope (2010) y Primos (2011), como actor de reparto, y por Grupo 7 (2012), como actor principal. Su compañera en el filme de Manuel Martín Cuenca, Olimpia Melinte ganó justamente el Premio Revelación femenino, obteniendo el masculino Hovik Keuchkerian, por su trabajo en Alacrán enamorado, cinta que de sus 5 nominaciones sólo logró materializar esta, pudiendo ser calificada como la gran "derrotada" de la noche.


Actor de trayectoria eminentemente televisiva, fogueado intensamente en el mundo del cortometraje, Daniel Muriel obtuvo, para sorpresa de muchos, el premio relativo al mejor actor de reparto por su pequeño trabajo en Diamantes negros, frente a dos intérpretes consolidados como José Luis García Pérez, por A puerta fría (2012), y Miguel Ángel Silvestre, por Alacrán enamorado.


Uno de los grandes protagonistas de la noche fue el veterano José Sazatornil, galardonado con el Premio Toda Una Vida, que por motivos de salud no pudo asistir a la ceremonia.

Categorías Femeninas (Cine)


Mejor Actriz Protagonista:

  • Ingrid Rubio, por La Estrella.
  • Leticia Dolera, por Violet.
  • Susi Sánchez, por 10.000 noches en ninguna parte. (Ganadora).
Mejor Actriz Secundaria:

  • Belén López, por 15 años y un día. (Ganadora).
  • Lola Dueñas, por 10.000 noches en ninguna parte.
  • Verónica Echegui, por La gran familia española.
Mejor Actriz de Reparto: 
  • Alicia Rubio, por La gran familia española. (Ganadora).
  • Carmen Mayordomo, por Casting.
  • Natalia Mateo, por Casting.
Mejor Actriz Revelación:
  • Arancha Martí, por La gran familia española.
  • Beatriz Grimaldos, por "La gaviota".
  • Olimpia Melinte, por Caníbal. (Ganadora).
Categorías Masculinas (Cine)

Mejor Actor Protagonista:
  • Álex González, por Alacrán enamorado.
  • Andrés Gertrudix, por 10.000 noches en ninguna parte.
  • Antonio de la Torre, por Caníbal. (Ganador).
Mejor Actor Secundario:
  • Antonio de la Torre, por La gran familia española.
  • Carlos Bardem, por Alacrán enamorado.
  • Roberto Álamo, por La gran familia española. (Ganador).
Mejor Actor de Reparto:
  • Dani Muriel, por Diamantes negros. (Ganador).
  • Jose Luis García Pérez, por A puerta fría.
  • Miguel Ángel Silvestre, por Alacrán enamorado.
Mejor Actor Revelación:
  • Hovik Keuchkerian, por Alacrán enamorado. (Ganador)
  • Jorge Usón, por "Feelgood".
  • Llorenç González, por Gran hotel (TV).

viernes, 21 de febrero de 2014

José Sazatornil, un grande inolvidable, Premio de Honor de la Unión de Actores.


La Unión de Actores y Actrices de Madrid ha hecho público el nombre del intérprete homenajeado en su XXIII edición de los Premios del conocido sindicato y, muy merecidamente, este año el Premio Toda Una Vida irá a parar a las manos de uno de los grandes entre los grandes de nuestro cine: José Sazatornil 'Saza' (Barcelona, 1925). Con este premio, los integrantes del gremio quieren reconocer a "un emblema del cine y del teatro español, con cuyo talento han disfrutado varias generaciones", según señalan en un comunicado. El premio se le otorgará durante la ceremonia de entrega de estos galardones, que se celebrará en el teatro Coliseum el próximo 10 de marzo. Por lo pronto, nosotros nos adelantamos al homenaje y celebramos la noticia abordando la figura artística de Sazatornil como realmente merece: con un repaso a su filmografía. Integrante de esa galería de ilustres secundarios que poblaron nuestro cine durante las últimas décadas del franquismo, 'Saza' brilló con luz propia en el terreno cómico gracias a la inteligente inclusión en su registro de esa mordacidad tan intrínsecamente catalana, tanto fue así que el mismísimo Berlanga se valió de ella para confeccionar una de sus grandes obras maestras. Fueron pocos los protagonistas de los que disfrutó en la gran pantalla, sin embargo José Sazatornil siempre logró lucirse a base de bien en cualquiera de los personajes que le cayeran en gracia, poco importaba su extensión: su peculiar e inconfundible físico (esa boca de buzón, esa nariz prominente), su aún más inconfundible voz y su distinguido, recio porte que denotaba no poca seguridad y aplomo, deben contarse entre los mitos por antonomasia que parió nuestro cine.

Con Paco Martínez Soria, en ¿Qué hacemos con los hijos? (1967).
Educado en el Colegio de los Hermanos de la Doctrina Cristiana, a lo que debe sus férreos planteamientos morales, José Sazatornil comenzó trabajando como actor amateur a los 7 años de edad para luego pasar a desempeñar una continuada labor sobre las tablas en grupos teatrales catalanes, que compaginaba con su trabajo como dependiente en el negocio familiar. Debutó profesionalmente en 1946 en el Teatro Victoria de Barcelona, con la Compañía de María Vila y Pío Daví, adquiriendo pronto cierta celebridad como intérprete teatral, hasta que llamó la atención de la esposa del actor Paco Martínez Soria, que lo contrata para su compañía. En 1957 se montó una él solo y pasó cerca de ocho años deambulando por España con tres o cuatro obras, de las cuales algunas eran suyas y, casi siempre, en el campo de la comedia o la Revista. Su salto al cine, al igual que su acreditación artística (‘Saza’), se la debe a Ignacio F. Iquino, que lo contrató en 1953 para Fantasía española, de Javier Setó, pasando a formar parte de los repartos de un buen número de filmes catalanes de escasa repercusión, con predilección por el cine de Iquino: El golfo que vio una estrella (1955), La pecadora (1956), hasta su esporádica incursión en la obra maestra El verdugo (1963), de Luis García Berlanga, pasaporte a la producción oficialista del momento y que benefició el que el actor cambiara la ciudad condal por la capital del Estado como lugar de residencia.

Verano 70 (1969).

Desde ese momento, ‘Saza’ frecuentó durante la mayor parte de su trayectoria artística en los sesenta algunas de las comedias más importantes de la época, aunque no destaquen precisamente por sus valores artísticos, comenzando por el tremendo éxito de temporada que supuso La ciudad no es para mí (1966), de Pedro Lazaga, y a la que siguieron nuevos cometidos secundarios que dieron testimonio de su enorme potencial para la caricatura en toda clase de comedias típicas de aquella época de desarrollismo: ¿Qué hacemos con los hijos? (1967), de nuevo para Lazaga, Las que tienen que servir (1967), de José María Forqué, Amor en el aire (1967), de Luis César Amadori, Las secretarias (1968), de Lazaga, La vil seducción (1968), de Forqué, Los que tocan el piano (1968) y Una vez al año, ser hippie no hace daño (1968), ambas de Javier Aguirre, Carola de día, Carola de noche (1969), de Jaime de Armiñán, o Verano 70 (1969), de nuevo para Lazaga.

Con Antonio Ozores en Venta por pisos (1972).
Inició la siguiente década considerado ya como un auténtico valor seguro dentro la denostada “comedia a la española”, aumentando la filmografía de Sazatornil gracias a un volumen considerable de títulos en los que intervenía casi siempre en cometidos de reparto, pero la mayoría de ellos son considerados hoy día auténticos bodrios de la cinematografía patria, casi siempre protagonizados por alguna célebre estrella dentro del género, como Tony Leblanc, al que secundó en El astronauta (1970), de Aguirre, Gracita Morales, con la que acometió un rol casi protagónico en la más plausible comedia Cómo casarse en siete días (1971), precisamente por estar dirigida por Fernando Fernán Gómez, Concha Velasco en Venta por pisos (1972), de Mariano Ozores, Lina Morgan en Una monja y un Don Juan (1973) y La llamaban La Madrina (1973), ambas también de Ozores. Pero sobre todos, destacaron sus cometidos en las cintas protagonizadas por el cantante, también catalán, Peret, al que acompañó en prácticamente todos sus desafortunados vehículos musicales: Amor a todo gas (1969), de Ramón Torrado, El mesón del gitano (1970), de Antonio Román, o las comedias A mí las mujeres ni fu ni fa (1971) y Si Fulano fuese Mengano (1974), debidas también a Mariano Ozores, o ¡Qué cosas tiene el amor! (1973), de Germán Lorente.

El insólito embarazo de los Martínez (1974).

Logró desmarcarse del género en pocas ocasiones, siendo una de las más destacables su participación en el intento de cine negro llevado a cabo por José Luis Sáenz de Heredia en Los gallos de la madrugada (1971), pero a mediados de la década ya accedía con pleno derecho a ejercer de protagonista de otros deleznables títulos del género cómico gracias a El insólito embarazo de los Martínez (1974), de Javier Aguirre, y a la popularidad obtenida a nivel nacional debido al éxito de la serie Los maniáticos (1974), de Fernando García de la Vega, donde era la cabeza de una estrafalaria familia. Para Aguirre protagonizó de inmediato otra comedia al lado de Esperanza Roy, Ligeramente viudas (1975), y regresó al cine de Iquino para participar del despropósito de La zorrita en bikini (1976). Sin embargo, fue aquél el momento de demostrar que con un buen material en sus manos, "Saza" poseía el don especial para convertir esa caricatura estereotipada que tan buenos resultados le había venido dando, en una mordaz y satírica encarnación crítica de señores pequeñoburgueses, como puso de manifiesto en El love feroz o Cuando los hijos juegan al amor (1973) y Colorín, colorado (1976), las dos de José Luis García Sánchez, como padre de rancia moral desconcertado ante el despertar amoroso de sus rebeldes y librepensantes hijos, y cuya máxima expresión la vimos en La escopeta nacional (1977), de Berlanga, donde asumía el papel protagonista del empresario catalán Jaume Canivell que hace pasar a su secretaria y amante por esposa en la cacería que organiza.

Con Petra Martínez, Mary Carrillo, Fiorella Faltoyano, Teresa Rabal y Antonio Gamero en Colorín, colorado (1976).

Hiperbólicamente divertido y corrosivo, la actuación del intérprete ha pasado a los anales como una de las más perfectas y poderosas interpretaciones de la comedia española, gracias a la grandilocuencia de sus maneras y ademanes y a la vertiginosa oratoria que la caracteriza, rasgos que son ya marca de fábrica de la casa. Volvió a dejar constancia de su magnitud artística como marido cornudo de la Velasco en Cinco tenedores (1979), de nuevo a las órdenes de Fernán Gómez, para luego protagonizar un nuevo ciclo de despropósitos, con pérdida de categoría interpretativa incluida, secundando a estrellas tan poco consistentes como el cantante Manolo Escobar, en Alejandra, mon amour (1979), de Julio Saraceni, el showman Torrebruno, en Rocky Carambola (1981), de Aguirre, la ex Miss Universo Amparo Muñoz, en Si las mujeres mandaran (o mandasen), de José María Palacio, o el cómico Fernando Esteso, en El hijo del cura (1982), de Ozores.

Con Antonio Ferrandis en La escopeta nacional (1977).

Logró un pertinaz baño de prestigio al formar parte del abultado reparto de la estupenda La colmena (1982), de Mario Camus, que no logró alejarlo de la mala producción cómica del momento, donde siguió siendo un secundario habitual hasta ser reclamado por un joven Fernando Trueba, que le otorgó el tronchante papel de cura de pueblo armado con escopeta para azuzar a las palomas alojadas en su iglesia en la estupenda El año de las luces (1986). El rescate definitivo, a nivel artístico, se acabaría de producir con Espérame en el cielo (1988), de Antonio Mercero, gracias a la que José Sazatornil se permitía el lujo de llevar a cabo una actuación que rayaba en lo excepcional como ese Alberto Sinsoles, miembro del equipo de propaganda franquista encargado de instruir convenientemente al futuro doble de Franco. Desenvolviéndose a lo largo de toda su, por fortuna, casi protagónica intervención con entusiasmo fervoroso y siempre dentro de esa impertérrita rigidez militar que define eficazmente a su personaje, la actuación de ‘Saza’ no está exenta de un corrosivo sentido de la ironía, perfecto para alcanzar el tono adecuado de su rol dentro de una película que es, esencialmente, amable. Un soberbio trabajo que permitió obtener a este inigualable característico del cine español el reconocimiento que tan largo tiempo le había dado la espalda, materializado en la consecución de un merecidísimo Goya al mejor actor de reparto, que significaba además el primer premio importante logrado por José Sazatornil ‘Saza’ en su fecunda carrera cinematográfica.

Con José Soriano en Espérame en el cielo (1988).

Con la altanería acostumbrada en sus intervenciones humorísticas, el estupendo José Sazatornil volvió a merecerse figurar entre los finalistas al Goya justo un año después de haber triunfado por todo lo alto gracias a Amanece, que no es poco (1989), de José Luis Cuerda, donde el intérprete lidiaba con el personaje del guardia civil que trata de poner orden y concierto en el sinsentido generalizado de toda la puesta en escena del filme. Desplegando una maestría y solemnidad descomunales, Sazatornil se ganaba a pulso ser considerado uno de los grandes olvidados a los Goya de aquel año, sobre todo por el excelente ritmo aplicado a sus réplicas, lo que añade un significativo valor humorístico a todas sus intervenciones, que solo por su sola presencia brillan ya a gran altura. La inmediata ascensión de prestigio que se produjo hacia su persona a finales de los ochenta tuvo como respuesta el que el actor accediera a un nuevo protagonismo interpretativo, esta vez en la televisión, con la serie Todo un señor (1989).

Entre Fedra Lorente, Cassen y Gabino Diego en Amanece, que no es poco (1989).

En el cine, sin embargo, tuvo que verse relegado a seguir desempeñando papeles secundarios, eso sí, eficazmente defendidos siempre, en comedias que, directamente, no le merecían. Tal fue el caso de Don Juan, mi querido fantasma (1990), un patinazo de Mercero, o ¿Lo sabe el ministro? (1991), de Josep María Forn, lidiando en sorna catalana con una divertidísima Rosa María Sardà. Aunque mucho peor serían Tretas de mujer (1993), chusca e impresentable comedia de Rafael Monleón, producida por el inefable José Frade, o Pelotazo nacional (1993), su vuelta a la filmografía de un irreductible Ozores. Menos mal que aquél mismo año lo recuperaba Berlanga para hacerle interpretar al personaje central de esa locura coral que era Todos a la cárcel (1993), un título menor en la filmografía del ilustre director, aunque siempre superior, por lo tanto preferible, a los cuasi subproductos con los que la comedia de signo conservador y retrógrado nos asaetaba de tanto en tanto. Todos a la cárcel ganó aquella edición los Goya más importantes (película y director) y bien hubiera merecido también uno para Sazatornil, en calidad de protagonista, pues el intérprete está literalmente sublime acarreando con el desconcierto y la perplejidad que embargan a su personaje en esa descacharrante jornada de encierro en la cárcel. No llegó ni a ser nominado, aunque el Círculo de Escritores Cinematográficos de España le concedió la Medalla al mejor actor del año.

Todos a la cárcel (1993).

Inmediatamente después regresó a la chabacanería y al humor caduco de comedias del tipo de El cianuro... ¿sólo o con leche? (1994), de José Miguel Ganga, o Historias de la puta mili (1994), de Manuel Esteban, que volvían a condenarle a encarnar estereotipados personajes secundarios. A partir de la mitad de los noventa, Sazatornil comenzó a espaciar tenuamente sus intervenciones en la gran pantalla: le vimos en un corto papel en la comedia Adiós, tiburón (1996), de Carlos Suárez, vehículo de lucimiento para el cómico televisivo Josema Yuste, y en calidad ya casi de 'estrella invitada' en Mátame mucho (1997), desapercibida comedia negra, más meritoria de lo que cabría suponer, dirigida por José Ángel Bohollo. Y cuando ya no lo esperábamos, regresó en papel protagonista con Una pareja perfecta (1998), de Francesc Betriú, una de las cintas encargadas de inaugurar la primera edición del Festival de Málaga y con la que 'Saza' nos regalaba una entrañable y divertida actuación como un rico y viejo poeta, homosexual para más señas, que vive de las rentas. Un trabajo de significativa y otoñal inspiración, felizmente aprovechado por un Sazatornil que, de nuevo, volvía a erigirse en uno de los grandes olvidados al Goya.

Con Antonio Resines en Una pareja perfecta (1998).

El de Una pareja perfecta fue el último gran papel que el cine le ofreció a Sazatornil, que ya no regresó hasta intervenir brevemente en Hotel Danubio (2003), de Antonio Giménez Rico, uno de los pocos remakes que nuestro cine contemporáneo se ha atrevido a perpetrar de grandes clásicos (para la ocasión, la obra maestra del policiaco nacional Los peces rojos (1955), de José Antonio Nieves Conde); y, más tarde, le vimos compartiendo créditos con una de sus grandes partenaires de antaño, Esperanza Roy, ambos nostálgicamente recuperados por Víctor García León para casi interpretarse a sí mismos en la magnífica Vete de mí (2006). A partir de aquí, José Sazatornil se ha mantenido alejado de las cámaras y, de un tiempo a esta parte, le han comenzado a llover los homenajes y los premios honoríficos por todos los frentes. Dieron el pistoletazo de salida en la revista Fotogramas, que le entregó su Fotogramas de Plata de Honor del año 2009; después, el mismo Círculo le premiaría con su segunda Medalla, esta vez de Honor. Y ahora, la Unión de Actores. Son reconocimientos que sitúan la categoría del intérprete en el nivel de excelencia que merece, a pesar de tantos años de desaprovechamiento artístico en títulos, por lo general, muy por debajo de su extraordinario y magistral talento interpretativo, ese inherente a esos "actores de tripa" que tanto le gustaban al maestro Berlanga. 

Recogiendo el Fotogramas de Plata de manos de Amparo Soler Leal (2009).

lunes, 28 de octubre de 2013

Grandes olvidados, sí, pero Goya para Adolfo Marsillach, "que no es poco".


Con una producción cinematográfica tan escasa como la ofrecida por nuestro país en 1989, de la que buena parte de los títulos recogidos en los listados oficiales disfrutaron de oscuras y desconocidas carreras comerciales, es normal que las nominaciones en las categorías interpretativas a los Premios Goya se repartiesen entre sólo unas pocas películas. Lo que resulta especialmente llamativo de la selección al mejor actor secundario es que, debido al empate en el número de votos, la lista final de nominados se ampliase a seis, uno más de los cinco establecidos y, que de ellos, tres compitieran por sus trabajos en la misma película, quedándose fuera de la terna intérpretes de míticas trayectorias con actuaciones imborrables, algunos de ellos representantes de uno de los filmes más importantes no sólo de la década, sino del grueso del Cine Español: Amanece, que no es poco, de José Luis Cuerda, que figuró candidata sólo a 3 Premios Goya (guión original, sonido y efectos especiales), ninguno de carácter interpretativo, cuando éste es uno de los apartados más redondos del filme. Nos queda, eso sí, el consuelo de que el cabezón, al final, fue a parar a las manos de un auténtico Grande de la profesión.


Y es que con brillante majestuosidad y desbordante gentileza, Adolfo Marsillach se imponía como lo mejor de Esquilache, de Josefina Molina, difícil tarea debido al alto nivel exhibido por el reparto al completo, pero que viendo el trabajo llevado a cabo por el intérprete adquiere un cariz de insólita sencillez, de ahí el gran mérito del actor en la piel del Rey Carlos III: el que base toda su intervención en una naturalidad y una frescura gratificantes, que humanizan sobradamente al monarca y, estando como están estudiadas al milímetro, nos dan la información justa y necesaria sobre el carácter confiado y benévolo de su personaje, un rey soñador y reformista pero justo y cabal, que no dudará un instante en sacrificar sus proyectos de reformas (representados en la figura de Esquilache) por la supervivencia de su corona. Está todo el trabajo de Adolfo Marsillach decorado de una solemne cercanía a la que el intérprete incorpora cierto sarcasmo, tan propio de la condición monárquica que representa, y sus secuencias se erigen desde el mismo momento de su aparición en verdaderas obras de arte de exposición interpretativa, hasta el punto de que con su pormenorizada y matizadísima actuación, repleta de miradas eficaces en silencios sumamente elocuentes y caracterizada por una dicción ejemplar, logra comerse sin esfuerzo aparente al mismísimo Fernando Fernán Gómez. La desaparición del actor en los lujosos ropajes de su personaje es total y digna de estudio, logrando así una de las más perfectas interpretaciones vistas en el cine español de los ochenta que, con toda justicia, la Academia supo premiar con el Goya al mejor actor de reparto en la cuarta edición de los Premios de la Academia, reconocimiento que servía también para honrar la ejemplar y excelsa trayectoria profesional de un creador completo y prácticamente todoterreno.


Ante la maestría exhibida por Marsillach, no cabía hablar de otro favorito aquel año. Aunque si alguien tenía alguna posibilidad ese era Fernando Guillén, con la consecución de su primera nominación al Goya en calidad de actor de reparto por su trabajo en la estupenda La noche oscura, film infravalorado de Carlos Saura, en la que encarnaba con encantadora nobleza e inolvidable sencillez al fraile carcelero de San Juan de la Cruz, basando la práctica totalidad de su intervención en una nada disimulada admiración de su personaje hacia el místico poeta. Con muy poco texto, Guillén afrontaba su actuación a través de una logradísima exposición gestual y corporal, ambas sumamente matizadas y liberadas de cualquier tipo de subrayado innecesario, consiguiendo así un ajustado y sobrio trabajo interpretativo, que complementaba a la perfección el espectacular despliegue del protagonista, Juan Diego. Sin lugar a dudas, esta nominación se erigió en un poderoso reconocimiento a un intérprete de larga trayectoria, ninguneado siempre por la gran pantalla, recluido en papeles ínfimos, y al que el cine había comenzado a valorar como convenía tan sólo unos pocos años antes.


Prácticamente lo mismo que había sucedido en el caso de Juan Luis Galiardo, que tras un exilio artístico en México y cuatro años de abandono, obtenía aquella temporada un sonoro éxito personal al parodiarse espléndidamente a sí mismo en El vuelo de la paloma, de José Luis García Sánchez, como ese galán cinematográfico algo maduro ya y algo fantoche también, aunque descaradamente seductor, que el intérprete afrontó desde una saludable y desternillante honestidad, haciendo un extraordinario hincapié en el uso de su inteligente y expresiva mirada para dejar patente su valía en el género de la comedia, alcanzando inimaginables cotas cómicas en ese juego de dualidades constante al que Galiardo somete a su personaje: entre “el hombre” y “el actor” o “el actor” y “la estrella”, siempre saltando de una sarcástica realidad a una complaciente y falsa apariencia. Es tanta la simpatía y el desparpajo con los que Juan Luis Galiardo evoluciona dentro de la surrealista puesta en escena de El vuelo de la paloma que se hace justo congratularse de que lograse aquella merecidísima nominación al Goya como actor secundario.


Intérprete de cometidos mínimos en su escasa filmografía, Manuel Huete poseía el temple necesario para sacar adelante el único papel medianamente lucido que cayó en sus manos, el del suegro de Ana Belén en la comedia coral El vuelo de la paloma, un papel hasta cierto modo sencillo que en manos de cualquier otro intérprete no habría gozado de la sarcástica ternura con la que Huete lo expone en pantalla, haciéndose obligado el visionado de la cinta únicamente por asistir a la personalísima y cómplice actuación del intérprete que, como premio le reportó una anecdótica y admirable nominación al Goya al mejor actor de reparto, candidatura que coronaba de forma simbólica la entusiasta e inmerecidamente pequeña labor de un actor definitivamente peculiar.


Igualmente eficaz, aunque en cierto modo más acomodaticio, fue el trabajo llevado a cabo por Juan Echanove en la misma película que los anteriores, reincidiendo en el mismo personaje-tipo de sus anteriores empeños en la gran pantalla para el género cómico: en esta ocasión, un pescadero solterón enamorado hasta las trancas y de un modo casi obsesivo de la madre de sus ahijadas, la Paloma protagonista. Gracias a él, Echanove daba la vuelta al registro y le incorporaba cierto halo oscuro y malsano que aportaba el granito de arena justo y necesario para desvirtuar cómicamente a su rol y conferirle ese matiz casi surrealista que sobrevuela casi toda la película, pero, como decíamos, sin ser éste un trabajo desdeñable, sí resulta más convencional y, por lo tanto, menos digno de aquélla nominación al Goya, que el ofrecido por el intérprete en otro título del año, Bajarse al moro, de Fernando Colomo.


El sexto y último candidato lo ofreció una comedia hoy día prácticamente olvidada: El baile del pato, de Manuel Iborra, donde Enrique San Francisco llevaba a cabo un trabajo resultón y espontáneo, muy por encima de una nimia corrección, como ese amigo artista y vividor, fanático de la noche madrileña, un empeño que, a pesar de todo, se nos antoja sumamente sencillo y hasta bidimensional, y que se torna en vistoso más por el indudable carisma del actor que por la realización de un verdadero y brillante trabajo interpretativo. Es por esta razón por la que su insólita nominación al Goya como actor de reparto en la cuarta edición de los Premios de la Academia resulta incluso desproporcionada pues, de no ser por este hecho, el trabajo realizado por Enrique San Francisco en El baile del pato no gozaría del interés del que desproporcionadamente disfruta en la actualidad.

Los Olvidados.


Dentro de este apartado no tenemos más remedio que, lamentablemente, comenzar hablando de una de las películas más importantes de aquel 1989 y, por extensión, una cinta que siempre figurará en las listas de las mejores películas del Cine Español en toda su historia. La surrealista y aún perdurable originalidad de Amanece, que no es poco brilla a gran altura también (y mucho) por la labor de la plana mayor de su abultado reparto, donde destaca por méritos propios un excepcional Luis Ciges. De su particularísimo e inimitable estilo interpretativo, sacó el director un provechoso juego cómico, otorgándole el papel de ese padre en sidecar que hace las delicias de los amantes del humor absurdo. Un rol pequeño, pero jugosamente aprovechado por un actor que, partiendo de su personal forma de interpretar, se marca uno de los empeños humorísticos más loables de nuestro cine, componiendo para la historia un personaje absolutamente icónico, de proverbial e inolvidable eficacia, que obtiene de él una insondable ternura, lo que ejerce de contrapunto perfecto a las mordaces réplicas que le caen en gracia, resultando de tan disparatada mezcla las mejores carcajadas de toda la función.


Casi a su misma altura se halla la delirante participación en esta rareza de Castro Sendra "Cassen", dando vida a ese cura impertérrito y vanagloriado cual ídolo de masas, que terminó de ratificar el cariño que una parte de la industria aún le profesaba y ante el que él correspondió dando de sí una de sus mejores interpretaciones, que rezuma ironía e inocencia a partes iguales y en la que Cassen efectuaba un trabajo recorrido en todo momento por una indulgente acidez, lo que erige su intervención en uno de los platos fuertes del film. Lástima que tan buen acabado cómico no obtuviera la resonancia popular que sí que merecía, ni tan siquiera de parte de una industria que no le tuvo en cuenta ni para componer la lista de nominados al Goya al mejor actor de reparto aunque fuese, por lo menos, como homenaje a la categoría estelar de la que el intérprete disfrutó durante toda la década de los sesenta. Para más inri, este insospechado y brillante come back de Cassen a la primera línea de la cinematografía nacional no obtuvo la continuidad laboral deseada y el actor tuvo que esperar un par de años más para volver a participar en otro nuevo proyecto cinematográfico.


Con la altanería acostumbrada en sus intervenciones humorísticas, el estupendo José Sazatornil volvió a merecerse figurar entre los finalistas al Goya un año después de haber triunfado por todo lo alto en esta categoría. Y, no podía ser de otro modo, gracias a Amanece, que no es poco, donde el intérprete lidiaba con el personaje del guardia civil que trata de poner orden y concierto en el sinsentido generalizado de toda la puesta en escena del filme. Desplegando una maestría y solemnidad descomunales, Sazatornil se gana a pulso ser considerado uno de los grandes olvidados a los Goya, sobre todo por el excelente ritmo aplicado a sus réplicas, lo que añade un significativo valor humorístico a todas sus intervenciones, que solo por su sola presencia brillan ya a gran altura.


Es obligado mencionar, también dentro del reparto de la cinta de Cuerda, la hilarante prestación que a la causa lleva a cabo Manuel Alexandre, como ese deslenguada pregonero y capellán, posible pederasta, en un trabajo de desbordante comicidad dada su absurda naturaleza, al que el intérprete, con su contrastada eficacia en el género, incorporaba una sorna entre maliciosa e infantil, ofreciendo en la pantalla un trabajo de despreocupada y desprejuiciada brillantez.


También dentro del registro cómico, aunque ahora ya fuera del elenco de Amanece, que no es poco, el “camello” sin oficio ni beneficio de la crucial Bajarse al moro que incorporaba Juan Echanove, se cuenta entre los trabajos injustamente olvidados en aquella edición. Interpretación tocada por una gracia particular e inolvidable, auténtico cénit humorístico del actor, que basaba su juego en una naturalizada ternura y un insondable mimetismo con su personaje. La libertad de acción otorgada por el director a todo su reparto, se hace especialmente patente en el trabajo de Echanove, que ofrece un auténtico recital de sencillez y franqueza interpretativa, espontaneidad que parece surgida siempre de la improvisación más honesta y que encuentra su complemento perfecto en el trabajo de su compañera de reparto, Verónica Forqué, poniendo en pie entre los dos una de las más encantadoras y divertidas parejas cómicas vistas en una pantalla de cine en los ochenta.


Aparte de Amanece, que no es poco, también Esquilache ofreció un estupendo catálogo de trabajos secundarios masculinos que la Academia podría no haber pasado en alto. Como el de un José Luis López Vázquez, que gozó del honor de ser incluido dentro de tan majestuoso reparto y donde volvía a dar lo mejor de sí en un papel de soporte, como el enigmático y servicial secretario personal del personaje titular, basando toda su participación en una estoica y severa economía gestual, que da la idea justa del lugar y posición que ocupa su personaje en la escala de poder de la corte del rey Carlos III, no estando exenta de su interpretación la dosis necesaria de nobleza que corresponden a un tipo letrado y cultivado como el suyo. Gracias a la labor del intérprete, a nadie le resulta extraño que Esquilache confiese hacia el final del metraje no fiarse demasiado de él, pues López Vázquez se encarga de presentarnos a su secretario como un ser amigable y cercano, sí, pero también sumamente rencoroso y egoísta en fugaces fogonazos que tienen como colofón la última y tensa escena, en la que expone su malestar ante las continuas desacreditaciones que recibe por parte de su amo, incluso en presencia de otros criados. Es por esta escena, donde el orgullo herido y la dignidad manchada luchan por explotar, lucha que el intérprete borda en su exposición con emotiva contención, por la que merece hablarse del trabajo de López Vázquez en Esquilache, nuevamente, como uno de los olvidados al Goya en la categoría de reparto.


Prácticamente olvidado por la industria del cine, el habitualmente actor cómico Ángel de Andrés reapareció cuando nadie lo esperaba a finales de la década de los ochenta y, más sorprendente aún, con un papel dramático en Esquilache, donde disfrutaba por fin de un personaje a su medida, lo suficientemente extenso como para permitirle el lujo de lucir sin parangones de ninguna clase el inconmensurable talento que tanto tiempo había sido ignorado y desaprovechado por el cine. Daba vida al Marqués de la Ensenada, antiguo ministro, ahora amigo y confidente del Marqués de Esquilache protagonista, que guarda celosamente un desapacible rencor hacia el ministro extranjero y sus ideales ilustrados y reformistas. Toda la participación del intérprete deja entrever esta doble dimensión de su personaje, pues a los buenos gestos y a las sonrisas cómplices siempre le acompañan taimadas miradas o cierto agarrotamiento corporal que decoran el trabajo de Ángel de Andrés con la precisión exacta para, como al personaje titular, despistar por completo al espectador sobre sus secretas intenciones. El enfrentamiento final entre el suyo y el personaje de Fernando Fernán Gómez adquiere una categoría superior gracias al contundente juego verbal al que ambos intérpretes se prestan y en el que De Andrés evidencia claramente por qué ha de hablarse de él en términos de uno de los grandes secundarios menospreciados por la industria, no logrando ni tan siquiera una más que merecida nominación al Goya como actor de reparto por esta estupenda labor en Esquilache, la que sería la única oportunidad que el cine le brindaría para luchar por tan insigne cabezón en toda su trayectoria.


Algo que también le ocurrió al último de los muy célebres olvidados aquel año, la otrora estrella de nuestro cine, Alberto Closas. Intérprete al que hacía años que no le dejaban brillar a la altura que una figura de su talla merecía. Así, en uno de sus últimos trabajos, para la película Esquilache, daba vida al Duque de Villasanta, personaje que representaba en su arrugada figura a esa alta nobleza abiertamente contraria a los métodos aperturistas del protagonista titular, como bien manifestaba su personaje en su primera aparición, y a la que el experimentado intérprete aportaba una imperturbable clase incluso lanzando dardos verbales matizados por un conveniente uso del cinismo más cruel. Posteriormente, Closas, con sus ojos vidriosos y su porte señorial, se permitía el lujo de robar planos y escenas a sus compañeros protagonistas, efectuando una labor desafortunadamente poco desarrollada sobre el guión, pero que la antigua y experimentada estrella lograba remarcar con su sola presencia y su sosegado y escrupuloso saber hacer. Una pena que esto, unido a una trayectoria digna de los más importantes homenajes, no sirviera para brindarle una más que justa nominación al Goya como actor de reparto, quizás el único premio cinematográfico que nunca se le concedió.

jueves, 23 de mayo de 2013

José Sazatornil se impuso justamente como el Mejor Actor Secundario de 1988.


La tercera edición de los Premios Goya, que se encargaba de premiar los mejores trabajos cinematográficos del año 1988, incorporó una celebrada novedad al ampliar el número de candidatos por categoría de los tres iniciales de las anteriores ediciones a cinco. Una decisión que, a priori, permitiría que fuesen olvidados menos trabajos significativos en la terna por un Goya, algo realmente lamentable en la edición anterior. A pesar de esto, los cinco finalistas definitivos al Goya al mejor actor secundario de, ésta, la tercera edición volvieron a dejar constancia, en algunos de los casos, del incomprensible y cuestionable criterio selectivo de los académicos, pues vistos con ojos actuales, sólo dos de los cinco contendientes merecían formar parte de la pugna goyesca; aunque, eso sí, el nivel de los cinco trabajos seleccionados superaba, con creces, al de las ediciones precedentes. Así, no es de extrañar, que el tercer Goya al mejor actor secundario sea, además, uno de los más justos en la historia de estos galardones.


Y es que se premió el rescate definitivo, a nivel artístico, que se había producido ese año con Espérame en el cielo, de Antonio Mercero, sobre la excelsa y mil veces desperdiciada figura de un grande como José Sazatornil, que por fin se permitía el lujo de llevar a cabo una actuación que rayaba en lo excepcional como ese Alberto Sinsoles, miembro del equipo de propaganda franquista encargado de instruir convenientemente al futuro doble de Franco. Desenvolviéndose a lo largo de toda su, por fortuna casi protagónica, intervención con entusiasmo fervoroso y siempre dentro de esa impertérrita rigidez militar que define eficazmente a su personaje, la actuación de ‘Saza’ no está exenta de un corrosivo sentido de la ironía, perfecto para alcanzar el tono adecuado de su rol dentro de una película que es, esencialmente, amable. Logrando esquivar la parodia, recurso facilón y nada conveniente en el que habría sido fácil caer, este experimentado intérprete logró hacerse inolvidable en la película de Mercero, haciendo hincapié en la soberana y altiva dignidad de su devoto personaje, que venera al generalísimo equiparándole a un Dios, ayudado por un espléndido ejercicio vocal y un rictus facial de estudiado y divertido espíritu marcial. En suma, un soberbio trabajo que permitió obtener a este inigualable característico del cine español el reconocimiento que tan largo tiempo le había dado la espalda, materializado en la consecución de un merecidísimo Goya al mejor actor de reparto, que significaba además el primer premio importante logrado por José Sazatornil ‘Saza’ en su fecunda carrera cinematográfica.


Su máximo rival o, por decirlo de otra manera, el otro candidato realmente fuerte aquél año se resarcía de su olvido el año anterior con ésta, su primera nominación al Goya gracias a uno de los papeles principales en el prestigioso éxito Remando al viento, de Gonzalo Suárez, como el frustrado médico y secretario personal de Lord Byron, John William Polidori, a través del que José Luis Gómez expone sin complejos la insondable sensación de tristeza impotente que asola a su histórico personaje cuando se ve sometido a las continuas burlas del que cree su amigo y considera su modelo a seguir en su nada oculta aspiración de convertirse en un gran escritor. Así, mientras declama con majestuosa belleza y encomiable perfección punzantes e irónicas réplicas a cada uno de sus interlocutores, logra transmitir con sencilla caligrafía ese estado de desaliento ante una velada frustración manifestada a través de ese leve y vergonzoso pinchazo que sacude al orgullo propio ante la constatación de que su talento como escritor queda muy lejos de los  imponentes “amigos” que le rodean y que se escapa por los intensos e hipnóticos ojos del actor. O el indigno sentimiento de culpa que golpea a su personaje tras haber envenenado al perro de Byron, expuesto ante la cámara con profundo patetismo en esa gloriosa borrachera que protagoniza enredándose por todo el cuerpo la cadena del can y que finaliza con su estremecedor encuentro con “el monstruo”, donde el trabajo de José Luis Gómez se imbuye de un palpable e inhóspito horror, que transforma todo su cuerpo, paralizándolo, y se escapa por unos ojos que se humedecen consternados, para inculcarnos a nosotros, desconcertados espectadores, un miedo escalofriante y perturbador, siendo mérito absoluto de Gómez y no de la puesta en escena de Suárez, el que una escena como ésta resulte tan terroríficamente efectiva. Candidato al Fotogramas de Plata aquella temporada, José Luis Gómez se ganaba una merecida y aplaudida nominación al Goya en la categoría de reparto. Huelga decir que resulta imprescindible visionar este trabajo en su versión original en inglés.


El siguiente en la lista de los favoritos es, sin lugar a dudas, Guillermo Montesinos, pero más que por su trabajo interpretativo, por desarrollarse éste en la película finalmente ganadora del año, Mujeres al borde de un ataque de nervios, de Pedro Almodóvar. Su taxista estrafalario, erigido en muy poco tiempo en su personaje más característico y reconocible por el gran público, resulta una intervención de pocos pero divertidísimos minutos, que el intérprete aprovecha para lucir ese estilo cómico chulesco y desinhibido que le caracteriza, no exento en esta ocasión de una reconfortante dulzura que encuentra su perfecta exposición en el inolvidable juego artístico que ejecuta con la protagonista. Ese luego afamado conductor del Mambo-Taxi, con tinte amarillo en el pelo y mil y un productos que ofertar a la atribulada protagonista de la formidable persecución final, le brindó a Guillermo Montesinos el alcanzar la cima de su trayectoria artística al quedar seleccionado entre los finalistas a este Goya que para ganarlo no fue suficiente con el tirón de votos recibidos por la película como flamante triunfadora final.

Menos posibilidades tenía de resultar vencedor Ángel de Andrés López, por mucho que la Academia de Cine se dejara seducir por su trabajo en el thriller Baton Rouge, de Rafael Moleón, de una manera algo inesperada. Muestra de la definitiva consolidación del intérprete dentro del cuadro actoral de la industria del cine español gracias a este nuevo empeño de policía, ahora en un registro descaradamente influenciado por el mejor cine negro, Ángel de Andrés López acometía con aplomo y serenidad su intervención, bordando su pequeño pero decisivo cometido de inspector inquisitivo y avispado que trata de unir las inconexas piezas del puzle criminal escrito por Moleón y su guionista, un joven Agustín Díaz Yanes. El limitado y acartonado dibujo de su personaje quedaban superados por la voluntad férrea del actor, que se imponía a sus algo estereotipadas secuencias derrochando con su sola presencia no poca autoridad, siendo buen ejemplo de esto su corto speech acerca de una foto del torero Manolete ante un acorralado Antonio Banderas en la comisaría.

Tampoco partía con muchos puntos a su favor el quinto y último de los candidatos, un joven Jorge Sanz que lograba aquí su segunda nominación al Goya, la primera como secundario, gracias a haberse estrenado a las órdenes del director que más partido ha sabido sacarle hasta el momento al intérprete. Hablamos de Vicente Aranda. Con él debutó en El Lute II (mañana seré libre), donde Sanz daba vida al hermano menor del protagonista titular, en un trabajo colmado de naturalidad, con algún que otro lapsus corporal o vocal, pero efectivo y consecuente con ese personaje ingenuo y entregado que admira sobremanera la figura de su hermano, erigido para él casi en su propio padre. La química que se establece en este sentido entre Sanz y el intérprete de El Lute, Imanol Arias, es quizás el motivo por el que la actuación del primero resulta mejor acabada y más sincera que la de, por ejemplo, Ángel Pardo, actor que incorpora al otro hermano del protagonista. Aún sin ser del todo un trabajo redondo y aún no poseyendo ningún tipo de característica que lo eleve de la mera corrección, Jorge Sanz se sumaba una segunda nominación al Goya sin haber cumplido aún los 20 años.

Los Olvidados.

Aunque aumentaran el número de candidatos para esta edición, la Academia no pudo evitar dejar fuera de la competición trabajos verdaderamente conseguidos y que no desmerecían el haber llegado a una final por el Goya. Como es el caso del enorme Francisco Rabal, al que en El aire de un crimen, de Antonio Isasi-Isasmendi, se le encomendaba la función de dar credibilidad fílmica al personaje del Coronel Olvera, preso en un cuartel, a pesar de que su ilustre porte y su exquisito comportamiento nada ayuden a equipararlo con alguien realmente peligroso. Sin embargo, la inabarcable sapiencia y el espléndido talento de Rabal pronto nos exhortan a indagar en una personalidad que, tal y como la expone el actor, deja entrever una doble dimensión, que intuimos gracias a la desorbitada carga de dobles sentidos con la que la estrella refuerza sus parlamentos y al añadido de un trabajo corporal repleto de misterio y que acerca por momentos su actuación al mito fílmico de un gángster. Adquieren sus intervenciones en la adaptación de la novela de Juan Benet la magnífica cualidad de despertar al espectador de su letargo y devanarse los sesos buscando alguna explicación, intentando anticiparse a los hechos, alzándose así el trabajo de Rabal como una de las grandes virtudes de la que sería la última película de Isasi-Isasmendi, que no logró nominación alguna para ninguno de sus intérpretes, ni siquiera este espléndido secundario ofrecido por Francisco Rabal, en una tercera edición de los Premios Goya donde la película injustamente sólo quedó finalista en el apartado de mejor guión original.

Tampoco hubiera desmerecido una nueva candidatura al Goya el primer actor en conseguirlo de la Historia, Miguel Rellán, gracias a Jarrapellejos, donde el actor se imponía sobre el atractivo grupo de compañeros en esta película de Antonio Giménez Rico, aunque no resultaba difícil estar por encima de otros intérpretes cuando algunos de ellos se limitaban a exagerar las esquemáticas líneas esbozadas sobre sus respectivos papeles en el guión y otros, sencillamente, no actuaban, desfilando por la pantalla como si tal cosa. Rellán es un férreo actor, de esos que se fusionan con su personaje (sea éste el que sea) y desaparece de la vista del espectador exhibiendo en pantalla absolutamente todas las aristas (buenas y malas) que definan a su rol sin ningún tipo de miramientos ni coartadas. Así se explica que desde que hace su aparición en la película a uno le dé náuseas observarle por la despreciable e insolente actitud que le acompaña. Su campesino guardián o sereno es un hombre de comportamientos primarios, casi salvajes, que sólo conoce un tipo de moral y esa es la honra, y cuándo ésta queda manchada se vuelve en un ser sin escrúpulos, capaz de testificar en falso contra un vecino con tal de saciar su sed de venganza. Su Gato tiene malas ideas y las pone de manifiesto en esa ejemplar escena al lado de Antonio Ferrandis, en la que entre ambos tejen una enrevesada acusación contra un inocente. Tiene tan dentro de sí a su personaje, que Rellán se come enterito a su partenaire: su cuerpo permanece rígido, en palpable tensión, mientras su rostro mira a su amo confiado, tanto que en ciertos momentos parece estar retándole a un duelo de espadas para limpiar su honor, mientras son perceptibles las estrategias que se van formando en su cabeza para justificar la culpabilidad del vecino. Sólo este momento bastaba para tenerle presente a la hora de seleccionar a los candidatos al Goya, pero la película nos proporciona otros: esa escena de servilismo absoluto y vergonzante ante los señoritos del pueblo en el bar que regenta, el posterior acoso vejatorio con consecuencias trágicas a las dos mujeres o la declaración ante el juez en la que el intérprete hace uso de un descaro inmenso dejándole en ridículo. Por si esto fuera poco, Miguel Rellán incluye en su rostro el hambre y la necesidad de cumplir con las órdenes, voluntades o caprichos de los ricos para granjearse un buen futuro para su hija, lo cual terminará siendo mostrado muy superficialmente por su director, pese al esfuerzo del intérprete en que no se juzgara a su personaje únicamente por sus actos malvados. Fue, de lejos, el cometido más significativo y el más redondo de todos los ejecutados por el intérprete más pluriempleado en aquel curso cinematográfico.

El chileno Nelson Villagra también se alza como uno de los grandes olvidados aquél año gracias a su cometido en Viento de cólera, de Pedro de la Sota. Es de suponer la enorme presión psicológica padecida por todo el equipo técnico y artístico de esta ópera prima, bienintencionado intento de construir un film histórico de aventuras localizado en el pasado medieval y rural español llevado a cabo con cierta impericia por su debutante director. Las duras condiciones de rodaje a las que fueron expuestos los actores dada la naturaleza de las localizaciones reales, pudo tener algo que ver con el pobre resultado alcanzado por algunos de ellos, siendo especialmente reseñable la equivocada sobreactuación de un Juan Echanove protagonista. Por contra, el intérprete Nelson Villagra se mantiene apegado a una gratificante línea realista durante toda la peripecia, imponiéndose con holgura como lo mejor de la función. Su papel del viejo Balanzategui, el dueño de las tierras por cuyos derechos el acartonado protagonista inicia un descorazonador acoso. Dibujado como un personaje noble, justo e íntegro, un hombre que carga en el pecho con los antepasados de los que heredó sus pertenencias, Villagra aporta una hondura humana a su rol encomiable, lo que da pie al espectador a identificarse rápidamente con él y con su sufrimiento, ese que le provoca el sentimiento de pérdida de lo que es suyo, de lo único que tendrán sus hijas para vivir. La controlada parsimonia con la que el intérprete da sus primeros pasos en el relato, la calibrada precisión con la que pronuncia sus primeras frases frente al cura y la inteligente ausencia de efectismos en su expresión, son los pilares en los que Nelson Villagra fundamenta el retrato base de su personaje, ese que debe dar al espectador la primera y fundamental información necesaria del mismo y que en esta ocasión se halla genialmente transmitida. El amoroso cuidado que ejerce sobre sus hijas y la creciente preocupación a la que se ve expuesto debido al acoso sufrido por los 'malos' son elementos que el actor va incorporando después, según lo vaya disponiendo el guión a lo largo de un metraje cansino, a pesar de todo. Su final explosión, cargada de una rabia visiblemente contenida, dada la tensión a la que somete su cuerpo y que ilustra a la perfección un miedo latente, se ve en cierto modo perjudicada por la pobre planificación que el realizador efectúa de esa lucha cuerpo a cuerpo entre Villagra y Echanove. No obstante, estamos ante un trabajo notable, de lograda comunicabilidad dramática precisamente por el escaso énfasis del intérprete en cada una de sus intervenciones.

Fiel a su fama de característico eficaz y carismático, en la desconcertante Diario de invierno, de Francisco Regueiro, Francisco Algora ejecutaba con tino y brillantez a ese siervo fiel, descarado y deslenguado, experto culebrero, encerrado en una celda al principio, que suelta sus frases con endiablada lucidez y estudiada caligrafía, gracias a un dominio excelso de su aparato vocal, y que deambulaba más tarde a sus anchas por esa casucha destartalada en la que acompaña al padre protagonista en su repugnante trabajo, ejerciendo de un contrapunto casi cómico ante la turbiedad que domina el conjunto de la obra de Regueiro y protagonizando la escena más trágica de la película, sin perder ni un ápice de compostura humorística. Llevaba a cabo un extraordinario trabajo de difícil catalogación que, inesperadamente, no obtuvo su correspondiente recompensa con una nominación al Goya en el apartado de reparto.

Y si el ganador fue finalmente un grande de nuestro cine, la Academia se olvidó aquél año de incluir entre los candidatos a un grande también, aunque esta vez del teatro, que como solía acostumbrar, volvía a ser lo único bueno de una película. En este caso, Soldadito español, desatinado drama de Antonio Giménez Rico al que la presencia de ese Luis Escobar en la piel del abuelo enfermo, metido en la cama o postrado en su silla de ruedas, lo que no le impide lanzar punzantes dardos a toda su familia en un tono decididamente recriminatorio, aporta unas sanísimas gotas de tronchante humor, generando en el espectador el ansia por asistir a nuevas y jocosas intervenciones del intérprete, que se hace muy fácilmente inolvidable mientras arremete contra su nuera fingiéndose enfermo, refunfuña ante la estricta moralidad de sus hijos o disfruta como un crío de unos chipirones en su salsa en la boda de su nieto, ayudado por un confeso vicio al vino. Momentos breves y pasajeros que, de no haber sido por la poco conseguida altura artística final del filme, hubieran sido más que suficientes para proporcionar a Luis Escobar una nominación al Goya.

La cinta perdedora aquella edición también hubiera merecido colar entre los intérpretes candidatos a uno de los actores de su abultado reparto. Concretamente a Francisco Merino, que volvía a ser olvidado por la Academia por su capitán Alonso Esteban, el guía español de la tiránica aventura narrada en El Dorado, la película más cara de la historia del cine español hasta el momento, debida a Carlos Saura. Sus secuencias al lado del protagonista, el actor italiano Omero Antonutti, dan debida cuenta del talento interpretativo de Merino y dejan en pañales la vergonzosa falta de registros de la estrella italiana, valga de ejemplo su brillante ejecución de borracho visionario en la secuencia sobre el bergantín que, por sí sola, hubiese justificado la presencia del intérprete entre los finalistas al Goya.

Por último, no nos olvidamos del mítico Fernando Rey por uno de los dos trabajos que le dieron la Concha de Plata del Festival de San Sebastián, en este caso nos referimos al realizado en El aire de un crimen, otra breve intervención, de nuevo como hombre cultivado, tal y como acostumbraba, esta vez un exiliado republicano que en sus continuas idas y venidas por el hotel en el que se hospeda, se va haciendo eco de todos y cada uno de los rumores que salpican al nutrido grupo de protagonistas y de los que irá dando buena cuenta ante su antiguo y buen amigo el médico, interpretado por Miguel Rellán. Un trabajo escueto, en términos estrictamente interpretativos, aunque resuelto con la soberana elegancia y la clase magistral que eran ya comunes a los cometidos de Don Fernando y que no hubiera desmerecido en modo alguno una nominación al Goya para la estrella en el apartado de reparto, aunque teniendo en cuenta que fue él quien ganaría precisamente el Goya de aquél año en la categoría principal, no queda otra que calificar su olvido aquí como un mal menor.