Karra Elejalde regresa el viernes a los cines.

Repasamos la filmografía del actor cuando regresa a la comedia con "Ocho apellidos vascos".

Palmarés XXIII Premios de la Unión de Actores.

"Caníbal", de Manuel Martín Cuenca, una de las vencedoras con 2 premios.

17º Festival de Málaga. Cine Español.

La Sección Oficial está compuesta por 15 largometrajes muy esperados para este 2014.

17º Festival de Málaga. Cine Español.

Seis títulos integran la sección paralela, competitiva, Zonazine, el espacio independiente.

17º Festival de Málaga. Cine Español.

Málaga Premiere y Estrenos Especiales completan la oferta de novedades del certamen.

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sábado, 30 de noviembre de 2013

María Barranco ganó su segundo Goya por "Las edades de Lulú" en un año con poca chicha.


Si ya venía siendo una insufrible constante el que no se dieran en nuestra cinematografía papeles suficientemente lucidos para nuestras actrices, el curso de 1990 degeneró en tal práctica hasta unos niveles vergonzosos, pues apenas hallamos papeles femeninos secundarios relevantes en la producción nacional de aquel año, no hablemos ya de trabajos que superen la incómoda discreción. La composición de dicha categoría a los Premios Goya tuvo que conformarse con la inclusión entre las finalistas de algún que otro trabajo en modo alguno remarcable, que para nada resulta reprochable a tenor del nivel medio de algunas olvidadas. Eso sí, como siempre hay excepciones, es obligado destacar el injusto olvido de Eulalia Ramón, por su trabajo en Las cartas de Alou, de Montxo Armendáriz, una interpretación que hubiera dado lustre a una categoría que, atendiendo a sus nominadas, ganó justamente quien más lo merecía.


Tiene mérito ganar tu segundo Goya por un título cuyo escabrosismo se halla a estas alturas completamente desfasado y su sentido del erotismo parece de manual, como lo es la adaptación del best seller de Almudena Grandes, que la propia autora llevó a cabo junto a un Bigas Luna en alarmantes horas bajas. El papel de la travesti Eli es el más redondo de toda la función de Las edades de Lulú y más por la acertada exposición que de él lleva a cabo en la película su intérprete que por un detallado dibujo del mismo. Nada más lejos de la realidad, pues el personaje se encuentra descrito con trazo grueso y solo la entrega de María Barranco lo eleva muy por encima del pobre nivel de una película que, además, cuenta con dos importantes lastres en el trabajo de su pareja protagonista. A diferencia de ellos, en su corta intervención, la Barranco se hace imperecedera, afrontando el estereotipo de su rol desde el efectivo, por fresco, desinhibido y alocado, registro que la había hecho popular, pero logrando además dotar de no poca carga trágica a su escena cumbre del trío frustrado con los protagonistas. Todo un acierto el del director el de focalizar la atención de la cámara en el minucioso y expresivo trabajo de María Barranco a lo largo de esa dolorosa masturbación, pasando por alto la presencia en la escena de los otros dos intérpretes. La afortunada gravedad que emplea para su trabajo vocal ayuda a dejar bien claro el esforzado trabajo en la construcción del personaje llevado a cabo por la actriz, que acomete con contundente verosimilitud y desbordante naturalidad la arriesgada exposición física de su personaje, en secuencias nada amigas de tabúes o prejuicios. Por lo que cabe destacar también que el Goya vino a premiar como se merecía el tremendo ejercicio de valentía efectuado por la actriz en un papel en modo alguno convencional.


Ante el bajo nivel en la interpretación femenina de reparto ofrecido por la cosecha de 1990, no desentona entre las finalistas la nueva colaboración de esta barcelonesa con el director manchego tras Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988), en la que definitivamente se asentó el 'tipo' en el que mejor parece encajar la personalidad de la actriz. En la piel de Lola, la hermana productora de la protagonista, Loles León desplegó con inteligencia toda su desenvoltura espontánea, dando forma a una mujer temperamental y elemental, gritona, casi populachera, muy acorde a las necesidades estrafalarias propias del universo almodovariano, tan conocido por todos. Brilla el trabajo de Loles León cuando responde con absoluta entrega y convicción a estas premisas de surrealismo "kistch", como en el descacharrante número musical que protagoniza con poco disimulado entusiasmo, o cuando va soltando por la escena las "paridas" verbales dispuestas a lo largo de su intervención con una inimitable aprehensión de lo vulgar y lo chabacano, de divertidísima resolución. Mostrándose igualmente competente cada vez que su personaje entra dentro de la trama principal del filme, aunque sin el fulgor extravagante exhibido en la otra parte, sí al menos irradiando una naturalidad realmente estimulante. Lastra el resultado final de su actuación la sensación de que no ha habido trabajo alguno de composición del personaje por parte de la actriz, sino que toda su labor se ha sustentado en una plasmación milimétrica de la exuberante frescura propia de la intérprete y que, por tanto, estamos ante un trabajo de fácil ejecución, tocado por la incontestable gracia con la que Loles León sabe decorar cada empresa que ejecuta. Sin menospreciar las cualidades interpretativas de la actriz, lo cierto es que necesitaría de cometidos menos bidimensionales como éste para lograr convencer en registros más ambiciosos que el desplegado con aplomo y plenitud en ¡Átame!.


La tercera en discordia resultó ser el miembro más joven de la familia Flores, Rosario Flores, que a diferencia de sus progenitores y sus hermanos, parecía por aquél entonces decantarse por el mundo de la interpretación en detrimento de la faceta musical, sin duda, la gran baza familiar. Con una todavía incipiente filmografía, en la que ya había incluso asumido el riesgo de interpretar a una lesbiana en la fallida Calé (1987), de Carlos Serrano, y ser dirigida por el interesante Francisco Regueiro en Diario de invierno (1988), su nominación al Goya sirvió para confirmar la categoría semi-estelar de la que disfrutaba en la industria, pero tras el visionado de Contra el viento, de Paco Periñán, resulta obligado reconocer lo desproporcionado de tal hecho. Pues, aún reconociendo que la actriz lleva a cabo un aplicado trabajo dentro de esa incestuosa trama que plantea la película, incorporando con no poca dulzura y encanto el papel de la joven y atenta novia del protagonista, ni su fresca presencia, ni su indudable carisma racial, ni su extraña y peculiar cinegenia, logran elevar del lugar común al que finalmente queda reducido su trabajo, por culpa de una puesta en escena lánguida y deficiente en la que, eso sí, Rosario Flores logra comerse enteritos a la desnaturalizada pareja protagonista.

Las Olvidadas.


Estupenda actriz bastante desaprovechada por nuestra cinematografía, carente de eso tan necesario para acceder a papeles de gran envergadura como era (y sigue siendo) el éxito popular a gran escala, Eulalia Ramón logró en la quinta edición de los Premios Goya alzarse como una de las máximas favoritas en la categoría a la mejor actriz secundaria gracias al éxito obtenido por Las cartas de Alou, de Montxo Armendáriz, en el Festival de San Sebastián. Sin embargo, su bonita y serena interpretación se quedó finalmente fuera de la terna, convirtiéndose así en la gran olvidada en dicha categoría. Sobre todo, por significar con su sola presencia toda la luz y la calidez que posee la cinta, narrada desde una óptica algo gélida. Su Carmen, la chica gentil y amigable que acabará enamorando al inmigrante protagonista de la cinta de Armendáriz, irradia en todo momento felices sensaciones, precisamente por el trabajo de Ramón, tierno y cercano, emprendido con notable sencillez, tanta que sin alardes de ningún tipo, logra convencernos rápido, a través de su mirada y su preciosa sonrisa, de la atracción surgida en su personaje, quizás uno de los pocos elementos de todo el filme que no se aprecia tratado de un modo superficial.


En La teranyina (La telaraña), de Antoni Verdager, Anna Lizarán, premiadísima y reputada actriz teatral, regresaba a la gran pantalla para aportar con su sola presencia gotas de indudable calidad interpretativa. Presente solo en unas pocas, contadas, secuencias, daba vida a la criada entregada del abogado de la familia protagonista, los Rigau, al que daba vida Sergi Mateu. Con muy pocos elementos, Lizarán logra transmitir ante la cámara la devoción ciega que le inspira su señor, así como la humilde y servicial humillación a la que no le importa prestarse casi a menudo. Apoyándose sólo en el hábil uso de su mirada, la actriz consigue captar la atención del espectador, a pesar de significar tan poco su papel desde un punto de vista argumental. Incluso, se hace imborrable en la sádica y denigrante entrega que protagoniza ante su amo en la, claramente, gran escena que protagoniza. Con tan pocos trabajos femeninos remarcables en aquel curso cinematográfico, es obligado hablar de la ajustada y breve composición de Anna Lizarán en La telaraña entre las olvidadas al Goya en la categoría secundaria.


Actriz también eminentemente teatral, hacia finales de los ochenta y principios de los noventa, Rosa Novell frecuentó el cine español en películas de no pocas aspiraciones industriales y/o artísticas. Fue el caso de Lo más natural, de Josefina Molina, que se benefició de su corta pero estimulante presencia como la secretaria y amante del hermano de la protagonista, en un cometido minúsculo, que la actriz supo aprovechar al máximo para erigirse en una de las virtudes a reseñar del filme. Sin conseguir sacar de la bidimensionalidad y el esquematismo a su personaje, Novell sí ganaba puntos al dotar a sus intervenciones de una puntillosa acidez y un cinismo irresistible, logrando que el espíritu feminista de su personaje se libere de la pesada y fatua moralina que lo recorre y que se cae sobre su propio peso en la última secuencia que protagoniza. La inteligencia y la independencia de la actriz salvan, en última instancia, su trabajo y, en virtud del ya mencionado escaso nivel competitivo en trabajos femeninos secundarios acaecidos en 1990, se podría hablar de ella como de una de las olvidadas al Goya en esta categoría.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Una sola escena le bastó a María Asquerino para ganar su Goya en 1989.


Cerramos el círculo repasando la última de las categorías interpretativas de los Premios Goya de 1989 con la correspondiente a la mejor interpretación femenina en papel de reparto; en un año en el que, como venía siendo habitual, pocas películas incluyeron papeles realmente jugosos y lucidos para las actrices de nuestra industria. Por ello, no es de extrañar que a la hora de componer la lista final de las cinco nominadas, la Academia echara mano sólo de un par de películas que, además, son las únicas que nos proporcionan las pocas interpretaciones femeninas secundarias olvidadas que sean dignas de mención. De los cinco trabajos nominados en aquella cuarta edición de los Goya, llama la atención que tres de ellos ocupasen un casi anecdótico tiempo en pantalla y que los otros dos restantes sólo sirviesen para confirmar los registros más aclamados por el público de sus correspondientes actrices.


Tras muchos años de despropósito por parte de una industria ciega y ensimismada que prácticamente la ninguneó a lo largo de toda su trayectoria, incluso olvidándola en la primera edición de los Premios Goya, el mea culpa llegaría aquel año en forma de Goya a la mejor actriz de reparto por su nuevo trabajo ante las cámaras, de nuevo gracias a su amistad con Fernando Fernán Gómez, quién le dio la oportunidad de no caer en el olvido de esta voluble industria al confiarle el pequeño y decisivo papel de una sola pero complicada escena de poco menos de diez minutos, que la gran María Asquerino bordó en El mar y el tiempo. Merecidísimo Goya que suponía además de un reconocimiento a una intérprete con casi cincuenta años de experiencia a sus espaldas y un caluroso y emotivo come back, una sorpresa mayúscula, pues se premiaba un cometido ínfimo, en lo que a tiempo en pantalla se refiere, pero superlativo: no hay en el mundo muchas actrices que puedan permitirse el lujo de, con tan sólo una escena, aprovechar la coyuntura y quedar grabadas a fuego en la memoria del espectador como lo consiguió la Asquerino en El mar y el tiempo. Daba vida a Marcela, la exmujer del protagonista, que vive prácticamente apartada (o repudiada) de la rutina familiar y que en su breve encuentro con su regresado cuñado del exilio rememora, junto a su fiel botella de anís, el luminoso pasado que compartieron antes de naufragar dentro del dolor de las desilusiones y los traspiés que siempre nos reserva ese juego llamado “vida”. Para la Historia queda una de las mejores borracheras vistas en una pantalla grande en el Cine Español, técnica y emotivamente perfecta, cargada de hondura y emoción, gracias a la maestría de una actriz que sabía cómo pausar el texto y cómo medir cada gesto para, con tan poco margen de maniobra, estamparnos toda la miseria y la amargura de un personaje hundido y mil veces golpeado. Quede constancia, por tanto, de un más que merecido chapeau a la Academia de Cine, que acertó al no ignorar tremenda exhibición interpretativa y, sobre todo, a una intérprete descomunal, cuyo trabajo en El mar y el tiempo debería ser de obligado estudio en todas las academias de Arte Dramático.


Su más temible adversaria fue, precisamente, la actriz que ganara aquel primer Goya principal al que la Asquerino fue injustamente ignorada: Amparo Rivelles. Otra grande de nuestra cinematografía que obtenía así su segunda nominación al Goya, ahora ya en la categoría secundaria, por su siguiente empeño para la gran pantalla tras aquél primer Goya a la mejor actriz de 1986. Tuvo lugar gracias a su inmerecidamente corta participación en la estupenda Esquilache, de Josefina Molina, en la que tras una fugaz aparición sin texto y un nuevo y anecdótico plano con una sola frase, la Rivelles se quedaba grabada a fuego en la memoria del respetable con la única y sobrecogedora escena que protagonizaba, convertida en un singular duelo verbal con su oponente, Fernando Fernán Gómez. Dando vida a la severa e indulgente Reina madre Isabel de Farnesio, la Rivelles se muestra imponente ejecutando de manera proverbial un rol que podría haberse quedado en el tópico, pero que ella ensalzaba hasta insuflarle una vida descomunal. Ejemplo mayúsculo de que ningún papel es demasiado pequeño, la Isabel de Farnesio de Amparo Rivelles constató la enorme categoría de la estrella, que bajo ese fastuoso trabajo de vestuario y peluquería, y sustentada por un par de aparatosas muletas, hacía de la acritud la constante de un carácter eminentemente regio y utilizaba un hiriente cinismo para dejar una temerosa impronta de su superioridad personal y social. Sin pestañeos, sin aspavientos ni titubeos, la Rivelles se come a su oponente de manera limpia, al soltar con estudiada solidez algunas de las mejores líneas de diálogo oídas en una pantalla cinematográfica en años, obligándonos a admitir que su actuación no sólo era digna de la nominación recibida por parte de la Academia, sino también del Goya mismo.


Por mucho que nos pese a todos los que la admiramos con absoluta devoción, Concha Velasco debía partir con desventaja frente a las anteriores damas de la escena en la que significaba su primera nominación al Goya. Daba gusto reencontrarse con la Velasco dando vida a esa vividora y despreocupada, corrupta y maquiavélica Pastora Patermo, marquesa de Esquilache, en un trabajo llevado a cabo con pulso firme, con una estudiada y brillantemente conseguida exposición corporal, en la que destaca un sinuoso juego de matices que dan idea del carácter seductor de su personaje, una auténtica "mujer de estado", ambiciosa, que no duda en utilizar su conveniente matrimonio con el ministro titular para obtener favores de la Corona. Perfecta en el uso de su aún poderoso atractivo físico, exhibido a través de la asimilación de una cierta lascivia, que se deja entrever sólo a través de sus serpentinos ademanes y miradas, Concha Velasco demostraba en Esquilache ser dueña de una clase interpretativa de algún modo superior a la ya demostrada a lo largo de su carrera, sorprendiendo al respetable con la sabia y concienzuda plasmación de esta arpía marquesa de Esquilache, una auténtica víbora que no dudará a la hora de hacerle ver a su marido las verdaderas razones por las que sigue a su lado, con una molesta y desgarradora satisfacción desparramándose por sus ojos. Sólo lo limitado de su intervención empaña la gloriosa actuación de la estrella que, no obstante, ganó una más que merecida nominación al Goya en la categoría secundaria.


Muy poco tenía que hacer, por tanto, la incomparable Chus Lampreave aquella edición, a pesar de que comenzaba a extenderse la sensación de que la Academia debía ir pensando en premiarla. Y es que sumaba con esta su tercera nominación en la misma categoría, al dar vida a la castradora madre de Antonio Banderas en la agridulce Bajarse al moro, de Fernando Colomo, donde el particular modo de actuar de la intérprete se erigía pronto en el aval cómico más seguro de la cinta, añadiendo a su finísima comicidad un matiz de visible patetismo como esa mujer orgullosa y vanidosa que acarrea una debilidad inconfesable: su afición descontrolada por robar alijos de objetos inservibles, detalle que en manos de un Pedro Almodóvar, por ejemplo, hubiera generado una inolvidable riqueza expositiva por parte de Lampreave, que hubiera ingresado sin duda alguna en el Olimpo interpretativo del año, pero que la adaptación llevada a cabo por el mismo autor José Luis Alonso de Santos, en colaboración con Joaquín Oristrell y Colomo, no consigue sacarle todo el partido al que se presta y sólo el trabajo de la actriz logra aportar brillantez a un personaje desafortunadamente desaprovechado, elevando en cada intervención suya el tono jocoso del filme, sí, y mereciéndose por ello aquélla nueva nominación al Goya a la mejor actriz secundaria del año.


La más reciente ganadora del Goya en esta misma categoría volvió a aspirar un año después al mismo premio gracias a su participación en Las cosas del querer, de Jaime Chávarri, lo que constataba el rápido encumbramiento que había protagonizado María Barranco dentro de la industria, con un papel en verdad desagradecido: el de una estrella de segunda, Nena Colman, sin ningún talento demostrable, enamorada de manera obsesiva de Juan, el pianista amante de Pepita. Con una gracia y un salero que podrían mover edificios enteros, la Barranco se imponía al acartonado dibujo de esa serpiente viperina con la que le tocaba lidiar en Las cosas del querer, dando de ella un retrato preciso, cargado de la solidez y desenvoltura inherentes a la intérprete, que resolvía envuelta en un deje barriobajero cada movimiento orgulloso y ruin de su personaje, así como con una absoluta carencia del sentido del ridículo en los escasos números musicales que protagoniza, superando su ineficacia para la canción a través de un desvergonzado despliegue humorístico, gracias al cual se entendía aquélla nueva nominación al Goya. Y es que sus interpretaciones de "Compuesta y sin novio" y "El cocherito leré" constituyen deliciosos momentos repletos de una mordacidad y un descaro inigualables. Siendo como es un trabajo inferior al que le llevó a saborear la gloria bajo la sabia dirección de Pedro Almodóvar en Mujeres al borde de un ataque de nervios, lo cierto es que su participación en esta película de Jaime Chávarri sirvió para constatar la eficacia de la intérprete incluso en cometidos tan arriesgados como éste, en el que parecía tener todos los elementos en su contra y, finalmente, se revelaba como una pertinaz comediante, incorporando además una vena trágica y tierna a su ya conocido registro.


Las Olvidadas.



Como decíamos al inicio, pocos fueron los títulos que permitieron a nuestras actrices brillar con luz propia aquel año. Si Esquilache logró meter en la terna a sus dos intérpretes secundarias, El mar y el tiempo también habría merecido ganarse alguna que otra nominación más en este apartado, sobre todo para Emma Cohen. Y es que su natural y a veces molesta tendencia a los subrayados y a los excesos, a no acertar en los tonos, quedó inesperadamente bien empleada para terminar de bordar un personaje deliciosamente desubicado: el de esa mujer de negocios, excesivamente bien relacionada y sobradamente cumplidora, una alcahueta usurera de los nuevos tiempos radicalmente liberada a la que Cohen otorga, con una fría inteligencia, una oportuna inocencia que propicia el cariño y la estima inmediatos por parte del espectador. Fernán Gómez ofrecía a su compañera sentimental innumerables dosis de lucimiento, que ella supo aprovechar imponiéndose a sus compañeros en el plano gracias a una exposición casi surrealista de su personaje, interpretado con buen pulso a través de una dinámica y contagiosa energía, que contrasta y complementa la parálisis emocional del personaje protagonista de Fernán Gómez y que convierte a su Lupe en una auténtica mujer de acción, ágil y decidida, con la suficiente iniciativa y autoridad como para sacar a un muchacho del calabozo en cuestión de horas o evaluar con datos y cifras los pros y los contras de montar un negocio textil en la capital; y todo ello tras una incombustible, arrolladora y seductora sonrisa, que dotan a su personaje del atractivo necesario como para poder hablar de este trabajo como el más decididamente brillante de Emma Cohen. Por desgracia, se vio finalmente eclipsado por el de otras compañeras del reparto en aquella temporada de premios, lo que la sitúa entre una de las grandes olvidadas al Goya a la mejor actriz secundaria de la cuarta edición.


Cabe mencionar aquí también que en la atípica y extraña cinta de gángsters dirigida por Xavier Villaverde, de nombre Continental, se ponía en bandeja para Marisa Paredes un hermoso y lucido personaje como esa experimentada prostituta, antigua favorita del anterior jefe del territorio que ahora se disputan sus dos asesinos, los dos capos protagonistas, teniendo que asistir como involuntaria testigo de una batalla que amenaza con sesgar la vida de incluso algunos seres queridos. Así, en un importantísimo segundo plano, lleva a cabo todo su trabajo la actriz, evolucionando ante la cámara con su exquisita elegancia, haciendo carne de esa mujer acabada, unas veces borracha y siempre nostálgica, de distinguida belleza, que el tiempo y el miedo han convertido casi en una roca de hielo, incapaz de tomar partido en la sangrienta guerra que le toca presenciar. La frialdad de su personaje resulta intrínseca a la figura evanescente de la actriz, pero la fragilidad y el miedo que la provocan quedan puestos de manifiesto gracias al formidable recital de silencios que recorren toda su intervención, hasta el bello y doloroso, inútilmente romántico, monólogo que la actriz protagoniza sentada en la penumbra de una habitación. Sin lugar a dudas, una escena poco contextualizada en el conjunto del filme, pero que la actriz sabe aprovechar para humanizar a su personaje, conferirle entidad emocional y, de paso, colarse en la lista de las pocas olvidadas al Goya dignas de mención.


Algo que también hubiera merecido la joven Aitana Sánchez Gijón por sus empeños en aquel curso cinematográfico, primero como una adolescente amante de las ideas revolucionarias de finales de los años sesenta en El mar y el tiempo, cometido resuelto por la actriz con sobrada naturalidad y frescura, a las que sumaba una entrañable empatía, sobre todo en sus secuencias compartidas con el personaje de su abuela, interpretada por la ganadora del Goya en la categoría principal: Rafaela Aparicio. Y después como la virgen huidiza y hambrienta de nuevas experiencias de la comedia Bajarse al moro, trabajo tocado por un contagioso encanto y no poco atractivo, reforzados ambos por la candorosa y desprejuiciada manera en la que la actriz plasmaba el ansioso y a la vez tímido despertar sexual de su personaje. Resulta curioso que, sobresaliendo como una de las mejor preparadas y más aventajadas actrices de su generación (incluso ya en sus inicios, como vemos), a Sánchez Gijón se la haya ninguneado de forma tan desconcertante en la elaboración de las candidatas a los Premios Goya, a los que nunca ha sido finalista, habiéndolo merecido (y mucho) en numerosas ocasiones, como veremos más adelante.

martes, 1 de octubre de 2013

Brujas como Carmen Maura y Terele Pávez, aunque estiradas, siguen siendo grandiosas.


Con semejante inicio, terriblemente arrollador, frenético y desquiciado, a nadie que se atreva a acercarse a visionar Las brujas de Zugarramurdi, de Álex de la Iglesia, debería extrañarle el que, a los pocos minutos de metraje, ya se encuentre del todo enganchado a la desbordante huida que protagonizan esos ladrones de poca monta en un taxi secuestrado arma en mano, tras un violento y fugaz golpe en una tienda de compraventa de oro en plena Puerta del Sol de Madrid. La película comienza a lo grande, de forma atronadora sonora y visualmente, en una suerte de espectáculo descacharrante donde el sentido del humor le echa un formidable pulso al vertiginoso ritmo narrativo empleado por el director, para presentarnos unos personajes y unas situaciones que, aún estando perfilados en base a cuatro o cinco trazos gruesos, no pierden ni por un momento su frescura y su ingenio. Tal es el poder hipnótico que genera en nosotros una puesta en escena verdaderamente vibrante y la escritura de unos diálogos y de unos gags impunemente hilarantes y brillantes, por lo que debemos dar gracias a esta nueva colaboración entre el director y el que fue, durante mucho tiempo, su coguionista habitual: Jorge Guerricaechevarría.


De este modo, Las brujas de Zugarramurdi funciona a la perfección a lo largo de su primera parte, cuando en montaje paralelo se nos cuenta el viaje a tres bandas desde Madrid hacia el norte primero de los ladrones protagonistas, luego de la esposa colérica de uno de ellos y, por último, de los inspectores de policía encargados del caso. Es aquí donde se encuentran los mayores aciertos de la cinta, por el carácter alocado de la acción, lo surrealista de algunos momentos y la espléndida química que se establece entre un correcto Hugo Silva, un caricaturesco Mario Casas y un espléndido Jaime Ordóñez, la gran sorpresa interpretativa de la película. Por desgracia, la chispa desaparece al llegar al Zugarramurdi del título y no es porque la historia pierda en verosimilitud pues esta es una constante en todo el discurrir del filme, cuyo argumento juega peligrosamente sobre una delgada línea roja, lo que otorga a Las brujas de Zugarramurdi un componente aún más disparatado si cabe convirtiéndola así en un gozoso divertimento.


El problema principal, quizás el único pero achacable a esta película y que, por desgracia, da al traste con su intención primera y última (entretener) es que en su segunda parte, el disparate se estira en demasía y el efectismo de algunas secuencias se pierde sin remedio al alargarse las situaciones, las persecuciones, las luchas; movidos por un sentido del énfasis que roza la escatología de manual y la reiteración intrascendente, lo que deriva en la pérdida de alcance de cierta parte central y que repercute en que el desenlace de la cinta termine resultando en cierto modo exasperante, carente de un verdadero clímax que funcione como tal, pues el que se supone que debería serlo nos pilla ya un tanto extenuados en nuestra butaca. Eso y la inclusión de una subtrama de amor metida con calzador y que no sólo tira por tierra los componentes fantástico-humorísticos de todo el conjunto hasta ese momento sino que, para más inri, pone en evidencia la escasa credibilidad que en tales lides es capaz de conseguir la actriz Carolina Bang, lo que termina pasando factura a su trabajo global y eso que había logrado convencernos en la piel de esa especie de dominatrix letal al principio de su intervención.


Al final, casi nos importan más las paródicas intervenciones de unos travestidos Santiago Segura y Carlos Areces o la ingratamente corta participación de María Barranco, que la resolución de tremenda odisea pesadillesca, por mucho que su director se empeñe en reservarnos para ese esperado aquelarre una desorbitada y espectacular traca final llena de efectos digitales y suntuosos movimientos de cámara en grúas. Llegados a este punto, los chistes ya carecen de gracia, Mario Casas ha perdido el personaje entre tanta persecución y la trama se resuelve de forma harto previsible. Menos mal que al terminar Las brujas de Zugarramurdi a uno le da por recordar que acaba de asistir al trabajo de tres portentos interpretativos de primera magnitud: el de Enrique Villén, en una caracterización delirante, hiperbólica y libre de tabúes y prejuicios; el de Carmen Maura, gloriosa en su papel, ocultando la maldad de su personaje a través de un extraordinario divismo; y el de Terele Pávez, feliz recuperación para el Cine Español de una intérprete única, que se come enteritos a cada uno de sus compañeros de reparto derrochando un poderío estremecedor. Sólo la presencia de estos tres auténticos monstruos logra mantener en alto, a un nivel bastante digno, toda la parte final de Las brujas de Zugarramurdi y, aún diría más, sólo por ellos se puede hablar de la última cinta de Álex de la Iglesia como un espectáculo total, al margen del pirotécnico envoltorio que la acompaña.



Puntos fuertes a los Goya 2014:
- Mejor Película.
- Mejor Director: Álex de la Iglesia.
- Mejor Guión Original: Álex de la Iglesia y Jorge Guerricaechevarría.
- Mejor Actriz: Carmen Maura.
- Mejor Actor Secundario: Enrique Villén.
- Mejor Actriz Secundaria: Terele Pávez.
- Mejor Actor Revelación: Jaime Ordóñez.
- Mejor Fotografía: Kiko de la Rica.
- Mejor Música Original: Joan Valent.
- Mejor Dirección Artística: José Luis Arrizabalaga.
- Mejor Diseño de Vestuario: Paco Delgado.
- Mejor Maquillaje y Peluquería: Lola Gómez y Paco Rodríguez.
- Mejor Montaje: Pablo Blanco.
- Mejor Sonido: Manuel Carrión y Steve Miller.
- Mejores Efectos Especiales: Miguel González Familiar y Juan Ramón Molina.

sábado, 28 de septiembre de 2013

La hora bruja invade las carteleras.

¡¡¡Ya es viernes!!! Bueno, en realidad, sábado, pero me ha sido materialmente imposible sacar esto a tiempo. Pero aunque un día tarde, la ocasión merece la pena. Y es que ayer llegaban las brujas de Álex de la Iglesia dispuestas a convulsionar la raquítica taquilla nacional, liderada sorprendentemente esta semana por Justin y la espada del valor, que con una recaudación en su primer fin de semana que ronda en torno a los 600.000€ ha ocupado holgadamente el primer puesto de las más vistas, seguida de otra producción nacional, La gran familia española, que en su segundo fin de semana de carrera comercial, ha perdido sólo un 23%, recaudando 570.000€ y con un acumulado de 1.553.000€, manteniendo con dignidad la segunda plaza del ránking por segunda semana consecutiva. ¿Logrará la película de De la Iglesia auparse al podio de honor esta semana? Todo hace indicar que así será.

La peli del finde.


Distribuida a lo grande por Universal en 392 pantalla de 328 cines, Las brujas de Zugarrmurdi llega justo a tiempo para calentar la fría situación comercial de nuestro cine. Y no lo puede hacer en mejor momento, aún reciente su exitoso paso por el Festival de San Sebastián, donde la cinta se proyectó dentro de la Sección Oficial, aunque fuera de concurso, y en el marco del cual le fue entregado el merecido Premio Donostia a Carmen Maura, uno de los grandes ganchos con que cuenta la que se dice ya es la vuelta al cine gamberro del director vasco. La expectación no puede ser ya mayor para esta película cuyo argumento se resume así: dos parados (Mario Casas y Hugo Silva) cometen un atraco y huyen perseguidos por la policía (Pepón Nieto y Secun de la Rosa) y por la ex mujer de uno de ellos (Macarena Gómez). Se adentran en los bosques impenetrables de la Navarra profunda cayendo en las garras de una horda de mujeres enloquecidas que se alimentan de carne humana. Ni que decir tiene que el regreso de Maura al cine de De la Iglesia no es el único factor que alimentará el buen funcionamiento de la cinta, pues cuenta con el aval que supone estar protagonizada por dos de los actores de mayor tirón comercial del momento, a los que hay que sumar el concurso en papeles de reparto de Carolina Bang, Santiago Segura, Carlos Areces, Enrique Villén, María Barranco y, por supuesto, la gran Terele Pávez, que huele desde ya a Goya a la mejor actriz secundaria por motivos más que obvios.

Un gran reparto para la primera película de Álex de la Iglesia que ha logrado poner prácticamente de acuerdo a toda la prensa especializada desde La comunidad (2000), por mucho que Balada triste de trompeta (2010) ganara importantes premios en el Festival de Venecia. Y aunque la práctica totalidad de la crítica reseña que Las brujas de Zugarramurdi está lejos de ser una obra redonda, casi todos parecen más fascinados por sus virtudes que decepcionados por sus defectos. Dejo constancia de la opinión de, por ejemplo, Carlos Boyero en El País"los gags, los diálogos y las situaciones no tienen desperdicio, la gracia se funde con la espectacularidad, la comicidad de los intérpretes no suena a impostada, quieres que esa fiesta verbal y visual no se acabe"; Carlos Marañón en Cinemanía: "la película más redonda del bilbaíno"; o Jordi Battle Caminal en La Vanguardia: "en ese ritual, y en el banquete que lo precede, es donde comparece el De la Iglesia torrencial, capaz de contagiar al más escéptico el placer de contar cuentos a lo bestia, sin coartadas; un placer que también empapa al reparto: Maura y Terele Pávez son dos brujas de campeonato, insuperables".


Cine pequeño.


Pequeño y casi invisible. Y es que con el torrencial publicitario que acompaña al estreno de Las brujas de Zugarramurdi es matemáticamente imposible llamar algo la atención. Con sólo 13 escasas copias, todas ellas en versión original en euskera subtitulado al castellano, arranca su andadura comercial Amaren eskuak (Las manos de mi madre), debut en la dirección de largometrajes en solitario de Mireia Gabilondo, drama familiar basado en la novela de Karmele Jaio, donde el precario equilibrio existente en la vida de Nerea se derrumba de un día para otro cuando hospitalizan a su madre, Luisa, con una pérdida total de memoria. Nerea se siente culpable de no haber reaccionado ante los primeros síntomas que aparecieron y ahora ve cómo el reloj de Luisa se ha retrasado de repente y le ha arrastrado al pasado. Luisa no reconoce a Nerea y Nerea, a su vez, no logra entender por qué su madre le pide insistentemente que le lleve al faro y por qué llama en sueños a un Germán desconocido. Nerea descubrirá una nueva faceta de la vida de su madre y será consciente de la similitud de sus experiencias pasadas y de los fantasmas que habitan en sus memorias.


Presente también en el presente Festival de San Sebastián, aunque dentro de una de las secciones paralelas, Amaren eskuak es una película eminentemente femenina, interpretada en gran medida por intérpretes desconocidos fuera del territorio vasco, como sus dos actrices principales, Ainara Gurrutxaga y Maialen Vega, que interpretan a la hija y a la madre protagonistas. Sin embargo, su principal gancho comercial es la presencia en un papel secundario de la todopoderosa, y lamentablemente más dedicada al teatro en los últimos tiempos, Vicky Peña. Estrenada solo en cines de Madrid, Barcelona y, por supuesto, Euskadi, aún no hemos podido echarle un ojo a ninguna crítica vertida sobre la película, pero es digno reconocer que ver, aunque sólo sea unos minutos, a Vicky Peña en pantalla grande ya es motivo suficiente como para acercarse al cine y pasar por taquilla.


El último de los estrenos nacionales que llegó ayer a los cines es Viaje a Surtsey, otro debut, en esta ocasión a cuatro manos, por parte de David Asenjo y Miguel Ángel Pérez, del que se distribuyen unas escasas 23 copias. Se trata de una comedia dramática que ya pudo verse en el pasado Festival de Gijón 2012 dentro de la Sección Oficial a concurso sobre Iñaki y Mateo, dos amigos de toda la vida a los que siempre ha unido sus escapadas a la montaña. Mateo es alocado y visceral. Iñaki es prudente y formal. Los dos son el día y la noche pero cuando salen al campo nada les separa ni hay montaña que se les resista. El tiempo ha pasado y cada uno ha tirado por su lado. Los dos se casaron y tuvieron hijos pronto, pero mientras que Iñaki ha prosperado, la vida de Mateo es un rotundo fracaso.

Protagonizada por el televisivo Raúl Fernández de Pablo (El internado, Con el culo al aire) y el semidesconocido Lucas Fuica, Viaje a Surtsey no gustó mucho a su paso por el mencionado festival, donde Pablo González Taboada, en su crónica del mismo para Cinemanía reseñaba que era "una película terrible, casi amateur y por tanto indigna de ser proyectada a competición en un festival de esta importancia, o en síntesis, un (mal) cortometraje del Notodofilmfest alargado hasta los 99 minutos que provoca carcajadas (involuntarias) con cada línea de diálogo. De sus actores, por llamarlos de alguna forma, mejor no hablar". Con su llegada a los cines, las opiniones recibidas han sido algo más indulgentes, como demuestran las escritas por Carlos Marañón, también para Cinemanía: "Viaje a Surtsey compensa con honestidad sus palpables carencias. La ausencia de ínfulas limita, al sur, con un descuido formal despreocupado que puede confundirse a los ojos indulgentes con osadía"; o por Federico Marín Bellón para HoyCinema: "tiene la frescura propia del primer cine que sale de sus manos, con sus titubeos y las ganas de llenar al público con lo que les ha salido de dentro. El espectador que se asome a esta incursión en la naturaleza merece, sin embargo, una advertencia. Alguno podría sentirse asustado en los primeros minutos, los menos afortunados, pero a medida que los jóvenes cineastas se echan al monte y empiezan a escalar sin miedo, los personajes crecen y se vuelven más «queribles»; hasta sus diálogos parecen más inteligentes".


Hasta aquí los estrenos de este fin de semana, cuando regresa también a las carteleras 15 años y un día, de Gracia Querejeta, la película seleccionada finalmente por nuestra Academia para representarnos en los Oscar de este año. Sin más, me despido deseándoos un magnífico fin de semana de cine y, a poder ser, en el cine.

¡¡Un saludo, Sinvergüenzas!!

jueves, 30 de mayo de 2013

Primer Goya "al borde de un ataque de nervios" para María Barranco.


La tercera edición de los Premios Goya fue la edición de las Mujeres al borde de un ataque de nervios de Pedro Almodóvar. No sólo porque la película resultase finalmente la gran vencedora del año al ganar el Goya a la mejor película, sino porque además permitió que, por primera vez, actrices dirigidas por él aspirasen a los Premios de la Academia y es que hablamos de, probablemente, el mejor director de actrices que ha dado nuestra cinematografía. Ninguneado como pocos a la hora de confeccionar la lista de candidatos en los años precedentes, Almodóvar se resarcía del absoluto olvido de su cinta anterior, La ley del deseo (1987), con el concurso en las categorías interpretativas de cuatro intérpretes de Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988) -a Guillermo Montesinos ya le comentamos en el artículo dedicado a la categoría secundaria masculina-, compitiendo dos de ellas por el mismo cabezón: mejor actriz secundaria. Obviamente, el Goya fue a parar a las manos de una de ellas, aunque también es cierto que, al menos otras dos miembros del abultado reparto de la cinta, podrían haber sido candidatas.


Y el Goya fue a confirmar el buen ojo del cineasta manchego para localizar actrices con talento, porque aquel año le daba su primera gran oportunidad cinematográfica a María Barranco, con el nombre de Candela, la ingenua y llorona amiga de la protagonista de Mujeres al borde de un ataque de nervios, que la actriz malagueña se encargaba de bordar en uno de los más insólitos y felices descubrimientos del último cine español, pues la Barranco, con tan sólo 27 años, hacía patente en cada una de sus intervenciones la posesión una gracia y un carisma ciertamente auténticos, únicos, a los que no era nada ajeno su peculiar y divertido gracejo malagueño, que garantizaban por sí solos la entrada en el Olimpo de las grandes comediantes del momento a esta intérprete de figura espigada y rostro peculiar. El histrionismo de manual que exhibía la actriz como esa chica aterrada que busca desesperada un lugar donde esconderse de la policía, se convertía desde el mismo momento de su aparición en uno de los motores más tronchantes de la película, actualizando e inmortalizando, de paso, el registro de chica ingenua que tan bien casaba con su mirada atolondrada. Cuesta creer, vista hoy la película, que su trabajo se deba a una intérprete en cierto modo novata, pues posee un ímpetu arrollador y viene subrayado por una considerable carga de naturalidad y frescura que hacen pensar en una interpretación permanente y magistralmente improvisada, por lo que resulta del todo irreprochable que aquel año María Barranco se hiciera con el Premio Ondas a la mejor actriz, así como un más que merecido Goya relativo a la mejor actriz secundaria, premios que terminaron de convertir a la joven, perspicaz y chispeante actriz en una de las más fulgurantes estrellas del panorama cinematográfico del momento.


Si bien hay que celebrar el Goya a la Barranco, también hay que lamentar que no triunfara como es debido una actriz del calibre de Julieta Serrano, que lograba una más que merecida primera nominación al Goya gracias a la misma película. Daba vida a Lucía, la perturbada esposa de Iván, en una creación de brillante resolución caracterizada por un vestuario del todo estrafalario y el lucimiento de una serie de pelucas a cada cual más tronchantes. El desequilibrio emocional en el que vive inmerso su personaje estaba brillantemente expuesto por la actriz a través de una sobriedad interpretativa que dejaba entrever la inestabilidad mental permanente de una mujer fuertemente encerrada en sí misma, convenientemente encauzada a través de una mirada siempre hipnótica y retorcida. Equiparable en estilo y desarrollo a las imprescindibles femme fatales del cine clásico, la Serrano se hacía mítica en la piel de esa señora de estoica e imperturbable serenidad, incluso cuando se apropia de las dos pistolas de los adormilados policías, momento el tono jocoso al que la actriz se presta con admirable tesón, sorteando la absurdez en la que era fácil caer, para dar pie a una divertida persecución con Julieta de paquete en una moto, pelo al viento y actitud de irreductible dignidad, construyendo una imagen que se convertiría en referente del cine español de los ochenta. La clase y la profesionalidad de una intérprete de su talla se alimentaron entonces del éxito obtenido por la cinta, nominada al Oscar a la mejor película de habla no inglesa, que obtenía con este registro ligero y descocado el prestigio cinematográfico que se le había venido negando a lo largo de toda su trayectoria.


Presente también en la cinta de Almodóvar, Chus Lampreave se ganó su segunda nominación al Goya, también como actriz secundaria gracias a presentar aquel año una magnífica interpretación en Espérame en el cielo, de Antonio Mercero, como la fuerte y fiel esposa de un hombre secuestrado para ser el doble del mismísimo Franco y al que debe resignarse a ver únicamente a través del famoso noticiario (No-Do) proyectado en la gran pantalla, dando forma a un trabajo interpretativo de primera magnitud, cargado de una inabarcable ternura, así como de una emotiva sencillez (expuestas ambas, sin tabúes de ningún tipo en la hermosa y bonita escena del reencuentro nocturno en la habitación), que evidenciaron la capacidad de la intérprete para salirse del registro puramente hilarante y acometer con soltura y convicción personajes adscritos a una corriente más realista e, incluso, dramática. El cambio de registro fue tan bien recibido en la industria que la Academia la incluyó entre las cinco candidatas al Goya a la mejor actriz secundaria, poniendo de manifiesto su rendición total ante el arte de la Lampreave, inmerso en una brutal naturalidad y es que daba igual el personaje que incorporase, importaba muy poco cuál fuera su procedencia social o los avatares por los que atravesaba, Chus Lampreave sabía meterse a fondo en las pieles que lo formaban y ensamblarse a ellas de manera perfecta.


Justo un año después de la primera, la gran Terele Pávez se hacía con su segunda nominación en la misma categoría gracias al drama alegórico y onírico Diario de invierno, de Francisco Regueiro, indagando de nuevo en ese tono arrastrado y vejado que tan bien casaba con su estilo desaforado, dando vida esta vez a una pordiosera monja-mendiga, madre del supuesto Caín, amante de los deberes morales, indignada con su hijo por haber dejado embarazada a una virgen y repudiada por su madre cuando, ejerciendo la prostitución en el prostíbulo que ésta regentaba, ella misma se quedó en cinta. Un personaje a todas luces desorbitado, que la Pávez efectúa con endiablada maestría, atada casi permanentemente a una moto, con esa voz torrencial lanzando improperios sin parangón y llamando a las cosas por su nombre. Los hiperbólicos monólogos que protagoniza en sus contadas escenas se acentúan con ese deje malsano y barriobajero con el que los ejecuta la actriz, fuertemente encasillada ya en esta tipología de personajes.


La quinta y última candidata en la categoría fue también, sin duda, la más inesperada de todas las nominadas: Laura Cepeda por su papel en el thriller Baton rouge, ópera prima de Rafael Moleón, en la que el lucimiento que se le otorga a la actriz supera con creces al que merece un personaje como el que desempeña. Y es que, para el limitado tiempo del que dispone en pantalla, a la Cepeda se le dedican tantos o más primeros planos que al resto de intérpretes. Lejos de esta apreciación técnica, el trabajo de Laura Cepeda en Baton rouge es ciertamente correcto, debido a la estudiada seriedad y dureza con la que ejecuta sus pequeñas intervenciones, pero sin duda su papel de ayudante de inspector le ofrece a la intérprete poco margen de maniobra en su ejecución, con lo que su presencia entre las finalistas al Goya se nos antoja una recompensa en cierto modo desmedida.

Las Olvidadas.


Aunque figuró entre las candidatas, es preciso reconocer la valía de Chus Lampreave señalando que aquella temporada cinematográfica bien podría haber figurado nominada por otros dos empeños más. Había repetido con Almodóvar, para el que acometió un nuevo papel, casi episódico, en Mujeres al borde de un ataque de nervios, como portera cotilla y entrometida que, gracias a su particular manera de recitar sus pocas frases, se convirtió en otro de los elementos que hicieron mítica la comedia más redonda del manchego y que figura entre las grandes actuaciones que la actriz ha dado para el cine, indiscutiblemente divertida e inolvidable. Por otro lado, le comió enterita la película a la estrella Ana Belén en Miss Caribe, de Fernando Colomo, como esa patrona de un barco-prostíbulo en el Caribe, asturiana orgullosa que tiene por costumbre servir una lata de fabada a sus clientes, y que permitió a la intérprete obsequiarnos con la jocosa imagen de verla deambular ante la cámara con unos impagables fruteros en la cabeza. El mano a mano establecido con su oponente en pantalla supone la gran virtud de una comedia algo desvaída y que tiene su plato fuerte en el proverbial, muy seguro de sí mismo, despliegue cómico de una Lampreave absolutamente en su salsa. Dos empeños, en definitiva, que sumados a su nominado trabajo en Espérame en el cielo, dan fe de la categoría artística de la intérprete.


También Mujeres al borde de un ataque de nervios sirve otra de las olvidadas en esta categoría en aquella edición. Se trata de otra malagueña, Kiti Mánver, encargada de incorporar al personaje más decididamente antipático de una función altamente descacharrante: Paulina Morales, la abogada feminista que se niega a aceptar el caso de Candela con no poco recelo hacia la persona de la protagonista, Pepa, y que, casualidades del cine de Almodóvar, termina siendo la nueva amante de Iván. Borde y desprendida, Mánver despierta pronto la antipatía del respetable gracias a la soberbia y a la altanería exhibidas sin parangón por la actriz, que brilla en sus pocas secuencias dotando a su personaje de cierto halo de autosuficiencia, propio de una mujer hecha a sí misma, llena, eso sí, de absolutas contrariedades debido a la necesidad de hombre, de uno en concreto (Iván) que acarrea. Aunque, para que nos quede claro, en esa relación la que manda es ella. Ahí, en la relación que su personaje establece con el de Fernando Guillén, Mánver se luce cual 'mantis religiosa', extralimitándose con no poca gracia en el tópico del que parte tamaño juego de roles.


A diferencia de los años anteriores, aquel 1988 dio poco lucimiento a las actrices nacionales en la producción cinematográfica. Muy pocas fueron las que, fuera del universo Almodóvar, lograron atrapar un personaje con sustancia en un proyecto medianamente conseguido. Es más, menos fueron las que, aún disfrutando de cierto lucimiento en sus películas, lograron brillar a la altura necesaria como para hablar de un olvido goyesco. Por ello, es especialmente destacable la labor llevada a cabo por Terele Pávez a lo largo de todo el curso cinematográfico. Cierto que obtuvo una merecida nominación por Diario de invierno, pero también es obligado destacar el portentoso empeño llevado a cabo por la actriz para Vicente Aranda, quien la escogiera para dar vida a una gitana dominante en una brevísima secuencia que se erige pronto en inolvidable gracias al fuste y a la impactante presencia de la actriz, en El Lute II (mañana seré libre). Así como también el que Antonio Isasi-Isasmendi le encomendase en ese breve papel de esa mujer de monte, madura y aún de buen ver, que a punto está de convertirse en víctima de una violenta violación, escena que la Pávez resolvía con impetuosa maestría al igual que su sucesiva escena erótica, en un trabajo eminentemente gestual, casi sin diálogo, borbotónico pero sobria e impunemente ejecutado en la estupenda El aire de un crimen (foto).


Y en vista de la poca chicha de la mayoría de trabajos interpretativos de carácter secundario, no hubiera estado nada mal que la Academia hubiese tirado por la vía de en medio, es decir: la de nominar un trabajo digamos menor de una actriz de no poca importancia como excusa para así homenajear como es debido su respectiva trayectoria. Aquél año nos dejó dos ocasiones para ello sobre dos intérpretes distintas que la Academia desperdició. Por un lado, el trabajo llevado a cabo por Queta Claver en la anodina aunque estimable Sinatra, de Francesc Betriu, acarreando con uno de los personajes más amables de la pintoresca galería que tiene dentro de sí: la dueña de la pensión donde se hospeda el protagonista (Alfredo Landa), una mujer cercana, amable y sensata a la que la actriz da vida con entusiasta naturalidad haciendo un uso realmente espléndido de esa sonrisa encantadora que tan famosa la hizo allá por los sesenta, cuando debutaba a lo grande en nuestro cine con el protagonismo de La bella Mimí (1960), de José María Elorrieta. Sin pelos en la lengua ni prejuicios ni tabúes interpretativos, la Claver se convierte pronto en una presencia francamente grata en el desigual desarrollo de la película de Betriu y proporciona al espectador la única e inesperada sorpresa de todo el metraje: un valiente, desinhibido y sereno top-less a sus casi sesenta años de edad, ahí es nada. Sólo por eso, porque momento tan arriesgado y sin complejos es asumido con visible tranquilidad por la excelsa intérprete, debería haberse ganado una legítima nominación al Goya.


Por último, pasó totalmente inadvertido el puntual regreso de la otrora estrella por excelencia del cine durante la II República, Antoñita Colomé, a la que José Luis García Sánchez había recuperado para la gran pantalla otorgándole un papel de colaboración en su comedia coral y esperpéntica Pasodoble, que cerraría definitivamente la filmografía de la gran estrella, no dando nuevos motivos a los académicos para tenerla en cuenta en futuras ediciones. Y es que Pasodoble termina siendo una película tan llamativamente mediocre que se entiende el escaso eco suscitado por la vuelta de la Colomé. Eso sí, su intervención roza la brillantez, apoyada como está sobre ese gracejo y simpatía tan particulares y que fueron marca de fábrica de la actriz durante su época de mayor esplendor fílmico. Gracias a ellos, Antoñita Colomé se come enteritos a todos los miembros del abultado reparto de Pasodoble, perviviendo como lo mejor de la película en la piel de esa matriarca de un clan gitano en verdad hilarante que ocupan un antiguo palacio, reconvertido en museo, en el que la susodicha dice haber vivido como amante de un antiguo príncipe. Vivaracha en cada una de sus cortas intervenciones, desarrolladas éstas en un complaciente tono espontaneísta, su presencia flaca y demacrada entrega al espectador un trabajo entusiasta y alegre, graciosamente ladino, de una de las grandes glorias de nuestro cine, triste e indecentemente olvidada, por el público en general y por el cine en particular, desde este trabajo hasta su muerte el 28 de agosto del 2005. Sólo por la importancia disfrutada por la Colomé antaño en nuestra industria debería la Academia haberla incluido en la terna a la mejor actriz secundaria de aquel año o, también, haberle otorgado un más que simbólico Goya de Honor.