Karra Elejalde regresa el viernes a los cines.

Repasamos la filmografía del actor cuando regresa a la comedia con "Ocho apellidos vascos".

Palmarés XXIII Premios de la Unión de Actores.

"Caníbal", de Manuel Martín Cuenca, una de las vencedoras con 2 premios.

17º Festival de Málaga. Cine Español.

La Sección Oficial está compuesta por 15 largometrajes muy esperados para este 2014.

17º Festival de Málaga. Cine Español.

Seis títulos integran la sección paralela, competitiva, Zonazine, el espacio independiente.

17º Festival de Málaga. Cine Español.

Málaga Premiere y Estrenos Especiales completan la oferta de novedades del certamen.

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miércoles, 6 de noviembre de 2013

Antonia San Juan es otra más de una distinguida lista de actrices-directoras en el Cine Español.


Este viernes regresa a la gran pantalla Antonia San Juan, en cuádruple función, pues no sólo protagoniza Del lado del verano, sino que también es la responsable del guión, la producción y la dirección. Segunda experiencia en la dirección de largometrajes tras el fiasco crítico y comercial que supuso su ópera prima Tú eliges (2009), la San Juan, que vuelve a la carga con una obra que, se vislumbra, ahondará en el particular universo de su creadora, no es la primera ni será la última actriz que se coloca tras las cámaras en nuestra cinematografía. En mucha menor proporción que el género masculino, hay unos cuantos significativos ejemplos de actrices-directoras en nuestro país y, en algunos casos, la continuidad laboral detrás de las cámaras ha sustituido en gran medida a la labor previa delante de ellas, dando lugar a una intensa y remarcable filmografía que convive y hasta ensombrece la trayectoria interpretativa de las mismas. ¿Será éste el futuro de la ex-chica Almodóvar?

Ana Belén: un título y sin morir en el intento.


Niña prodigio en los sesenta, cantante de éxito popular y una de las grandes estrellas por antonomasia de la gran pantalla desde los setenta, Ana Belén, como una de las figuras más importantes de nuestra cinematografía hacia finales del siglo XX, quiso probar fortuna detrás de las cámaras dispuesta a demostrar que no había en la profesión función que se le resistiera. Así nació Cómo ser mujer y no morir en el intento (1991), basada en el best-seller de Carmen Rico Godoy, donde tuvo a bien el repartir las tareas, dejando el protagonismo absoluto de la película en manos de Carmen Maura. Menos mal, porque el trabajo de la actriz es de lo poco que dignifica una comedia que bebe (mal) de los postulados feministas del momento, con una puesta en escena acartonada y esquemática, que denota la impericia de su directora. Considerada por la crítica como una de las peores óperas primas de la década, Ana Belén logró, empero, un Premio Ondas por su dirección y una nominación al Goya en la categoría de dirección novel. No obstante, no ha vuelto a dirigir.

Emma Cohen: cortometrajista progre.


Tras estudiar Derecho y estudiar interpretación en el TEU, Emma Cohen ingresa en la industria como actriz de grandes inquietudes intelectuales, lo que la liga desde el primer momento a la producción independiente del país. Prototipo de "chica progre" del momento y musa de la efímera "Escuela de Barcelona", Emma Cohen debutó ante las cámaras en 1968, acreditándose Emma Silva, en Tuset Street, de Jorge Grau y Luis Marquina, y ocho años después ya dirigía su primer cortometraje, La plaza (1976), en cuyo reparto figuraban Fernando Fernán Gómez y Alfredo Landa. Tras cuatro cortos más, participó como actriz y directora en la cinta colectiva Cuentos eróticos (1980), protagonizando el episodio dirigido por Juan Tébar, Hierbabuena, y dirigiendo el segmento Sueños rotos. Semiapartada de la vida pública desde hace años, cuando ha vuelto lo ha hecho para ejercer labores de colaboración ante las cámaras, pero no ha vuelto a dirigir para el cine.

Mireia Ros: expectativas truncadas.


Con una trayectoria interpretativa menos conocida a nivel popular que las anteriores, la catalana Mireia Ros puede presumir de una filmografía que se remonta a finales de los años setenta, cuando debutaba con algo más de veinte años en el musical Una loca extravagancia sexy (1978), de Enrique Guevara. Poco después ya tonteaba tras las cámaras y firmaba su primer cortometraje: Un adiós a Steve McQueen (1981), pero permaneció fiel a su incipiente carrera como actriz. Sin obtener nunca la categoría estelar, fue asidua en los repartos de la producción catalana de los años ochenta y logró colarse en algunos títulos más ambiciosos, a nivel nacional, como Berlín Blues (1988), de Ricardo Franco, o Si te dicen que caí (1989), de Vicente Aranda. Muy presente también en la televisión, sorprendió a toda la industria con su ópera prima como directora, la personalísima y recomendable La Moños (1997), por la que obtuvo una candidatura a los Goya a mejor dirección novel. Tras tan inusitado debut detrás de la cámara, la actriz simultaneó su trabajo en algunas producciones de la televisión autonómica de Cataluña con la dirección de unas cuantas tv-movies, hasta abordar su segundo (y esperado) largometraje para el cine, El triunfo (2006), pretencioso mejunje entre cine social, policiaco y folclórico-musical que dinamitó las esperanzas puestas en ella tras su primera obra. Últimamente, ha abandonado la ficción y ha firmado el documental Barcelona, abans que el temps ho esborri (2010), por la que quedó finalista en su correspondiente categoría a los Premios Gaudí. Vista recientemente en [Rec]3. Génesis (2012), de Paco Plaza, y La Estrella (2013), de Alberto Aranda, prepara otra colaboración como actriz en la terrorífica Asmodexia, de Marc Carreté.

Silvia Munt: escalada de talento.


Intérprete especialmente significativa de cierto cine español de intereses poco menos que intelectuales, Silvia Munt logró erigirse pronto en una de las intérpretes más dúctiles y versátiles de nuestra cinematografía, llegando a cotizarse en calidad de estrella a lo largo de la década de los ochenta, obteniendo con toda justicia el Goya a la mejor actriz por Alas de mariposa (1991), de Juanma Bajo Ulloa. Presencia destacada en nuestro cine también en los noventa, la actriz comienza a perder peso estelar tras el éxito de Secretos del corazón (1997), de Montxo Armendáriz. A partir de ahí, se inicia su escalonada trayectoria como directora, primero de cortometrajes, campo en el que debuta con Déjeme que le cuente (1998) y la lleva a ganar su segundo Goya, al mejor corto documental, por Lalia (1999). Poco después acometió la dirección de su primer largo documental, sobre la musa y mujer de Salvador Dalí Gala (2003) y, tras algunas tv-movies, dirigió su primera película de ficción, Pretextos (2008), que también protagonizaba, sentida y exquisita pieza que mereció ganar la Biznaga de Plata a la mejor dirección en el Festival de Málaga. Desde entonces, ha dirigido cuatro películas más para televisión y se ansía su vuelta a la pantalla grande, ya sea delante o detrás de las cámaras.

Laura Mañá: realismo mágico a la española.


Como las dos inmediatamente anteriores es también catalana y debutó ante las cámaras a principios de los noventa, nutriéndose desde el genial thriller Manila (1991), de Antonio Chavarrías, de una filmografía que incluye cortas apariciones o papeles secundarios en algunos de los títulos más significativos de la década, como La teta y la luna (1994), de Bigas Luna, La pasión turca (1994), de Vicente Aranda, o Libertarias (1996), también de Aranda. De físico espectacular y personalidad a tener en cuenta, Mañá parecía no encontrar su sitio en la industria y se lanzó a dirigir, acometiendo su primer cortometraje en 1997, Paraules. Tras una larga temporada como actriz en la televisión, rodó su primer largometraje como directora con Sexo por compasión (2000), revelando unas inquietudes tras las cámaras dignas de mención, que acercaban su ópera prima al "realismo mágico" latinoamericano y al costumbrismo patentado por Luis Buñuel en su etapa mexicana. Premio a la mejor película en el Festival de Málaga, desde Sexo por compasión Laura Mañá ha destacado más en su faceta como realizadora que en la de actriz, a pesar de no haber abandonado esta al cien por cien, estando presente en los repartos de numerosas series televisivas. Su segunda película, Palabras encadenadas (2004) demostró la capacidad de la directora para generar atmósfera y lograr tensión narrativa, mientras que Morir en San Hilario (2005) decepcionaba a lo largo de un desarrollo demasiado ecléctico. En ella participaba el genial actor argentino Ulises Dumont, protagonista de su siguiente película: Ni dios, ni patrón, ni marido (2010), cinta con capital primordialmente argentino que coincidió en el tiempo con la, cien por cien española, La vida empieza hoy (2010), Premio de la Crítica en Málaga y depuración de la personalidad y el estilo de la autora.

Icíar Bollaín: noqueante denuncia social.


Sin lugar a dudas, una de las directoras más conocidas y respetadas del panorama cinematográfico actual. Sus labores como actriz se remontan a principios de los ochenta, cuando protagonizó la obra maestra El sur (1983), de Víctor Erice. Desde entonces, fue escalando posiciones hasta convertirse a principios de los noventa, en una de las principales actrices de su generación en nuestra industria, al menos a nivel crítico y profesional, seleccionando con tino sus papeles ante las cámaras y no permitiendo que la encasillaran en ningún registro ni género. Poseedora de una personalidad profesional de marcada y admirable ambición, acometió la dirección de largometrajes en medio del boom de directoras que surgieron a mitad de los noventa en el panorama cinematográfico español, alzándose con facilidad como una de las más destacadas. Su debut, Hola, ¿estás sola? (1995), nominada al Goya a la mejor dirección novel, aún se recuerda como una de las óperas primas más frescas y logradas de la década. Sin embargo, ya había efectuado con anterioridad labores de dirección en dos cortometrajes: Baja corazón (1992) y Los amigos del muerto (1993). Con Flores de otro mundo (1999), aparte de obtener una nueva nominación al Goya por el guión, evidenció su intención de abordar temas espinosos, desde un punto de vista social, algo que perfeccionó en Te doy mis ojos (2003), abordando de forma brutal y efectiva el tema de la violencia de género y ganando los correspondientes Goya a la mejor dirección y al guión. Tras colaborar en la cinta colectiva ¡Hay motivo! (2004), dirigiendo el episodio llamado Por tu propio bien, dejó bien claro que los hombres en su cine son seres casi más sensibles que las mujeres gracias a la estupenda Mataharis (2007). También la lluvia (2010) y Katmandú, un espejo en el cielo (2011) han sido los últimos y loados trabajos detrás de las cámaras de una actriz que, ya de vez en cuando, aún nos permite el lujo de admirar su talento también delante de las cámaras.

Ana Mariscal: ella lo empezó todo.


Descubierta por Luis Marquina en El último húsar (1940), esta madrileña llegaría en poco tiempo a erigirse en una de las principales estrellas femeninas del Cine Español de aquella época, debido a una enorme fotogenia y a unas dotes interpretativas de altísimo nivel. Protagonista de algunas de las películas más importantes auspiciadas por el Régimen a raíz de su papel en Raza (1941), de José Luis Sáenz de Heredia, Mariscal gozó de una posición totalmente privilegiada en la industria a lo largo de toda la década de los cuarenta, ganando entonces nada menos que tres Premios del Círculo de Escritores Cinematoráficos (los Oscar españoles, para hacernos una idea) a la mejor actriz, por Una sombra en la ventana (1945), de Ignacio F. Iquino, Un hombre va por el camino (1949), de Manuel Mur Oti, y De mujer a mujer (1950), de Luis Lucia. Tras fundar una productora, Bosco Films, con su marido, Ana Mariscal debuta como directora con dos películas que revelaban una especial y muy sugestiva ambición por parte de la estrella: el clásico Segundo López (1952) y el folletín Con la vida hicieron juego (1957). El escaso e inmerecido eco comercial de este último produjo que el resto de la filmografía de la actriz-productora detrás de las cámaras se amoldase a designios consumistas, con la excepción de la obra maestra por antonomasia de la directora: El camino (1964). Cuatro años después abordaría su última película tras las cámaras, El paseíllo (1968), retirándose paulatinamente también de su trabajo como actriz, conteniendo su última intervención la malograda El polizón del Ulises (1987), de Javier Aguirre, en la que compartía cabecera de cartel con otras dos viejas e inolvidables glorias de nuestro cine: Imperio Argentina y Aurora Bautista.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Una sola escena le bastó a María Asquerino para ganar su Goya en 1989.


Cerramos el círculo repasando la última de las categorías interpretativas de los Premios Goya de 1989 con la correspondiente a la mejor interpretación femenina en papel de reparto; en un año en el que, como venía siendo habitual, pocas películas incluyeron papeles realmente jugosos y lucidos para las actrices de nuestra industria. Por ello, no es de extrañar que a la hora de componer la lista final de las cinco nominadas, la Academia echara mano sólo de un par de películas que, además, son las únicas que nos proporcionan las pocas interpretaciones femeninas secundarias olvidadas que sean dignas de mención. De los cinco trabajos nominados en aquella cuarta edición de los Goya, llama la atención que tres de ellos ocupasen un casi anecdótico tiempo en pantalla y que los otros dos restantes sólo sirviesen para confirmar los registros más aclamados por el público de sus correspondientes actrices.


Tras muchos años de despropósito por parte de una industria ciega y ensimismada que prácticamente la ninguneó a lo largo de toda su trayectoria, incluso olvidándola en la primera edición de los Premios Goya, el mea culpa llegaría aquel año en forma de Goya a la mejor actriz de reparto por su nuevo trabajo ante las cámaras, de nuevo gracias a su amistad con Fernando Fernán Gómez, quién le dio la oportunidad de no caer en el olvido de esta voluble industria al confiarle el pequeño y decisivo papel de una sola pero complicada escena de poco menos de diez minutos, que la gran María Asquerino bordó en El mar y el tiempo. Merecidísimo Goya que suponía además de un reconocimiento a una intérprete con casi cincuenta años de experiencia a sus espaldas y un caluroso y emotivo come back, una sorpresa mayúscula, pues se premiaba un cometido ínfimo, en lo que a tiempo en pantalla se refiere, pero superlativo: no hay en el mundo muchas actrices que puedan permitirse el lujo de, con tan sólo una escena, aprovechar la coyuntura y quedar grabadas a fuego en la memoria del espectador como lo consiguió la Asquerino en El mar y el tiempo. Daba vida a Marcela, la exmujer del protagonista, que vive prácticamente apartada (o repudiada) de la rutina familiar y que en su breve encuentro con su regresado cuñado del exilio rememora, junto a su fiel botella de anís, el luminoso pasado que compartieron antes de naufragar dentro del dolor de las desilusiones y los traspiés que siempre nos reserva ese juego llamado “vida”. Para la Historia queda una de las mejores borracheras vistas en una pantalla grande en el Cine Español, técnica y emotivamente perfecta, cargada de hondura y emoción, gracias a la maestría de una actriz que sabía cómo pausar el texto y cómo medir cada gesto para, con tan poco margen de maniobra, estamparnos toda la miseria y la amargura de un personaje hundido y mil veces golpeado. Quede constancia, por tanto, de un más que merecido chapeau a la Academia de Cine, que acertó al no ignorar tremenda exhibición interpretativa y, sobre todo, a una intérprete descomunal, cuyo trabajo en El mar y el tiempo debería ser de obligado estudio en todas las academias de Arte Dramático.


Su más temible adversaria fue, precisamente, la actriz que ganara aquel primer Goya principal al que la Asquerino fue injustamente ignorada: Amparo Rivelles. Otra grande de nuestra cinematografía que obtenía así su segunda nominación al Goya, ahora ya en la categoría secundaria, por su siguiente empeño para la gran pantalla tras aquél primer Goya a la mejor actriz de 1986. Tuvo lugar gracias a su inmerecidamente corta participación en la estupenda Esquilache, de Josefina Molina, en la que tras una fugaz aparición sin texto y un nuevo y anecdótico plano con una sola frase, la Rivelles se quedaba grabada a fuego en la memoria del respetable con la única y sobrecogedora escena que protagonizaba, convertida en un singular duelo verbal con su oponente, Fernando Fernán Gómez. Dando vida a la severa e indulgente Reina madre Isabel de Farnesio, la Rivelles se muestra imponente ejecutando de manera proverbial un rol que podría haberse quedado en el tópico, pero que ella ensalzaba hasta insuflarle una vida descomunal. Ejemplo mayúsculo de que ningún papel es demasiado pequeño, la Isabel de Farnesio de Amparo Rivelles constató la enorme categoría de la estrella, que bajo ese fastuoso trabajo de vestuario y peluquería, y sustentada por un par de aparatosas muletas, hacía de la acritud la constante de un carácter eminentemente regio y utilizaba un hiriente cinismo para dejar una temerosa impronta de su superioridad personal y social. Sin pestañeos, sin aspavientos ni titubeos, la Rivelles se come a su oponente de manera limpia, al soltar con estudiada solidez algunas de las mejores líneas de diálogo oídas en una pantalla cinematográfica en años, obligándonos a admitir que su actuación no sólo era digna de la nominación recibida por parte de la Academia, sino también del Goya mismo.


Por mucho que nos pese a todos los que la admiramos con absoluta devoción, Concha Velasco debía partir con desventaja frente a las anteriores damas de la escena en la que significaba su primera nominación al Goya. Daba gusto reencontrarse con la Velasco dando vida a esa vividora y despreocupada, corrupta y maquiavélica Pastora Patermo, marquesa de Esquilache, en un trabajo llevado a cabo con pulso firme, con una estudiada y brillantemente conseguida exposición corporal, en la que destaca un sinuoso juego de matices que dan idea del carácter seductor de su personaje, una auténtica "mujer de estado", ambiciosa, que no duda en utilizar su conveniente matrimonio con el ministro titular para obtener favores de la Corona. Perfecta en el uso de su aún poderoso atractivo físico, exhibido a través de la asimilación de una cierta lascivia, que se deja entrever sólo a través de sus serpentinos ademanes y miradas, Concha Velasco demostraba en Esquilache ser dueña de una clase interpretativa de algún modo superior a la ya demostrada a lo largo de su carrera, sorprendiendo al respetable con la sabia y concienzuda plasmación de esta arpía marquesa de Esquilache, una auténtica víbora que no dudará a la hora de hacerle ver a su marido las verdaderas razones por las que sigue a su lado, con una molesta y desgarradora satisfacción desparramándose por sus ojos. Sólo lo limitado de su intervención empaña la gloriosa actuación de la estrella que, no obstante, ganó una más que merecida nominación al Goya en la categoría secundaria.


Muy poco tenía que hacer, por tanto, la incomparable Chus Lampreave aquella edición, a pesar de que comenzaba a extenderse la sensación de que la Academia debía ir pensando en premiarla. Y es que sumaba con esta su tercera nominación en la misma categoría, al dar vida a la castradora madre de Antonio Banderas en la agridulce Bajarse al moro, de Fernando Colomo, donde el particular modo de actuar de la intérprete se erigía pronto en el aval cómico más seguro de la cinta, añadiendo a su finísima comicidad un matiz de visible patetismo como esa mujer orgullosa y vanidosa que acarrea una debilidad inconfesable: su afición descontrolada por robar alijos de objetos inservibles, detalle que en manos de un Pedro Almodóvar, por ejemplo, hubiera generado una inolvidable riqueza expositiva por parte de Lampreave, que hubiera ingresado sin duda alguna en el Olimpo interpretativo del año, pero que la adaptación llevada a cabo por el mismo autor José Luis Alonso de Santos, en colaboración con Joaquín Oristrell y Colomo, no consigue sacarle todo el partido al que se presta y sólo el trabajo de la actriz logra aportar brillantez a un personaje desafortunadamente desaprovechado, elevando en cada intervención suya el tono jocoso del filme, sí, y mereciéndose por ello aquélla nueva nominación al Goya a la mejor actriz secundaria del año.


La más reciente ganadora del Goya en esta misma categoría volvió a aspirar un año después al mismo premio gracias a su participación en Las cosas del querer, de Jaime Chávarri, lo que constataba el rápido encumbramiento que había protagonizado María Barranco dentro de la industria, con un papel en verdad desagradecido: el de una estrella de segunda, Nena Colman, sin ningún talento demostrable, enamorada de manera obsesiva de Juan, el pianista amante de Pepita. Con una gracia y un salero que podrían mover edificios enteros, la Barranco se imponía al acartonado dibujo de esa serpiente viperina con la que le tocaba lidiar en Las cosas del querer, dando de ella un retrato preciso, cargado de la solidez y desenvoltura inherentes a la intérprete, que resolvía envuelta en un deje barriobajero cada movimiento orgulloso y ruin de su personaje, así como con una absoluta carencia del sentido del ridículo en los escasos números musicales que protagoniza, superando su ineficacia para la canción a través de un desvergonzado despliegue humorístico, gracias al cual se entendía aquélla nueva nominación al Goya. Y es que sus interpretaciones de "Compuesta y sin novio" y "El cocherito leré" constituyen deliciosos momentos repletos de una mordacidad y un descaro inigualables. Siendo como es un trabajo inferior al que le llevó a saborear la gloria bajo la sabia dirección de Pedro Almodóvar en Mujeres al borde de un ataque de nervios, lo cierto es que su participación en esta película de Jaime Chávarri sirvió para constatar la eficacia de la intérprete incluso en cometidos tan arriesgados como éste, en el que parecía tener todos los elementos en su contra y, finalmente, se revelaba como una pertinaz comediante, incorporando además una vena trágica y tierna a su ya conocido registro.


Las Olvidadas.



Como decíamos al inicio, pocos fueron los títulos que permitieron a nuestras actrices brillar con luz propia aquel año. Si Esquilache logró meter en la terna a sus dos intérpretes secundarias, El mar y el tiempo también habría merecido ganarse alguna que otra nominación más en este apartado, sobre todo para Emma Cohen. Y es que su natural y a veces molesta tendencia a los subrayados y a los excesos, a no acertar en los tonos, quedó inesperadamente bien empleada para terminar de bordar un personaje deliciosamente desubicado: el de esa mujer de negocios, excesivamente bien relacionada y sobradamente cumplidora, una alcahueta usurera de los nuevos tiempos radicalmente liberada a la que Cohen otorga, con una fría inteligencia, una oportuna inocencia que propicia el cariño y la estima inmediatos por parte del espectador. Fernán Gómez ofrecía a su compañera sentimental innumerables dosis de lucimiento, que ella supo aprovechar imponiéndose a sus compañeros en el plano gracias a una exposición casi surrealista de su personaje, interpretado con buen pulso a través de una dinámica y contagiosa energía, que contrasta y complementa la parálisis emocional del personaje protagonista de Fernán Gómez y que convierte a su Lupe en una auténtica mujer de acción, ágil y decidida, con la suficiente iniciativa y autoridad como para sacar a un muchacho del calabozo en cuestión de horas o evaluar con datos y cifras los pros y los contras de montar un negocio textil en la capital; y todo ello tras una incombustible, arrolladora y seductora sonrisa, que dotan a su personaje del atractivo necesario como para poder hablar de este trabajo como el más decididamente brillante de Emma Cohen. Por desgracia, se vio finalmente eclipsado por el de otras compañeras del reparto en aquella temporada de premios, lo que la sitúa entre una de las grandes olvidadas al Goya a la mejor actriz secundaria de la cuarta edición.


Cabe mencionar aquí también que en la atípica y extraña cinta de gángsters dirigida por Xavier Villaverde, de nombre Continental, se ponía en bandeja para Marisa Paredes un hermoso y lucido personaje como esa experimentada prostituta, antigua favorita del anterior jefe del territorio que ahora se disputan sus dos asesinos, los dos capos protagonistas, teniendo que asistir como involuntaria testigo de una batalla que amenaza con sesgar la vida de incluso algunos seres queridos. Así, en un importantísimo segundo plano, lleva a cabo todo su trabajo la actriz, evolucionando ante la cámara con su exquisita elegancia, haciendo carne de esa mujer acabada, unas veces borracha y siempre nostálgica, de distinguida belleza, que el tiempo y el miedo han convertido casi en una roca de hielo, incapaz de tomar partido en la sangrienta guerra que le toca presenciar. La frialdad de su personaje resulta intrínseca a la figura evanescente de la actriz, pero la fragilidad y el miedo que la provocan quedan puestos de manifiesto gracias al formidable recital de silencios que recorren toda su intervención, hasta el bello y doloroso, inútilmente romántico, monólogo que la actriz protagoniza sentada en la penumbra de una habitación. Sin lugar a dudas, una escena poco contextualizada en el conjunto del filme, pero que la actriz sabe aprovechar para humanizar a su personaje, conferirle entidad emocional y, de paso, colarse en la lista de las pocas olvidadas al Goya dignas de mención.


Algo que también hubiera merecido la joven Aitana Sánchez Gijón por sus empeños en aquel curso cinematográfico, primero como una adolescente amante de las ideas revolucionarias de finales de los años sesenta en El mar y el tiempo, cometido resuelto por la actriz con sobrada naturalidad y frescura, a las que sumaba una entrañable empatía, sobre todo en sus secuencias compartidas con el personaje de su abuela, interpretada por la ganadora del Goya en la categoría principal: Rafaela Aparicio. Y después como la virgen huidiza y hambrienta de nuevas experiencias de la comedia Bajarse al moro, trabajo tocado por un contagioso encanto y no poco atractivo, reforzados ambos por la candorosa y desprejuiciada manera en la que la actriz plasmaba el ansioso y a la vez tímido despertar sexual de su personaje. Resulta curioso que, sobresaliendo como una de las mejor preparadas y más aventajadas actrices de su generación (incluso ya en sus inicios, como vemos), a Sánchez Gijón se la haya ninguneado de forma tan desconcertante en la elaboración de las candidatas a los Premios Goya, a los que nunca ha sido finalista, habiéndolo merecido (y mucho) en numerosas ocasiones, como veremos más adelante.