Karra Elejalde regresa el viernes a los cines.

Repasamos la filmografía del actor cuando regresa a la comedia con "Ocho apellidos vascos".

Palmarés XXIII Premios de la Unión de Actores.

"Caníbal", de Manuel Martín Cuenca, una de las vencedoras con 2 premios.

17º Festival de Málaga. Cine Español.

La Sección Oficial está compuesta por 15 largometrajes muy esperados para este 2014.

17º Festival de Málaga. Cine Español.

Seis títulos integran la sección paralela, competitiva, Zonazine, el espacio independiente.

17º Festival de Málaga. Cine Español.

Málaga Premiere y Estrenos Especiales completan la oferta de novedades del certamen.

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lunes, 21 de octubre de 2013

Goya 1989 como homenaje a una secundaria irrepetible en la categoría principal.


Volvemos a 1989, a la cuarta edición de los Premios Goya, y lo hacemos para recordar la categoría a la mejor actriz principal, en un año poco fructífero en lo que a trabajos femeninos protagonistas se refiere y es que vista la producción de aquel año, los Académicos apenas tuvieron opciones para confeccionar la lista de las cinco nominadas definitivas. Lo que explica que terminara siendo candidata alguna que otra actuación vistosa sí, pero para nada genial, y solo podamos hablar de una actriz injustamente olvidada en la terna final dado el oscurantismo y la escasa distribución/repercusión de muchos de los títulos, lo que propició que el Goya a la mejor actriz de 1989 terminase premiando un trabajo secundario por parte de uno de los más grandes y entrañables mitos de la pantalla en nuestra cinematografía.


Justamente ganadora de un más que merecido Goya de Honor en reconocimiento a toda su trayectoria en el año 1987, un premio que por cuyas características parecía un indicio del final de una carrera, la veterana Rafaela Aparicio demostró pronto que aún le quedaban fuerzas para acometer nuevos empeños secundarios para el cine, dejando a media industria boquiabierta al afrontar, con sus más de ochenta años cumplidos, su primer rol de cierto protagonismo: el de la abuela gruñona y desmemoriada protagonista de El mar y el tiempo, de Fernando Fernán Gómez, quizás uno de los pocos títulos de su trayectoria que le han permitido lucir sin ataduras de ningún tipo el enorme potencial dramático que poseía. Sin abandonar en ningún momento ese registro esperpéntico que era ya marca de la casa, más bien al contrario, estirándolo y retorciéndolo a su antojo para dulcificar y enternecer la agria y afilada mala uva de su personaje, la Aparicio hace vibrar, literalmente, toda la función sólo con su presencia, muy limitada debido al escaso juego que, a priori, puede ofrecer el que la mayoría de sus secuencias nos la presenten tumbada en la cama; pero que gracias al carisma y a la autoridad desvergonzada de la que hace gala en cada una de sus intervenciones, se torna indispensable para el espectador, necesario bálsamo de ternura y no poca mofa el que proporciona su intachable vis cómica, exhibida sin complejos en esta ocasión a través de una sobrecogedora ironía. Soberbia, descomunal, indudablemente impagable, Rafaela Aparicio lograba además sobrecogernos con su desgarro, emocionándonos con suma facilidad mientras salta con proverbial dominio de una desmesurada exasperación a una intensa serenidad, ganando limpiamente un incuestionable Goya a la mejor actriz principal, que hizo palidecer el reconocimiento que supuso la obtención del Honorífico dos años antes. Con ambos cabezones bajo el brazo, la industria elevaba con sumo retraso la categoría de Rafaela Aparicio a la de mito, la que hacía tiempo merecía una actriz superlativa a la que, por edad, ya apenas le dio tiempo para volver a deslumbrar a la gran pantalla con su incombustible talento.


Pero, sin duda, la ganadora de aquel cuarto Goya debía haber sido Ángela Molina, en la que supuso su tercera nominación justo un año después de la segunda, gracias a un título que no dudó en presentárnosla como una auténtica estrella: Las cosas del querer, de Jaime Chávarri, en el que la intérprete encarnaba a Pepita, una joven que en medio de los escombros y el hambre dejados en España tras la Guerra Civil va abriéndose paso como cantante, aspirando a ser tan grande como Estrellita Castro o, incluso, Imperio Argentina, y teniendo que luchar contra la codiciosa influencia de su madre y la arrebatada pasión que la une a Juan, su pianista. Con una desenvoltura apoteósica y un garbo refulgente, la Molina sentenciaba rápidamente la función a su favor, dejando bien claro qué sangre corre por sus venas, cargada del arte y el ímpetu artístico de su progenitor, resolviendo con una embelesante entrega absolutamente todos los números musicales que protagonizaba. Y aunque no hubiera heredado el registro vocal de su padre, la actriz anteponía una incombustible chispa, lanzada al aire con contundente soberanía, a cada una de sus intervenciones en el escenario, sin que en ningún momento se echen en falta las voces de los artistas originales. Y se comía la pantalla de forma impune gracias a ese rostro de superlativa fotogenia y transparente expresividad. Si da gusto verla apechugando con los pasajes musicales, se hace obligado quitarse el sombrero ante su grandeza en los momentos dramáticos. La temperamental soberbia exhibida a través de esos movimientos bruscos que en su cuerpo delgado se vuelven plasmaciones exactas de la caprichosa razón de ser del personaje, la enorme fragilidad expuesta sin concesiones ante las cámaras gracias a esos ojazos vidriosos agitados en lastimeras lágrimas, y la ardiente e irracional pasión que la consume por dentro y se le escapa con furiosa vehemencia en el atropellado juego interpretativo con el que se contonea a lo largo de todo el metraje, hacen del protagonismo de Ángela Molina en Las cosas del querer una de las experiencias más maravillosas de cuantas puede uno disfrutar en una pantalla grande. Aunque la precaria dicción que había venido lastrando algunas de sus actuaciones volviera a hacer acto de presencia, fomentada además por ese espontáneo acento andaluz, no constituye razón suficiente como para restar puntos de valor a la prodigiosa, fascinante y emocionante composición llevada a cabo por ésta, no sólo deslumbrante estrella, sino por encima de todo magnífica y grandiosa actriz, que se había ganado a pulso el ser considerada uno de los más suculentos talentos interpretativos que se habían visto en nuestro cine.


La competencia era dura, sobre todo debido al concurso de una Victoria Abril, que concurría por cuarto año consecutivo a este premio, gracias al talento exhibido en Si te dicen que caí, del que siguió siendo su principal benefactor Vicente Aranda y es que sólo su firme decisión permitió a la estrella protagonizar este nuevo proyecto juntos, adaptación de la novela de Juan Marsé, y es que en contra de los deseos del autor, la actriz comenzó el rodaje estando embarazada de seis meses, motivo más que suficiente para rescindir su contrato. El reto era grande pues Victoria debía encarnar a tres personajes distintos: la novia de un miliciano republicano desaparecida, casi volatilizada del mapa (Aurora Nin), una joven harapienta que para sacarse unas perras vende su cuerpo a cualquier postor (Ramona) y una prostituta de lujo altamente relacionada (Menchu). La glamurosa caracterización de éste último, con el vestuario apropiado, logró que disimulara el avanzado estado de gestación de la actriz, pero para sorpresa de todos enriqueció notablemente el dibujo del personaje de Ramona, pues la actriz no duda en mostrar tripa incluso en sus múltiples secuencias eróticas, lo que aporta un brutal y sórdido encanto al trabajo de la actriz, que en pocas palabras fascina y entusiasma en cada una de sus intervenciones, saltando de registro de una secuencia a la otra con pasmosa sencillez: de la coqueta y seductora Menchu a la esquiva y frágil Ramona, pasando por la enamorada Aurora, brillando siempre sobre el resto de sus compañeros de reparto gracias a esa naturalidad suya en modo alguno estudiada y elevando con su trabajo el desafortunado resultado del conjunto. Por tan grande mérito, ganó su segundo Fotogramas de Plata, así como el Premio de la Generalitat de Catalunya y la Academia la alzó como la intérprete más nominada en la corta historia de los Goya.


Sobradamente disfrutable y decididamente brillante como esa camella madrileña en la deliciosa Bajarse al moro, de nuevo a las órdenes de Fernando Colomo, aunque físicamente el aspecto de la actriz no casara a priori con la imagen de una “chica porreta”. Sin embargo, la Forqué acertó al llevarse el personaje a su terreno, afrontándolo desde esa ingenuidad y frescura tan característicos en ella misma, actuando de fantástico motor de una comedia que no ocuparía el puesto de honor que disfruta en la memoria colectiva de no ser por el trabajo de la actriz, que logra en conjunta colaboración con su compañero Juan Echanove, aportar al género una de las más atractivas e inolvidables parejas cinematográficas de los ochenta. Incorporando a su habitual ternura infantil cierto matiz arrabalero, de mujer pasada de vuelta, la Forqué añade también a su habitual comicidad un permanente estado de alienación logrando que su habitual “chica pizpireta” se rebaje hasta mostrar sin inconvenientes la absoluta falta de expectativas de su despreocupado personaje. A pesar del exquisito, divertido y hasta emotivo resultado final de su actuación, la actriz con más Goyas en su haber hasta la fecha, ya no pudo sumar el que hubiera sido el cuarto cabezón de su trayectoria.


Igual que lo ocurrido en el año anterior, la segunda nominación al Goya de Ana Belén gracias a su protagonismo en El vuelo de la paloma, de José Luis García Sánchez, puede tacharse de desproporcionada. Y no es porque su trabajo en esta entrañable comedia coral sea reprochable, sino porque a pesar de que la estrella convence magníficamente como esa ama de casa de clase obrera, atribulada y frustrada, que siente renacer en ella el fulgor adolescente ante los requiebros de un famoso galán cinematográfico, parte donde Ana Belén lograba brillar escudándose en ese incuestionable atractivo físico y esa admirable fotogenia ganados con su madurez; por contra, a la exposición de esa naturaleza barriobajera de su personaje le falta garra castiza y le sobra el divismo, esforzadamente disimulado aquí, aunque sin conseguirlo del todo, que acompaña a la actriz en la mayoría de sus incursiones dramáticas. Este motivo es el que nos impide dejar de ver en El vuelo de la paloma a Ana Belén “haciendo de” y resta considerables puntos de valor a un trabajo por lo demás verdaderamente agradable y encantador. 


La Olvidada.


Dado el escaso eco suscitado por algunos títulos estrenados durante aquel curso cinematográfico, para más inri, bastante pocos de ellos con un protagonismo femenino suculento, sólo cabe hablar de una actriz olvidada en esta categoría y no es otra que la jovencísima Emma Suárez, por su trabajo a las órdenes de Juan Miñón en La blanca paloma. De cuyo trabajo encontramos una crítica publicada en el momento del estreno de la cinta en El País, escrita por Ángel Fernández-Santos, y que nos parece describe a la perfección la brillantez exhibida por la intérprete y que, por ello, reproducimos: "actúa con armas de tan desarmante verdad, que se presiente, viéndole construir este su casi imposible personaje, una actriz de talento y posibilidades expresivas infrecuentes, ya que combina el hermetismo con la expansividad y sabe usar como una veterana, pese estar en sus comienzos, una alegre mirada sonriente como vehículo transmisor de dolor y de tristeza. De otra manera, Emma Suárez sabe decir una cosa con la contraria, posee el don de lo indirecto y lo ambiguo, pone alma en la banal mecánica de un mal movimiento, otorga fuerza erótica subterránea a algunas zafias evidencias que ha de afrontar y, sobre todo, mira a la cámara, es decir, a la mirada del espectador, dejándola inmóvil, deslumbrada. Se presiente toda una actriz en esta mujer joven, capaz de dar misterio a lo archisabido y lustre a las mugres que representa".

viernes, 17 de mayo de 2013

"El cosmonauta" aterriza para revolucionar la cartelera.

¡¡¡Ya es viernes!!! Y esta semana parece que todo es Cannes y su recién inaugurada edición del 2013 con, prácticamente lo mejorcito del año, a punto de ver la luz dentro de su programación. Pero no, aquí en España, debemos seguir atentos a la actualidad cinematográfica, en vista de que este año no nos han seleccionado ningún filme para competir en el festival de festivales, y ésta pasa por renovar la cartelera con los nuevos estrenos que van a intentar hacerse notar en las marquesinas. Mucho cine español llega este viernes, concretamente tres títulos, uno de ellos inesperado hasta hace unos pocos días y otro, por el contrario, bastante anhelado desde hace bastantes meses.

La(s) peli(s) del finde.


Iniciamos este repaso a las novedades del fin de semana con el esperado estreno en salas de El cosmonauta, de Nicolás Alcalá, de la que ya os habíamos informado en nuestro pertinente y previo repaso a los estrenos nacionales del mes. Se trata del primer filme financiado casi exclusivamente a través del (ya os debería sonar el nombre) crodwfunding, un sistema de microdonaciones en el que cualquier persona podía convertirse en productor de la película aportando desde, tan sólo, 2 insignificantes euros. El cosmonauta, que narra la historia de un joven que se pierde en el espacio durante siete meses y que, al regresar a la Tierra, la encuentra inhabitada, es el primer proyecto "transmedia" que se hacen en España, lo que quiere decir que además de su exhibición en cines, el sábado día 18 de mayo el público podrá visionarla de manera simultánea a través de Internet, DVD y televisión de pago. Las previsiones de éxito de la cinta, debido a la falta de antecedentes, no están claras, lo que sí que llama la atención es la intención manifiesta de desafiar el sistema establecido con semejante opción para su distribución y exhibición. ¿Repercutirá el ejemplo de El cosmonauta en la forma de consumir Cine a partir de ahora?


Por vías convencionales llega este viernes a los cines la ópera prima de Dácil Pérez de Guzmán, La última isla, una cinta de marcado corte familiar que ha supuesto para su debutante directora andaluza un auténtico esfuerzo llevar a cabo y es que, además de directora, también es su productora. Con el apoyo del Gobierno de Canarias y de la Junta de Andalucía, además del concurso de las productoras Sakai Films (andaluza), Rainbow Films & Video (canaria) y Fausto Producciones (catalana), De Guzmán ha logrado por fin sacar adelante una película de la que, también, es co-guionista. En ella, nos cuenta la historia de Alicia (la detutante cinematográfica Carmen Sánchez), una niña mimada y egoísta que está loca por los videojuegos y a la que su madre decide mandar a una isla donde vive la vieja tía Belinda. Sin agua corriente ni electricidad, junto al mar y al pie de volcán, Alicia teme que las vacaciones sean un muermo. Por añadidura, se rumorea que su tía es bruja, que hay un hombre que persigue dragones y dos niños muy extraños. Algo misterioso y magnético emana de la montaña. Con reminiscencias a la "Alicia" de Lewis Carroll, pero según el crítico Joaquín Torán (en el nº433 de Dirigido por...) también al escritor de fantasía alemán Michael Ende, La última isla llega a las salas para proponernos un cuento mágico, intentando con ello abrir nuevas vías para el cine español actual. La intención les honra y, además, la película cuenta con presencias secundarias del calibre de Julieta Serrano, Antonio Dechent, Eduardo Velasco o Maite Sandoval.


El último de los estrenos nacionales en aterrizar este viernes en las pantallas lo conocimos hace apenas una semana y es Ali (2012), debut en la dirección de Paco R. Baños. Inicialmente previsto su estreno para el pasado 26 de abril, Ali, que lleva más de un año esperando ser estrenada comercialmente (participó en la Sección Oficial del Festival de Málaga 2012), logra por fin llegar a las salas, eso sí, con poca campaña promocional a su espalda, lo que repercutirá (lamentablemente) en una más que invisible carrera comercial. De nuevo, contamos con otro protagonismo femenino, esta vez adolescente, llamado Alicia, una chica que vive en "el país de Ali", un lugar donde no es frágil ni vulnerable. Tiene dieciocho años, una madre, dos amigas, un vecino y un trabajo en un supermercado. Aunque piensa que lo controla todo, ahora Ali se ha enamorado y tiene que atreverse a abandonar el país de Ali para asomarse al país de Alicia. La película, que se pudo ver también en el reciente Atlántida Film Fest de este año y que organizaba Filmin, ha gustado en general a quienes la han visto, como leemos en Cine Maldito, Blog de Cine o en No Solo Cine, precisamente por su evidente sencillez. Es una lástima que, un título como éste, llegue tan de tapadillo a las carteleras nacionales, por muy independiente que sea. También por contener el primer papel protagonista en el cine de la encantadora Nadia de Santiago, muy bien acompañada por Julián Villagrán y Verónica Forqué, en la que supone su primera actuación para el cine en el último lustro.

¿Bienvenido, Mr. Marshall?

De primeras, para nada. Y es que desembarca en las salas españolas uno de las más sonados bodrios estadounidenses de los últimos años: Dark Tide (Marea Letal) (2012), de John Stockwell, un tío especialista en películas con ambientación submarina, aunque lo que parece que de verdad le pone no es sólo meter la cámara bajo el agua, sino meter con ella a alguna tía buena de turno, con el bikini más diminuto que sea posible, y hacerla pasar un mal rato. En esta ocasión le tocó a una desorientadísima Halle Berry, que desde que ganara el Oscar nunca más supo qué hacer con su trayectoria. Le acompaña el inexpresivo Olivier Martínez en este película sobre una monitora de buce que, tras nueve años después de sufrir el ataque de un gran tiburón blanco, decide enfrentarse al miedo y volver a bucear en aguas profundas junto al gran escualo cuando le hacen una oferta irrechazable para nadar entre tiburones. Sí, amigos y amigas, es un bodrio. Y no hace falta pararse a leer las críticas vertidas en Estados Unidos, donde no llegó ni a estrenarse en salas, pasando directamente al VOD (Video On Demand), vídeo a la carta por la Televisión por Cable americana. Aunque si alguno siente curiosidad por saber cómo se las gastan los especialistas despachando semejantes productos como éste, atentos a las publicadas en su día en Variety, en The New York Times o en The Hollywood Reporter. Lo más cabreante de todo es que, hablando mal y rápido, algo con lo que han vomitado en los Estados Unidos, nosotros lo vamos a estrenar por todo lo alto, copando bastante espacio en nuestras marquesinas y dándoles pasta a mansalva. ¿Nos toman el pelo o qué?

El otro estreno netamente estadounidense del finde es lo nuevo de Rob Zombie, The Lords of Salem (2012), que como viene siendo habitual en él se adscribe de nuevo al género fantástico. Esta vez para contarnos que hace mucho tiempo, Salem (Massachusets) era el centro neurálgico del mal, el lugar donde las brujas celebraban sus aquelarres. En la actualidad es, al menos en apariencia, una ciudad normal. Heidi presenta un popular programa de radio centrado en el rock duro; un día, recibe un vinilo promocional de una banda llamada The Lords. La música, extraña y siniestra, la deja profundamente turbada, provocándole pesadillas y alucinaciones. La cinta ha dividido por completo a la crítica estadounidense, así leemos comentarios positivos en Time Out o en The Hollywood Reporter, pero también algunos bastante condenables desde Entertainment Weekly o The New York Times. En nuestro país, uno de los primeros en posicionarse fue el crítico Tomás Fernández Valentí en su blog, de quien os dejamos la siguiente observación, extraída de su crítica en el nº433 de la revista Dirigido por...: "Zombie firma su obra más radical y provocativa con The Lords of Salem, un film de terror de bajo presupuesto pero pletórico de inventiva que confirma la gran categoría que su realizador ostenta en el contexto del actual cine fantástico norteamericano".

Y ahora llegamos, por fin, al título más destacado de todos los que se estrenan esta semana en las carteleras. Sí, no podíamos hablar de cualquier otro si no de The Great Gatsby (El gran Gatsby), adaptación de la novela homónima de F. Scott Fitzgerald en la que se nos cuenta cómo en la alta sociedad norteamericana de los años 20 del pasado siglo, llama la atención la presencia de Gatsby, un hombre misterioso e inmensamente rico, al que todos consideran un advenedizo, lo que no impide que acudan a sus fastuosas fiestas mientras Gatsby vive obsesionado con la idea de recuperar al amor de su juventud. Estamos ante la tercera versión cinematográfica de tan célebre obra literaria y no siendo ninguna de las dos anteriores obras maestras en absoluto (ni siquiera están cerca de serlo), ¿iba a poder el australiano Baz Luhrmann, responsable de esta nueva revisión, lograr transmitir con imágenes el poderoso sentido de las palabras de Fitzgerald? La película, que ha inaugurado el presente Festival de Cannes (fuera de concurso) parece erigirse en la gran decepción cinematográfica del año. Y es que, reconozcámoslo, el sentido cinematográfico sumamente estrafalario, recargado y fastuoso del director de, por ejemplo, el Moulin Rouge del 2001, poco adecuado se presentaba para llevar a buen puerto la puesta en imágenes de una novela de tamaño calibre. La pregunga a continuación es la que sigue: ¿era necesario una nueva visita al personal e inadaptable universo Fitzgerald? Según Carlos Boyero, desde Cannes, no. Pero es que la prensa especializada extranjera se ha dividido casi por completo ante esta videoclipera nueva película de Luhrmann, así encontramos opiniones para todos los gustos, desde los que encuentran motivos para recomendarla, como en The New York Times o en The Hollywood Reporter, hasta los que directamente la atacan como una película para público adolescente, como leemos en The New Yorker, o escandalosamente ruidosa, como en The Wall Street Journal. Lo mejor que se puede decir de El gran Gatsby, versión 2013, es el protagonismo de un entregado Leonardo DiCaprio, como siempre inmerso en algunos de los proyectos más decididamente importantes del Hollywood actual, bien acompañado (parece) por Tobey Maguire y una encantadora Carey Mulligan.

Y, para cerrar este repaso a los estrenos de ficción del fin de semana, Kauwboy (2012), de Boudewijn Koole, que parece llegar a las salas para confirmarnos eso de que el buen cine siempre llega de fuera de los Estados Unidos. Al menos, esta máxima se ha cumplido esta semana. A priori, esta cinta holandesa se nos presenta como el estreno foráneo más sugestivo del finde. La película nos pone en la piel de Jojo, un niño que tiene unos diez años y vive con su padre, casi siempre ausente debido a su trabajo. Según Jojo, su madre – una cantante country– está de gira. Su padre no pasa por un buen momento y Jojo oscila entre una precoz independencia y la necesidad de contención. La cinta, que ha encandilado a la prensa extranjera, como leemos en Time Out y en The Hollywood Reporter, es una pieza pequeña, de esas que cautivan con pocos elementos, y que fue la encargada de representar a su país en los últimos Premios Oscar. Al final no resultó nominada, pero eso no quiere decir que no estemos ante una pequeña joya cinematográfica que no deberíamos perdernos y que se une a otras obras recientes, como Tomboy (2011), de Céline Sciamma, como radiografías honestas y sencillas, sin florituras de ningún tipo, de esa etapa tan marcadamente significativa en las vidas humanas como es la de la infancia.


Vamos a intentar levantar un poco los ánimos de la taquilla este fin de semana, ¿no? Buenas ofertas hay y si no, siempre podéis (mal)gastar el dinero en ver las últimas superproducciones alienantes que nos brinda generosamente la Meca del Cine. Yo os aconsejaría inclinarse por la Versión Original Subtitulada y no creo que la distribuidora de un título como Marea letal ponga en circulación ninguna copia de su engendro en tales condiciones.

¡¡Un saludo, Sinvergüenzas!!

miércoles, 15 de mayo de 2013

Tercer Goya para la Forqué ante inolvidables olvidadas.



Retomamos el pertinente repaso a la Historia de los Premios Goya y lo hacemos concluyendo con el análisis a aquella segunda edición de 1987, observando la categoría a la mejor actriz secundaria, ardua tarea pues nos ha sido prácticamente imposible localizar y visionar uno de los tres trabajos interpretativos presentes entre los finalistas, concretamente el correspondiente a Terele Pávez en Laura, del cielo llega la noche, de Gonzalo Herralde. Verdadera lástima, primero por tratarse de la primera interpretación nominada de una actriz genial, lo que nos predispone a pensar en un más que estimable trabajo interpretativo y, segundo, porque nos impide valorar con justicia una categoría para la que quedaron finalistas otros dos trabajos verdaderamente poco consistentes y fueron olvidados auténticos recitales interpretativos.


Sólo un año después de obtener el primer Goya a la mejor actriz de reparto, Verónica Forqué hizo historia en la segunda edición al ganar, conjuntamente, los dos Premios Goya destinados a labores interpretativas femeninas. El de actriz de reparto le fue concedido por su gracioso y dinámico empeño como secretaria cachonda con marcado acento argentino en la comedia coral Moros y cristianos, film menor en la filmografía del genio Luis García Berlanga, un trabajo al que la Forqué presta su indudable atractivo personal, basado en esa melena rojiza y esa sonrisa entre inocente y picarona, pero que en esencia se traduce también en una actuación floja, cargada de clichés y sin ninguna pretensión de ahondar y hacer carne al tópico que representa su personaje. Estamos ante una actuación vistosa, sí, y muy fresca, pero en modo alguno entendemos la razón por la que un trabajo tan lineal y, además, poco desarrollado (ni siquiera desde el guión) llegó a una final por el Goya y, mucho menos, se alzó como el triunfal vencedor, coronando a la Forqué como la actriz con más Goyas en su haber (tres) ya en la segunda edición, una marca ciertamente imbatible para cualquier otro intérprete (hombre o mujer), por lo menos a corto plazo. 


Por ello, y sin haber podido emitir un juicio verdaderamente objetivo ante la ignota actuación de la nominada Terele Pávez, nos es obligado señalar que aquél Goya hubo de caer en las manos de Marisa Paredes, que con los 40 años ya cumplidos y habiendo realizado pequeñas intervenciones cinematográficas en los años precedentes, nada hacía prever que en esta segunda edición de los Premios Goya, ella iba a figurar entre las tres nominadas. Una absoluta sorpresa que colocó a Marisa Paredes en el punto de mira de toda la industria. El éxito se lo debía a José Sacristán, que le regaló el misterioso y atractivo personaje de Olga, la amante de un experimentado ladrón, de ademanes pulcros y precisos, de sonrisa intrigante y mirada seductora, en la irregular road movie Cara de acelga. Y aunque haya que agradecer a la Academia el empujón que esta nominación pudo significar para la trayectoria cinematográfica de la Paredes, hay que señalar que el trabajo de la intérprete en la película sólo merece un justo aprobado y es que la actriz apenas hace otra cosa que lucirse guapa y espléndida, aportando altas dosis de glamour y magnetismo a un personaje que juega durante toda su participación en contra del trabajo de la actriz, por el escaso relieve en el que se encuentra descrito y, también, por el temible lugar común al que queda reducido; obstáculos que tampoco Marisa Paredes intenta sortear, limitándose a crear ante las cámaras un desdibujado retrato de una astuta y taimada femme fatale, a lo que no ayuda el hecho de que toda su intervención se encuentre concentrada dentro de la parte menos conseguida e interesante del filme de Sacristán.

Las Olvidadas.


Ante semejante nivel en los trabajos nominados, no es de extrañar que el visionado de una película como La casa de Bernarda Alba, de Mario Camus, nos invite a arrancarnos la cabellera por los olvidos académicos producidos hacia dos miembros de su excelente reparto. Larguirucha y desgarbada, la catalana Vicky Peña volvió a quedarse a las puertas de una más que merecida nominación al Goya por segundo año consecutivo, y esta vez por uno de los personajes emblemáticos del Teatro Español: Martirio, la hija mediana de Bernarda Alba, un bicho desesperado que no quita ojo a su hermana pequeña, consciente de los deseos que guarda bajo su pecho, y que manifiesta un profundo ardor por debajo de sus faldas, que sólo consigue aliviar a través del reproche hacia aquellas que sí pueden gozar de lo que ella aún no conoce. Martirio vive inmersa en la pena, en una insoportable sed de hombre, de uno en concreto, y finge diariamente porque sabe que lo que le quema por dentro es pecado. La fuerza, la sinrazón y la obsesión de los personajes de La casa de Bernarda Alba eran explícitos ya en la obra original y las actrices de la adaptación cinematográfica llevada a cabo por Camus únicamente deben dar cobertura interpretativa a un universo poético muy complejo, que se halla latente en cada palabra, en cada frase, en cada parlamento. Con una entereza abrumadora, Vicky Peña hace suyo todo el simbolismo implícito en la obra de Federico García Lorca y se deja arrastrar hasta ese infierno situado en la propia casa, desenvolviéndose en la piel de la celosa Martirio con delicadeza, componiendo un estremecedor retrato de esa joven virgen y oprimida, capaz de mentir a su propia hermana, provocando así su trágico suicido, con tal de impedir que otras posean lo que ella nunca tocará. El acierto de Peña está en partir de la base teatral del texto para dar verdad a cada gesto, cada movimiento, cada mirada de su personaje e ir, poco a poco, mesuradamente, "cortándose las alas". Logra un trabajo meticuloso, pulido en todos sus aspectos, esencialmente cinematográfico hasta cuando el halo teatralizante de según qué parlamento amenaza con hacer acto de presencia. Emotiva y frágil al mismo tiempo que pérfida y malvada, Vicky Peña se desata dentro de una brillante contención, logrando momentos sublimes: la confesión que realiza a Amelia tumbada en la cama sobre la llegada del otoño, donde la actriz revela en su angustiosa expresión el verdadero sentido que acompaña a las palabras de Lorca; la manera en la que entona la cancioncilla que cantan los segadores fuera de campo, con un inesperado aire nostálgico en su mirada y una voz entrecortada que invita a pasear a las ahogadas lágrimas que afloran en sus ojos; o su escena final, en el patio con Adela, donde el drama amenaza con verterse en un trágico acontecer, mientras Peña devora enterita a su compañera, dado el alto grado de implicación que posee la actriz en comparación con la equivocada teatralidad adoptada por la estrella Ana Belén. Por no hablar de sus solitarias escenas al amparo de la luna, vigilando cada ruido de la noche, cada paso descarriado de su hermana pequeña o cada exhalación sexual de ésta con su objeto de deseo. Momentos, en definitiva, antológicos que merecían una buena consideración por parte de la Academia para unos segundos premios Goya a los que sí optaron trabajos notablemente menos conseguidos y redondos. 


Con el mismo grado de estupefacción hay que tomarse el olvido de Enriqueta Carballeira gracias a desempeñar el papel de Angustias en la versión cinematográfica de La casa de Bernarda Alba, personaje que ya había realizado con muy buenas críticas en la versión teatral estrenada en 1984, dirigida por José Carlos Plaza. Dando vida al último de los personajes importantes de la espléndida obra de Lorca, esta madrileña supo hacerse un hueco destacado dentro de la brillante labor desempeñada por el conjunto de actrices de la película. Su fuerte para ello fue una discreción ejemplar, consciente del segundo plano al que queda reducido su personaje en comparación con el conflicto principal que domina el texto. Con dignidad, con un dominio excelente del medio cinematográfico, Carballeira encarnó a esa mujer con edad para ser tenida ya por una "solterona", pero que aún no sabe lo que es dormir en una cama caliente, obligada a guardar castidad incluso ahora, cuando debe cumplir un luto por un hombre que no es su padre. A pesar de la fuerza imbuida a su personaje, la Angustias de Enriqueta Carballeira representa la obediencia y la sumisión al poder establecido, contra el que nunca se levantará en armas, sino que se limitará a descargar lágrimas impotentes en la soledad de su alcoba. Carballeira está frágil, dulce y miedosa durante todo el transcurso de la obra, sabedora del delicado carácter de su rol. Intensa en su emotivo patetismo, la actriz se vistió las ropas de la decencia, actuando con clase y prudencia, evitando excesos en todos sus parlamentos, logrando que su voz se escape levemente de sus labios en pequeños, casi inaudibles suspiros, provocados por el miedo a levantar la ira de su madre. Víctima primera de ese cautiverio, azotada miserablemente nada más comenzar la película, Carbelleira no reniega de aportar a su caracterización un halo inocente, de esa mujer que a pesar de su edad no ha dejado de ser una niña que aún sueña con su Príncipe Azul. Un elemento clave para entender por qué Angustias no abre los ojos a la realidad en ningún momento y comprende que la única razón por la que es cortejada por Pepe "el Romano" es su cuantiosa herencia. La veneración infantil hacia su prometido permite a la actriz mantener esa mirada ruborosa todo el tiempo, aunque detrás de ella se encuentre también un ardor incontenible hacia el macho, mostrado recatadamente, tal y como corresponde a un personaje de estas características, en el ejemplar plano fijo que protagoniza sentada junto a la ventana, iluminada por la luna, mientras espera la visita de su hombre y la posterior reacción de la intérprete cuando su sombra la alcanza: un leve sobresalto y unos ojos envueltos de manera sutil en insoportables llamas. Por ello, al final del filme, cuando la tragedia desvela su implacable rostro, el corazón del espectador no está con la insurrecta actitud de Adela, sino con la engañada y cruelmente despierta Angustias, que llora desconsoladamente en la cocina ante la nefasta realidad. Estamos ante un trabajo aplicado y más que correcto, que logra un especial lucimiento debido a la sensible hondura humana que aportan el tacto y la reserva con la que la actriz va evolucionando ante la cámara y que hubiera merecido mayor atención por parte del público y también de la Academia.


Y si de nominar a Marisa Paredes se trataba, la Academia bien podría haber desestimado el trabajo de la actriz en Cara de acelga y haber preferido su trabajo en la hoy obra de culto Tras el cristal, sorprendente ópera prima enmarcada en el género fantástico debida a Agustí Villaronga, en la que la Paredes daba vida con escalofriante austeridad a la soberbia y desconfiada esposa de un ex oficial nazi postrado en un pulmón de acero debido a un accidente. El proverbial despliegue de arrogancia y frialdad del que hace gala la actriz no sólo logra sacar un extraordinario partido a la imagen casi de diosa que desprende la estilizada figura de Marisa, sino que se erige en el foco de mayor interés a lo largo de la primera parte de la película, hasta esa intensa y diabólicamente agónica última secuencia de la actriz, donde, a pesar de no haber simpatizado en ningún momento con su Griselda, al espectador le posee un miedo irracional durante el periplo de la intérprete por los oscuros pasillos enmarcados de acechantes cortinajes. La desconfianza en el extraño y el amor propio traicionado son las constantes sobre las que se articula el intenso y turbador trabajo de la Marisa Paredes de Tras el cristal, cinta por la que sí hubiera merecido aquella nominación al Goya a la mejor actriz secundaria.


Pero La casa de Bernarda Alba no fue la única cinta denigrada en esta categoría, también Divinas palabras, de José Luis García Sánchez, hubiera merecido colar en la final por el Goya a alguna de sus intérpretes de reparto, como la otrora estrella de nuestro cine Aurora Bautista que demostró que, aunque la extensión de sus personajes ya no superaba la condición de colaboración, podía exprimir al máximo sus intervenciones y erigirse en una de las virtudes de una película, en este caso gracias a su saber estar característico, su soltura imperturbable y su talento inmarchitable. La Bautista se metió de lleno a dar vida a Marica del Reino, la hermana del sacristán del pueblo, cuñada por tanto de la protagonista Mari Gaila, y heredera como ellos del niño hidrocéfalo y de los bienes que éste pueda reportar. El resultado es una de las actuaciones cómicas más ricas de las que se han visto por nuestras pantallas. Miserable, tacaña, roñosa, convenida, rastrera… Todos los adjetivos se quedan cortos para describir el veneno que lleva dentro de sí esta víbora a la que Bautista encarna con una grandiosidad ejemplar. Cada intervención de la intérprete se ajusta con peligro a la caricatura, al exceso (como era norma en ella), a una sobreactuación burlesca donde la actriz alcanza momentos de comicidad inimitables: su rostro ante los poéticos lamentos de su cuñada junto al cuerpo sin vida de la difunta deparan risas de indudable regocijo, así como cada salida al balcón que protagoniza, especialmente la primera, cuando le comunican el fallecimiento de su hermana. La falsedad de su personaje es subrayada por la actriz con sus ademanes impulsivos y primarios, así como por sus alarmantes expresiones de fingida afectación, alcanzando cotas de desmesurada jocosidad. En el punto contrario se hallan sus conversaciones con las vecinas del pueblo o con su propio hermano, donde la Bautista demuestra un dominio absoluto del 'tempo', inflando sus escenas con el ritmo adecuado para lograr un brioso y modélico resultado del que carece buena parte de la película. Malvada tanto por lo que dice por cómo lo dice, Aurora Bautista volvió a dar rienda suelta a sus desmanes para ofrecernos un trabajo inigualable, enérgico, cargado de toda la fuerza teatral de la que disponía esta auténtica dama de la escena que se quedó injustamente fuera de las nominadas al Goya.


Algo que también merecía su compañera en la película Esperanza Roy, que con su peculiar poder de atracción cinematográfica, no debe extrañar a nadie que una vez finalizada la proyección de Divinas palabras a uno no se le pueda ir de la cabeza el magistral despliegue de esta comediante nata, una reina absoluta del género que ya comenzaba a espaciar peligrosamente sus incursiones para la pantalla grande. Encarnó a Rosa la Tatula, una mujer licenciosa y dicharachera, de vida alegremente alcohólica, que se pasea por las ferias desempeñando el único trabajo que sabe hacer: mendigar. Todo el talento, todo el arte, toda la chispa de esta actriz tantas veces puestos en entredicho a lo largo de su trayectoria, quedaron al servicio de un personaje realmente emblemático, que a pesar de su evidente importancia dentro de la trama, se le echa de menos cuando no aparece. Es tanta la atención que se gana Esperanza Roy en la piel de esta tunanta que logra ensombrecer a todos aquellos que osen compartir plano con ella. Hiperbólica y divertidamente exagerada, realmente esperpéntica, cada intervención suya es un regalo para el oído gracias a esa voz con eterno carraspeo en la garganta a la que añade el puntito iluso de pobre infeliz que convierten a su Tatula en un ser realmente entrañable. Cada plano que se le dedica lo devoran esos ojazos suyos, tan elocuentes, que no queda otra que rendirse irremisiblemente ante este portento de mujer, que avanza toda la película con su cómica cojera. Ya puede ser capaz de los actos más groseros y elementales, como que en pleno entierro de su amiga a ella sólo se le ocurra pensar en labrarse pronto una nueva compañera de fatigas, o que viendo la rentabilidad que ofrecen los desproporcionados órganos genitales del hidrocéfalo se dedique a explotarlos campechanamente; el retrato que de ella nos obsequia Esperanza está lleno de cariño, de una ternura inabarcable, con lo cual resulta imposible odiarla. Grotesca, miserablemente divertida e inolvidable, la actriz se superaba con este espontáneo y vivaz acercamiento al peculiar universo satírico de Valle-Inclán, probablemente la opción más clara de la que ha disfrutado la actriz de cara a un reconocimiento goyesco. 


Adscrita también al género cómico queda otra actuación flagrantemente olvidada aquél año, el regreso de María Luisa Ponte a los brazos de Berlanga para intervenir en Moros y cristianos, donde la actriz conseguía deslumbrarnos a todos con el estupendo sentido del humor que poseía en un trabajo desternillante como esa rica cantante de ópera retirada que trata de regresar a la actualidad pública vía prensa del corazón. Desde su primera aparición, la risa y el deleite campan a sus anchas por la cinta del genio gracias al estrafalario look que presenta la actriz durante toda su intervención y, aún más importante, por el gozoso y festivo recital que nos brinda la Ponte, transformada para la ocasión en toda una diva, que como tal peca de extravagante y colosal. Sus parlamentos, lanzados en agudo y casi a voz en grito, resultan tan impagables, aún más cuando vienen acompañados por esa actitud entre relamida y refinada, que no esconde un soberbio punto de caprichoso infantilismo, que se hace incomprensible que la Academia olvidase este descacharrante trabajo de María Luisa Ponte en beneficio del menos logrado de su compañera en el reparto Verónica Forqué.


Tampoco se comprende la ausencia entre las nominadas de algunas de las actrices del glorioso reparto de El bosque animado, de José Luis Cuerda, finalmente la ganadora del Goya a la mejor película. No hubiera desmerecido tal honor el diminuto empeño, de gran efectividad humorística, realizado por Amparo Baró, actriz que se marca un divertidísimo retrato de la típica señorita cincuentona, solterona y remilgada procedente de la gran ciudad y que se encuentra indefensa ante los “peligros” del campo y el bosque. Con la estimable colaboración de su compañera de fatigas en el reparto, Alicia Hermida, la Baró nos regaló algunos de los momentos más decididamente jocosos de la película y, aunque la profundidad y el realismo brillen por su ausencia en su trabajo (tampoco el tiempo del que dispone en pantalla así se lo permitía), sí que es cierto que su “caricatura” goza del inmediato favor del espectador debido a la cercanía y a lo reconocible de los aspectos externos que conforman la actuación de Amparo Baró.

Por supuesto, de este éxito bebe también el trabajo de Alicia Hermida, que junto a la Baró, nos obligó a pasar de la sonrisa cómplice y tierna en la que nos manteníamos durante todo el visionado de El bosque animado a una sonora y estrepitosa carcajada gracias a su estereotipado, sí, pero fiel, calcado retrato de esas señoritas melindrosas de ciudad que se vuelven quisquillosas ante los hábitos campestres. Sus secuencias, siempre en perfecta sintonía con la Baró, estaban cargadas de una sana y complacida ironía, hasta la secuencia nocturna, cuando ambos personajes, fuertemente autosugestionados, creen ser víctimas de los fantasmas que habitan en el bosque; aquí el disparate cobraba protagonismo y Hermida se revelaba como una enorme cómica, derrochando frescura y surrealismo a partes iguales, que bien hubieran merecido una justa candidatura al Goya.


Como también la merecía Encarna Paso, que en El bosque animado daba vida a esa tía avara y mezquina que trata a su sobrina de forma casi tiránica, dotando a su trabajo de una fuerza y una energía supremas, que nos estampan la actuación de la actriz haciendo casi imposible olvidarla. Son pocas las secuencias donde podemos disfrutar de la frialdad perversa y desconfiada con la que lleva a cabo toda su participación en el filme, pero la del reencuentro con su sobrina se erige pronto en la mejor de las que protagoniza, pues la altanería y la soberbia con las que había venido jugando la intérprete desaparecen de su rostro en el mismo plano para dejar paso a una sorprendente turbación, no poca envidia y algo de falso arrepentimiento. Todo ello en unos pocos, escasos, segundos. Este maravilloso momento daba fe de la estupenda categoría de una de las más desaprovechadas actrices del Cine Español.

Aprovechamiento artístico es como debe llamarse al regreso cinematográfico efectuado por Teresa Gimpera en Asignatura aprobada, de José Luis Garci, donde lograba dar muestras de una estupenda y maravillosa madurez interpretativa, muy alejada de la indecisión de su primera etapa, y es que, a pesar de lo poco desarrollado que está sobre el guión su personaje, la actriz lograba, de forma sencilla y serena, quedar como lo mejor de una película que pecaba en exceso de trascendente. Como esa fiel y leal amiga del protagonista, Gimpera aportaba el glamour y la elegancia que corresponden a su categoría artística, pero también sabía aprovechar la ocasión y marcarse un bonito y emotivo speech sobre la pérdida de la belleza y la desencantada madurez en una de las mejores y más recordadas secuencias de la película. Es de lamentar que, tras este desnudo emocional por parte de su personaje, que la intérprete ejecutaba con maravillosa suavidad y entereza, los responsables de la película nos privasen de su presencia. Con todo, la actriz se ganó el Premio de la Crítica de Nueva York a la mejor secundaria y también podría haberse colado entre las finalistas en la misma categoría a los Goya en la única clara ocasión que ha disfrutado para ello.


Tampoco Amparo Soler Leal tuvo suerte en los Goya de 1987. Su olvido el año anterior se repetiría, ahora en la categoría secundaria, cuando tampoco la incluyeron en la lucha final por el cabezón por su romántica y nostálgica actuación en Cara de acelga, especie de road movie espiritual dirigida por su amigo José Sacristán. Como Acacia, Soler Leal se queda grabada en la memoria del espectador al aportar a su personaje un tono casi infantil que, en la segunda parte de su intervención, adquiere un matiz considerable de desdicha, logrando ahí, con tan pocas palabras y con el uso magnético de una mirada francamente expresiva como arma principal, tocar la fibra sensible del respetable inspirando compasión hacia esa mujer que ha perdido por completo la orientación en el presente y vive refugiada de manera inconsciente entre sus recuerdos. Lejos de toda duda, un empeño mucho más interesante y conseguido que el de su compañera de reparto, la nominada Marisa Paredes.


Por último, habría que destacar también el trabajo llevado a cabo por la denostada Pilar Alcón en la del todo fallida Policía, de Álvaro Sáenz de Heredia, como una cabecilla avispada de la red de narcotraficantes protagonista. Un papel muy deslucido, por tiempo en pantalla y por la mala y escasa planificación que le dedica su director, pero con el que la intérprete sabe imponerse fácilmente en lo mejor de una función desastrosa a todos los niveles, sacando del vulgarismo y la obviedad en el que se encuentra su personaje gracias a una generosa dosis de magnetismo erótico, convenientemente salvaguardada por la aspereza de sus rasgos y la actitud represora y dominante a través de la que ejecuta toda su intervención en la película. Por lo menos, Alcón consigue dotar a su personaje de entidad propia y de cierto carisma con tan pocos elementos, todo lo contrario que la pareja protagonista, un novato cinematográficamente hablando Emilio Aragón y una siempre equivocada Ana Obregón, que por mucho que se empeñan sólo obtienen parodias donde debíamos encontrar interpretaciones.

sábado, 20 de abril de 2013

La Academia premió el mito de Verónica Forqué antes que el de Lorca.


Volvemos a 1987 para valorar cómo se merecen los mejores trabajos interpretativos protagonistas de un año que, como luego sería lamentablemente habitual, pocas actrices lograron disfrutar de papeles de justa importancia dentro de la cinematografía patria. En medio de ese panorama, la Academia contaba con poco margen de maniobra a la hora de elaborar la lista de las tres finalistas a la segunda edición de los Premios Goya. Sin embargo, hay que lamentar el hecho de que se limitase a tres el número final de candidatas, pues se quedaron fuera algunas de las mejores actuaciones femeninas de la década de los 80 y es que 1987 fue un año en el que tuvo que ser muy difícil hacer la pertinente criba. Pero también resulta hasta cierto punto condenable que, aún siendo nominados tres trabajos verdaderamente sobresalientes, resultase premiado el menos meritorio y arriesgado de ellos.


Concretamente nos referimos al protagonismo de la ganadora del Goya a la mejor secundaria del año anterior, Verónica Forqué, en La vida alegre, de su amigo Fernando Colomo, la película que terminó de instaurar las bases definitivas del personaje-tipo al que daría vida en adelante la actriz en la gran pantalla: el de una mujer ingenua y bien pensada, con gestos de niña y una sonrisa entusiasta siempre a punto. En el caso de La vida alegre, se trata de Ana, una doctora que tras conseguir un puesto en la unidad de salud social de enfermedades venéreas se implica a fondo con su trabajo hasta el punto de comenzar a vivir con autonomía fuera de su acomodado matrimonio. La facilidad de la Forqué para hacer de su iluso y algo naif personaje un ente de carne y hueso se hace manifiesta desde la primera escena, hasta el punto de que parece como si no actuara o, en otras palabras, como si hiciese de sí misma. Es asombrosa esta identificación del personaje con la intérprete y viceversa y resulta altamente delicioso contemplar un trabajo a la vez alocado y extrovertido, tanto que parece surgido de una improvisación constante (esos titubeos al parlotear que rozan la tartamudez), como sensato y relajado, fruto de la inteligencia de una actriz que se sabía poseedora de un don especial: una mirada altamente expresiva, un rostro verdaderamente atractivo y un carisma arrollador y sumamente tierno. El éxito de taquilla de la película está justificado por el hecho de que estamos ante una cinta hasta cierto punto emblemática, que aún hoy conserva parte de la frescura que la distinguió de sus coetáneas a finales de los ochenta y a la que ayuda (y mucho) el trabajo llevado a cabo por una Forqué que destila naturalidad por los cuatro costados. No obstante, y sin desmerecer el loado trabajo de la actriz, como señalábamos al principio, la actuación de Verónica Forqué no es, de lejos, la mejor de las finalistas a aquél segundo Goya a la mejor actriz.

Ganadora de la Concha de Plata a la mejor actriz en el Festival de San Sebastián, así como de su segundo Fotogramas de Plata, la Victoria Abril de El Lute (camina o revienta), de nuevo con su mentor Vicente Aranda, en un papel inconfundiblemente ingrato, adscrito a un realismo sórdido, merecía mucho más que la Forqué aquél Goya, que suponía además su segunda nominación consecutiva a la mejor actriz. Sobre todo porque la actriz hacía suyo con pasmosa facilidad un personaje diametralmente distinto tanto a su persona como a todo lo que había hecho con anterioridad y, aunque la película pertenezca por derecho propio a su compañero en el reparto Imanol Arias, tal como ocurría también en Tiempo de silencio, las intervenciones de la Abril resultan impagables, sumamente sobrecogedoras por el verismo que desprenden esos ojos rabiosos y esos ademanes y gestos embrutecidos, con mención especial también a ese acento merchero que, de tan auténtico que resulta, ofrece un retrato de su Chelo absolutamente cercano y reconocible. El mérito primordial de la actriz es que, con un dominio de la naturalidad realmente pasmoso, lograba escapar del cliché arrabalero y chabacano en el que podría haber caído fácilmente su actuación. Valgan de ello dos ejemplos en los que la estrella nos obsequia con dos auténticos recitales llenos de carácter y veracidad: la secuencia en la que la actriz, presa de los dolores de parto, vela también por la seguridad de su canasto en plena calle y, sobre todo, su forcejeo con las autoridades durante su primera detención, con bebé en brazos incluido. Si su primera nominación al Goya podía resultar desmedida debido al limitado tiempo del que disfrutaba en pantalla, con El Lute (camina o revienta), Victoria Abril se ganó merecidamente su segunda nominación a la mejor actriz, aun no siendo su tiempo en pantalla mucho mayor al de su intervención en Tiempo de silencio.

Pero sobre ambas, el Goya a la mejor actriz de 1987 debía haber ido a parar a las expertas manos de Irene Gutiérrez Caba, absolutamente demoledora en La casa de Bernarda Alba, de Mario Camus. Nada menos que una de las más importantes damas del teatro español, con una filmografía exigua, fue la elegida para "representar" ante las cámaras el personaje titular de uno de los hitos del teatro español de todos los tiempos, la matrona dominante y mandona que, con toda la crueldad del mundo, obliga a sus cinco hijas a guardar el luto de su marido durante ocho años, manteniéndolas a todas encerradas entre las paredes de una casa que lentamente irá fraguando una descomunal tragedia. Su primera aparición en la pantalla, de espaldas en un luto riguroso, apoyada sobre su implacable bastón frente al féretro de su marido durante la misa de réquiem, arroja ya una certera idea de quién es Bernarda Alba. Sólo la rígida y soberana postura de la actriz da fe del carácter castrense de esa mujer que no se permite el lujo de derrumbarse ni en un momento tan difícil como ese. Más que el del marido, parece estar ante el entierro de un perro pordiosero. Ahí se encuentra la clave para entender toda la actuación de la actriz en La casa de Bernarda Alba: su frialdad, su endemoniada dureza, su represiva tiranía, quedan sintetizados en esa postura de implacable dignidad. Con semejante presentación, la Bernarda de Gutiérrez Caba no puede más que ascender de un plumazo a la perfección más absoluta durante el resto del metraje. No hay en el trabajo de la actriz reproche alguno que hacerle: su voz áspera, que cruza como un rayo la escena cada vez que resuena, está llena de un veneno atroz, que se extiende por el aire hasta colarse por los poros de las hijas; esos ojos azules que parecen dos bolas de fuego cuando la rabia los consumen y que serían capaces de acuchillar a cualquiera en un airado instante, expresan una punzante autoridad, insoportablemente estricta, capaz de acallar a una muchedumbre enfebrecida con un ligero vistazo; ese rictus avinagrado en permanente y acechante vigilancia, que hiela la sangre tras la impresión de que debajo de esa mirada, de esa piel blanquecina y decrépita, de esa agria impasibilidad en su presencia fílmica, no existe atisbo alguno de sentimientos. Estamos no ante una "representación" de la despótica protagonista 'lorquiana', sino ante la "encarnación" afilada, cruda y veraz de Bernarda Alba. La fuerza y el carácter amargo de la mujer andaluza y represora del original hechos carne en la diminuta y frágil figura de una intérprete sin igual, de una actriz colmada de recursos, de una artista capaz de hacer suya la maldad irrespirable de su personaje con total impunidad. Estamos ante una auténtica creación artística, ante la máxima exposición de talento que uno pueda llegar a imaginar delante de una cámara. Y, en definitiva, ante un error mayúsculo al comprobar cómo un trabajo como el realizado por Irene Gutiérrez Caba fue pasado por alto por los académicos a la hora de elegir la destinataria del Goya a la mejor actriz, al que, exiguo reconocimiento, era candidata.

Las Olvidadas.

Y si la lista de candidatas jugaba a gran altura, la de las olvidadas en aquella segunda edición goyesca no se queda atrás. Víctima del alarmante olvido sufrido por La ley del deseo, de Pedro Almodóvar, Carmen Maura volvió a ser ignorada por segundo año consecutivo a unos premios que pasaban una vez más por alto la gran categoría de la estrella. Apechugaba con el protagonismo “femenino” de la película más masculina de Almodóvar hasta la fecha, una transexual con ferviente instinto maternal y un extremo odio hacia los hombres, actuación que se erigió pronto en toda una lección de interpretación de primera clase: en el aspecto externo, esa voz agravada, masculinizada, ese excesivo afeminamiento y ese impostado glamour, que no consiguen ocultar la humilde y casi ordinaria condición de su personaje; y, en el interno, una constante tensión que pugna por salirse al exterior incluso en los momentos más triviales de su actuación y que sólo parece abandonar a la actriz en la mítica secuencia del riego nocturno antes del bálsamo final que supone el espléndido monólogo que se marca ante su amnésico hermano protagonista, jalonado por una conmovedora emoción. Premiada en el Festival de Cine de Bogotá, por la revista de cine italiana "Ciak" y con otro Fotogramas de Plata a la mejor actriz de cine, pero inexcusablemente ignorada por la Academia, Carmen Maura regaló para la Historia del Cine Español una soberbia interpretación que se cuenta ya entre las mejores de la década.

Algo similar a lo ocurrido en el caso de la otrora estrella de nuestra cinematografía Emma Penella, bastante desaparecida de los platós hacia finales de los ochenta y a la que, para sorpresa de todos, el irreverente Eloy de la Iglesia le ofreció un papel a su medida en esa comedia de tintes marcadamente toscos llamada La estanquera de Vallecas. Haciendo uso y abuso de su inmensidad artística, Emma Penella realizó el que probablemente sea uno de sus mejores cometidos para la pantalla grande dando vida a esta estanquera víctima de un atraco chapucero y de un posterior reclutamiento en su propia casa con los dos atracadores. Acorde con la situación límite en la que le toca jugar, la Penella se excede para bien en su creación, propinando toda una lección de carácter, de fuerza cinematográfica muy en desuso ya a finales de los ochenta. Con astucia desinhibida, la actriz se retuerce en escena profiriendo chillidos a través de esa voz ronca de inconfundible atractivo, desenvolviéndose con desorbitado temperamento y exprimiendo al máximo su estilo interpretativo (que nunca fue más basto) en los momentos de tensión, lo que aporta la necesaria carga castiza que constriñe a su personaje. Se muestra la intérprete en cada una de sus intervenciones con una aplastante holgura, desplegándose por la escena como un terremoto de arrolladora contundencia, soltándose las riendas del pudor con brutal eficacia y dando forma a un tono cómico de esperpéntica gallardía. Y, por si esto fuera poco, se permite también el lujo de relajar su registro, de suavizar enteramente esa agresividad expresiva que la caracteriza, para componer con delicada ternura y no poca hondura humana el progresivo afecto que va naciendo en su personaje hacia los captores, expuesto sin tapujos a través de una minuciosidad gestual que contrasta notablemente con los soberbios alardes que habían primado en todo su trabajo anterior. A este respecto es de destacar la emocionante actuación brindada por la actriz en la última secuencia de la película, cuando no puede contener las lágrimas ante la detención de los atracadores. Estamos ante una auténtica performance construida en clave naturalista, gratificantemente gesticulante, con un soberano apego a la tierra, a las raíces de las que nace esa borbotónica energía que domina a las mujeres populares. Un trabajo que se mantiene durante toda la función por encima de la pretenciosidad narrativa equivocadamente enfática exhibida por el cineasta y que merecía, sin lugar a dudas, una nominación al Goya a la mejor actriz que premiara como es debido el espectacular torrente artístico exhibido por la Penella en La estanquera de Vallecas.

Otra grande que obtenía un personaje a la altura de su talento aquel año era la infravalorada Florinda Chico, a la que le tocó en suerte uno de los personajes esenciales de la adaptación al cine de la obra La casa de Bernarda Alba. La Poncia de Federico García Lorca la volvía a vestir de criada, pero esta vez manejaba el embrujo poético del texto del poeta granadino. Con semejante material, no resulta un esfuerzo dejarse la piel por dar entidad dramática a un papel. Florinda Chico se desprendía de la actitud casposa que había venido protagonizando a lo largo de su extensa trayectoria y, sin abandonar el pueblo, sin renunciar a las raíces de las que nace el universo de Lorca, dio vida a La Poncia sumida en una profunda humildad, inundando la pantalla con su enorme presencia y su aún más imponente sabiduría de actriz. Sólo la larga escena que abre la obra original permite a la actriz en su trasvase cinematográfico un deslumbrante despliegue del arsenal dramático que lleva consigo. Ahí vemos a la verdadera Poncia, a esa mujer servicial y afanosa, que no se muerde la lengua y llama a las cosas por su nombre. Una mujer íntegra y humilde que no vacilaría a la hora de plantar cara a Bernarda aunque el decoro y la deuda que tiene con su ama la silencien, obligándola a actuar de espaldas, insinuando verdades, que quien advierte no es traidor. Es la suya una presencia perpetua en la película de Mario Camus: la actriz actúa como sujeto pasivo, como un mero testigo de los acontecimientos en los que no puede tomar partido, aunque se esfuerce en conciliar a ambas partes: a través de sermones a las efervescentes hijas y sinceras advertencias a la ciega sinrazón de la madre. Florinda Chico aguanta sus intervenciones con una estoica sobriedad, dejando traslucir el sumo respeto, por no decir cariño, que su personaje profesa a la familia. El enorme carácter imprimido a cada paso de su deambular por esa casa en penumbras sostiene con firmeza la perfección de un trabajo supremo, de una composición de ajustada caligrafía en la que no sobra ni falta nada y en la que las réplicas que escribiera Lorca para su personaje suenan con potencia tensional e hiriente contención, consecuencia visible de la enorme confianza que posee la intérprete en sí misma. Aparece agria, dura como una roca, con una sutil intensidad dominadora en sus ojos, esa que otorga el saberse en posesión de la razón y la lógica. Es el suyo un retrato exacto de la mujer de pueblo, de la intachable dignidad de esa mujer de costumbres apegada a los recuerdos y a los antepasados, a la que no resulta difícil adivinar qué se cuece en los pechos de las jóvenes porque ella sigue siendo, ante todo, una mujer con vísceras removiéndose en su interior. Una mujer sabia, cauta, de esas que huelen la tormenta en el viento y mascan la tragedia a través de los ladridos de los perros, que en las manos de esta formidable intérprete, de natural y experta desenvoltura, se hace inolvidable. Injusto resulta que una interpretación tan soberbia no figurara entre las finalistas al Goya a la mejor actriz, aunque la nominación de su compañera de reparto, Irene Gutiérrez Caba, ensombreciera visiblemente las posibilidades de Florinda Chico.

En otro nivel a las anteriormente mencionadas, tampoco debemos olvidar el olvido padecido por Rosa María Sardá en su primer papel importante, que se lo dio el director que mejor provecho ha sabido sacar siempre a nuestros cómicos: Luis García Berlanga, en Moros y cristianos. Para el que compuso ya una de sus luego famosas señoras pudientes, frívolas y mezquinas en una parodia de las mismas francamente desternillante. Esa política a la que una noche se le presentan en Madrid toda su familia turronera y cateta pidiéndole ayuda mientras prepara una campaña para diputada parece, una vez vista la película, un personaje escrito exclusivamente para ella y es que la fabulosa exposición que realiza la actriz de la miserable y ruin condición de su rol resulta soberbia. Sin perder una pizca de clase y con una tronchante mala uva escapándose por cada una de sus intervenciones, la Sardá se adueñaba de la pantalla y se hacía indispensable en Moros y cristianos, razón por la que bien merecía una nominación al Goya a la mejor actriz.

Por último, apuntamos a la bellísima Ángela Molina, por su protagonismo en Laura (del cielo llega la noche), de Gonzalo Herralde, drama prácticamente desaparecido hoy en día, que en actoresSinVergüenza hemos buscado por doquier y nos hubiera gustado llegar a visionar para una más certera redacción de este repaso a los mejores trabajos femeninos protagonistas de 1987, pero cuyas reseñas hemos consultado destacan el notable trabajo de sus intérpretes protagonistas. Nos quedamos con las ganas de visionar este trabajo de la Molina, que por aquella época disfrutaba de su mejor momento interpretativo.