Karra Elejalde regresa el viernes a los cines.

Repasamos la filmografía del actor cuando regresa a la comedia con "Ocho apellidos vascos".

Palmarés XXIII Premios de la Unión de Actores.

"Caníbal", de Manuel Martín Cuenca, una de las vencedoras con 2 premios.

17º Festival de Málaga. Cine Español.

La Sección Oficial está compuesta por 15 largometrajes muy esperados para este 2014.

17º Festival de Málaga. Cine Español.

Seis títulos integran la sección paralela, competitiva, Zonazine, el espacio independiente.

17º Festival de Málaga. Cine Español.

Málaga Premiere y Estrenos Especiales completan la oferta de novedades del certamen.

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martes, 4 de febrero de 2014

El CEC elige a "Vivir es fácil con los ojos cerrados" como la mejor película del año.


Anoche tuvo lugar en el cine Palafox de Madrid la entrega anual de las prestigiosas Medallas del Círculo de Escritores Cinematográficos de España (CEC), histórica asociación que reúne a diferentes informadores, historiadores, periodistas y críticos de cine de nuestro país, fundada en 1945 para la defensa y la divulgación del cine español. Más que como confiable antesala a los Premios Goya, las Medallas del CEC han servido siempre un estimulante pulso, a modo de admirable alternativa objetiva, a los finalmente premiados por la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España. De este modo, pocos de los premiados aquí logran hacer doblete en los Goya. No obstante, como fomentadoras de la emoción, hay que reconocer a estas Medallas su enorme valía.


Anoche, como ocurrió en los otros premios que desde este año otorga la crítica, los Premios Feroz, reunidos en otra asociación (la de Informadores Cinematográficos de España), el Círculo de Escritores Cinematográficos volvió a dejar constancia de su exquisito criterio y llevó a cabo un escrupuloso reparto de galardones que echó por tierra cualquier anhelo de extraer de aquí a la gran favorita a los Premios Goya. Con la que (creemos) podría ser la 'tapada' en la noche de los cabezones, La herida, Fernando Franco, reducida su participación a sólo dos nominaciones (las obvias: dirección novel y actriz), estaba claro que la noche depararía no pocas sorpresas. Una de las grandes sería que Stockholm, de Rodrigo Sorogoyen, acabaría venciendo a la película de Franco en sus dos apartados (las grandes bazas de La herida en los Goya). Siendo una de las máximas candidatas, con 7 nominaciones, Stockholm acabó sumando una medalla más (actor revelación) y poniendo de manifiesto una sonora remontada en la presente temporada de premios, donde al principio apenas contaba entre las grandes favoritas y, tras su triunfo en los Feroz, nunca falta en el palmarés final.


El otro título favorito de la noche, Vivir es fácil con los ojos cerrados, de David Trueba, que también partía con 7 candidaturas, empató con la anterior en la cantidad de premios recibidos. Eso sí, junto a los de guión original y actriz revelación, esta luminosa road movie logró el premio gordo de la noche al coronarse como la mejor película para el Círculo. Sin embargo, por el número de premios obtenidos la gran triunfadora de la noche sería Caníbal, de Manuel Martín Cuenca, que logró 4 de sus seis nominaciones: director, actor, guión adaptado y fotografía. Este, hasta cierto punto, equitativo reparto de los premios más importantes entre dos (y tres) producciones no deja de añadir interés a una competición todavía sin favoritos reconocibles.


Tampoco Grand Piano, de Eugenio Mira, se fue de vacío y pudo resarcirse del olvido padecido la noche anterior en los Gaudí obteniendo las Medallas a la mejor música y al mejor montaje. Por su parte, Justin y la espada del valor, de Manuel Sicilia, ratificó su condición de gran favorita en la categoría de animación al sumar al Forqué este nuevo galardón.


En cuanto a los apartados interpretativos, pocas fueron las sorpresas que deparó el acto, pues el Círculo de Escritores Cinematográficos ratificó con sus premios a los máximos favoritos en casi todas las categorías: Natalia de Molina, mejor actriz revelación, Javier Pereira, mejor actor revelación; Terele Pávez, mejor actriz secundaria y Carlos Bardem, mejor actor secundario. El premio al mejor actor confirmó que, como en los Feroz, Antonio de la Torre, por Caníbal, sigue siendo el intérprete más querido por la prensa especializada de nuestro país, sumando con ésta su tercera medalla, consecutiva además a la obtenida el año anterior por Grupo 7 (2012).


Las apuestas erraron en la categoría femenina, donde Marián Álvarez, por La herida, la gran favorita por haber venido ganando prácticamente todos los galardones previos fue vencida por Aura Garrido, por Stockholm, premiada recientemente también con el Sant Jordi y nominada a los Fotogramas de Plata, y que pone así en entredicho, en plena recta final por el Goya, el reinado de Álvarez a la mejor actriz del año.


Por último, el Círculo hizo entrega también de sus correspondientes medallas honoríficas, que este año recayeron en la actriz y directora Ana Belén, en reconocimiento a su admirable e impagable trayectoria, a Enrique González Macho, presidente de la Academia de Cine, por su labor de promoción del cine como productor, distribuidor y exhibidor de cine al frente de las empresas Alta Films, Alta Classics o la cadena de cines Renoir; y la Medalla a la labor periodística y literaria al historiador y crítico de cine Carlos F. Heredero, director de la revista especializada Caimán Cuadernos de Cine (ex Cahiers du cinéma. España) desde 2007, y profesor de Historia del Cine Español en la ECAM (Escuela de Cinematografía y del Audiovisual de la Comunidad de Madrid).

Mejor Película:
  • 15 años y un día, de Gracia Querejeta.
  • Caníbal, de Manuel Martín Cuenca.
  • Vivir es fácil con los ojos cerrados, de David Trueba. Ganadora.
  • Stockholm, de Rodrigo Sorogoyen.

Mejor Director:
  • Gracia Querejeta, por 15 años y un día.
  • Manuel Martín Cuenca, por Caníbal. Ganador.
  • David Trueba, por Vivir es fácil con los ojos cerrados.
  • Eugenio Mira, por Grand Piano.

Mejor Director Revelación:
  • Rodrigo Sorogoyen, por Stockholm. Ganador.
  • Fernando Franco, por La herida.
  • Manuel Sicilia, por Justin y la espada del valor.
  • Diego Quemada-Díez, por La jaula de oro.

Mejor Guión Original:
  • David Trueba, por Vivir es fácil con los ojos cerrados. Ganador.
  • Antonio Santos Mercero y Gracia Querejeta, por 15 años y un día.
  • Isabel Peña y Rodrigo Sorogoyen, por Stockholm.
  • Juan Cavestany, por Gente en sitios.

Mejor Guión Adaptado:
  • Alejandro Hernández y Manuel Martín Cuenca, por Caníbal. Ganador.
  • Santiago A. Zannou y Carlos Bardem, por Alacrán enamorado.
  • Alejandro Hernández y Mariano Barroso, por Todas las mujeres.
  • Francisco Roncal y Jorge A. Lara, por Zipi y Zape y el club de la canica.

Mejor Actor:
  • Antonio de la Torre, por Caníbal. Ganador.
  • Javier Cámara, por Vivir es fácil con los ojos cerrados.
  • Tito Valverde, por 15 años y un día.
  • Mario Casas, por La mula.

Mejor Actriz:
  • Aura Garrido, por Stockholm. Ganadora.
  • Marián Álvarez, por La herida.
  • Nora Navas, por Todos queremos lo mejor para ella.
  • Inma Cuesta, por 3 bodas de más.
  • Belén Rueda, por Ismael.

Mejor Actor Secundario:
  • Carlos Bardem, por Alacrán enamorado. Ganador.
  • Sergi López, por Ismael.
  • Juan Diego Botto, por Ismael.
  • Roberto Álamo, por La gran familia española.

Mejor Actriz Secundaria:
  • Terele Pávez, por Las brujas de Zugarramurdi. Ganadora.
  • Maribel Verdú, por 15 años y un día.
  • Verónica Echegui, por La gran familia española.
  • Michelle Jenner, por Todas las mujeres.
  • Petra Martínez, por Todas las mujeres.
  • Nathalie Poza, por Todas las mujeres.

Mejor Actor Revelación:
  • Javier Pereira, por Stockholm. Ganador.
  • David Solans, por Hijo de Caín.
  • Hovik Keuchkerian, por Alacrán enamorado.
  • Berto Romero, por 3 bodas de más.

Mejor Actriz Revelación:
  • Natalia de Molina, por Vivir es fácil con los ojos cerrados. Ganadora.
  • Olimpia Melinte, por Caníbal.
  • Belén López, por 15 años y un día.
  • Karen Martínez, por La jaula de oro.
  • Ella Kweku, por Ismael.
  • Virginia Rodríguez, por Esto no es una cita.

Mejor Fotografía:
  • Pau Esteve Birba, por Caníbal. Ganador.
  • Kiko de la Rica, por Las brujas de Zugarramurdi.
  • Daniel Vilar, por Vivir es fácil con los ojos cerrados.
  • Alejandro de Pablo, por Stockholm.

Mejor Montaje:
  • José Luis Romeu, por Grand Piano. Ganador.
  • Pablo Blanco, por Las brujas de Zugarramurdi.
  • Alberto de Toro, por 3 bodas de más.
  • Alberto del Campo, por Stockholm.

Mejor Música:
  • Víctor Reyes, por Grand Piano. Ganador.
  • Pat Metheny, por Vivir es fácil con los ojos cerrados.
  • Alberto Iglesias, por Los amantes pasajeros.
  • Joan Valent, por Las brujas de Zugarramurdi.

Mejor Largometraje Documental:
  • Guadalquivir, de Joaquín Gutiérrez Acha. Ganador.
  • Mary’s Land – Tierra de María, de Juan Manuel Cotelo.
  • El efecto K. El montador de Stalin, de Valentí Figueres.
  • Encierro, de Olivier van der Zee.

Mejor Largometraje de Animación:
  • Justin y la espada del valor, de Manuel Sicilia. Ganador.
  • Futbolín, de Juan José Campanella.
  • El extraordinario viaje de Lucius Dumb, de Maite Ruiz de Austri.
  • Gigantes, la leyenda de Tombatossals, de Manuel J. García.
  • Hiroku. Defensores de Gaia, de Saúl Barreto Ramos y Manuel González Mauricio.

Mejor Película Extranjera:
  • Gravity, de Alfonso Cuarón (Estados Unidos). Ganador.
  • 12 años de esclavitud, de Steve McQueen (Estados Unidos).
  • Una familia de Tokio, de Yôji Yamada (Japón).
  • Amor, de Michael Haneke (Francia-Austria-Alemania).

jueves, 30 de enero de 2014

Ana Belén recibirá la Medalla de Honor del CEC 2013.


Esta semana, el Círculo de Escritores Cinematográficos de España ha dado a conocer el nombre de la persona que recibirá este año la Medalla de Honor que anualmente concede la asociación a modo de homenaje a una trayectoria artística relevante de nuestro cine y la de esta edición ha sido para la popular actriz, cantante y ocasional directora Ana Belén, que será así una de las grandes protagonistas de la próxima ceremonia de entrega de los premios de la asociación, que cumplen su 68º aniversario, y que tendrá lugar el próximo lunes 3 de febrero.


La actriz madrileña, que lleva en la profesión desde que debutara en el cine a los 15 años de edad en la película Zampo y yo (1966), de Luis Lucia, posee una carrera artística que cuenta con más de cuarenta películas, una veintena de obras de teatro y más de treinta y cinco discos. Esta Medalla de Honor del CEC se suma a un amplio palmarés que ya tiene en su poder y en el que se cuentan la Medalla de Oro de la Academia (1995), la Medalla de Oro de las Bellas Artes (2007) o el Premio Málaga-SUR del Festival de Málaga (2006), así como cuatro nominaciones a los Premios Goya en la categoría de mejor actriz y una más a la dirección novel por su única película como directora, Cómo ser mujer y no morir en el intento (1991).


Recordemos que las Medallas del CEC, además de su importancia histórica, pueden ser consideradas una fiable y constructiva antesala a los Premios de la Academia y que este año, entre los títulos nominados, parten con clara condición de favoritas dos de las mejores cintas estrenadas en el pasado año, también triunfadoras en los recientes Premios Feroz: Vivir es fácil con los ojos cerrados, de David Trueba, y Stockholm, de Rodrigo Sorogoyen, con 7 candidaturas cada una.


miércoles, 6 de noviembre de 2013

Antonia San Juan es otra más de una distinguida lista de actrices-directoras en el Cine Español.


Este viernes regresa a la gran pantalla Antonia San Juan, en cuádruple función, pues no sólo protagoniza Del lado del verano, sino que también es la responsable del guión, la producción y la dirección. Segunda experiencia en la dirección de largometrajes tras el fiasco crítico y comercial que supuso su ópera prima Tú eliges (2009), la San Juan, que vuelve a la carga con una obra que, se vislumbra, ahondará en el particular universo de su creadora, no es la primera ni será la última actriz que se coloca tras las cámaras en nuestra cinematografía. En mucha menor proporción que el género masculino, hay unos cuantos significativos ejemplos de actrices-directoras en nuestro país y, en algunos casos, la continuidad laboral detrás de las cámaras ha sustituido en gran medida a la labor previa delante de ellas, dando lugar a una intensa y remarcable filmografía que convive y hasta ensombrece la trayectoria interpretativa de las mismas. ¿Será éste el futuro de la ex-chica Almodóvar?

Ana Belén: un título y sin morir en el intento.


Niña prodigio en los sesenta, cantante de éxito popular y una de las grandes estrellas por antonomasia de la gran pantalla desde los setenta, Ana Belén, como una de las figuras más importantes de nuestra cinematografía hacia finales del siglo XX, quiso probar fortuna detrás de las cámaras dispuesta a demostrar que no había en la profesión función que se le resistiera. Así nació Cómo ser mujer y no morir en el intento (1991), basada en el best-seller de Carmen Rico Godoy, donde tuvo a bien el repartir las tareas, dejando el protagonismo absoluto de la película en manos de Carmen Maura. Menos mal, porque el trabajo de la actriz es de lo poco que dignifica una comedia que bebe (mal) de los postulados feministas del momento, con una puesta en escena acartonada y esquemática, que denota la impericia de su directora. Considerada por la crítica como una de las peores óperas primas de la década, Ana Belén logró, empero, un Premio Ondas por su dirección y una nominación al Goya en la categoría de dirección novel. No obstante, no ha vuelto a dirigir.

Emma Cohen: cortometrajista progre.


Tras estudiar Derecho y estudiar interpretación en el TEU, Emma Cohen ingresa en la industria como actriz de grandes inquietudes intelectuales, lo que la liga desde el primer momento a la producción independiente del país. Prototipo de "chica progre" del momento y musa de la efímera "Escuela de Barcelona", Emma Cohen debutó ante las cámaras en 1968, acreditándose Emma Silva, en Tuset Street, de Jorge Grau y Luis Marquina, y ocho años después ya dirigía su primer cortometraje, La plaza (1976), en cuyo reparto figuraban Fernando Fernán Gómez y Alfredo Landa. Tras cuatro cortos más, participó como actriz y directora en la cinta colectiva Cuentos eróticos (1980), protagonizando el episodio dirigido por Juan Tébar, Hierbabuena, y dirigiendo el segmento Sueños rotos. Semiapartada de la vida pública desde hace años, cuando ha vuelto lo ha hecho para ejercer labores de colaboración ante las cámaras, pero no ha vuelto a dirigir para el cine.

Mireia Ros: expectativas truncadas.


Con una trayectoria interpretativa menos conocida a nivel popular que las anteriores, la catalana Mireia Ros puede presumir de una filmografía que se remonta a finales de los años setenta, cuando debutaba con algo más de veinte años en el musical Una loca extravagancia sexy (1978), de Enrique Guevara. Poco después ya tonteaba tras las cámaras y firmaba su primer cortometraje: Un adiós a Steve McQueen (1981), pero permaneció fiel a su incipiente carrera como actriz. Sin obtener nunca la categoría estelar, fue asidua en los repartos de la producción catalana de los años ochenta y logró colarse en algunos títulos más ambiciosos, a nivel nacional, como Berlín Blues (1988), de Ricardo Franco, o Si te dicen que caí (1989), de Vicente Aranda. Muy presente también en la televisión, sorprendió a toda la industria con su ópera prima como directora, la personalísima y recomendable La Moños (1997), por la que obtuvo una candidatura a los Goya a mejor dirección novel. Tras tan inusitado debut detrás de la cámara, la actriz simultaneó su trabajo en algunas producciones de la televisión autonómica de Cataluña con la dirección de unas cuantas tv-movies, hasta abordar su segundo (y esperado) largometraje para el cine, El triunfo (2006), pretencioso mejunje entre cine social, policiaco y folclórico-musical que dinamitó las esperanzas puestas en ella tras su primera obra. Últimamente, ha abandonado la ficción y ha firmado el documental Barcelona, abans que el temps ho esborri (2010), por la que quedó finalista en su correspondiente categoría a los Premios Gaudí. Vista recientemente en [Rec]3. Génesis (2012), de Paco Plaza, y La Estrella (2013), de Alberto Aranda, prepara otra colaboración como actriz en la terrorífica Asmodexia, de Marc Carreté.

Silvia Munt: escalada de talento.


Intérprete especialmente significativa de cierto cine español de intereses poco menos que intelectuales, Silvia Munt logró erigirse pronto en una de las intérpretes más dúctiles y versátiles de nuestra cinematografía, llegando a cotizarse en calidad de estrella a lo largo de la década de los ochenta, obteniendo con toda justicia el Goya a la mejor actriz por Alas de mariposa (1991), de Juanma Bajo Ulloa. Presencia destacada en nuestro cine también en los noventa, la actriz comienza a perder peso estelar tras el éxito de Secretos del corazón (1997), de Montxo Armendáriz. A partir de ahí, se inicia su escalonada trayectoria como directora, primero de cortometrajes, campo en el que debuta con Déjeme que le cuente (1998) y la lleva a ganar su segundo Goya, al mejor corto documental, por Lalia (1999). Poco después acometió la dirección de su primer largo documental, sobre la musa y mujer de Salvador Dalí Gala (2003) y, tras algunas tv-movies, dirigió su primera película de ficción, Pretextos (2008), que también protagonizaba, sentida y exquisita pieza que mereció ganar la Biznaga de Plata a la mejor dirección en el Festival de Málaga. Desde entonces, ha dirigido cuatro películas más para televisión y se ansía su vuelta a la pantalla grande, ya sea delante o detrás de las cámaras.

Laura Mañá: realismo mágico a la española.


Como las dos inmediatamente anteriores es también catalana y debutó ante las cámaras a principios de los noventa, nutriéndose desde el genial thriller Manila (1991), de Antonio Chavarrías, de una filmografía que incluye cortas apariciones o papeles secundarios en algunos de los títulos más significativos de la década, como La teta y la luna (1994), de Bigas Luna, La pasión turca (1994), de Vicente Aranda, o Libertarias (1996), también de Aranda. De físico espectacular y personalidad a tener en cuenta, Mañá parecía no encontrar su sitio en la industria y se lanzó a dirigir, acometiendo su primer cortometraje en 1997, Paraules. Tras una larga temporada como actriz en la televisión, rodó su primer largometraje como directora con Sexo por compasión (2000), revelando unas inquietudes tras las cámaras dignas de mención, que acercaban su ópera prima al "realismo mágico" latinoamericano y al costumbrismo patentado por Luis Buñuel en su etapa mexicana. Premio a la mejor película en el Festival de Málaga, desde Sexo por compasión Laura Mañá ha destacado más en su faceta como realizadora que en la de actriz, a pesar de no haber abandonado esta al cien por cien, estando presente en los repartos de numerosas series televisivas. Su segunda película, Palabras encadenadas (2004) demostró la capacidad de la directora para generar atmósfera y lograr tensión narrativa, mientras que Morir en San Hilario (2005) decepcionaba a lo largo de un desarrollo demasiado ecléctico. En ella participaba el genial actor argentino Ulises Dumont, protagonista de su siguiente película: Ni dios, ni patrón, ni marido (2010), cinta con capital primordialmente argentino que coincidió en el tiempo con la, cien por cien española, La vida empieza hoy (2010), Premio de la Crítica en Málaga y depuración de la personalidad y el estilo de la autora.

Icíar Bollaín: noqueante denuncia social.


Sin lugar a dudas, una de las directoras más conocidas y respetadas del panorama cinematográfico actual. Sus labores como actriz se remontan a principios de los ochenta, cuando protagonizó la obra maestra El sur (1983), de Víctor Erice. Desde entonces, fue escalando posiciones hasta convertirse a principios de los noventa, en una de las principales actrices de su generación en nuestra industria, al menos a nivel crítico y profesional, seleccionando con tino sus papeles ante las cámaras y no permitiendo que la encasillaran en ningún registro ni género. Poseedora de una personalidad profesional de marcada y admirable ambición, acometió la dirección de largometrajes en medio del boom de directoras que surgieron a mitad de los noventa en el panorama cinematográfico español, alzándose con facilidad como una de las más destacadas. Su debut, Hola, ¿estás sola? (1995), nominada al Goya a la mejor dirección novel, aún se recuerda como una de las óperas primas más frescas y logradas de la década. Sin embargo, ya había efectuado con anterioridad labores de dirección en dos cortometrajes: Baja corazón (1992) y Los amigos del muerto (1993). Con Flores de otro mundo (1999), aparte de obtener una nueva nominación al Goya por el guión, evidenció su intención de abordar temas espinosos, desde un punto de vista social, algo que perfeccionó en Te doy mis ojos (2003), abordando de forma brutal y efectiva el tema de la violencia de género y ganando los correspondientes Goya a la mejor dirección y al guión. Tras colaborar en la cinta colectiva ¡Hay motivo! (2004), dirigiendo el episodio llamado Por tu propio bien, dejó bien claro que los hombres en su cine son seres casi más sensibles que las mujeres gracias a la estupenda Mataharis (2007). También la lluvia (2010) y Katmandú, un espejo en el cielo (2011) han sido los últimos y loados trabajos detrás de las cámaras de una actriz que, ya de vez en cuando, aún nos permite el lujo de admirar su talento también delante de las cámaras.

Ana Mariscal: ella lo empezó todo.


Descubierta por Luis Marquina en El último húsar (1940), esta madrileña llegaría en poco tiempo a erigirse en una de las principales estrellas femeninas del Cine Español de aquella época, debido a una enorme fotogenia y a unas dotes interpretativas de altísimo nivel. Protagonista de algunas de las películas más importantes auspiciadas por el Régimen a raíz de su papel en Raza (1941), de José Luis Sáenz de Heredia, Mariscal gozó de una posición totalmente privilegiada en la industria a lo largo de toda la década de los cuarenta, ganando entonces nada menos que tres Premios del Círculo de Escritores Cinematoráficos (los Oscar españoles, para hacernos una idea) a la mejor actriz, por Una sombra en la ventana (1945), de Ignacio F. Iquino, Un hombre va por el camino (1949), de Manuel Mur Oti, y De mujer a mujer (1950), de Luis Lucia. Tras fundar una productora, Bosco Films, con su marido, Ana Mariscal debuta como directora con dos películas que revelaban una especial y muy sugestiva ambición por parte de la estrella: el clásico Segundo López (1952) y el folletín Con la vida hicieron juego (1957). El escaso e inmerecido eco comercial de este último produjo que el resto de la filmografía de la actriz-productora detrás de las cámaras se amoldase a designios consumistas, con la excepción de la obra maestra por antonomasia de la directora: El camino (1964). Cuatro años después abordaría su última película tras las cámaras, El paseíllo (1968), retirándose paulatinamente también de su trabajo como actriz, conteniendo su última intervención la malograda El polizón del Ulises (1987), de Javier Aguirre, en la que compartía cabecera de cartel con otras dos viejas e inolvidables glorias de nuestro cine: Imperio Argentina y Aurora Bautista.

lunes, 21 de octubre de 2013

Goya 1989 como homenaje a una secundaria irrepetible en la categoría principal.


Volvemos a 1989, a la cuarta edición de los Premios Goya, y lo hacemos para recordar la categoría a la mejor actriz principal, en un año poco fructífero en lo que a trabajos femeninos protagonistas se refiere y es que vista la producción de aquel año, los Académicos apenas tuvieron opciones para confeccionar la lista de las cinco nominadas definitivas. Lo que explica que terminara siendo candidata alguna que otra actuación vistosa sí, pero para nada genial, y solo podamos hablar de una actriz injustamente olvidada en la terna final dado el oscurantismo y la escasa distribución/repercusión de muchos de los títulos, lo que propició que el Goya a la mejor actriz de 1989 terminase premiando un trabajo secundario por parte de uno de los más grandes y entrañables mitos de la pantalla en nuestra cinematografía.


Justamente ganadora de un más que merecido Goya de Honor en reconocimiento a toda su trayectoria en el año 1987, un premio que por cuyas características parecía un indicio del final de una carrera, la veterana Rafaela Aparicio demostró pronto que aún le quedaban fuerzas para acometer nuevos empeños secundarios para el cine, dejando a media industria boquiabierta al afrontar, con sus más de ochenta años cumplidos, su primer rol de cierto protagonismo: el de la abuela gruñona y desmemoriada protagonista de El mar y el tiempo, de Fernando Fernán Gómez, quizás uno de los pocos títulos de su trayectoria que le han permitido lucir sin ataduras de ningún tipo el enorme potencial dramático que poseía. Sin abandonar en ningún momento ese registro esperpéntico que era ya marca de la casa, más bien al contrario, estirándolo y retorciéndolo a su antojo para dulcificar y enternecer la agria y afilada mala uva de su personaje, la Aparicio hace vibrar, literalmente, toda la función sólo con su presencia, muy limitada debido al escaso juego que, a priori, puede ofrecer el que la mayoría de sus secuencias nos la presenten tumbada en la cama; pero que gracias al carisma y a la autoridad desvergonzada de la que hace gala en cada una de sus intervenciones, se torna indispensable para el espectador, necesario bálsamo de ternura y no poca mofa el que proporciona su intachable vis cómica, exhibida sin complejos en esta ocasión a través de una sobrecogedora ironía. Soberbia, descomunal, indudablemente impagable, Rafaela Aparicio lograba además sobrecogernos con su desgarro, emocionándonos con suma facilidad mientras salta con proverbial dominio de una desmesurada exasperación a una intensa serenidad, ganando limpiamente un incuestionable Goya a la mejor actriz principal, que hizo palidecer el reconocimiento que supuso la obtención del Honorífico dos años antes. Con ambos cabezones bajo el brazo, la industria elevaba con sumo retraso la categoría de Rafaela Aparicio a la de mito, la que hacía tiempo merecía una actriz superlativa a la que, por edad, ya apenas le dio tiempo para volver a deslumbrar a la gran pantalla con su incombustible talento.


Pero, sin duda, la ganadora de aquel cuarto Goya debía haber sido Ángela Molina, en la que supuso su tercera nominación justo un año después de la segunda, gracias a un título que no dudó en presentárnosla como una auténtica estrella: Las cosas del querer, de Jaime Chávarri, en el que la intérprete encarnaba a Pepita, una joven que en medio de los escombros y el hambre dejados en España tras la Guerra Civil va abriéndose paso como cantante, aspirando a ser tan grande como Estrellita Castro o, incluso, Imperio Argentina, y teniendo que luchar contra la codiciosa influencia de su madre y la arrebatada pasión que la une a Juan, su pianista. Con una desenvoltura apoteósica y un garbo refulgente, la Molina sentenciaba rápidamente la función a su favor, dejando bien claro qué sangre corre por sus venas, cargada del arte y el ímpetu artístico de su progenitor, resolviendo con una embelesante entrega absolutamente todos los números musicales que protagonizaba. Y aunque no hubiera heredado el registro vocal de su padre, la actriz anteponía una incombustible chispa, lanzada al aire con contundente soberanía, a cada una de sus intervenciones en el escenario, sin que en ningún momento se echen en falta las voces de los artistas originales. Y se comía la pantalla de forma impune gracias a ese rostro de superlativa fotogenia y transparente expresividad. Si da gusto verla apechugando con los pasajes musicales, se hace obligado quitarse el sombrero ante su grandeza en los momentos dramáticos. La temperamental soberbia exhibida a través de esos movimientos bruscos que en su cuerpo delgado se vuelven plasmaciones exactas de la caprichosa razón de ser del personaje, la enorme fragilidad expuesta sin concesiones ante las cámaras gracias a esos ojazos vidriosos agitados en lastimeras lágrimas, y la ardiente e irracional pasión que la consume por dentro y se le escapa con furiosa vehemencia en el atropellado juego interpretativo con el que se contonea a lo largo de todo el metraje, hacen del protagonismo de Ángela Molina en Las cosas del querer una de las experiencias más maravillosas de cuantas puede uno disfrutar en una pantalla grande. Aunque la precaria dicción que había venido lastrando algunas de sus actuaciones volviera a hacer acto de presencia, fomentada además por ese espontáneo acento andaluz, no constituye razón suficiente como para restar puntos de valor a la prodigiosa, fascinante y emocionante composición llevada a cabo por ésta, no sólo deslumbrante estrella, sino por encima de todo magnífica y grandiosa actriz, que se había ganado a pulso el ser considerada uno de los más suculentos talentos interpretativos que se habían visto en nuestro cine.


La competencia era dura, sobre todo debido al concurso de una Victoria Abril, que concurría por cuarto año consecutivo a este premio, gracias al talento exhibido en Si te dicen que caí, del que siguió siendo su principal benefactor Vicente Aranda y es que sólo su firme decisión permitió a la estrella protagonizar este nuevo proyecto juntos, adaptación de la novela de Juan Marsé, y es que en contra de los deseos del autor, la actriz comenzó el rodaje estando embarazada de seis meses, motivo más que suficiente para rescindir su contrato. El reto era grande pues Victoria debía encarnar a tres personajes distintos: la novia de un miliciano republicano desaparecida, casi volatilizada del mapa (Aurora Nin), una joven harapienta que para sacarse unas perras vende su cuerpo a cualquier postor (Ramona) y una prostituta de lujo altamente relacionada (Menchu). La glamurosa caracterización de éste último, con el vestuario apropiado, logró que disimulara el avanzado estado de gestación de la actriz, pero para sorpresa de todos enriqueció notablemente el dibujo del personaje de Ramona, pues la actriz no duda en mostrar tripa incluso en sus múltiples secuencias eróticas, lo que aporta un brutal y sórdido encanto al trabajo de la actriz, que en pocas palabras fascina y entusiasma en cada una de sus intervenciones, saltando de registro de una secuencia a la otra con pasmosa sencillez: de la coqueta y seductora Menchu a la esquiva y frágil Ramona, pasando por la enamorada Aurora, brillando siempre sobre el resto de sus compañeros de reparto gracias a esa naturalidad suya en modo alguno estudiada y elevando con su trabajo el desafortunado resultado del conjunto. Por tan grande mérito, ganó su segundo Fotogramas de Plata, así como el Premio de la Generalitat de Catalunya y la Academia la alzó como la intérprete más nominada en la corta historia de los Goya.


Sobradamente disfrutable y decididamente brillante como esa camella madrileña en la deliciosa Bajarse al moro, de nuevo a las órdenes de Fernando Colomo, aunque físicamente el aspecto de la actriz no casara a priori con la imagen de una “chica porreta”. Sin embargo, la Forqué acertó al llevarse el personaje a su terreno, afrontándolo desde esa ingenuidad y frescura tan característicos en ella misma, actuando de fantástico motor de una comedia que no ocuparía el puesto de honor que disfruta en la memoria colectiva de no ser por el trabajo de la actriz, que logra en conjunta colaboración con su compañero Juan Echanove, aportar al género una de las más atractivas e inolvidables parejas cinematográficas de los ochenta. Incorporando a su habitual ternura infantil cierto matiz arrabalero, de mujer pasada de vuelta, la Forqué añade también a su habitual comicidad un permanente estado de alienación logrando que su habitual “chica pizpireta” se rebaje hasta mostrar sin inconvenientes la absoluta falta de expectativas de su despreocupado personaje. A pesar del exquisito, divertido y hasta emotivo resultado final de su actuación, la actriz con más Goyas en su haber hasta la fecha, ya no pudo sumar el que hubiera sido el cuarto cabezón de su trayectoria.


Igual que lo ocurrido en el año anterior, la segunda nominación al Goya de Ana Belén gracias a su protagonismo en El vuelo de la paloma, de José Luis García Sánchez, puede tacharse de desproporcionada. Y no es porque su trabajo en esta entrañable comedia coral sea reprochable, sino porque a pesar de que la estrella convence magníficamente como esa ama de casa de clase obrera, atribulada y frustrada, que siente renacer en ella el fulgor adolescente ante los requiebros de un famoso galán cinematográfico, parte donde Ana Belén lograba brillar escudándose en ese incuestionable atractivo físico y esa admirable fotogenia ganados con su madurez; por contra, a la exposición de esa naturaleza barriobajera de su personaje le falta garra castiza y le sobra el divismo, esforzadamente disimulado aquí, aunque sin conseguirlo del todo, que acompaña a la actriz en la mayoría de sus incursiones dramáticas. Este motivo es el que nos impide dejar de ver en El vuelo de la paloma a Ana Belén “haciendo de” y resta considerables puntos de valor a un trabajo por lo demás verdaderamente agradable y encantador. 


La Olvidada.


Dado el escaso eco suscitado por algunos títulos estrenados durante aquel curso cinematográfico, para más inri, bastante pocos de ellos con un protagonismo femenino suculento, sólo cabe hablar de una actriz olvidada en esta categoría y no es otra que la jovencísima Emma Suárez, por su trabajo a las órdenes de Juan Miñón en La blanca paloma. De cuyo trabajo encontramos una crítica publicada en el momento del estreno de la cinta en El País, escrita por Ángel Fernández-Santos, y que nos parece describe a la perfección la brillantez exhibida por la intérprete y que, por ello, reproducimos: "actúa con armas de tan desarmante verdad, que se presiente, viéndole construir este su casi imposible personaje, una actriz de talento y posibilidades expresivas infrecuentes, ya que combina el hermetismo con la expansividad y sabe usar como una veterana, pese estar en sus comienzos, una alegre mirada sonriente como vehículo transmisor de dolor y de tristeza. De otra manera, Emma Suárez sabe decir una cosa con la contraria, posee el don de lo indirecto y lo ambiguo, pone alma en la banal mecánica de un mal movimiento, otorga fuerza erótica subterránea a algunas zafias evidencias que ha de afrontar y, sobre todo, mira a la cámara, es decir, a la mirada del espectador, dejándola inmóvil, deslumbrada. Se presiente toda una actriz en esta mujer joven, capaz de dar misterio a lo archisabido y lustre a las mugres que representa".

martes, 17 de septiembre de 2013

El Goya 1988 a la mejor actriz puso a Carmen Maura al borde de un ataque de nervios.


Llegamos al final del repaso por las candidaturas interpretativas de los Premios Goya 1988 con la correspondiente a la mejor actriz principal. Una categoría díficil de evaluar, sobre todo teniendo en cuenta que nos ha sido remotamente imposible localizar y visionar como se merecía otro de los cinco trabajos interpretativos nominados, como también nos sucedió en la categoría secundaria del año inmediatamente anterior (1987). A pesar de esto, no nos cabe la menor duda de que el tercer Goya de la historia a la mejor actriz fue también el primero absolutamente merecido, pues con él se premió una de las actuaciones más emblemáticas del cine español de los 80 y, por extensión, también uno de los hitos artísticos de una de las más grandes actrices de nuestro país.


Ninguneada como pocas en las ediciones precedentes, donde figura como una de las olvidadas más destacadas, Carmen Maura logró resarcirse de tanto agravio gracias, de nuevo, a Pedro Almodóvar, que le regaló otro de sus grandes papeles para el cine en Mujeres al borde de un ataque de nervios y es que su anunciada última colaboración con el manchego supuso un deslumbrante recital al que era imposible dar la espalda. Bajo la amargada y angustiada piel de Pepa, esa actriz de doblaje abandonada por su amante el mismo día que conoce la noticia de que está embarazada, Carmen Maura se elevaba a los altares cinematográficos del momento exponiendo sin tapujos toda la sinrazón obsesiva por la que deambula su desesperado personaje, brillando tanto en los breves e iluminados momentos de reafirmación interna de su rol, imbuido por una más que digna necesidad de superación, como, sobre todo, en los más recurridos abatimientos sentimentales de una mujer herida y decepcionada, aunque todavía enamorada. No posee el trabajo de la estrella un solo “pero” que indicar, todo en él resulta perfectamente medido y calibrado, dando forma a un perfecto y milimétrico tour de force, rebosante de emoción incluso en algunos momentos de inconfundible patetismo, que terminó de enmarcarla como una de las más destacadas intérpretes del panorama cinematográfico español. Esta magistral creación en Mujeres al borde de un ataque de nervios se erigió pronto en el buque insignia de una trayectoria interpretativa de enorme nivel. Dan fe de ello los incontables premios que la actriz llegó a acumular ese año, entre ellos un Premio Nacional de Cinematografía otorgado por el Ministerio de Cultura, el correspondiente a la mejor actriz en los recién instaurados Premios del Cine Europeo (otorgados por la Academia Europea de Cine) o el Fotogramas de Plata, a los que hay que sumar este merecidísimo Goya que la confirmaba como una de las más grandes actrices que había parido este país. Por el contrario, cansada de soportar la enorme presión a la que la solía someter Pedro Almodóvar durante los rodajes, la Maura dio por concluida su relación profesional con el director después del feliz alumbramiento de Mujeres al borde de un ataque de nervios, la película que, paradójicamente, les llevó a los dos a lo más alto en la esfera cinematográfica mundial, incluyendo la consabida nominación al Oscar en la categoría de película extranjera.


Desde el mismo momento del anuncio de las nominaciones, el Goya a la mejor actriz debía tener nombre propio. Sin embargo, si hubo alguien aquel año que podía disputar a la vencedora una batalla de igual a igual fue Victoria Abril,  a la que la Academia premió con su tercera nominación al Goya consecutiva por su trabajo en el thriller Baton rouge, de Rafael Moleón, donde en ese papel de falsa psiquiatra seducida por un pelagaitas, la actriz llevaba a cabo con brillante convicción todo un homenaje a la figura mítica del cine negro de la femme fatale, intensificando con una fiera mirada y un porte soberbio el lado oscuro de un personaje lleno de aristas y que la actriz sabe matizar a conveniencia para generar el necesario despiste en el espectador en aras de la sorpresa final. Implacable, cruel, una verdadera devora hombres que sabe bien cómo jugar sus cartas incluso invitando a la compasión en ese terrible y nada esperanzador último plano, abrazada entre temblores al inspector de policía. En definitiva, otra impecable y magnífica demostración del arte de Victoria Abril bien sustentado por esta tercera nominación al Goya.


También con bastantes opciones debía haber partido la protagonista de Caminos de tiza, de José Luis Pérez Tristán, otro de los títulos malditos del cine español de los 80, hoy totalmente olvidado y desconocido para el gran público, pero que permitió aspirar a un Goya a María Fernanda D'Ocón, intérprete múltiplemente galardonada y homenajeada por su excelsa labor teatral y con escasa trayectoria cinematográfica para la que éste suponía su primer y único papel netamente protagonista en la gran pantalla. De nuevo como una monja, esta vez dedicada a la enseñanza, que buscaba reencontrarse con sus tres alumnas predilectas tras conocer la noticia de su próxima muerte, la D'Ocón se apuntaba un deslumbrante y emotivo éxito personal acometiendo su trabajo desde una agradecida naturalidad, alejando a su rol del cliché al que podía haber quedado reducido gracias a una entusiasta actitud no exenta de un feliz infantilismo. De este modo, su Madre Mercedes se convierte en el vehículo perfecto para seguir con buen ánimo este drama sensible y emotivo, tendente por momentos a cierto sentimentalismo edulcorado, algo que la actriz sabe sortear de manera estoica a través de una mesurada y metódica contención, con las lágrimas siempre humedeciendo esos ojos inmensamente comunicativos, rozando en algunos solemnes y brillantes momentos algo parecido a la perfección dramática, sobre todo en aquellos que comparte mano a mano junto a un estupendo también Jesús Puente. Por suerte para todos, la Academia tuvo a bien incluir este preciso y tierno trabajo de esta dama de la escena entre las cinco finalistas al Goya de aquella tercera edición, pues sirve así la posibilidad de recuperar y no pasar en balde un filme que merecía mayor repercusión de la que le ha dado el paso del tiempo, además de significar un importante e inesperado reconocimiento del cine a una verdadera eminencia del teatro.


Poco más se puede decir de una categoría en la que también figuraba nominada, también por primera vez la estrella Ana Belén, gracias a la comedia ligera Miss Caribe, de Fernando Colomo, donde se mostraba resuelta y encantadora como esa recatada maestra valenciana que por herencia se convierte en propietaria de un barco-burdel en pleno Caribe. Y aunque le comiese casi todos los planos el desparpajo natural de su compañera Chus Lampreave, Ana Belén cumplió con creces su cometido y rebosó naturalidad y frescura, exentos casi por completo de ese afectado divismo que había venido perjudicando sus anteriores trabajos, motivo por el que resulta justificado el que lograse ser nominada por fin al Goya a la mejor actriz, aunque vista con ojos actuales su nominación parezca responder más a las necesidades de rellenar huecos dentro de las cinco candidatas en la categoría que a una recompensa netamente artística.

La quinta nominada fue, por segunda vez, Ángela Molina, gracias a la película Luces y sombras, de Jaime Camino, una película mal acogida en su presentación en el Festival de Venecia de aquél año, como leemos en la pertinente crónica encontrada en El País y que nos ha sido imposible localizar.

Las Olvidadas.


1988 no sólo fue el año en el que la Academia coronó a Carmen Maura como la mejor actriz de cine, sino que además también fue el año en el que la misma estrella debía ser mencionada como una importante olvidada para la misma categoría gracias a Baton rouge (1988), un thriller complejo de Rafael Moleón premiado con cinco nominaciones a los Goya y en el que la actriz brillaba en la piel de esa apasionada y en apariencia ingenua mujer de clase alta dominada por pesadillas violentas y seducida hasta la perdición por un joven treta, y con la que exponía sin tapujos todo el arsenal erótico que poseía como mujer arrolladoramente carnal, evolucionando ante la cámara dominada por una cautivadora y penetrante lascivia. A pesar de lo conseguido de su reinterpretación del tipo femme fatale en este recomendable ejercicio de cine negro, con no pocas influencias de Les diaboliques (Las diabólicas) (1955), de Henri-Georges Clouzot, resulta comprensible que la Academia ignorase su trabajo en beneficio del desempeñado por su compañera en el reparto Victoria Abril, con mayores y mejores dosis de lucimiento en la gran pantalla.


Pero Maura no sería la única de las candidatas definitivas con múltiples opciones aquel año, también la Abril hubiera podido quedar finalista con la hilarante protagonista que desempeñó en El juego más divertido, de Emilio Martínez Lázaro, una actriz de culebrones televisivos desesperada por encontrar un lugar y un momento en el que poder quedarse a solas con su amante, su también compañero de trabajo. Se puede decir que la película pertenece enteramente al trabajo de la Abril, que llevaba a cabo una interpretación tocada por una espontaneidad desbordante y logrando aparecer en cada una de sus escenas infinitamente divertida, dejando bien claro, de paso, que no hay nadie mejor que ella para hacer creíbles escenas de cama tan arriesgadas como las que protagoniza. Sin embargo, ante tan inolvidable recital de indescriptible comicidad, la Academia optó por seleccionar a la intérprete por un trabajo algo más intenso.


Perjudicada por el olvido casi general que sufrió su película de cara a las nominaciones a estos Premios Goya 1988, la bastante desconocida actriz aragonesa María José Moreno pasó desapercibida gracias al papel protagonista de La Tacón, la madame de un prostíbulo, en el estupendo thriller El aire de un crimen (1988), de Antonio Isasi Isasmendi, y con el que la actriz se adueña irremisiblemente de la pantalla en cada una de sus intervenciones como esa mujer chantajista y embaucadora, víbora sigilosa que sabe mudar de una piel dulce y acaramelada a la de una descomunal arpía con sólo unos segundos de margen, como dan fe su primera aparición junto a una joven Maribel Verdú o sus posteriores y continuados encuentros con Fernando Rey. Un trabajo interpretativo de magistral consecución que suponía la encarnación más perfecta y sublime de una auténtica femme fatale (y van...) que había dado la producción nacional en toda su historia y que, dado el flojo nivel en materia de interpretaciones femeninas protagónicas vistas aquélla temporada, bien le podría haber valido una nominación al Goya.


Por último, es digno incluir en esta lista a una de las más firmes promesas del cine nacional de finales de los 80, Aitana Sánchez Gijón, quién supo aprovechar la oportuna llegada de un primer papel protagonista en Viento de cólera, de Pedro de la Sota, aunque por su delicado y refinado aspecto parecía improbable que la joven actriz pudiese llegar a encarnar con la necesaria convicción un rol como el de María, que requería una gran preparación física para desenvolverse fácilmente por el escarpado bosque que su personaje conoce como si se tratara de la palma de su mano, al haberse criado en él desde pequeña. Y no sólo por esta razón, sino también por las dificultades que puede acarrear para un intérprete no preparado la complicada accesibilidad a una localización determinada y la posterior desenvoltura que éste debe demostrar en escenas donde prima la acción de los personajes. Sánchez-Gijón demostraba estar muy por encima de las impresiones generadas por su frágil aspecto de muñeca y se impuso con pasmosa convicción a todos los tipos de obstáculos por los que tuviera que atravesar su personaje. Serena y sobria, Aitana pisa firme sobre la maleza de los escenarios naturales del Valle de Baztán, asentando a cada zancada un gramo imperceptible de un talento interpretativo que se nos antojaba ya sumamente suculento. Viéndola en pantalla, uno tiene la sensación de que esa joven ha vivido en ese hermoso y otoñal paraje toda su corta existencia. Es tal la fuerza con la que la actriz se apropia no ya sólo del escenario, sino de los elementos y animales que lo habitan, así como también de las harapientas ropas que la visten, que la verosimilitud de la propia película llega a resentirse cuando ella no está en el plano. Lograda la apropiación física de su personaje, Aitana se podía permitir el lujo de no esforzarse lo más mínimo a la hora de presentarlo a los espectadores y dedicarse a dar vida fílmica al constringente temor que va empujando a su rol una constante rebelión hasta el final. Para ello, su mejor arma fueron sus enormes, oscuros y fieros ojazos, significativamente expresivos y que, para la ocasión, exponían en pantalla registros tan variados como un terrible desconcierto, al que sigue un miedo preocupante que cristaliza en incauta cólera. Y ya en la parte final, cuando los roles se invierten y es ella la que acosa al malvado, florecían en sus pupilas unas brillantes llamas que anticipaban un desenlace que es tal gracias a ese coraje reflejado en su rostro. Con un punto salvaje e incivilizado, Aitana supo responder emotivamente en la intimidad de su personaje, logrando con su sola presencia que una escena tan gratuita como aquella en la que muestra sus senos, resplandezca dentro del conjunto, debido al alto grado de privacidad expuesto por la actriz. Sin que el riesgo asumido a la hora de filmar una violación pudiera ya sorprendernos, debido a la eficacia que demostró en Jarrapellejos (1988), de Antonio Giménez Rico, en una escena mil veces más brutal, el trabajo global de Aitana Sánchez-Gijón brillaba con luz propia en Viento de cólera, razón por la que fue premiada con el Premio Francisco Rabal en la Semana de Cine Español de Murcia y por la que no habría estado nada mal una primera candidatura al Goya a la mejor actriz.