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Repasamos la filmografía del actor cuando regresa a la comedia con "Ocho apellidos vascos".

Palmarés XXIII Premios de la Unión de Actores.

"Caníbal", de Manuel Martín Cuenca, una de las vencedoras con 2 premios.

17º Festival de Málaga. Cine Español.

La Sección Oficial está compuesta por 15 largometrajes muy esperados para este 2014.

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Seis títulos integran la sección paralela, competitiva, Zonazine, el espacio independiente.

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lunes, 4 de noviembre de 2013

Una sola escena le bastó a María Asquerino para ganar su Goya en 1989.


Cerramos el círculo repasando la última de las categorías interpretativas de los Premios Goya de 1989 con la correspondiente a la mejor interpretación femenina en papel de reparto; en un año en el que, como venía siendo habitual, pocas películas incluyeron papeles realmente jugosos y lucidos para las actrices de nuestra industria. Por ello, no es de extrañar que a la hora de componer la lista final de las cinco nominadas, la Academia echara mano sólo de un par de películas que, además, son las únicas que nos proporcionan las pocas interpretaciones femeninas secundarias olvidadas que sean dignas de mención. De los cinco trabajos nominados en aquella cuarta edición de los Goya, llama la atención que tres de ellos ocupasen un casi anecdótico tiempo en pantalla y que los otros dos restantes sólo sirviesen para confirmar los registros más aclamados por el público de sus correspondientes actrices.


Tras muchos años de despropósito por parte de una industria ciega y ensimismada que prácticamente la ninguneó a lo largo de toda su trayectoria, incluso olvidándola en la primera edición de los Premios Goya, el mea culpa llegaría aquel año en forma de Goya a la mejor actriz de reparto por su nuevo trabajo ante las cámaras, de nuevo gracias a su amistad con Fernando Fernán Gómez, quién le dio la oportunidad de no caer en el olvido de esta voluble industria al confiarle el pequeño y decisivo papel de una sola pero complicada escena de poco menos de diez minutos, que la gran María Asquerino bordó en El mar y el tiempo. Merecidísimo Goya que suponía además de un reconocimiento a una intérprete con casi cincuenta años de experiencia a sus espaldas y un caluroso y emotivo come back, una sorpresa mayúscula, pues se premiaba un cometido ínfimo, en lo que a tiempo en pantalla se refiere, pero superlativo: no hay en el mundo muchas actrices que puedan permitirse el lujo de, con tan sólo una escena, aprovechar la coyuntura y quedar grabadas a fuego en la memoria del espectador como lo consiguió la Asquerino en El mar y el tiempo. Daba vida a Marcela, la exmujer del protagonista, que vive prácticamente apartada (o repudiada) de la rutina familiar y que en su breve encuentro con su regresado cuñado del exilio rememora, junto a su fiel botella de anís, el luminoso pasado que compartieron antes de naufragar dentro del dolor de las desilusiones y los traspiés que siempre nos reserva ese juego llamado “vida”. Para la Historia queda una de las mejores borracheras vistas en una pantalla grande en el Cine Español, técnica y emotivamente perfecta, cargada de hondura y emoción, gracias a la maestría de una actriz que sabía cómo pausar el texto y cómo medir cada gesto para, con tan poco margen de maniobra, estamparnos toda la miseria y la amargura de un personaje hundido y mil veces golpeado. Quede constancia, por tanto, de un más que merecido chapeau a la Academia de Cine, que acertó al no ignorar tremenda exhibición interpretativa y, sobre todo, a una intérprete descomunal, cuyo trabajo en El mar y el tiempo debería ser de obligado estudio en todas las academias de Arte Dramático.


Su más temible adversaria fue, precisamente, la actriz que ganara aquel primer Goya principal al que la Asquerino fue injustamente ignorada: Amparo Rivelles. Otra grande de nuestra cinematografía que obtenía así su segunda nominación al Goya, ahora ya en la categoría secundaria, por su siguiente empeño para la gran pantalla tras aquél primer Goya a la mejor actriz de 1986. Tuvo lugar gracias a su inmerecidamente corta participación en la estupenda Esquilache, de Josefina Molina, en la que tras una fugaz aparición sin texto y un nuevo y anecdótico plano con una sola frase, la Rivelles se quedaba grabada a fuego en la memoria del respetable con la única y sobrecogedora escena que protagonizaba, convertida en un singular duelo verbal con su oponente, Fernando Fernán Gómez. Dando vida a la severa e indulgente Reina madre Isabel de Farnesio, la Rivelles se muestra imponente ejecutando de manera proverbial un rol que podría haberse quedado en el tópico, pero que ella ensalzaba hasta insuflarle una vida descomunal. Ejemplo mayúsculo de que ningún papel es demasiado pequeño, la Isabel de Farnesio de Amparo Rivelles constató la enorme categoría de la estrella, que bajo ese fastuoso trabajo de vestuario y peluquería, y sustentada por un par de aparatosas muletas, hacía de la acritud la constante de un carácter eminentemente regio y utilizaba un hiriente cinismo para dejar una temerosa impronta de su superioridad personal y social. Sin pestañeos, sin aspavientos ni titubeos, la Rivelles se come a su oponente de manera limpia, al soltar con estudiada solidez algunas de las mejores líneas de diálogo oídas en una pantalla cinematográfica en años, obligándonos a admitir que su actuación no sólo era digna de la nominación recibida por parte de la Academia, sino también del Goya mismo.


Por mucho que nos pese a todos los que la admiramos con absoluta devoción, Concha Velasco debía partir con desventaja frente a las anteriores damas de la escena en la que significaba su primera nominación al Goya. Daba gusto reencontrarse con la Velasco dando vida a esa vividora y despreocupada, corrupta y maquiavélica Pastora Patermo, marquesa de Esquilache, en un trabajo llevado a cabo con pulso firme, con una estudiada y brillantemente conseguida exposición corporal, en la que destaca un sinuoso juego de matices que dan idea del carácter seductor de su personaje, una auténtica "mujer de estado", ambiciosa, que no duda en utilizar su conveniente matrimonio con el ministro titular para obtener favores de la Corona. Perfecta en el uso de su aún poderoso atractivo físico, exhibido a través de la asimilación de una cierta lascivia, que se deja entrever sólo a través de sus serpentinos ademanes y miradas, Concha Velasco demostraba en Esquilache ser dueña de una clase interpretativa de algún modo superior a la ya demostrada a lo largo de su carrera, sorprendiendo al respetable con la sabia y concienzuda plasmación de esta arpía marquesa de Esquilache, una auténtica víbora que no dudará a la hora de hacerle ver a su marido las verdaderas razones por las que sigue a su lado, con una molesta y desgarradora satisfacción desparramándose por sus ojos. Sólo lo limitado de su intervención empaña la gloriosa actuación de la estrella que, no obstante, ganó una más que merecida nominación al Goya en la categoría secundaria.


Muy poco tenía que hacer, por tanto, la incomparable Chus Lampreave aquella edición, a pesar de que comenzaba a extenderse la sensación de que la Academia debía ir pensando en premiarla. Y es que sumaba con esta su tercera nominación en la misma categoría, al dar vida a la castradora madre de Antonio Banderas en la agridulce Bajarse al moro, de Fernando Colomo, donde el particular modo de actuar de la intérprete se erigía pronto en el aval cómico más seguro de la cinta, añadiendo a su finísima comicidad un matiz de visible patetismo como esa mujer orgullosa y vanidosa que acarrea una debilidad inconfesable: su afición descontrolada por robar alijos de objetos inservibles, detalle que en manos de un Pedro Almodóvar, por ejemplo, hubiera generado una inolvidable riqueza expositiva por parte de Lampreave, que hubiera ingresado sin duda alguna en el Olimpo interpretativo del año, pero que la adaptación llevada a cabo por el mismo autor José Luis Alonso de Santos, en colaboración con Joaquín Oristrell y Colomo, no consigue sacarle todo el partido al que se presta y sólo el trabajo de la actriz logra aportar brillantez a un personaje desafortunadamente desaprovechado, elevando en cada intervención suya el tono jocoso del filme, sí, y mereciéndose por ello aquélla nueva nominación al Goya a la mejor actriz secundaria del año.


La más reciente ganadora del Goya en esta misma categoría volvió a aspirar un año después al mismo premio gracias a su participación en Las cosas del querer, de Jaime Chávarri, lo que constataba el rápido encumbramiento que había protagonizado María Barranco dentro de la industria, con un papel en verdad desagradecido: el de una estrella de segunda, Nena Colman, sin ningún talento demostrable, enamorada de manera obsesiva de Juan, el pianista amante de Pepita. Con una gracia y un salero que podrían mover edificios enteros, la Barranco se imponía al acartonado dibujo de esa serpiente viperina con la que le tocaba lidiar en Las cosas del querer, dando de ella un retrato preciso, cargado de la solidez y desenvoltura inherentes a la intérprete, que resolvía envuelta en un deje barriobajero cada movimiento orgulloso y ruin de su personaje, así como con una absoluta carencia del sentido del ridículo en los escasos números musicales que protagoniza, superando su ineficacia para la canción a través de un desvergonzado despliegue humorístico, gracias al cual se entendía aquélla nueva nominación al Goya. Y es que sus interpretaciones de "Compuesta y sin novio" y "El cocherito leré" constituyen deliciosos momentos repletos de una mordacidad y un descaro inigualables. Siendo como es un trabajo inferior al que le llevó a saborear la gloria bajo la sabia dirección de Pedro Almodóvar en Mujeres al borde de un ataque de nervios, lo cierto es que su participación en esta película de Jaime Chávarri sirvió para constatar la eficacia de la intérprete incluso en cometidos tan arriesgados como éste, en el que parecía tener todos los elementos en su contra y, finalmente, se revelaba como una pertinaz comediante, incorporando además una vena trágica y tierna a su ya conocido registro.


Las Olvidadas.



Como decíamos al inicio, pocos fueron los títulos que permitieron a nuestras actrices brillar con luz propia aquel año. Si Esquilache logró meter en la terna a sus dos intérpretes secundarias, El mar y el tiempo también habría merecido ganarse alguna que otra nominación más en este apartado, sobre todo para Emma Cohen. Y es que su natural y a veces molesta tendencia a los subrayados y a los excesos, a no acertar en los tonos, quedó inesperadamente bien empleada para terminar de bordar un personaje deliciosamente desubicado: el de esa mujer de negocios, excesivamente bien relacionada y sobradamente cumplidora, una alcahueta usurera de los nuevos tiempos radicalmente liberada a la que Cohen otorga, con una fría inteligencia, una oportuna inocencia que propicia el cariño y la estima inmediatos por parte del espectador. Fernán Gómez ofrecía a su compañera sentimental innumerables dosis de lucimiento, que ella supo aprovechar imponiéndose a sus compañeros en el plano gracias a una exposición casi surrealista de su personaje, interpretado con buen pulso a través de una dinámica y contagiosa energía, que contrasta y complementa la parálisis emocional del personaje protagonista de Fernán Gómez y que convierte a su Lupe en una auténtica mujer de acción, ágil y decidida, con la suficiente iniciativa y autoridad como para sacar a un muchacho del calabozo en cuestión de horas o evaluar con datos y cifras los pros y los contras de montar un negocio textil en la capital; y todo ello tras una incombustible, arrolladora y seductora sonrisa, que dotan a su personaje del atractivo necesario como para poder hablar de este trabajo como el más decididamente brillante de Emma Cohen. Por desgracia, se vio finalmente eclipsado por el de otras compañeras del reparto en aquella temporada de premios, lo que la sitúa entre una de las grandes olvidadas al Goya a la mejor actriz secundaria de la cuarta edición.


Cabe mencionar aquí también que en la atípica y extraña cinta de gángsters dirigida por Xavier Villaverde, de nombre Continental, se ponía en bandeja para Marisa Paredes un hermoso y lucido personaje como esa experimentada prostituta, antigua favorita del anterior jefe del territorio que ahora se disputan sus dos asesinos, los dos capos protagonistas, teniendo que asistir como involuntaria testigo de una batalla que amenaza con sesgar la vida de incluso algunos seres queridos. Así, en un importantísimo segundo plano, lleva a cabo todo su trabajo la actriz, evolucionando ante la cámara con su exquisita elegancia, haciendo carne de esa mujer acabada, unas veces borracha y siempre nostálgica, de distinguida belleza, que el tiempo y el miedo han convertido casi en una roca de hielo, incapaz de tomar partido en la sangrienta guerra que le toca presenciar. La frialdad de su personaje resulta intrínseca a la figura evanescente de la actriz, pero la fragilidad y el miedo que la provocan quedan puestos de manifiesto gracias al formidable recital de silencios que recorren toda su intervención, hasta el bello y doloroso, inútilmente romántico, monólogo que la actriz protagoniza sentada en la penumbra de una habitación. Sin lugar a dudas, una escena poco contextualizada en el conjunto del filme, pero que la actriz sabe aprovechar para humanizar a su personaje, conferirle entidad emocional y, de paso, colarse en la lista de las pocas olvidadas al Goya dignas de mención.


Algo que también hubiera merecido la joven Aitana Sánchez Gijón por sus empeños en aquel curso cinematográfico, primero como una adolescente amante de las ideas revolucionarias de finales de los años sesenta en El mar y el tiempo, cometido resuelto por la actriz con sobrada naturalidad y frescura, a las que sumaba una entrañable empatía, sobre todo en sus secuencias compartidas con el personaje de su abuela, interpretada por la ganadora del Goya en la categoría principal: Rafaela Aparicio. Y después como la virgen huidiza y hambrienta de nuevas experiencias de la comedia Bajarse al moro, trabajo tocado por un contagioso encanto y no poco atractivo, reforzados ambos por la candorosa y desprejuiciada manera en la que la actriz plasmaba el ansioso y a la vez tímido despertar sexual de su personaje. Resulta curioso que, sobresaliendo como una de las mejor preparadas y más aventajadas actrices de su generación (incluso ya en sus inicios, como vemos), a Sánchez Gijón se la haya ninguneado de forma tan desconcertante en la elaboración de las candidatas a los Premios Goya, a los que nunca ha sido finalista, habiéndolo merecido (y mucho) en numerosas ocasiones, como veremos más adelante.

martes, 17 de septiembre de 2013

El Goya 1988 a la mejor actriz puso a Carmen Maura al borde de un ataque de nervios.


Llegamos al final del repaso por las candidaturas interpretativas de los Premios Goya 1988 con la correspondiente a la mejor actriz principal. Una categoría díficil de evaluar, sobre todo teniendo en cuenta que nos ha sido remotamente imposible localizar y visionar como se merecía otro de los cinco trabajos interpretativos nominados, como también nos sucedió en la categoría secundaria del año inmediatamente anterior (1987). A pesar de esto, no nos cabe la menor duda de que el tercer Goya de la historia a la mejor actriz fue también el primero absolutamente merecido, pues con él se premió una de las actuaciones más emblemáticas del cine español de los 80 y, por extensión, también uno de los hitos artísticos de una de las más grandes actrices de nuestro país.


Ninguneada como pocas en las ediciones precedentes, donde figura como una de las olvidadas más destacadas, Carmen Maura logró resarcirse de tanto agravio gracias, de nuevo, a Pedro Almodóvar, que le regaló otro de sus grandes papeles para el cine en Mujeres al borde de un ataque de nervios y es que su anunciada última colaboración con el manchego supuso un deslumbrante recital al que era imposible dar la espalda. Bajo la amargada y angustiada piel de Pepa, esa actriz de doblaje abandonada por su amante el mismo día que conoce la noticia de que está embarazada, Carmen Maura se elevaba a los altares cinematográficos del momento exponiendo sin tapujos toda la sinrazón obsesiva por la que deambula su desesperado personaje, brillando tanto en los breves e iluminados momentos de reafirmación interna de su rol, imbuido por una más que digna necesidad de superación, como, sobre todo, en los más recurridos abatimientos sentimentales de una mujer herida y decepcionada, aunque todavía enamorada. No posee el trabajo de la estrella un solo “pero” que indicar, todo en él resulta perfectamente medido y calibrado, dando forma a un perfecto y milimétrico tour de force, rebosante de emoción incluso en algunos momentos de inconfundible patetismo, que terminó de enmarcarla como una de las más destacadas intérpretes del panorama cinematográfico español. Esta magistral creación en Mujeres al borde de un ataque de nervios se erigió pronto en el buque insignia de una trayectoria interpretativa de enorme nivel. Dan fe de ello los incontables premios que la actriz llegó a acumular ese año, entre ellos un Premio Nacional de Cinematografía otorgado por el Ministerio de Cultura, el correspondiente a la mejor actriz en los recién instaurados Premios del Cine Europeo (otorgados por la Academia Europea de Cine) o el Fotogramas de Plata, a los que hay que sumar este merecidísimo Goya que la confirmaba como una de las más grandes actrices que había parido este país. Por el contrario, cansada de soportar la enorme presión a la que la solía someter Pedro Almodóvar durante los rodajes, la Maura dio por concluida su relación profesional con el director después del feliz alumbramiento de Mujeres al borde de un ataque de nervios, la película que, paradójicamente, les llevó a los dos a lo más alto en la esfera cinematográfica mundial, incluyendo la consabida nominación al Oscar en la categoría de película extranjera.


Desde el mismo momento del anuncio de las nominaciones, el Goya a la mejor actriz debía tener nombre propio. Sin embargo, si hubo alguien aquel año que podía disputar a la vencedora una batalla de igual a igual fue Victoria Abril,  a la que la Academia premió con su tercera nominación al Goya consecutiva por su trabajo en el thriller Baton rouge, de Rafael Moleón, donde en ese papel de falsa psiquiatra seducida por un pelagaitas, la actriz llevaba a cabo con brillante convicción todo un homenaje a la figura mítica del cine negro de la femme fatale, intensificando con una fiera mirada y un porte soberbio el lado oscuro de un personaje lleno de aristas y que la actriz sabe matizar a conveniencia para generar el necesario despiste en el espectador en aras de la sorpresa final. Implacable, cruel, una verdadera devora hombres que sabe bien cómo jugar sus cartas incluso invitando a la compasión en ese terrible y nada esperanzador último plano, abrazada entre temblores al inspector de policía. En definitiva, otra impecable y magnífica demostración del arte de Victoria Abril bien sustentado por esta tercera nominación al Goya.


También con bastantes opciones debía haber partido la protagonista de Caminos de tiza, de José Luis Pérez Tristán, otro de los títulos malditos del cine español de los 80, hoy totalmente olvidado y desconocido para el gran público, pero que permitió aspirar a un Goya a María Fernanda D'Ocón, intérprete múltiplemente galardonada y homenajeada por su excelsa labor teatral y con escasa trayectoria cinematográfica para la que éste suponía su primer y único papel netamente protagonista en la gran pantalla. De nuevo como una monja, esta vez dedicada a la enseñanza, que buscaba reencontrarse con sus tres alumnas predilectas tras conocer la noticia de su próxima muerte, la D'Ocón se apuntaba un deslumbrante y emotivo éxito personal acometiendo su trabajo desde una agradecida naturalidad, alejando a su rol del cliché al que podía haber quedado reducido gracias a una entusiasta actitud no exenta de un feliz infantilismo. De este modo, su Madre Mercedes se convierte en el vehículo perfecto para seguir con buen ánimo este drama sensible y emotivo, tendente por momentos a cierto sentimentalismo edulcorado, algo que la actriz sabe sortear de manera estoica a través de una mesurada y metódica contención, con las lágrimas siempre humedeciendo esos ojos inmensamente comunicativos, rozando en algunos solemnes y brillantes momentos algo parecido a la perfección dramática, sobre todo en aquellos que comparte mano a mano junto a un estupendo también Jesús Puente. Por suerte para todos, la Academia tuvo a bien incluir este preciso y tierno trabajo de esta dama de la escena entre las cinco finalistas al Goya de aquella tercera edición, pues sirve así la posibilidad de recuperar y no pasar en balde un filme que merecía mayor repercusión de la que le ha dado el paso del tiempo, además de significar un importante e inesperado reconocimiento del cine a una verdadera eminencia del teatro.


Poco más se puede decir de una categoría en la que también figuraba nominada, también por primera vez la estrella Ana Belén, gracias a la comedia ligera Miss Caribe, de Fernando Colomo, donde se mostraba resuelta y encantadora como esa recatada maestra valenciana que por herencia se convierte en propietaria de un barco-burdel en pleno Caribe. Y aunque le comiese casi todos los planos el desparpajo natural de su compañera Chus Lampreave, Ana Belén cumplió con creces su cometido y rebosó naturalidad y frescura, exentos casi por completo de ese afectado divismo que había venido perjudicando sus anteriores trabajos, motivo por el que resulta justificado el que lograse ser nominada por fin al Goya a la mejor actriz, aunque vista con ojos actuales su nominación parezca responder más a las necesidades de rellenar huecos dentro de las cinco candidatas en la categoría que a una recompensa netamente artística.

La quinta nominada fue, por segunda vez, Ángela Molina, gracias a la película Luces y sombras, de Jaime Camino, una película mal acogida en su presentación en el Festival de Venecia de aquél año, como leemos en la pertinente crónica encontrada en El País y que nos ha sido imposible localizar.

Las Olvidadas.


1988 no sólo fue el año en el que la Academia coronó a Carmen Maura como la mejor actriz de cine, sino que además también fue el año en el que la misma estrella debía ser mencionada como una importante olvidada para la misma categoría gracias a Baton rouge (1988), un thriller complejo de Rafael Moleón premiado con cinco nominaciones a los Goya y en el que la actriz brillaba en la piel de esa apasionada y en apariencia ingenua mujer de clase alta dominada por pesadillas violentas y seducida hasta la perdición por un joven treta, y con la que exponía sin tapujos todo el arsenal erótico que poseía como mujer arrolladoramente carnal, evolucionando ante la cámara dominada por una cautivadora y penetrante lascivia. A pesar de lo conseguido de su reinterpretación del tipo femme fatale en este recomendable ejercicio de cine negro, con no pocas influencias de Les diaboliques (Las diabólicas) (1955), de Henri-Georges Clouzot, resulta comprensible que la Academia ignorase su trabajo en beneficio del desempeñado por su compañera en el reparto Victoria Abril, con mayores y mejores dosis de lucimiento en la gran pantalla.


Pero Maura no sería la única de las candidatas definitivas con múltiples opciones aquel año, también la Abril hubiera podido quedar finalista con la hilarante protagonista que desempeñó en El juego más divertido, de Emilio Martínez Lázaro, una actriz de culebrones televisivos desesperada por encontrar un lugar y un momento en el que poder quedarse a solas con su amante, su también compañero de trabajo. Se puede decir que la película pertenece enteramente al trabajo de la Abril, que llevaba a cabo una interpretación tocada por una espontaneidad desbordante y logrando aparecer en cada una de sus escenas infinitamente divertida, dejando bien claro, de paso, que no hay nadie mejor que ella para hacer creíbles escenas de cama tan arriesgadas como las que protagoniza. Sin embargo, ante tan inolvidable recital de indescriptible comicidad, la Academia optó por seleccionar a la intérprete por un trabajo algo más intenso.


Perjudicada por el olvido casi general que sufrió su película de cara a las nominaciones a estos Premios Goya 1988, la bastante desconocida actriz aragonesa María José Moreno pasó desapercibida gracias al papel protagonista de La Tacón, la madame de un prostíbulo, en el estupendo thriller El aire de un crimen (1988), de Antonio Isasi Isasmendi, y con el que la actriz se adueña irremisiblemente de la pantalla en cada una de sus intervenciones como esa mujer chantajista y embaucadora, víbora sigilosa que sabe mudar de una piel dulce y acaramelada a la de una descomunal arpía con sólo unos segundos de margen, como dan fe su primera aparición junto a una joven Maribel Verdú o sus posteriores y continuados encuentros con Fernando Rey. Un trabajo interpretativo de magistral consecución que suponía la encarnación más perfecta y sublime de una auténtica femme fatale (y van...) que había dado la producción nacional en toda su historia y que, dado el flojo nivel en materia de interpretaciones femeninas protagónicas vistas aquélla temporada, bien le podría haber valido una nominación al Goya.


Por último, es digno incluir en esta lista a una de las más firmes promesas del cine nacional de finales de los 80, Aitana Sánchez Gijón, quién supo aprovechar la oportuna llegada de un primer papel protagonista en Viento de cólera, de Pedro de la Sota, aunque por su delicado y refinado aspecto parecía improbable que la joven actriz pudiese llegar a encarnar con la necesaria convicción un rol como el de María, que requería una gran preparación física para desenvolverse fácilmente por el escarpado bosque que su personaje conoce como si se tratara de la palma de su mano, al haberse criado en él desde pequeña. Y no sólo por esta razón, sino también por las dificultades que puede acarrear para un intérprete no preparado la complicada accesibilidad a una localización determinada y la posterior desenvoltura que éste debe demostrar en escenas donde prima la acción de los personajes. Sánchez-Gijón demostraba estar muy por encima de las impresiones generadas por su frágil aspecto de muñeca y se impuso con pasmosa convicción a todos los tipos de obstáculos por los que tuviera que atravesar su personaje. Serena y sobria, Aitana pisa firme sobre la maleza de los escenarios naturales del Valle de Baztán, asentando a cada zancada un gramo imperceptible de un talento interpretativo que se nos antojaba ya sumamente suculento. Viéndola en pantalla, uno tiene la sensación de que esa joven ha vivido en ese hermoso y otoñal paraje toda su corta existencia. Es tal la fuerza con la que la actriz se apropia no ya sólo del escenario, sino de los elementos y animales que lo habitan, así como también de las harapientas ropas que la visten, que la verosimilitud de la propia película llega a resentirse cuando ella no está en el plano. Lograda la apropiación física de su personaje, Aitana se podía permitir el lujo de no esforzarse lo más mínimo a la hora de presentarlo a los espectadores y dedicarse a dar vida fílmica al constringente temor que va empujando a su rol una constante rebelión hasta el final. Para ello, su mejor arma fueron sus enormes, oscuros y fieros ojazos, significativamente expresivos y que, para la ocasión, exponían en pantalla registros tan variados como un terrible desconcierto, al que sigue un miedo preocupante que cristaliza en incauta cólera. Y ya en la parte final, cuando los roles se invierten y es ella la que acosa al malvado, florecían en sus pupilas unas brillantes llamas que anticipaban un desenlace que es tal gracias a ese coraje reflejado en su rostro. Con un punto salvaje e incivilizado, Aitana supo responder emotivamente en la intimidad de su personaje, logrando con su sola presencia que una escena tan gratuita como aquella en la que muestra sus senos, resplandezca dentro del conjunto, debido al alto grado de privacidad expuesto por la actriz. Sin que el riesgo asumido a la hora de filmar una violación pudiera ya sorprendernos, debido a la eficacia que demostró en Jarrapellejos (1988), de Antonio Giménez Rico, en una escena mil veces más brutal, el trabajo global de Aitana Sánchez-Gijón brillaba con luz propia en Viento de cólera, razón por la que fue premiada con el Premio Francisco Rabal en la Semana de Cine Español de Murcia y por la que no habría estado nada mal una primera candidatura al Goya a la mejor actriz.