Karra Elejalde regresa el viernes a los cines.

Repasamos la filmografía del actor cuando regresa a la comedia con "Ocho apellidos vascos".

Palmarés XXIII Premios de la Unión de Actores.

"Caníbal", de Manuel Martín Cuenca, una de las vencedoras con 2 premios.

17º Festival de Málaga. Cine Español.

La Sección Oficial está compuesta por 15 largometrajes muy esperados para este 2014.

17º Festival de Málaga. Cine Español.

Seis títulos integran la sección paralela, competitiva, Zonazine, el espacio independiente.

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Málaga Premiere y Estrenos Especiales completan la oferta de novedades del certamen.

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lunes, 4 de noviembre de 2013

Una sola escena le bastó a María Asquerino para ganar su Goya en 1989.


Cerramos el círculo repasando la última de las categorías interpretativas de los Premios Goya de 1989 con la correspondiente a la mejor interpretación femenina en papel de reparto; en un año en el que, como venía siendo habitual, pocas películas incluyeron papeles realmente jugosos y lucidos para las actrices de nuestra industria. Por ello, no es de extrañar que a la hora de componer la lista final de las cinco nominadas, la Academia echara mano sólo de un par de películas que, además, son las únicas que nos proporcionan las pocas interpretaciones femeninas secundarias olvidadas que sean dignas de mención. De los cinco trabajos nominados en aquella cuarta edición de los Goya, llama la atención que tres de ellos ocupasen un casi anecdótico tiempo en pantalla y que los otros dos restantes sólo sirviesen para confirmar los registros más aclamados por el público de sus correspondientes actrices.


Tras muchos años de despropósito por parte de una industria ciega y ensimismada que prácticamente la ninguneó a lo largo de toda su trayectoria, incluso olvidándola en la primera edición de los Premios Goya, el mea culpa llegaría aquel año en forma de Goya a la mejor actriz de reparto por su nuevo trabajo ante las cámaras, de nuevo gracias a su amistad con Fernando Fernán Gómez, quién le dio la oportunidad de no caer en el olvido de esta voluble industria al confiarle el pequeño y decisivo papel de una sola pero complicada escena de poco menos de diez minutos, que la gran María Asquerino bordó en El mar y el tiempo. Merecidísimo Goya que suponía además de un reconocimiento a una intérprete con casi cincuenta años de experiencia a sus espaldas y un caluroso y emotivo come back, una sorpresa mayúscula, pues se premiaba un cometido ínfimo, en lo que a tiempo en pantalla se refiere, pero superlativo: no hay en el mundo muchas actrices que puedan permitirse el lujo de, con tan sólo una escena, aprovechar la coyuntura y quedar grabadas a fuego en la memoria del espectador como lo consiguió la Asquerino en El mar y el tiempo. Daba vida a Marcela, la exmujer del protagonista, que vive prácticamente apartada (o repudiada) de la rutina familiar y que en su breve encuentro con su regresado cuñado del exilio rememora, junto a su fiel botella de anís, el luminoso pasado que compartieron antes de naufragar dentro del dolor de las desilusiones y los traspiés que siempre nos reserva ese juego llamado “vida”. Para la Historia queda una de las mejores borracheras vistas en una pantalla grande en el Cine Español, técnica y emotivamente perfecta, cargada de hondura y emoción, gracias a la maestría de una actriz que sabía cómo pausar el texto y cómo medir cada gesto para, con tan poco margen de maniobra, estamparnos toda la miseria y la amargura de un personaje hundido y mil veces golpeado. Quede constancia, por tanto, de un más que merecido chapeau a la Academia de Cine, que acertó al no ignorar tremenda exhibición interpretativa y, sobre todo, a una intérprete descomunal, cuyo trabajo en El mar y el tiempo debería ser de obligado estudio en todas las academias de Arte Dramático.


Su más temible adversaria fue, precisamente, la actriz que ganara aquel primer Goya principal al que la Asquerino fue injustamente ignorada: Amparo Rivelles. Otra grande de nuestra cinematografía que obtenía así su segunda nominación al Goya, ahora ya en la categoría secundaria, por su siguiente empeño para la gran pantalla tras aquél primer Goya a la mejor actriz de 1986. Tuvo lugar gracias a su inmerecidamente corta participación en la estupenda Esquilache, de Josefina Molina, en la que tras una fugaz aparición sin texto y un nuevo y anecdótico plano con una sola frase, la Rivelles se quedaba grabada a fuego en la memoria del respetable con la única y sobrecogedora escena que protagonizaba, convertida en un singular duelo verbal con su oponente, Fernando Fernán Gómez. Dando vida a la severa e indulgente Reina madre Isabel de Farnesio, la Rivelles se muestra imponente ejecutando de manera proverbial un rol que podría haberse quedado en el tópico, pero que ella ensalzaba hasta insuflarle una vida descomunal. Ejemplo mayúsculo de que ningún papel es demasiado pequeño, la Isabel de Farnesio de Amparo Rivelles constató la enorme categoría de la estrella, que bajo ese fastuoso trabajo de vestuario y peluquería, y sustentada por un par de aparatosas muletas, hacía de la acritud la constante de un carácter eminentemente regio y utilizaba un hiriente cinismo para dejar una temerosa impronta de su superioridad personal y social. Sin pestañeos, sin aspavientos ni titubeos, la Rivelles se come a su oponente de manera limpia, al soltar con estudiada solidez algunas de las mejores líneas de diálogo oídas en una pantalla cinematográfica en años, obligándonos a admitir que su actuación no sólo era digna de la nominación recibida por parte de la Academia, sino también del Goya mismo.


Por mucho que nos pese a todos los que la admiramos con absoluta devoción, Concha Velasco debía partir con desventaja frente a las anteriores damas de la escena en la que significaba su primera nominación al Goya. Daba gusto reencontrarse con la Velasco dando vida a esa vividora y despreocupada, corrupta y maquiavélica Pastora Patermo, marquesa de Esquilache, en un trabajo llevado a cabo con pulso firme, con una estudiada y brillantemente conseguida exposición corporal, en la que destaca un sinuoso juego de matices que dan idea del carácter seductor de su personaje, una auténtica "mujer de estado", ambiciosa, que no duda en utilizar su conveniente matrimonio con el ministro titular para obtener favores de la Corona. Perfecta en el uso de su aún poderoso atractivo físico, exhibido a través de la asimilación de una cierta lascivia, que se deja entrever sólo a través de sus serpentinos ademanes y miradas, Concha Velasco demostraba en Esquilache ser dueña de una clase interpretativa de algún modo superior a la ya demostrada a lo largo de su carrera, sorprendiendo al respetable con la sabia y concienzuda plasmación de esta arpía marquesa de Esquilache, una auténtica víbora que no dudará a la hora de hacerle ver a su marido las verdaderas razones por las que sigue a su lado, con una molesta y desgarradora satisfacción desparramándose por sus ojos. Sólo lo limitado de su intervención empaña la gloriosa actuación de la estrella que, no obstante, ganó una más que merecida nominación al Goya en la categoría secundaria.


Muy poco tenía que hacer, por tanto, la incomparable Chus Lampreave aquella edición, a pesar de que comenzaba a extenderse la sensación de que la Academia debía ir pensando en premiarla. Y es que sumaba con esta su tercera nominación en la misma categoría, al dar vida a la castradora madre de Antonio Banderas en la agridulce Bajarse al moro, de Fernando Colomo, donde el particular modo de actuar de la intérprete se erigía pronto en el aval cómico más seguro de la cinta, añadiendo a su finísima comicidad un matiz de visible patetismo como esa mujer orgullosa y vanidosa que acarrea una debilidad inconfesable: su afición descontrolada por robar alijos de objetos inservibles, detalle que en manos de un Pedro Almodóvar, por ejemplo, hubiera generado una inolvidable riqueza expositiva por parte de Lampreave, que hubiera ingresado sin duda alguna en el Olimpo interpretativo del año, pero que la adaptación llevada a cabo por el mismo autor José Luis Alonso de Santos, en colaboración con Joaquín Oristrell y Colomo, no consigue sacarle todo el partido al que se presta y sólo el trabajo de la actriz logra aportar brillantez a un personaje desafortunadamente desaprovechado, elevando en cada intervención suya el tono jocoso del filme, sí, y mereciéndose por ello aquélla nueva nominación al Goya a la mejor actriz secundaria del año.


La más reciente ganadora del Goya en esta misma categoría volvió a aspirar un año después al mismo premio gracias a su participación en Las cosas del querer, de Jaime Chávarri, lo que constataba el rápido encumbramiento que había protagonizado María Barranco dentro de la industria, con un papel en verdad desagradecido: el de una estrella de segunda, Nena Colman, sin ningún talento demostrable, enamorada de manera obsesiva de Juan, el pianista amante de Pepita. Con una gracia y un salero que podrían mover edificios enteros, la Barranco se imponía al acartonado dibujo de esa serpiente viperina con la que le tocaba lidiar en Las cosas del querer, dando de ella un retrato preciso, cargado de la solidez y desenvoltura inherentes a la intérprete, que resolvía envuelta en un deje barriobajero cada movimiento orgulloso y ruin de su personaje, así como con una absoluta carencia del sentido del ridículo en los escasos números musicales que protagoniza, superando su ineficacia para la canción a través de un desvergonzado despliegue humorístico, gracias al cual se entendía aquélla nueva nominación al Goya. Y es que sus interpretaciones de "Compuesta y sin novio" y "El cocherito leré" constituyen deliciosos momentos repletos de una mordacidad y un descaro inigualables. Siendo como es un trabajo inferior al que le llevó a saborear la gloria bajo la sabia dirección de Pedro Almodóvar en Mujeres al borde de un ataque de nervios, lo cierto es que su participación en esta película de Jaime Chávarri sirvió para constatar la eficacia de la intérprete incluso en cometidos tan arriesgados como éste, en el que parecía tener todos los elementos en su contra y, finalmente, se revelaba como una pertinaz comediante, incorporando además una vena trágica y tierna a su ya conocido registro.


Las Olvidadas.



Como decíamos al inicio, pocos fueron los títulos que permitieron a nuestras actrices brillar con luz propia aquel año. Si Esquilache logró meter en la terna a sus dos intérpretes secundarias, El mar y el tiempo también habría merecido ganarse alguna que otra nominación más en este apartado, sobre todo para Emma Cohen. Y es que su natural y a veces molesta tendencia a los subrayados y a los excesos, a no acertar en los tonos, quedó inesperadamente bien empleada para terminar de bordar un personaje deliciosamente desubicado: el de esa mujer de negocios, excesivamente bien relacionada y sobradamente cumplidora, una alcahueta usurera de los nuevos tiempos radicalmente liberada a la que Cohen otorga, con una fría inteligencia, una oportuna inocencia que propicia el cariño y la estima inmediatos por parte del espectador. Fernán Gómez ofrecía a su compañera sentimental innumerables dosis de lucimiento, que ella supo aprovechar imponiéndose a sus compañeros en el plano gracias a una exposición casi surrealista de su personaje, interpretado con buen pulso a través de una dinámica y contagiosa energía, que contrasta y complementa la parálisis emocional del personaje protagonista de Fernán Gómez y que convierte a su Lupe en una auténtica mujer de acción, ágil y decidida, con la suficiente iniciativa y autoridad como para sacar a un muchacho del calabozo en cuestión de horas o evaluar con datos y cifras los pros y los contras de montar un negocio textil en la capital; y todo ello tras una incombustible, arrolladora y seductora sonrisa, que dotan a su personaje del atractivo necesario como para poder hablar de este trabajo como el más decididamente brillante de Emma Cohen. Por desgracia, se vio finalmente eclipsado por el de otras compañeras del reparto en aquella temporada de premios, lo que la sitúa entre una de las grandes olvidadas al Goya a la mejor actriz secundaria de la cuarta edición.


Cabe mencionar aquí también que en la atípica y extraña cinta de gángsters dirigida por Xavier Villaverde, de nombre Continental, se ponía en bandeja para Marisa Paredes un hermoso y lucido personaje como esa experimentada prostituta, antigua favorita del anterior jefe del territorio que ahora se disputan sus dos asesinos, los dos capos protagonistas, teniendo que asistir como involuntaria testigo de una batalla que amenaza con sesgar la vida de incluso algunos seres queridos. Así, en un importantísimo segundo plano, lleva a cabo todo su trabajo la actriz, evolucionando ante la cámara con su exquisita elegancia, haciendo carne de esa mujer acabada, unas veces borracha y siempre nostálgica, de distinguida belleza, que el tiempo y el miedo han convertido casi en una roca de hielo, incapaz de tomar partido en la sangrienta guerra que le toca presenciar. La frialdad de su personaje resulta intrínseca a la figura evanescente de la actriz, pero la fragilidad y el miedo que la provocan quedan puestos de manifiesto gracias al formidable recital de silencios que recorren toda su intervención, hasta el bello y doloroso, inútilmente romántico, monólogo que la actriz protagoniza sentada en la penumbra de una habitación. Sin lugar a dudas, una escena poco contextualizada en el conjunto del filme, pero que la actriz sabe aprovechar para humanizar a su personaje, conferirle entidad emocional y, de paso, colarse en la lista de las pocas olvidadas al Goya dignas de mención.


Algo que también hubiera merecido la joven Aitana Sánchez Gijón por sus empeños en aquel curso cinematográfico, primero como una adolescente amante de las ideas revolucionarias de finales de los años sesenta en El mar y el tiempo, cometido resuelto por la actriz con sobrada naturalidad y frescura, a las que sumaba una entrañable empatía, sobre todo en sus secuencias compartidas con el personaje de su abuela, interpretada por la ganadora del Goya en la categoría principal: Rafaela Aparicio. Y después como la virgen huidiza y hambrienta de nuevas experiencias de la comedia Bajarse al moro, trabajo tocado por un contagioso encanto y no poco atractivo, reforzados ambos por la candorosa y desprejuiciada manera en la que la actriz plasmaba el ansioso y a la vez tímido despertar sexual de su personaje. Resulta curioso que, sobresaliendo como una de las mejor preparadas y más aventajadas actrices de su generación (incluso ya en sus inicios, como vemos), a Sánchez Gijón se la haya ninguneado de forma tan desconcertante en la elaboración de las candidatas a los Premios Goya, a los que nunca ha sido finalista, habiéndolo merecido (y mucho) en numerosas ocasiones, como veremos más adelante.

lunes, 3 de junio de 2013

La Unión de Actores premia esta noche a los mejores del 2012.


Esta noche, por fin, se celebrará la gala de entrega de los Premios de la Unión de Actores, que tendrá lugar en el Arteria Coliseum de Madrid y que cuenta con el apoyo de la Fundación Autor-SGAE y la Fundación AISGE. Este ceremonia se celebra después de haber sido aplazada desde el pasado 8 de abril, fecha en la que estaba inicialmente prevista, "por motivos ajenos a la organización", según se anunció el pasado 26 de marzo.

Sesenta profesionales de la interpretación han sido nominados en esta, la XXII edición de unos galardones que, con carácter anual y desde 1991, reconocen el trabajo de los mejores intérpretes del panorama cinematográfico, teatral y televisivo de nuestro país. La película favorita es, sin duda, Blancanieves (2012), de Pablo Berger, con nada menos que seis candidaturas.

Son, desde luego, los premios más queridos dentro de la profesión, pues son precisamente los actores afiliados a la Unión de Actores y Actrices los encargados de reconocer a los mejores intérpretes protagonistas, secundarios y de reparto en los tres campos interpretativos. La única ganadora que ya se conoce es la gran Julieta Serrano, que recibe este año el premio especial Toda Una Vida.

Y los nominados son:

Mejor Actor Protagonista:

Antonio de la Torre, por Grupo 7.

Daniel Giménez Cacho, por Blancanieves.


Luis Tosar, por Operación E.
Mejor Actor Secundario:
Julián Villagrán, por Grupo 7.
Eduard Fernández, por Una pistola en cada mano.
Víctor Clavijo, por Holmes & Watson. Madrid Days.
Mejor Actor de Reparto:
Alfonso Sánchez, por Grupo 7.
Pere Ponce, por Blancanieves.
Ramón Barea, por Blancanieves.
Mejor Actriz Protagonista:

Aida Folch, por El artista y la modelo.
Maribel Verdú, por Blancanieves.
Sonia Almarcha, por Orson West.
Mejor Actriz Secundaria:
Ángela Molina, por Blancanieves.
Candela Peña, por Una pistola en cada mano.
Chus Lampreave, por El artista y la modelo.
Mejor Actriz de Reparto:

Amparo Baró, por Maktub.
Inma Cuesta, por Blancanieves.
Goya Toledo, por Maktub.

jueves, 30 de mayo de 2013

Primer Goya "al borde de un ataque de nervios" para María Barranco.


La tercera edición de los Premios Goya fue la edición de las Mujeres al borde de un ataque de nervios de Pedro Almodóvar. No sólo porque la película resultase finalmente la gran vencedora del año al ganar el Goya a la mejor película, sino porque además permitió que, por primera vez, actrices dirigidas por él aspirasen a los Premios de la Academia y es que hablamos de, probablemente, el mejor director de actrices que ha dado nuestra cinematografía. Ninguneado como pocos a la hora de confeccionar la lista de candidatos en los años precedentes, Almodóvar se resarcía del absoluto olvido de su cinta anterior, La ley del deseo (1987), con el concurso en las categorías interpretativas de cuatro intérpretes de Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988) -a Guillermo Montesinos ya le comentamos en el artículo dedicado a la categoría secundaria masculina-, compitiendo dos de ellas por el mismo cabezón: mejor actriz secundaria. Obviamente, el Goya fue a parar a las manos de una de ellas, aunque también es cierto que, al menos otras dos miembros del abultado reparto de la cinta, podrían haber sido candidatas.


Y el Goya fue a confirmar el buen ojo del cineasta manchego para localizar actrices con talento, porque aquel año le daba su primera gran oportunidad cinematográfica a María Barranco, con el nombre de Candela, la ingenua y llorona amiga de la protagonista de Mujeres al borde de un ataque de nervios, que la actriz malagueña se encargaba de bordar en uno de los más insólitos y felices descubrimientos del último cine español, pues la Barranco, con tan sólo 27 años, hacía patente en cada una de sus intervenciones la posesión una gracia y un carisma ciertamente auténticos, únicos, a los que no era nada ajeno su peculiar y divertido gracejo malagueño, que garantizaban por sí solos la entrada en el Olimpo de las grandes comediantes del momento a esta intérprete de figura espigada y rostro peculiar. El histrionismo de manual que exhibía la actriz como esa chica aterrada que busca desesperada un lugar donde esconderse de la policía, se convertía desde el mismo momento de su aparición en uno de los motores más tronchantes de la película, actualizando e inmortalizando, de paso, el registro de chica ingenua que tan bien casaba con su mirada atolondrada. Cuesta creer, vista hoy la película, que su trabajo se deba a una intérprete en cierto modo novata, pues posee un ímpetu arrollador y viene subrayado por una considerable carga de naturalidad y frescura que hacen pensar en una interpretación permanente y magistralmente improvisada, por lo que resulta del todo irreprochable que aquel año María Barranco se hiciera con el Premio Ondas a la mejor actriz, así como un más que merecido Goya relativo a la mejor actriz secundaria, premios que terminaron de convertir a la joven, perspicaz y chispeante actriz en una de las más fulgurantes estrellas del panorama cinematográfico del momento.


Si bien hay que celebrar el Goya a la Barranco, también hay que lamentar que no triunfara como es debido una actriz del calibre de Julieta Serrano, que lograba una más que merecida primera nominación al Goya gracias a la misma película. Daba vida a Lucía, la perturbada esposa de Iván, en una creación de brillante resolución caracterizada por un vestuario del todo estrafalario y el lucimiento de una serie de pelucas a cada cual más tronchantes. El desequilibrio emocional en el que vive inmerso su personaje estaba brillantemente expuesto por la actriz a través de una sobriedad interpretativa que dejaba entrever la inestabilidad mental permanente de una mujer fuertemente encerrada en sí misma, convenientemente encauzada a través de una mirada siempre hipnótica y retorcida. Equiparable en estilo y desarrollo a las imprescindibles femme fatales del cine clásico, la Serrano se hacía mítica en la piel de esa señora de estoica e imperturbable serenidad, incluso cuando se apropia de las dos pistolas de los adormilados policías, momento el tono jocoso al que la actriz se presta con admirable tesón, sorteando la absurdez en la que era fácil caer, para dar pie a una divertida persecución con Julieta de paquete en una moto, pelo al viento y actitud de irreductible dignidad, construyendo una imagen que se convertiría en referente del cine español de los ochenta. La clase y la profesionalidad de una intérprete de su talla se alimentaron entonces del éxito obtenido por la cinta, nominada al Oscar a la mejor película de habla no inglesa, que obtenía con este registro ligero y descocado el prestigio cinematográfico que se le había venido negando a lo largo de toda su trayectoria.


Presente también en la cinta de Almodóvar, Chus Lampreave se ganó su segunda nominación al Goya, también como actriz secundaria gracias a presentar aquel año una magnífica interpretación en Espérame en el cielo, de Antonio Mercero, como la fuerte y fiel esposa de un hombre secuestrado para ser el doble del mismísimo Franco y al que debe resignarse a ver únicamente a través del famoso noticiario (No-Do) proyectado en la gran pantalla, dando forma a un trabajo interpretativo de primera magnitud, cargado de una inabarcable ternura, así como de una emotiva sencillez (expuestas ambas, sin tabúes de ningún tipo en la hermosa y bonita escena del reencuentro nocturno en la habitación), que evidenciaron la capacidad de la intérprete para salirse del registro puramente hilarante y acometer con soltura y convicción personajes adscritos a una corriente más realista e, incluso, dramática. El cambio de registro fue tan bien recibido en la industria que la Academia la incluyó entre las cinco candidatas al Goya a la mejor actriz secundaria, poniendo de manifiesto su rendición total ante el arte de la Lampreave, inmerso en una brutal naturalidad y es que daba igual el personaje que incorporase, importaba muy poco cuál fuera su procedencia social o los avatares por los que atravesaba, Chus Lampreave sabía meterse a fondo en las pieles que lo formaban y ensamblarse a ellas de manera perfecta.


Justo un año después de la primera, la gran Terele Pávez se hacía con su segunda nominación en la misma categoría gracias al drama alegórico y onírico Diario de invierno, de Francisco Regueiro, indagando de nuevo en ese tono arrastrado y vejado que tan bien casaba con su estilo desaforado, dando vida esta vez a una pordiosera monja-mendiga, madre del supuesto Caín, amante de los deberes morales, indignada con su hijo por haber dejado embarazada a una virgen y repudiada por su madre cuando, ejerciendo la prostitución en el prostíbulo que ésta regentaba, ella misma se quedó en cinta. Un personaje a todas luces desorbitado, que la Pávez efectúa con endiablada maestría, atada casi permanentemente a una moto, con esa voz torrencial lanzando improperios sin parangón y llamando a las cosas por su nombre. Los hiperbólicos monólogos que protagoniza en sus contadas escenas se acentúan con ese deje malsano y barriobajero con el que los ejecuta la actriz, fuertemente encasillada ya en esta tipología de personajes.


La quinta y última candidata en la categoría fue también, sin duda, la más inesperada de todas las nominadas: Laura Cepeda por su papel en el thriller Baton rouge, ópera prima de Rafael Moleón, en la que el lucimiento que se le otorga a la actriz supera con creces al que merece un personaje como el que desempeña. Y es que, para el limitado tiempo del que dispone en pantalla, a la Cepeda se le dedican tantos o más primeros planos que al resto de intérpretes. Lejos de esta apreciación técnica, el trabajo de Laura Cepeda en Baton rouge es ciertamente correcto, debido a la estudiada seriedad y dureza con la que ejecuta sus pequeñas intervenciones, pero sin duda su papel de ayudante de inspector le ofrece a la intérprete poco margen de maniobra en su ejecución, con lo que su presencia entre las finalistas al Goya se nos antoja una recompensa en cierto modo desmedida.

Las Olvidadas.


Aunque figuró entre las candidatas, es preciso reconocer la valía de Chus Lampreave señalando que aquella temporada cinematográfica bien podría haber figurado nominada por otros dos empeños más. Había repetido con Almodóvar, para el que acometió un nuevo papel, casi episódico, en Mujeres al borde de un ataque de nervios, como portera cotilla y entrometida que, gracias a su particular manera de recitar sus pocas frases, se convirtió en otro de los elementos que hicieron mítica la comedia más redonda del manchego y que figura entre las grandes actuaciones que la actriz ha dado para el cine, indiscutiblemente divertida e inolvidable. Por otro lado, le comió enterita la película a la estrella Ana Belén en Miss Caribe, de Fernando Colomo, como esa patrona de un barco-prostíbulo en el Caribe, asturiana orgullosa que tiene por costumbre servir una lata de fabada a sus clientes, y que permitió a la intérprete obsequiarnos con la jocosa imagen de verla deambular ante la cámara con unos impagables fruteros en la cabeza. El mano a mano establecido con su oponente en pantalla supone la gran virtud de una comedia algo desvaída y que tiene su plato fuerte en el proverbial, muy seguro de sí mismo, despliegue cómico de una Lampreave absolutamente en su salsa. Dos empeños, en definitiva, que sumados a su nominado trabajo en Espérame en el cielo, dan fe de la categoría artística de la intérprete.


También Mujeres al borde de un ataque de nervios sirve otra de las olvidadas en esta categoría en aquella edición. Se trata de otra malagueña, Kiti Mánver, encargada de incorporar al personaje más decididamente antipático de una función altamente descacharrante: Paulina Morales, la abogada feminista que se niega a aceptar el caso de Candela con no poco recelo hacia la persona de la protagonista, Pepa, y que, casualidades del cine de Almodóvar, termina siendo la nueva amante de Iván. Borde y desprendida, Mánver despierta pronto la antipatía del respetable gracias a la soberbia y a la altanería exhibidas sin parangón por la actriz, que brilla en sus pocas secuencias dotando a su personaje de cierto halo de autosuficiencia, propio de una mujer hecha a sí misma, llena, eso sí, de absolutas contrariedades debido a la necesidad de hombre, de uno en concreto (Iván) que acarrea. Aunque, para que nos quede claro, en esa relación la que manda es ella. Ahí, en la relación que su personaje establece con el de Fernando Guillén, Mánver se luce cual 'mantis religiosa', extralimitándose con no poca gracia en el tópico del que parte tamaño juego de roles.


A diferencia de los años anteriores, aquel 1988 dio poco lucimiento a las actrices nacionales en la producción cinematográfica. Muy pocas fueron las que, fuera del universo Almodóvar, lograron atrapar un personaje con sustancia en un proyecto medianamente conseguido. Es más, menos fueron las que, aún disfrutando de cierto lucimiento en sus películas, lograron brillar a la altura necesaria como para hablar de un olvido goyesco. Por ello, es especialmente destacable la labor llevada a cabo por Terele Pávez a lo largo de todo el curso cinematográfico. Cierto que obtuvo una merecida nominación por Diario de invierno, pero también es obligado destacar el portentoso empeño llevado a cabo por la actriz para Vicente Aranda, quien la escogiera para dar vida a una gitana dominante en una brevísima secuencia que se erige pronto en inolvidable gracias al fuste y a la impactante presencia de la actriz, en El Lute II (mañana seré libre). Así como también el que Antonio Isasi-Isasmendi le encomendase en ese breve papel de esa mujer de monte, madura y aún de buen ver, que a punto está de convertirse en víctima de una violenta violación, escena que la Pávez resolvía con impetuosa maestría al igual que su sucesiva escena erótica, en un trabajo eminentemente gestual, casi sin diálogo, borbotónico pero sobria e impunemente ejecutado en la estupenda El aire de un crimen (foto).


Y en vista de la poca chicha de la mayoría de trabajos interpretativos de carácter secundario, no hubiera estado nada mal que la Academia hubiese tirado por la vía de en medio, es decir: la de nominar un trabajo digamos menor de una actriz de no poca importancia como excusa para así homenajear como es debido su respectiva trayectoria. Aquél año nos dejó dos ocasiones para ello sobre dos intérpretes distintas que la Academia desperdició. Por un lado, el trabajo llevado a cabo por Queta Claver en la anodina aunque estimable Sinatra, de Francesc Betriu, acarreando con uno de los personajes más amables de la pintoresca galería que tiene dentro de sí: la dueña de la pensión donde se hospeda el protagonista (Alfredo Landa), una mujer cercana, amable y sensata a la que la actriz da vida con entusiasta naturalidad haciendo un uso realmente espléndido de esa sonrisa encantadora que tan famosa la hizo allá por los sesenta, cuando debutaba a lo grande en nuestro cine con el protagonismo de La bella Mimí (1960), de José María Elorrieta. Sin pelos en la lengua ni prejuicios ni tabúes interpretativos, la Claver se convierte pronto en una presencia francamente grata en el desigual desarrollo de la película de Betriu y proporciona al espectador la única e inesperada sorpresa de todo el metraje: un valiente, desinhibido y sereno top-less a sus casi sesenta años de edad, ahí es nada. Sólo por eso, porque momento tan arriesgado y sin complejos es asumido con visible tranquilidad por la excelsa intérprete, debería haberse ganado una legítima nominación al Goya.


Por último, pasó totalmente inadvertido el puntual regreso de la otrora estrella por excelencia del cine durante la II República, Antoñita Colomé, a la que José Luis García Sánchez había recuperado para la gran pantalla otorgándole un papel de colaboración en su comedia coral y esperpéntica Pasodoble, que cerraría definitivamente la filmografía de la gran estrella, no dando nuevos motivos a los académicos para tenerla en cuenta en futuras ediciones. Y es que Pasodoble termina siendo una película tan llamativamente mediocre que se entiende el escaso eco suscitado por la vuelta de la Colomé. Eso sí, su intervención roza la brillantez, apoyada como está sobre ese gracejo y simpatía tan particulares y que fueron marca de fábrica de la actriz durante su época de mayor esplendor fílmico. Gracias a ellos, Antoñita Colomé se come enteritos a todos los miembros del abultado reparto de Pasodoble, perviviendo como lo mejor de la película en la piel de esa matriarca de un clan gitano en verdad hilarante que ocupan un antiguo palacio, reconvertido en museo, en el que la susodicha dice haber vivido como amante de un antiguo príncipe. Vivaracha en cada una de sus cortas intervenciones, desarrolladas éstas en un complaciente tono espontaneísta, su presencia flaca y demacrada entrega al espectador un trabajo entusiasta y alegre, graciosamente ladino, de una de las grandes glorias de nuestro cine, triste e indecentemente olvidada, por el público en general y por el cine en particular, desde este trabajo hasta su muerte el 28 de agosto del 2005. Sólo por la importancia disfrutada por la Colomé antaño en nuestra industria debería la Academia haberla incluido en la terna a la mejor actriz secundaria de aquel año o, también, haberle otorgado un más que simbólico Goya de Honor.

jueves, 28 de marzo de 2013

El Primer Goya a la Mejor Actriz Secundaria fue el Primer Goya de Verónica Forqué


Regresamos al año 1986 y echando un vistazo a la producción nacional nos damos cuenta de que sí, las tres finalistas al Goya a la mejor actriz secundaria fueron verdaderamente acertadas, pero que también hubo otros trabajos destacados que pasaron sin pena ni gloria por aquella Primera Edición de los luego tan importantes galardones. Ha llegado la hora de sacar del olvido no sólo los tres trabajos interpretativos que lucharon por aquél primer Goya, sino también a algunos de los que, para nada, hubiesen desmerecido tal honor. Repasamos las mejores actrices de reparto de 1986:


Y comenzamos por la intérprete que terminó triunfando en aquella primera entrega de premios, una joven Verónica Forqué, que ya ganaba su primer Goya en la edición inaugural gracias a El año de las luces, su segundo encuentro con Fernando Trueba, donde el director se sirvió del significativo timbre de voz de la actriz y de su sonrisa inocente y llena de ilusiones para crear de la nada a una enfermera jefe obligada, por los principios del régimen y los ideales que ella comparte, a ejercer una especie de sacerdocio en un preventorio para niños menores de 12 años, mientras la consumen por dentro unas fuerzas descomunales que le aprietan el vientre y le ahogan la garganta, ante las cuales reacciona a través de un hermetismo agrio y cortante, como tratando con ello de erradicar el latente pecado que amenaza con desestabilizar su apacible existencia. Los ojos acuosos de la Forqué se esmeraron al exponer generosamente y sin ningún tipo de tabú la represión sexual de esta mujer, visible sobre todo cuando mira a sus interlocutores varones con un fulgor erótico difícil de pasar por alto incluso detrás de esa pose gélida y autoritaria que caracteriza a su personaje a lo largo de toda su intervención. Es la de Verónica Forqué una composición realmente admirable, sobre todo por la valentía demostrada por la actriz al asumir el riesgo que suponía incorporar un personaje que podía ser fácilmente incomprendido y mal juzgado. Expuestos sin fisuras todos los recovecos que hacen de su Irene un personaje tan atractivo ya en la primera escena en la que aparece, debido al matizado retrato que ofrece de ella la intérprete, Verónica se limita desde entonces dejarse llevar por las líneas marcadas desde el guión, que la obliga a seguir fingiendo con autoritaria y distante curiosidad ante el resto de personajes mientras cae rendida en la desoladora verdad que esconde en su interior cuando queda a solas. En estos pocos, pero valiosos momentos, Trueba otorga a la Forqué sus mejores ocasiones de lucimiento, exhibiendo la actriz una vena dramática llena de una apacible emotividad que surge de la cercanía con la que está construido todo el personaje. El llanto desconsolado sobre la cama se convierte en una escena impagable debido a la desbordante desnudez con la que la actriz se adueña de ese momento privado y evoluciona corroída por la angustia y la desesperación que se han adueñado del alma de Irene. Esta presencia secundaria adquiere así una categoría superior dentro de la película, tanto que permanece en la memoria mucho tiempo después del visionado de la cinta. Es mérito absoluto de la estudiada candidez con la que la Forqué se adentró en los pormenores de su pequeño rol y nos los descubrió de par en par, con una fe ciega depositada tanto sobre su director como sobre sí misma y su enorme talento de actriz. El primer Goya a la mejor actriz de reparto de la historia cayó, merecidamente (¡qué duda cabe!), en sus manos y abrió las puertas de la cinematografía nacional a una Verónica Forqué que no tardaría mucho en consolidarse como una de las primeras figuras femeninas del cuadro interpretativo español de finales de los ochenta.


El año de las luces logró aquel primer año goyesco algo que, más tarde, llegaría a ser habitual en estos premios: dos actrices de reparto nominadas por la misma película. A Verónica Forqué, la acompañó en tremenda lid nada menos que Chus Lampreave, a la que Trueba también supo sacarle una interpretación de gran altura, incorporando a una maestra beata, autoritaria y fascista, de primario e intratable carácter, que reacciona ante cualquier tipo de provocación hecha una auténtica fiera, con impetuoso temperamento, dejando constancia de un mal íntimo y secreto guardado en su interior, que bien podría ser algún tipo de represión de índole sexual. Lampreave aparece agria, irracionalmente severa y hasta cierto punto castradora, dando forma a un personaje estereotipado que en sus manos adquiere la frescura y la garra de la que carecía sobre el papel: no hay ninguna intención por parte del guión en alcanzar una posible y necesaria humanización de su rol, pues siempre nos la muestran respondiendo al arquetipo que la ha visto nacer. Con tan poco material, no es de extrañar que el trabajo de la actriz caiga por momentos en una acusada sobreactuación, ya que lo único que parece interesar al realizador es mostrar la ignorante y ridícula crueldad del tipo de personaje al que representa su maestra Tránsito. Pero Lampreave ya era más lista que el hambre y dejó que en esos puntuales momentos de descontrol aflorara la maravillosa vis cómica que siempre le ha caracterizado, transformando sus escasas intervenciones en los momentos más altamente disfrutables, por divertidos, de la película. Así, se hace imposible pensar en otra actriz capaz de arrancar una carcajada mayor de la que ella consigue por sí sola al gritar "¡Esto es un motín!" o al forzar inesperadamente a todos a bailar una jota en mitad del campo para evitar que se siga bailando agarrados. La actriz hace del desmadre su arma arrojadiza para quedar impresa en nuestra memoria y utiliza la estricta rigidez que pedía a gritos su Tránsito para desplegar un registro abrupto y tajante, visiblemente impostado y a veces caricaturesco, sí, pero que nos daba una idea del inmenso repertorio dramático que llevaba consigo la gran Chus Lampreave. Que perdiera el primer cabezón de la historia en favor de su compañera de reparto poco importó al cabo del tiempo, pues logró asentarse con pies de plomo como una de las más populares y carismáticas actrices de reparto de nuestra industria.


La tercera en discordia vino a ser una de las más grandes y consagradas intérpretes de nuestro teatro y nuestro cine: la gran María Luisa Ponte, que participaba además en tres de las cintas nominadas. Su candidatura la ganó gracias a El hermano bastardo de Dios, de Benito Rabal, donde la portentosa intérprete ejecutaba con sobriedad y con no poca entereza las escasas escenas que protagonizaba, desplegando una arrolladora energía en la primera parte de su intervención para, inesperadamente, encogernos el alma con la sobrecogedora reacción de su personaje ante la terrible noticia que contiene una de las cartas que recibe del frente de batalla. Inesperadamente porque, teniendo en cuenta lo previsible que resulta tal hecho dentro del argumento, María Luisa logra con su trabajo superponerse al texto y marcarse todo un recital en poco menos de un minuto. Inmensa es la palabra. Teniendo en cuenta el triunfo final (3 Goyas) de El viaje a ninguna parte, de Fernando Fernán Gómez, en la que también participaba con un pequeño (injustamente pequeño) papel, resulta extraño que la Academia no eligiese esta actuación para incluirla como una de las tres finalistas al premio a la mejor actriz secundaria y sí seleccionase a tal efecto su trabajo en El hermano bastardo de Dios, quizás también quedaron fuertemente impresionados por esa trágica y dolorosa escena que antes mencionábamos.

Las Olvidadas.


Entre los olvidos más flagrantes de aquél año se encuentra el de la veterana actriz de culto, musa de Luis Buñuel, Margarita Lozano, a la que tras varios años alejada de nuestra cinematografía, recuperó Manuel Gutiérrez Aragón en La mitad del cielo, donde encarnaba a esa abuela vigorosa y sumamente tierna, con no pocos poderes mágicos, que se convierte en un pilar esencial dentro del argumento de la película, sin lugar a dudas uno de los elementos esenciales de la misma. En su piel, Margarita Lozano realizaba un trabajo sereno y deslumbrante, dotado de una magia y un encanto inolvidables, y lograba que todas sus escenas se erigieran en algunos de los momentos más bonitos y hermosos de La mitad del cielo. Con sabiduría y sin alardes de ningún tipo, la Lozano se comía la pantalla ella solita, logrando que lo estrambótico y surrealista de su personaje pasase por resultar fascinante y conmovedor y que el espectador sintiese desconsolado la pena inmensa de su desaparición a poco más de la mitad de la película. Un auténtico regalo de esta diva al cine español que los responsables del film se encargaron de “ensuciar” al doblar la voz (bronca y de timbre característico) de la intérprete, razón que quizás justifique su ausencia dentro del grupo de actrices nominadas al Goya a la mejor interpretación femenina de reparto. Un “crimen” doble que a pesar de todo no afecta a la enorme consideración debida a esta actriz ni tampoco al sublime trabajo logrado en La mitad del cielo.


Pero Lozano no fue la única gran actriz olvidada aquél año. Es obligado acordarse también de Rafaela Aparicio. Su participación en el film de Trueba se quedó en muy poca cosa debido al esquemático dibujo que presentaba su personaje ya en el libreto original y, claro está, por las escasas ocasiones de lucimiento de las que disponía. No obstante, la actriz, fiel a su estilo, supo aprovechar la ocasión y robar para sí unos cuantos planos en la piel de esa vieja gruñona, cocinera del preventorio, esposa del conserje al que da vida Manuel Alexandre, cuya relación es lo más destacado de su intervención en la cinta, ya que entre los dos nos proporcionan un delicioso espectáculo de hiriente y amoroso sentido del humor, beneficiado por la adorable compenetración existente entre la pareja de intérpretes, que ya quisieran para sí otras parejas 'de hecho' más jóvenes del cine español. A diferencia de Emilio, el rol de Rafaela queda en mera comparsa de su marido, objeto constante de las burlas de éste ante las que la Aparicio siempre reacciona refunfuñona, llamándole "mamarracho", en un recurso cómico que por reiteración acaba funcionando perfectamente siempre. La hondura, así como la gracia y el desparpajo otorgados por la Aparicio a sus cortas intervenciones sacan al personaje del segundo plano invisible en el que se habría quedado en manos de otra actriz. Una nominación al Goya como actriz de reparto por El año de las luces para una intérprete de su valía no habría estado nada mal y mucho menos si se debe a un trabajo cómo este.


Vicky Peña llevaba cinco años alejada de las cámaras cinematográficas cuando el director Jaime Camino la llamó para dar vida a la mismísima Carmen Polo de Franco en Dragón rapide, película en la que, figurando en los créditos con su nombre aún sin abreviar, la actriz logró una convincente creación de la esposa del futuro dictador español, a pesar de contar con pocos minutos para el lucimiento. Quizás fuese ésta la razón por la que su contenida, aplicada y estudiada interpretación fue pasada por alto por la Academia. Con su cuello de jirafa, su boca grande y su cabeza pequeña, Vicky Peña demostró aquí que se encontraba perfectamente dotada para iniciar un seguro y exitoso porvenir cinematográfico como actriz de carácter, después de foguearse su trayectoria en todo tipo de roles en el marco televisivo. En Dragón rapide conseguía, con muy pocos elementos, reflejar la comprensión, el cariño y el conocimiento exhaustivo que profesa su personaje hacia su marido y del que carecía el film mismo. Carmen Polo fue probablemente la persona que mejor conoció al dictador y la química que la actriz establece con Juan Diego, su oponente en pantalla, evidencia una relación afectiva basada más en la lealtad a unos votos matrimoniales que al amor romántico, aportando ese pequeño toque de humanidad que a todas luces pedía una historia como Dragón rapide.


Es justo recordar en este apartado el primer encuentro de una de las actrices de teatro más importantes de nuestro país con el director Vicente Aranda. Hablamos de Margarita Calahorra, que debutaba con Aranda aquel 1986 con una pequeña pero lucida intervención en Tiempo de silencio, como la madre iletrada de la joven gitana muerta tras practicársele un aborto en pésimas condiciones. Su personaje, la Ricarda, se pasea durante todo el film detrás del cuerpo de su hija, al que desea dar tierra como Dios manda cuanto antes, así llora y se lamenta desconsoladamente no sólo en el lúgubre velatorio, sino también junto a la puerta del tanatorio donde han trasladado el cadáver para practicarle una autopsia. Es tan desangelado ese llanto y tanto dolor expresa, que la Calahorra convierte a su personaje en uno de los puntos clave de la película de Aranda, cobrando vital importancia al final, cuando retenida en la comisaria, su testimonio libera al protagonista de la prisión. Hay que alabar la decisión de Aranda de otorgarle a ella este trágico y bonito personaje, que bien podría haberla llevado a luchar por el Goya a la mejor actriz de reparto.


Y si pudieron competir dos actrices por El año de las luces, también la crónica sobre la Guerra Civil a través de la mirada de un niño que fue El hermano bastardo de Dios podía haber obtenido una doble nominación en esta categoría y es que, con muy pocas escenas a su favor, Terele Pávez supo apoderarse de ellas y resultar de lo mejor de una película en la que daba vida a un personaje harapiento y enloquecido, una mujer borracha que vagabundea por las calles maldiciendo y blasfemando y que, para salir del apuro económico en el que se encuentra, no tiene reparos en vender a uno de sus hijos a una familia pudiente. Le ofrecían poca cancha para poderse lucir en la piel de Ramona, pero la Pávez supo hacerse notar en la única escena importante que protagoniza: en la tienda de alimentación, cuando con el dinero que ha sacado de la venta de su hijo puede por fin saldar la deuda que allí tiene. Con lo dada que sería posteriormente la Academia a nominar en la categoría secundaria a intérpretes con empeños tan o más pequeños que el suyo en El hermano bastardo de Dios, bien hubiese podido la Pávez ser una de las primeras finalistas en la categoría en la edición inaugural de los Premios Goya.


Como también podría haberlo sido Julieta Serrano. Y es que aquél año Pedro Almodóvar volvió a ficharla para otro papel secundario en su descompensada película Matador, donde la actriz demostró lo bien que casaba dentro del universo personal del director manchego, de nuevo en un registro de mujer madura, fría y cruel, con notables desequilibrios interiores, que los ojos perspicaces de la actriz lograron exponer sin titubeos de ninguna clase, comiéndole la película a los verdaderos protagonistas. No fue nominada al Goya pero ganó, no obstante, el premio a la mejor actriz en el Festival de Cine Fantástico de Oporto, a pesar de la escasa extensión de su participación en la película.

viernes, 15 de marzo de 2013

"Blancanieves" lidera las nominaciones a los Premios de la Unión de Actores.



Un año más, la temporada de premios no se clausura hasta que la indispensable Unión de Actores de Madrid, sindicato profesional e independiente que vela por los intereses laborales de estos (nuestros favoritos) profesionales, no otorga sus premios anuales a los mejores intérpretes en los tres campos de actuación: cine, teatro y televisión. Sin ir más lejos, justo ayer se dieron a conocer los candidatos de la que será la XXII edición de estos premios, tan queridos dentro de la profesión por razones más que obvias, y que se entregarán el próximo 8 de abril en una ceremonia celebrada en el Teatro Circo Price de Madrid. Y en el apartado que realmente nos interesa en ActoresSINvergüenza, el cinematográfico, apenas sorprende que la película que parte como favorita vuelva a ser Blancanieves, de Pablo Berger, que ha obtenido un total de seis nominaciones.