Karra Elejalde regresa el viernes a los cines.

Repasamos la filmografía del actor cuando regresa a la comedia con "Ocho apellidos vascos".

Palmarés XXIII Premios de la Unión de Actores.

"Caníbal", de Manuel Martín Cuenca, una de las vencedoras con 2 premios.

17º Festival de Málaga. Cine Español.

La Sección Oficial está compuesta por 15 largometrajes muy esperados para este 2014.

17º Festival de Málaga. Cine Español.

Seis títulos integran la sección paralela, competitiva, Zonazine, el espacio independiente.

17º Festival de Málaga. Cine Español.

Málaga Premiere y Estrenos Especiales completan la oferta de novedades del certamen.

martes, 9 de abril de 2013

16º Festival de Málaga Cine Español: Sección Oficial al completo.


No sé muy bien dónde había leído que la última película, de próximo estreno a finales de este mes, de Isabel Coixet, Ayer no termina nunca, inauguraría el próximo 16º Festival de Málaga Cine Español dentro de la Sección Oficial, pero fuera de concurso. Hecha pública ya toda la programación de dicho certamen, he de manifestar mi sentido mea culpa ante la falsedad de dicha afirmación. Porque sí, la película inaugurará el festival en la Sección Oficial, pero, eso sí, a concurso. Lo que invita a pensar que, muy probablemente, Ayer no termina nunca formará parte del palmarés definitivo de una edición donde se darán cita algunos de los títulos más esperados del futuro próximo de nuestro cine, rivalizando en peso mediático con otros, no por menos esperados menos destacables, que pugnan por sobresalir favorablemente en una cita anual que sirve de baremo sustancioso para lo que vendrá a ser la producción cinematográfica española del presente año 2013. Veteranos realizadores como Coixet, Daniel Calparsoro, Gracia Querejeta o el argentino Alberto Lecchi se medirán con otros tantos jóvenes debutantes en esto de las tareas de dirección de largometrajes, dentro de un marco de un Festival que, un año más, vuelve a apostar fuerte por el ensalzamiento y la promoción de las óperas primas. Veremos cómo reciben los críticos las nuevas apuestas que se han seleccionado para competir por la Biznaga de Oro desde el 20 al 27 de abril.

El amor no es lo que era, de Gabriel Ochoa.

Entre el aluvión de óperas primas que se darán cita en la capital andaluza destaca, por su generoso y atractivo reparto, la comedia coral de Gabriel OchoaEl amor no es lo que era, con Aida FolchAlberto San JuanJose CoronadoPetra Martínez o Blanca Romero entre sus protagonistas. Su principal problema a la hora de resultar galardonada es su proyección, dentro de la programación, en el último día de concurso. 



Casting, de Jorge Naranjo.

Todo lo contrario le ocurre a Casting, de Jorge Naranjo, programado su pase el segundo día del festival, lo que de responder a las expectativas, esta pequeña película sobre la relación que se establece entre dos jóvenes actores a lo largo de un casting, podría impresionar favorablemente al Jurado. Eso y el concurso de un plantel de jóvenes y prometedores actores, cuyos personajes se llaman igual que ellos en la realidad, en un curioso juego entre realidad y ficción, y donde destacarán, seguro, su pareja protagonista: Javier López y la guapa Esther Rivas.



Hijo de Caín, de Jesús Monllaó.

Hijo de Caín, el debut de Jesús Monllaó, llama la atención por la poderosa presencia protagonista de Jose Coronado (Premio Málaga-Sur de esta edición) y por el sabor a thriller psicológico que sobrevuelan a las primeras imágenes que nos han llegado de la película.




Somos gente honrada, de Alejandro Marzoa.

Producida por El Terrat, se trata de una comedia de enredo en torno a un alijo de cocaína y que se alza ya en la gran favorita al tan preciado Premio del Público del festival, siempre tan agradecido, decantado hacia  propuestas adscritas a este género. Jugará sus mejores cartas gracias al socorrido concurso cómico de su pareja protagonista, los televisivos Paco Tous Miguel de Lira, secundados por los guapos Unax Ugalde y Manuela Vellés.


Ayer no termina nunca, de Isabel Coixet.

Como indicábamos al principio, la película de Coixet parte con clara ventaja de cara al palmarés final de esta 16ª edición y es que las buenas críticas recibidas tras su presentación internacional en el pasado Festival de Berlín nos predisponen a pensar que nos encontramos ante otra de esas piezas intimistas y sensibles de la directora catalana. Suyos parecen, a todas luces, los premios interpretativos de este año, que recaerían en unos ensalzados trabajos de Javier Cámara y Candela Peña, repitiendo la jugada que ya protagonizaron con éxito tras vencer en el mismo certamen con la película Torremolinos 73 (2003), de Pablo Berger.


15 años y un día, de Gracia Querejeta.

Muchos puntos de figurar vencedora tiene también esta película, que promete otra vuelta de tuerca más a los temas que más preocupan a su experimentada y sensible realizadora, siempre con la institución familiar en el punto de mira. Por lo que apreciamos, no faltan a priori favoritos a los Biznagas de Plata interpretativas, teniendo también muchos puntos a su favor los protagonistas de 15 años y un día, un recuperado para el cine Tito Valverde y la siempre estupenda Maribel Verdú. Señalar, por último, que Querejeta ya triunfó en Málaga hace unos años con Héctor (2004), alzándose con la Biznaga de Oro del Festival.


Sola contigo, de Alberto Lecchi.

También tiene posibilidades de resultar premiada Sola contigo, la película de Lecchi de la que ya hablamos en un artículo aparte a razón del estreno de su tráiler, que posee entre sus fuertes el protagonismo absoluto de una Ariadna Gil, por fortuna, recuperada para el cine español. La película, programada para el penúltimo día del festival, es un thriller sustentado sobre los hombros de una Gil a la que secunda el argentino Leonardo Sbaraglia.


Combustión, de Daniel Calparsoro.

Siendo sinceros, la participación de Combustión, la cinta de Calparsoro, parece responder a las necesidades de cumplir con el compromiso de programar películas apoyadas por la productora cinematográfica del grupo Antena 3, por algo es uno de los patrocinadores oficiales del certamen. A simple vista, Combustión no parece tener mucho que rascar en el palmarés final.



Diamantes negros, de Miguel Alcantud.

El televisivo Miguel Alcantud, que ya presentó en Málaga hace unos años Anastezsi (2007) sin llamar una especial atención, volverá a intentarlo este 2013 gracias a Diamantes negros, que narra el encontronazo con la realidad de las jóvenes promesas del fútbol traídas de África y que cuenta en el reparto con las presencias secundarias de Carlos Bardem y Guillermo Toledo



Stockholm, de Rodrigo Sorogoyen.

Otro viejo conocido del certamen es Rodrigo Sorogoyen, que hace unos años presentó en Málaga su ópera prima 8 citas (2008), co-dirigida junto a Peris Romano, y que ahora presenta Stockholm, cinta de bajo presupuesto, una de las primeras películas españolas financiadas a través del sistema de microdonaciones (crowdfunding), de corte psicológico y gracias a la que también podría sonar fuerte para los premios de interpretación su joven y atractiva pareja protagonista: Javier Pereira y Aura Garrido.


Inevitable, de Jorge Algora.


El director de El niño de barro (2007), trae a Málaga Inevitable, un drama sentimental protagonizado por una pareja de inmensos actores como Federico Luppi y Dario Grandinetti, sobre una pareja perfecta, aparentemente perfecta, que entra en crisis cuando muere un compañero de trabajo de él, tras la que buscará refugio en las teorías de un famoso escritor, que le llevarán a buscar la auténtica pasión de su vida. Tanto Luppi como Grandinetti también poseen muchas opciones de cara al premio al mejor actor.



La mula.

El último de los films a competición es La mula, película ambientada en la Guerra Civil, contada a modo de comedia y protagonizada por la pareja de moda en el cine español, Mario Casas y María Valverde. La película, cuya casi totalidad la dirigió el británico Michael Radford, tras los muchos problemas con los que contó en su rodaje y en su fase de post-producción, con juicios de por medio entre sus diversos productores españoles y anglosajones, llega al festival sin autoría, debido a la tácita renuncia de Radford de firmarla.


Todas las mujeres, de Mariano Barroso.

Por último, participa en la Sección Oficial , aunque fuera de concurso (esta sí) Todas las mujeres, donde el actor Eduard Fernández dará vida a un veterinario que se enfrenta a todas las mujeres que han significado algo en su vida y que cuenta con la presencia de Michelle Jenner, Petra Martínez y Nathalie Poza y cuya presencia fuera de concurso lamentamos, enormemente, pues impide que Fernández pueda aspirar a ganar una nueva Biznaga de Plata al mejor actor.


Hasta aquí, el avance de los títulos de tan sugestiva Sección Oficial, muchos menos de los presentes en anteriores ediciones (¡la crisis!). En los próximos días, además de ir desgranando poco a poco algunas de estas cintas, cuando ya vayan haciéndose públicos sus respectivos tráilers, también haremos un recorrido por algunas de las secciones paralelas del 16º Festival de Málaga Cine Español, como la siempre interesante ZonaZine o la recién creada, y no competitiva, Málaga Premiere. Mientras tanto, nos toca mordernos las uñas por la impaciencia de que comience un festival que promete plasmar una mirada marcadamente social al presente cinematográfico nacional.

Javier Bardem, el animal más inclasificable del cine español.



Como cada semana, la actualidad cinematográfica manda y si esta semana hay alguien que lidere el protagonismo de la misma, no es otro que Javier Bardem. La estrella, quizás el mayor descubrimiento artístico del recientemente finado Bigas Luna, llegará a los cines el viernes con nada menos que dos títulos: su vuelta a la producción nacional con el drama Alacrán enamorado, de Santiago A. Zannou, basado en la novela de su hermano, Carlos Bardem, y su esperado encuentro con uno de los directores más importantes, uno de los imprescindibles, de la cinematografía mundial, To the Wonder (2012), de Terrence Malick, que pone de manifiesto el estatus de prestigio en el panorama internacional adquirido por el intérprete español más premiado y reverenciado de la Historia. Por ello, es buen momento para hacer un repaso exhaustivo a la trayectoria de un intérprete que no quería serlo pero que, con el permiso de otros tantos y tan grandes de nuestro cine, se ha ganado a pulso la etiqueta del Mejor Actor Español de todos los tiempos.

Las edades de Lulú (1990).

Descendiente de una de las dinastías más importantes del teatro y del cine españoles, hijo de la actriz Pilar Bardem, sobrino del fundamental director Juan Antonio Bardem, nieto, por tanto, de los emblemáticos Rafael Bardem y Matilde Muñoz Sampedro, había nacido en Las Palmas de Gran Canaria, pero se mudó a los dos años de edad a Madrid con su familia donde, a los cuatro, ya debutaba para la pequeña pantalla, haciendo un pequeño papel en la serie El pícaro (1974), de Fernando Fernán Gómez. Sin ninguna intención de ser actor, en su adolescencia comienzó estudios de Bellas Artes que no finalizó al ser contratado por una empresa de diseño publicitario. Fanático del rugby, deporte con el que llegó a formar parte de la selección española, Javier Bardem iría haciendo pequeñas incursiones televisivas en Segunda enseñanza (1986), con papel fijo, y Brigada central (1990), ambas de Pedro Masó, junto con trabajos de figuración para ganarse un dinero extra. Fue así como le llegó un papel secundario en Las edades de Lulú (1990), de Bigas Luna, que marcó su debut oficial en el cine, causando una enorme conmoción gracias a un físico verdaderamente potente, nada habitual en el panorama interpretativo del momento, y, sobre todo, por una capacidad de riesgo admirable en un novel, de la que da sobrada constancia la explítica secuencia de la orgía sadomasoquista que protagonizaba y donde se comía con patatas a la mismísima estrella de la película, una poco convincente Francesca Neri. A Las edades de Lulú le seguirían otras intervenciones algo más pequeñas en Tacones lejanos (1991), de Pedro Almodóvar, y Amo tu cama rica (1991), de Emilio Martínez Lázaro. Bigas Luna, todavía impresionado por el chico desde que le dirigiera en 1990, le volvió a convocar para dar vida a Raúl, el prototipo canalla y caradura de "macho ibérico" con el que Bardem causó un enorme impacto cinematográfico en 1992. Jamón, jamón le abrió de par en par las puertas de una industria deseosa de contar entre su nómina de actores con un intérprete que se alejaba por completo del cliché casi mojigato al que parecían responder otros actores de su generación. El entusiasta recibimiento a un Bardem, que con su mirada intensa y su aspecto asalvajado, representaba un auténtico filón para un nuevo tipo de cine más expícitamente agresivo, se percibe en la abultada galería de premios y nominaciones que recibió gracias a Jamón, jamón: mejor revelación por la Unión de Actores, mejor actor en los Sant Jordi, y en los Premios del Círculo de Escritores Cinematográficos (CEC), así como nominaciones al Fotogramas de Plata y, finalmente, al Goya al mejor actor principal. 

Jamón, jamón (1992).

Conscientes de su enorme magnetismo y de su ya más que contrastada competencia en personajes rudos, sus siguientes papeles siguieron emparejándole con esa imagen hortera y primaria que le había llevado a la fama: El amante bilingüe (1993), de Vicente Aranda, en una corta intervención, y, sobre todo, Huevos de oro (1993), de nuevo con Bigas Luna, donde quedaba impresa la capacidad de aprehensión del actor en un tipo de personaje sumamente visceral y de bajo entendimiento intelectual y moral, sobrepasado por una enorme ambición y que permitía al actor realizar un meritorio tour de force, con un climax dramático de altura, sorprendente en un joven intérprete como él. Aunque premiado con un Fotogramas de Plata y de nuevo nominado al mejor actor en los Goya, Bardem acusaba ya no poco temor de un más que probable encasillamiento artístico en este tipo de personajes, por lo que se aventuró a dar un giro radical a su trayectoria afrontando dos retos interpretativos de muy diferente signo y que, fiel a su desproporcionada inventiva, finalmente superó con excelente nota: el papel secundario de un yonqui mugriento en Días contados (1994), de Imanol Uribe, y el detective protagonista en búsqueda desesperada de su amante en la magnífica y fascinante El detective y la muerte, de Gonzalo Suárez, por las que fue galardonado en el Festival de San Sebasián con el premio Fernando Rey al mejor actor europeo de reparto y la Concha de Plata al mejor actor, respectivamente, convirtiéndose en el intérprete más joven recompensado con semejante distinción. Por ambas queda finalista a los Fotogramas de Plata como mejor actor de cine y recibe, además, el Premio de la Unión de Actores a la mejor interpretación secundaria por Días contados, película que le sirve en bandeja un Goya en su tercera nominación consecutiva, la primera en la categoría de reparto. Se daba forma así a un impresionante palmarés que avalaba la pequeña pero arriesgada trayectoria de este monstruo cinematográfico de ojos oscuros, cuerpo bravo y potente voz cavernosa que en sólo dos años había pasado de ser una imponente promesa a un consolidado e impresionante actor.

Días contados (1994), junto a Karra Elejalde.

Sólo un año después de ganar su primer Goya, Javier Bardem lograba el segundo, esta vez en la categoría protagonista, por un rol situado en un extremo completamente opuesto a todos los anteriores, el protagonista de una comedia de corte clásico como Boca a boca (1995), de Manuel Gómez Pereira, a priori nada menos idóneo para las facultades exhibidas por la joven estrella hasta el momento. Sin embargo, al intérprete aún le perseguía su imagen de sex-symbol ibérico, por lo que no dudó a la hora de lanzarse, casi sin red, a esta divertida historia de equívocos, demostrando de paso poseer una formidable vis cómica, del todo inesperada, y logrando un merecido aplauso tanto del público como de la crítica. También por parte de una industria ya prácticamente rendida a sus pies, que además del Goya, le premió con el Premio del CEC, otro nuevo Fotogramas de Plata, un Premio Ondas, otro de la Asociación de Críticos Españoles de Nueva York, y el del Festival de Cine de Comedia de Peñíscola. Enorme triunfo, por tanto, este salto cualitativo que evidenciaba la jugosa versatilidad de un actor que, con una todavía corta trayectoria, alcanzaba una alta consideración en la industria y aventajaba (con mucho) a muchos otros (y veteranos) intérpretes, no hablemos ya de sus compañeros de generación, y todo ello debido a un autoexigente talante de superación y un temperamental talento interpretativo de la mejor ley. 

Con Aitana Sánchez Gijón en Boca a boca (1995).

Con dos Premios Goya y una Concha de Plata en su vitrina, este animal cinematográfico podía presumir de tener a todo el Cine Español a sus pies ya a sus 26 años. No obstante, antes que relajarse y seguir una trayectoria fílmica acomodaticia y facilona, Javier Bardem siguió optando por el riesgo en sus siguientes trabajos ante las cámaras, labrándose un merecido respeto en la profesión gracias a la incontable cantidad de registros que se empeñó en ir exhibiendo de forma magistral a su paso por algunas de las películas más destacadas de nuestro cine en los noventa. En Éxtasis (1996), de Mariano Barroso, thriller intenso y recomendable, se apuntó un trabajo verdaderamente inmenso, subrayado por un escrupuloso descontrol, midiéndose nada menos que al gran Federico Luppi y quedando finalista a los Premios de la Unión de Actores y a los Fotogramas de Plata. Y mientras hacía cameos del todo descacharrantes para algunos amigos, que evidenciaban su entusiasta y despreocupada inclinación para también reírse de sí mismo, en El amor perjudica seriamente la salud (1996), de Gómez Pereira, Airbag (1997), de Juanma Bajo Ulloa, o Torrente: el brazo tonto de la ley (1998), de Santiago Segura, fue subiendo peldaños, a cada cual más complejo, conformando una filmografía selecta y, a todas luces, envidiable. Estuvo inconmensurable en su definitivo encuentro con Almodóvar, Carne trémula (1997), comiéndose otra vez a Francesca Neri como ese ex policía en silla de ruedas, que puso de manifiesto la obsesión del actor por llevar hasta el límite más recóndito su desaparición dentro de las pieles de sus personajes en un trabajo marcadamente trágico y dramático. Ganador del Premio del Público al mejor actor en los Premios del Cine Europeo y, de nuevo, candidato al Goya, acometió su labor más estrambótica, histérica y desfasada hasta la fecha, en Perdita Durango (1997), de Álex de la Iglesia, en una interpretación literal y excelentemente pasada de rosca, que le valió una nominación a los Premios de la Unión de Actores y junto a la anterior, un nuevo Fotogramas de Plata al mejor actor de cine.

Carne trémula (1997).

Terminaba la década y Bardem parecía tener ya poco que demostrar. Por ello, tampoco se le exigió más que lograra mantener el tipo ante una magnífica Victoria Abril en el estupendo thriller rodado por Gómez Pereira, Entre las piernas (1999), al que siguió otro guión espléndido enmarcado en el mismo género, de nuevo a las órdenes de Mariano Barroso, Los lobos de Washington (1999), por el que recibió el Premio Ondas al mejor actor (compartido con su compañero en el film, Eduard Fernández). Y si no teníamos suficiente, nos regaló una emotiva y sentida encarnación de un homosexual sin complejos en el drama Segunda piel (1999), de Gerardo Vera. En el año 2000 Bardem acudió a la llamada de la Meca del Cine e hizo las maletas para rodar en inglés un biopic sobre el poeta cubano homosexual Reinaldo Arenas, centrado en su enfrentamiento con la Cuba castrista. A las órdenes de Julian Schnabel, Javier Bardem se mostró entusiasta y entregado, consiguiendo sin mucho esfuerzo convertirse en el único aval de una película mediocre llamada Before Night Falls (Antes que anochezca) (2000), que le elevaría allá dónde no había conseguido llegar ningún otro intérprete español. Su admirable, pormenorizada y ciertamente cruda, por su intangible verismo, caracterización le valió la Copa Volpi al mejor actor en el Festival de Venecia, así como nominaciones a algunas de las Asociaciones de Críticos más importantes del territorio estadounidense (Boston, Chicago, Los Ángeles, Phoenix), el premio al mejor actor concedido por la máxima autoridad crítica del país, el National Board of Review (NBR) y también por el círculo independiente, el Independent Spirit Award. Pero la lista de menciones no terminaría ahí. En un hito nunca antes logrado por un intérprete español, Javier Bardem quedó finalista a los popularísimos Globos de Oro, en la categoría de mejor actor dramático (anteriormente, sólo Antonio Banderas había logrado tal hazaña, dos veces, en la categoría de comedia o musical) y, por si esto no fuera poco ya, confirmó las entusiastas expectativas convirtiéndose en el primer actor nacional nominado al Oscar, sentando un altísimo punto de inflexión en su trayectoria.

Antes que anochezca (2000).

Tras el subidón de los Oscar, la cotización de Javier Bardem ascendió como la espuma, sobre todo en Estados Unidos, donde los productores se rifaban a tan sugestivo talento. Lejos de lo que hubiera cabido esperar en una situación semejante, Bardem rechazó todas las ofertas recibidas desde el otro lado del Atlántico, disminuyendo considerablemente su actividad cinematográfica, reducida entonces a un nuevo cameo para Agustín Díaz Yanes en Sin noticias de Dios (2001) y a la única oferta procedente de América que aceptó protagonizar, el debut tras las cámaras del genial actor John Malkovich. A pesar del fallido resultado del conjunto, la labor de Bardem en The Dancer Upstairs (Pasos de baile) (2002) confirmaba que lo suyo no había sido algo fortuito, sino completamente merecido, dada la impresionante categoría de su arsenal interpretativo, y que volvió a quedar convenientemente expuesta en la que se convirtió, sin lugar a dudas, en la mejor actuación que el intérprete había realizado hasta el momento: su ex-huelguista obeso de Los lunes al sol (2002), de Fernando León de Aranoa. Modélico en la sinceridad y el aplomo con el que efectúa todo su trabajo en la cinta, ciertamente asombroso, una auténtica joya de la creación interpretativa literalmente digna de estudio, fue favorito a ganar la Concha de Plata en San Sebasián, festival donde compitió una película que se alzaría con la preciada Concha de Oro. Por el contrario, fue el vencedor indiscutible de aquélla temporada de premios en nuestra cinematografía: un nuevo Fotogramas de Plata, otro Premio del CEC, otro de la Unión de Actores y un tercer Goya (que lo equiparaba ya en cabezones interpretativos con el maestro Fernán Gómez: dos como principal y uno como secundario), así como una nominación a los Premios del Cine Europeo. Bardem lograba con Los lunes al sol subir el escalón definitivo para alcanzar la consideración de gran actor a la que llevaba tiempo aspirando. 

Los lunes al sol (2002).

Considerado ya como el Marlon Brando español por su ejemplar mutabilidad, volvió a hacer honor a su fama de selecto a la hora de elegir los proyectos en los que embarcar su cotizado talento. Salvo un cameo en la piel de un peligroso narcotraficante en la estilizada película de Michael Mann, Collateral (2004), siguió rechazando las ofertas que se le presentaban desde el otro lado del Atlántico, deseosos de contar con sus servicios casi en exclusiva y se decantó por trabajar con uno de nuestros directores con más proyección internacional, Alejandro Amenábar, en la reconstrucción de los últimos meses en la vida del tetrapléjico Ramón Sampedro, interpretación que, obviamente, causó estragos. La sorprendente caracterización que lucía el actor, que le hacía irreconocible, y el efectismo lacrimógeno que impregnaba toda Mar adentro (2004), sumados a la consabida buena mano del director en lo que a manejo de actores se refiere y al hecho de que, en esta ocasión, se encontraba frente al más camaleónico, inteligente y preparado intérprete del país, hizo posible que Bardem ganara una segunda Copa Volpi en el Festival de Venecia y fuese proclamado como mejor actor europeo, volviera a figurar entre los nominados al Globo de Oro al mejor actor dramático y sonase fuerte su nombre como aspirante nuevamente al mejor actor en los Oscar. La cinta consiguió el Oscar relativo al mejor film extranjero, y aunque Bardem no entró esta vez en la terna por la preciada estatuilla, la colección de premios cosechada por el actor en nuestro país fue de escándalo: Premio de la Unión de Actores, un nuevo Fotogramas de Plata, otro del CEC y otro Goya, el tercero como principal de un total de cuatro. 


Mar adentro (2004).

Semejante éxito contrastó notablemente con el escaso entusiasmo que acogió su siguiente trabajo, el promocionado rodaje en España de Goya's Ghosts (Los fantasmas de Goya) (2006), superproducción dirigida por el prestigioso Milos Forman, que tontamente desaprovechó el carisma y la soltura de Bardem en un desgraciado papel de inquisidor católico que invita a hablar de la primera mala actuación de la estrella, que aún no siéndolo al cien por cien, merece tal calificativo en comparación con el altísimo nivel impuesto por sus actuaciones hasta aquél momento. Por suerte para todos, los imprescindibles Joel y Ethan Coen vinieron en su rescate y le regalaron el papel más al límite de toda su carrera, el del asesino a sueldo, sin escrúpulos y sin humanidad aparente, de No Country for Old Men (No es país para viejos) (2007), al que Bardem supo agarrarse con el ahínco acostumbrado, sacándose de la manga una apoteósica y memorable interpretación, absolutamente detallada, que literalmente congela la sangre del espectador por la escabrosa y sanguinaria frialdad exhibida sin alardes, con implacable crudeza, por el actor español. En el círculo internacional de premios, Bardem logró ir un paso más allá de adonde había llegado hacía unos años con Antes que anochezca: prácticamente todas las asociaciones de críticos de Estados Unidos le premiaron como el mejor secundario del año, le dieron el BAFTA y no sólo le nominaron al Globo de Oro, sino que además lo ganó. Y si esto no bastaba, se erigió en el actor español más importante no sólo del momento, sino de la Historia de nuestra cinematografía misma al ser el primero en ganar el tan ansiado y preciado Oscar. Supuso una marca difícil de igual para cualquier intérprete de habla hispana y sentó un precedente que, aparentemente, sólo él podrá superar en un futuro próximo.

No es país para viejos (2007).

Y aunque se equivocara de lleno al aceptar el bonito y alimenticio protagonismo de la adaptación de la novela de Gabriel García Márquez, Love in the Time of Cholera (El amor en los tiempos del cólera) (2007), de Mike Newell, que evidenciaba una infrecuente y molesta concesión de la estrella hacia la taquilla, quizás un necesario aunque discutible primer paso de afianzamiento estelar al otro lado del charco, no estábamos acostumbrados a ver a nuestro Javier Bardem vendiendo tan alegremente y a tan bajo coste su inmenso talento. En su incipiente carrera ya netamente internacional, vino a rescatarle el genio de Nueva York, un Woody Allen que le ofreció la oportunidad de convertirse en un auténtico galán de comedia romántica en su producción, rodada en España y con dinero español, Vicky Cristina Barcelona (2008), que aparte de granjearle una nueva nominación a los Globos de Oro, como actor de comedia, así como a los Independent Spirit Award, pasó prácticamente inadvertido ante el robo a mano armada que sufría toda la película por el despliegue arrabalero de una magnífica Penélope Cruz, ganadora justa de un Oscar a la mejor actriz secundaria. La incertidumbre en su devenir cinematográfico fuera de nuestras fronteras nos llegó gracias a su participación en el execrable vehículo para la recuperada estrellona Julia Roberts, Eat Pray Love (Come Reza Ama) (2010), de Ryan Murphy, donde todo quedaba explícitamente dispuesto para el correcto y ensalzador servilismo a la protagonista, incluso un perdido y desorientado Bardem que no daba el tipo como galán latino.

Con Penélope Cruz en Vicky Cristina Barcelona (2008).

De regreso en España, se aferró con fuerza a su protagonismo a las órdenes del mexicano Alejandro González Iñárritu en la imperfecta Biufiful (2010), donde Javier Bardem volvió a dejar constancia de la alta categoría que poseía como intérprete, desenvolviéndose con impactante veracidad en la piel de un personaje sumamente complejo y al que la estrella aportaba una palpable humanidad, logrando un trabajo cargado de un hondo y profundo dolor tan cercano al realismo que se hace incluso insoportable visionar. Con todo el merecimiento del mundo, este trabajo le dio a Bardem uno de los pocos galardones que ya le faltaban: el del mejor actor en el Festival de festivales, Cannes. Nuevamente nominado al BAFTA, supuso la confirmación definitiva de nuestro actor en Hollywood, donde le regalaron una magnífica y brillante tercera nominación al Oscar. En nuestro país, impuso un récord que será muy difícil de igualar, no digamos ya superar, por cualquier actor español en el futuro: hacerse con su quinto Goya, el cuarto como principal.

Biutiful (2010).

Muy esquivo y tremendamente selectivo desde unos años para acá, sorprendió a todas luces el que aceptara dar vida al villano de un producto tan marcadamente mainstream como era una nueva entrega de la saga de James Bond. Sin embargo, tras toda la operación de marketing, se escondía una honesta intención de abandonar por una vez la intensa carga de sus habituales cometidos cinematográficos. Lo que no esperábamos es que, por primera vez en la historia de semejante saga blockbuster, un malo iba a dar tanto que hablar. Skyfall (2012), aparte de resultar un reconfortante espectáculo que proporciona al respetable un más que agradecido entretenimiento, supone también la mejor y más depurada película de una saga que nunca conoció un capítulo como éste. Su director, el excelente Sam Mendes, aprovechó la oportunidad para, con su película, impartir una clase magistral de cómo hacer cine palomitero sin perder una cierta autoría cinematográfica, impregnando toda la puesta en escena de un personalísimo estilo propio, que además no traicionaba, sino que veneraba, los códigos tan manidos de una saga con lenguaje propio. Bardem no sólo daba el tipo, sino que literalmente se hacía con todos los aplausos en un papel de villano ciertamente ejemplar, debido a la alta cancha que otorgaba el director a unos actores que, por primera vez en una película de este tipo, eran priorizados por encima de la acción truculenta. En un hecho sin precedentes, Bardem logró ser finalista como secundario a los premios del Sindicato de Actores norteamericanos, galardones vetados para producciones de esta índole, y sonó fuerte para unos Oscar donde finalmente no fue nominado, aunque se resarciría gracias a su presencia entre los candidatos al BAFTA. 

Skyfall (2012).

Con semejante panorama, nos llega este mismo viernes a las salas su esperado reclutamiento en el personal y atractivo universo del cineasta Terrence Malick, To the Wonder (2012), vista en el pasado Festival de Venecia, donde fue acogida con una notable división de opiniones por parte de una crítica especializada que, si ha coincidido en algo, ha sido en su aplauso generalizado hacia el trabajo de un Bardem en papel de párroco, nuevo registro (del todo inusual en él) para una estrella que, de seguro, logrará cumplir las expectativas. De tono prácticamente opuesto será su otro papel a punto de estreno, el de un ideólogo neonazi en la adaptación de la novela de su hermano, Alacrán enamorado (2013), que aterriza en los cines también este viernes y en donde su sola presencia, promocionada como de colaboración, se alza como el gancho ineludible para arrastrar al público a las salas. A tenor de las expectativas, estamos seguros de que el trabajo secundario de Bardem en Alacrán enamorado volverá a dar motivos más que suficientes para convertirle en uno de los ineludibles en la próxima temporada de premios cinematográficos en España, con los Goya a la cabeza. En la recámara, tiene casi a punto su participación en una de las grandes superproducciones del futuro próximo, el thriller The Counselor, de Ridley Scott, rodada en suelo español y en la que volverá a coincidir con su pareja, Cruz, secundando a un reparto de campanillas (Brad Pitt, Cameron Diaz y Michael Fassbender), proyecto que terminará de asentar de forma claramente definitiva a Javier Bardem en el puesto que merece dentro de la cinematografía internacional como una de sus más brillantes y sólidas estrellas, difícilmente clasificable con otra etiqueta que no sea la de 'un pedazo de actor como la copa de un pino'.




Sara Montiel (1928-2013): un mito de otra época.


El Cine Español, con mayúsculas, está de luto. Lleva así toda una semana y es que en pocos días nos han dejado unas cuantas personalidades que forman parte ya de su historia. Si la pérdida del maestro de la serie Z Jesús Franco, el pasado martes 2 de abril, o la de la estrella más anciana de las sitcoms, Mariví Bilbao, al día siguiente, entraban dentro de la normalidad en esto que llamamos Vida, la muerte del director Bigas Luna, el viernes 5 a los 67 años impactó en la opinión pública de forma súbita. Nadie lo esperaba. Pero así es la vida. Suena a manido, pero siempre nos quedará el Cine. A él tendremos que apelar una vez más porque ayer, 8 de abril de 2013 nos dejaba, por causas naturales a los 85 años, Sara Montiel, estrella indiscutible de nuestra cinematografía que no sólo traspasó fronteras en el ámbito laboral, sino que además protagonizó uno de los pocos fenómenos sociológicos que ha dado nuestro cine. En su tiempo, hubo más y mejores actrices que ella, y las hubo también que disfrutaron de una posición estelar insólita y privilegiada para nuestra raquítica cinematografía, pero ninguna de ellas logró cimentar un mito, en el sentido hollywoodiense del término, tan grande e importante como el de Sara Montiel. 

Bautizada como María Antonia Aurelia Isidora Vicenta Josefa Abad Fernández, tuvo que dejar en plena infancia su Campo de Criptana (Ciudad Real) natal debido al estallido de la Guerra Civil. Establecida su familia en Orihuela (Alicante), la joven llamó pronto la atención del periodista José Ángel Ezcurra, fundador de la revista Triunfo, mientras interpretaba una saeta durante una procesión de Semana Santa. Ezcurra la convenció para presentarse a un concurso para aspirantes a actrices, que finalmente ganó, debutando en la gran pantalla a la tierna edad de 16 años con un pequeño papel en Te quiero para mí (1944), de Ladislao Vajda, bajo el nombre artístico de María Alejandra, seudónimo que cambiaría por el de Sara Montiel definitivo tras poner su carrera en manos del representante Enrique Herreros, que inmediatamente consiguió para la jovencita su primer protagonista en Empezó en boda (1944), comedia original del propio realizador, Raffaello Matarazzo, y donde la emparejaban ya nada menos que con Fernando Fernán Gómez, encarnando a unos jóvenes recién casados en continuas disputas conyugales. La joven, de felina y sugerente belleza, se hizo pronto un hueco propio en la producción nacional gracias a un físico ciertamente generoso, aunque por lo general sus cometidos para la gran pantalla sólo requiriesen de la novata intérprete el estar guapa, daba lo mismo que fuese en un papel secundario, como El misterioso viajero del clipper (1945), de Gonzalo Delgrás, o en un nuevo protagonista junto a Fernán Gómez, Se fue el novio (1945), de Julio Salvador. No es de extrañar, por tanto, que cuando logró acceder a la primera fila de la producción nacional, lo hiciese para desempeñar cometidos meramente decorativos. Sucedió así en Bambú (1945), de José Luis Sáenz de Heredia, melodrama para el lucimiento de la estrella Imperio Argentina en medio de un peculiar triángulo amoroso con Luis Peña y Fernando Fernández de Córdoba. O en la superproducción Don Quijote de la Mancha (1947), sin duda la mejor de las adaptaciones que se han hecho para la gran pantalla del célebre personaje cervantino, debida a Rafael Gil, y en la que la Montiel salía muy guapa, sí, pero también muy mal parada de su equiparamiento artístico con un elenco irrepetible, capitaneado por el gran Rafael Rivelles y que incluía a Juan Calvo, Fernando Rey, Manolo Morán, Guillermo Marín, Julia Caba Alba o Francisco Rabal.

En la cinta de episodios Por el gran premio (1947), de Pedro Antonio Carón, Montiel se mostró del todo coqueta generando ambigüedad en la piel de su virtuoso personaje, antes de volver a la producción de prestigio de la mano de Sáenz de Heredia y el melodrama trágico sobre la popular saga familiar de los Rius, Mariona Rebull (1947), quizás uno de los peores títulos de tan fundamental cineasta que si merece un visionado es por asistir al inusual y subrepticio despliegue erótico de una Montiel, todavía en papel secundario, que empezaba a ser consciente de su fuerte interpretativo. Acto seguido, y también para el mismo director, explotó su perturbadora belleza dando vida de manera impagable a una indígena en el celebrado drama La mies es mucha (1948), que la volvió a reunir en la gran pantalla con Fernán Gómez. Y más tarde encarnó literalmente la perdición de los hombres en el policíaco Confidencia (1948), de Jerónimo Mihura. Por entonces, era ya una de las ineludibles en las grandes superproducciones de la época, ya fuesen claramente ensalzadoras de los valores castrenses del Régimen, como Alhucemas (1948), de José López Rubio, como eminentes producciones de corte histórico, como la importantísima Locura de amor (1948), de Juan de Orduña, que no sólo encumbró a su protagonista, Aurora Bautista, e implantó la moda por las "películas de cartón-piedra" en nuestra cinematografía, sino que permitió a la Montiel ejercer  con todas las de la ley de auténtica 'devora-hombres'. 

Con Fernando Rey en Locura de amor (1948).

Probablemente cansada de responder en la gran pantalla siempre al mismo arquetipo de mujer, indudablemente infravalorada, Sara Montiel, tras efectuar una breve aparición en la aparatosa Pequeñeces (1950), de nuevo para Orduña y en el rol de una prostituta de lujo, y volver a coincidir con Fernán Gómez en la disparatada comedia El capitán Veneno (1950), de Luis Marquina, siguió el consejo de su pareja por aquél entonces, el dramaturgo Miguel Mihura, y firmó un contrato con la productora Hispamex para rodar en México Furia roja (1951), de Steve Sekely y Víctor Urruchúa. Famosa al otro lado del Atlántico gracias al éxito obtenido fuera de nuestras fronteras por Locura de amor, Sara Montiel no tardó en asentarse casi en una posición estelar dentro de la cinematografía mexicana, de lo que da fe el emparejamiento artístico que disfrutó ya en sus primeras cintas, nada menos que con Arturo de Córdova, en la primera, con Katy Jurado, en la segunda, el drama Cárcel de mujeres (1951), de Miguel M. Delgado. Pero su partenaire más habitual sería el emblemático Pedro Infante, junto al que protagonizó el folletín Necesito dinero (1952), y los westerns Ahí viene Martín Corona (1952) y su secuela El enamorado (1952), ambas de Miguel Zacarías. Interrumpió su trayectoria mexicana para intervenir en un pequeño papel en la co-producción entre Estados Unidos y España Aquel hombre de Tánger (1953), dirigida al alimón entre Robert Elwyn y Luis María Delgado. Y logró que directores como Juan José Ortega o Chano Urueta pusiesen en pie nuevos y poco o nada hilvanados folletines para su único y exclusivo lucimiento: Piel canela (1953), cuyo cartel promocional rezaba: "Sara Montiel, la española más guapa del mundo", y Yo no creo en los hombres (1954), del primero; Se solicitan modelos (1954) y Por qué ya no me quieres (1954), del segundo. 

Con Gary Cooper, en Veracruz (1954).

Sus éxitos mexicanos traspasaron pronto las fronteras y Hollywood, siempre avispado en lo que a nuevas y rentables futuras estrellas se refiere, reclutó a la actriz para encarnar a una revolucionaria mexicana en la superproducción Veracruz (1954), dirigida por Robert Aldrich y protagonizada por dos estrellas de la categoría de Gary Cooper y Burt Lancaster. La Montiel, midiéndose ante semejantes astros del celuloide, apareció bellísima y fascinante, aunque no lograse desplegar ante la cámara una personalidad en verdad cautivadora. La Columbia no quiso dejar escapar a la recién descubierta belleza y le ofreció un contrato estándar de siete años, que la española rechazó temerosa ante un posible encasillamiento artístico en papeles de india o chicana y ante los que no podría negarse en virtud de la famosa cláusula de exclusividad que imponían los estudios hollywoodienses por aquél entonces. Así, pudo regresar a México para ponerse de nuevo a las órdenes de Ortega en otro folletín a su medida, Frente al pecado de ayer (1955), antes de regresar a Hollywood para ponerse a las órdenes de Anthony Mann en el ridículo vehículo para el tenor y actor Mario Lanza, Serenade (Dos pasiones y un amor) (1955), donde la hacían rivalizar por el amor del protagonista nada menos que con una Joan Fontaine en horas bajas. Indudablemente incómoda y poco acertada en su labor interpretativa, Sara Montiel logró, por lo menos, cazar al director y convertirlo en su esposo.

Con Mario Lanza, en Serenade.
Acto seguido, la actriz encajó un nuevo papel de india en el violento e interesante western Run of the Arrow (Yuma) (1956), debido a Samuel Fuller, y lograba ser seleccionada para darle la réplica nada menos que al mítico Clark Gable en Band of Angels (La esclava libre) (1957), de la que se iba a encargar el genial Raoul Walsh, y que a buen seguro la hubiera terminado de consolidar en Hollywood. Pero, en un insólito y decisivo cambio de proceder, Sara Montiel rechazó la oferta y aceptó, en su lugar, la ofrecida por Juan de Orduña para regresar a territorio nacional y protagonizar el melodrama musical El último cuplé (1957). El espectacular y sorprendente éxito comercial de la película pilló por sorpresa a una Sara Montiel que, además, había tenido que grabar con su propia voz las canciones de la cinta, cuando inicialmente iban a ser dobladas por una cantante profesional. Su voz, nueva en el panorama musical del momento, gustó tanto por su gravedad, que en seguida le llovió un contrato discográfico con la filial española de la empresa transnacional Columbia Records. En el terreno interpretativo, traspasaba las fronteras de lo permitido y, con un sentido sumamente erótico, del todo innovador para la época, se erigía en el mito erótico por excelencia de nuestra cinematografía a través de una detallada exaltación de la sugerencia, mediante recursos y gestos que hoy día pueden parecernos ridículos, pero que en su momento resultaron una auténtica bomba de relojería: los ojos entornados, la expresión apasionada, ese modo de hablar parsimonioso suyo, dejando entrever además la lengua. El poder erótico de la estrella obnubiló casi por completo los defectos en su composición, lo que explica que el Círculo de Escritores Cinematográficos la premiase como la mejor actriz del año. El taquillazo de El último cuplé, histórico en nuestro cine, significó la entrada por todo lo alto y con todos los honores en el firmamento artístico español de su protagonista, felizmente recuperada para nuestra industria.

El último cuplé (1957).

Entre la disyuntiva que suponía regresar a Hollywood para seguir interpretando papeles de hispana en toda suerte de westerns o permanecer en España aprovechando el más que sólido y beneficioso éxito alcanzado con El último cuplé, Sara Montiel lo tuvo claro. Así, abandonó su incipiente carrera de actriz dramática en Estados Unidos y tomó la decisión de ligarse, casi por completo, a este mismo tipo de películas, exigiendo la estratosférica cantidad (para el momento y en nuestro país) de un millón de dólares por cinta, lo que la convirtió en la actriz mejor pagada hasta la fecha. Así, la Montiel reincidió en nuevos y pueriles argumentos de semejante corte (chica de clase humilde que terminará triunfando en el mundo de la canción arriesgando con ello el amor verdadero), cuya primera entrega no se hizo esperar: La violetera (1958), de Luis César Amadori, lógica consecuencia del éxito de la anterior. Convertida también en todo un éxito de taquilla, lo que confirmaba a la industria en lo que se refería a la rentabilidad de estos productos concebidos de manera tosca y superficial como meros vehículos para el lucimiento de una Sara Montiel verdaderamente entregada a la causa y a la que le llovieron premios a la mejor actriz por todos los frentes: uno nuevo del CEC, otro de la revista Triunfo y uno más del Sindicato Nacional del Espectáculo.


Esta fórmula se explotó hasta la saciedad y el hartazgo, con algunas que otras variaciones: como la de efectuar una adaptación de la famosa obra de Prosper Merimée sólo para que la diva pudiese lucir picardía y pegajosa sensualidad en Carmen, la de Ronda (1959), perpetrada por Tulio Demicheli; o la de ambientar el ascenso triunfal a la popularidad y su posterior renuncia por amor en Argentina, emparejándola con el soso galán francés Maurice Ronet, en Mi último tango (1960), de nuevo con Amadori; o la de ampliar el abanico de pretendientes de uno a tres (a cada cual más desacertado, por cierto), como ocurría en Pecado de amor (1961), también de Amadori, título además célebre porque para poder hacer esta cinta se había atrevido nada menos que a rechazar el papel de Doña Jimena en la superproducción que Anthony Mann decidió rodar en suelo español de El Cid (1961) y que, finalmente fue a parar a las manos de Sophia Loren. Con Pecado de amor ganó otro Premio Triunfo a la mejor actriz, sumó un nuevo bodrio a su recién estrenada trayectoria de auténtica estrella de la pantalla y perdió la oportunidad de apuntarse una magnífica obra maestra a su filmografía.


Poco importaba un sacrificio semejante si a cambio ella podía disfrutar plenamente de un género en sí mismo concebido para su exclusivo lucimiento. La bella Lola (1962), de Alfonso Balcázar, La reina del Chantecler (1962), de Rafael Gil, que apenas obtuvo eco comercial, Noches de Casablanca (1963), de Henri Decoin, o Samba (1965), también de Gil, con la Montiel en doble papel de arrabalera, evidencian el desgaste de la fórmula a causa de la insistencia en la misma, llegando a ser la última una auténtica desconocida incluso para los fans más adictos de la estrella. La diva pareció no advertir que la reiteración de sus argumentos podía significar algún día no muy lejano un gran descalabro comercial, algo que literalmente ocurrió con La mujer perdida (1966), de Demicheli, donde la pulsión erótica y al mismo tiempo puritana exhibida por la diva se permitía, gracias a la flexibilidad a la que se había llegado desde la Censura, rozar más que nunca lo explícito. Ante el fracaso de ésta, Sara Montiel buscó a dos excelentes guionistas para que le prepararan su próximo vehículo, titulado Tuset Street (1968) y reclutó nada menos que a Rafael Azcona y Jorge Grau para escribir una película que comenzó dirigiendo éste último, pero que terminó firmando Luis Marquina. Pero ni por esas logró sortear un sonado fracaso comercial, de un público que ya no se escandalizaba tan fácilmente, por mucho que se aumentaran las dosis de morbo en sus argumentos, caso explícito el de su siguiente película, Esa mujer (1969), plana y aburrida realización de Mario Camus para un argumento del todo disparatado, que pedía a gritos un tratamiento en cierto modo más arriesgado y original. Atentos: cuenta la historia de una monja que tras ser violada entre varios mercenarios da a luz a una niña que dan por muerta y que con el tiempo termina convirtiéndose en una famosa tonadillera. Engañada una y otra vez por sus numerosos amantes, cuando encuentre a su verdadero amor resultará ser el marido de la niña nacida de aquélla violación. ¡Ahí es nada! Y ahí tenemos a Sara Montiel, metida en semejante berenjenal y sacándose del pecho una de las peores interpretaciones que se recuerdan en una pantalla grande. Algo similar ocurrió y llevó al traste Varietés (1971), por mucho que esta vez se tratase de reforzar el lado de la dirección con el concurso del experimentado y prestigioso Juan Antonio Bardem.

Cinco almohadas para dos (1974).

Con su trayectoria cinematográfica en un lugar de evidente indefensión, Sara Montiel decidió entonces tomarse un breve descanso y cuando decidió volver, lo hizo para decir adiós de manera definitiva. Claro, que protagonizar un bodrio como Cinco almohadas para una noche (1974), de Pedro Lazaga, truño semi-erótico con la Montiel en doble papel de madre e hija, no debía ser plato de buen gusto. Decepcionada con el giro hacia el que había virado su carrera en una industria en la que ya no había sitio para grandes estrellas como ella protagonizando historias más intensas que la vida misma si escena sí, escena también, no se ponía algo de carne en el asador (se vivía entonces el auténtico auge del cine del destape en nuestro país), un precio que una ya cincuentona Sara Montiel no estaba dispuesta a pagar; tomó la firme y tajante decisión de abandonar el cine por completo y dedicarse con exclusividad a su faceta musical, con espectáculos musicales que la mantuvieron en boca de todos durante el resto de las dos décadas siguientes. Más famosa en los últimos años por su intensa y publicitada vida sentimental, poco importa que esto haya desmitificado hasta el ridículo y lo soez la imagen fílmica de la, probablemente, principal estrella (al modo estadounidense) que ha dado nuestro cine, sobre todo cuando a ella tampoco le importó nunca haberse despedido de la gran pantalla con semejante engendro como testamento de una trayectoria digna de estudio solo por su alcance popular y su repercusión social, reflejo absoluto de la oprimida y catolicista España de la época. Y aunque las haya habido mejores, Sara Montiel las adelantó siempre a todas y pasará a la Historia del Cine Español por ser precisamente eso, una adelantada a su tiempo, una indiscutible pionera.


lunes, 8 de abril de 2013

Tony Leblanc (I): de secundón a referente social en sólo 10 años.


Como convenientemente hemos informado desde este rincón, la Filmoteca Española dedica este mes de abril un ciclo en recuerdo de la figura del desaparecido Tony Leblanc, que incluirá la proyección en pantalla grande de muchas de las películas que le convirtieron en una de las primeras figuras del star system nacional hacia finales de los 50 del siglo pasado. En actoresSinVergüenza aprovechamos tan justo homenaje, para realizar un amplio recorrido por la trayectoria cinematográfica de uno de los mitos por excelencia de nuestra cinematografía, lo que, en otras palabras, servirá para recorrer algunos de los aspectos de la Historia de nuestro cine.

Ignacio Fernández Sánchez, que es como se llamaba en realidad, se jactaba de haber nacido en una de las salas del mismísimo Museo del Prado, donde su padre trabajaba de conserje. Criado en Villaviciosa de Odón (Madrid), un todavía joven Leblanc compaginaba su trabajo de ascensorista dentro de dicho museo al mismo tiempo que alternaba trabajos de actor aficionado, para lo que se había procurado una buena formación en canto y baile. Otra de las cosas de las que presumiría más tarde es de ser el vigente campeón de España de claqué, porque tras ganarlo él, nunca volvió a celebrarse dicha competición. Pero también ganó el campeonato de Castilla de los pesos ligeros amateurs de boxeo. Todo ello después de debutar en la profesión en la compañía de Revista de Celia Gámez con apenas ocho años de edad. Más tarde, sería bailaor y cantante en la compañía de Lola Flores y Manolo Caracol y terminaría triunfando en las filas de la de Nati Mistral, donde se dio realmente a conocer con el montaje "Te espero en Eslava".

En el apartado estrictamente cinematográfico, Leblanc debutó a los 22 años con un papel pequeñito en Eugenia de Montijo (1944), de José Luis López Rubio, melodrama romántico de corte histórico que servía de vehículo a la todavía joven estrella Amparo Rivelles. Al año siguiente, logró otro breve cometido en el atmosférico clásico de aventuras, con inconfundible sabor patriota, Los últimos de Filipinas (1945), casi una superproducción para la época orquestada con pulcritud por Antonio Román y que estaba protagonizada por un espléndido reparto de estrellas masculinas encabezado por un estupendo Armando Calvo y completado por José Nieto, Guillermo Marín, Manolo Morán y Fernando Rey. Fueron pasos aislados en el inicio de una trayectoria que comenzaría a obtener regularidad laboral a partir de 1947, cuando Leblanc obtiene papeles de característico en producciones de todo tipo, desde proyectos poco ambiciosos, como la comedia de episodios alrededor de la Vuelta Ciclista a España Por el gran premio (1947), de Pedro Antonio Carón, hasta obras capitales de nuestra cinematografía, como el magnífico film policíaco, de sórdida atmósfera, Barrio (1947), debido al gran Ladislao Vajda, o la gran producción de prestigio Fuenteovejuna (1947), de Román sobre el original literario de Lope de Vega. Y en esas llegó Dos cuentos para dos (1947), de Luis Lucia, entrañable y amable comedia de enredo que le aportó a Leblanc su primer protagonista en el cine y significó el inicio creciente de su popularidad. Pero aún quedaba lejos la consolidación definitiva y Tony Leblanc hubo de seguir interviniendo como característico en otros tantos títulos más: la exaltación de los valores castrenses Alhucemas (1948), de nuevo para López Rubio, el vehículo para Fernando Rey, la comedia La próxima vez que vivamos (1948), de Enrique Gómez, el típico melodrama con la superestrella Imperio Argentina, La cigarra (1948), de Florián Rey, hasta llegar a un papel algo más destacado en el melodrama taurino La fiesta sigue (1948), de Gómez.

La adaptación de la célebre zarzuela La revoltosa (1949), de José Díaz Morales, le brindó al todavía joven Leblanc la oportunidad de oro para sentar las bases de la imagen fílmica que le haría tan popular poco tiempo después. Ese joven y tierno chulapón procedente del Madrid más castizo enamorado hasta las trancas de una jovencísima Carmen Sevilla le reportó unas buenas dosis de lucimiento a la futura estrella, pudiendo hoy día hablar de La revoltosa como la verdadera y fundamental revelación cómica de Tony Leblanc. A pesar de la estimable repercusión popular de su protagonismo aquí, Leblanc tuvo que conformarse con seguir aumentando su filmografía con más y diversos secundarios en títulos entre los que destaca uno de los ejemplos más importantes del kitsch a la española, el melodrama taurino Currito de la Cruz (1949), de Lucia, pero donde también encontramos títulos absolutamente intrascendentes, hoy lógicamente olvidados: ¡Fuego! (1949), de Arthur Duarte y Alfredo Echegaray, 39 cartas de amor (1950), segundo largometraje de Francisco Rovira Beleta, Servicio en la mar (1951), de Luis Suárez de Lezo, y accedió a un nuevo, aunque simple y convencional, protagonista con el galán romántico de La danza del corazón (1952), de Ignacio F. Iquino.

A partir de Segundo López, aventurero urbano (1953), largometraje escrito, dirigido e interpretado por la actriz Ana Mariscal, conocemos el acceso de Tony Leblanc a la primera fila del cine nacional como evidencia su labor en el musical folclórico El pescador de coplas (1954), puesto en pie por Antonio del Amo, con Leblanc efectuando del tercero en discordia de los promocionadísimos protagonistas, las estrellas del cante Antonio Molina y Maruja Díaz. Esta nueva posición, de no poco privilegio, en la industria quedó fuertemente reforzada tras su inclusión en el magnífico y abultado reparto de la esencial Historias de la radio (1955), de José Luis Sáenz de Heredia, considerado con toda justicia uno de los clásicos ineludibles de la Historia del Cine Español. Sirvió luego de apoyo cómico al protagonista de la recomendable Manolo, guardia urbano (1956), de Rafael J. Salvia, un admirable Manolo Morán, y retomó su tan exitoso registro de chuleta madrileño para dar vida al taxista de la comedia blanca Muchachas de azul (1957), de Pedro Lazaga. Llama la atención que, al mismo tiempo que el intérprete había ido escalando puestos en los repartos y asentándose como uno de los actores imprescindibles de la producción oficial y taquillera del momento, descendiera su nivel de ocupación a razón de casi una película al año. Por suerte, llegó a los cines El tigre de Chamberí (1957), de Pedro Luis Ramírez, que explotaba magníficamente la vena chulesca y pícara de un Leblanc formando trío estelar, inimitable, junto al gran José Luis Ozores y al fundamental en el género Antonio Garisa. Su papel de amigo trepa e interesado en esta comedia ambientada en el mundo del boxeo, coincidió en el tiempo con el retrasado estreno de un nuevo protagonista, la comedia Un abrigo a cuadros (1957), de Alfredo Hurtado, y terminó de afianzar la imagen fílmica por antonomasia de Tony Leblanc: la del típico varón celtibérico procedente de algún barrio popular y populoso del Madrid más castizo, caradura y aprovechado, aficionado a rondar a las chicas y al fútbol, con una mentalidad y actitud social claramente de derechas.


Registro donde el intérprete daría lo mejor de sí mismo tras nuevos, eventuales y alimenticios secundarios en Faustina (1957), de Sáenz de Heredia, o Secretaria para todo (1958), de Iquino, a partir de Historias de Madrid (1958), de Ramón Comas, magnífica y notable comedia en inequívoco tono neorrealista que nos ofrece el lado más depurado y efectivo de un Leblanc que acabaría consolidándose de manera definitiva y contundente con el taquillazo de Las chicas de la cruz roja (1958), de Rafael J. Salvia, estandarte español del filón que significó para nuestra industria las comedias con varias historias y personajes entrelazados y en las que Leblanc siguió jugando un destacado papel, como evidenciaron las endebles Parque de Madrid (1959), de Enrique Cahen Salaberry, y El día de los enamorados (1959), de Fernando Palacios. Entre unas y otras, exceptuando alguna concesión a la taquilla, como fue su participación en la musical Y después del cuplé (1959), de Ernesto Arancibia, o la comedia tonta Luna de verano (1959), de Lazaga, llegaría el título que explotó a placer la recién instaurada imagen fílmica del intérprete: Los tramposos (1959), una de las mejores creaciones de Lazaga, que exprimió para bien la capacidad de aprehensión de Leblanc de los tics y los tópicos del folklore madrileño, permitiéndole efectuar una de sus más celebradas composiciones en esta película sobre dos pícaros ingenuos que tratan de vivir del cuento y del timo para mantener su vagancia pero que, finalmente, serán redimidos por amor. El éxito de esta cinta, que además generó la entrada de Leblanc en la Historia del Cine patrio gracias a la genial secuencia del mito de la estampita, supuso el principio de un estrellato largamente buscado durante diez años de difusos y hasta indefendibles roles secundarios en un juego de tanteo por parte de una industria que, por fin, había encontrado al intérprete idóneo para erigirse en referente ineludible de toda una generación de oprimidos y mediocres españolitos.


Póster y tráiler de "Sola contigo", lo nuevo de Ariadna Gil.

Desveladas ya las películas que competirán en la Sección Oficial (y también en las paralelas) del prestigioso Festival de Málaga, cuya 16ª edición está ya al caer (arrancará con la proyección, fuera de concurso, de Ayer no termina nunca, lo último de Isabel Coixet). Si hace unos días os adelantábamos el tráiler de 15 años y un día, de Gracia Querejeta, hoy os mostramos el póster y el tráiler de otra de las películas más esperadas del año: Sola contigo, co-producción hispano-argentina dirigida por Alberto Lecchi


Se trata de un thriller, donde María Teresa Maradei, una mujer exitosa a ojos de la sociedad, que lo ha conseguido todo, o casi todo; pero que tras varios años de luchar contra un pasado tortuoso, no ha sido capaz de recuperar lo que más importa. En ese camino hacía la autodestrucción María recibe una terrible amenaza. Una llamada telefónica le asegura que la va a matar, pero que antes de hacerlo deberá pedir perdón a todos aquellos a los que hizo daño.

Lo que más engancha de esta película no es, evidentemente, esta sinopsis, sino un reparto que encabezan Leonardo Sbaraglia y Ariadna Gil, a la que Lecchi le regaló el Cóndor de Plata (el Goya argentino) hace unos años gracias a su protagonismo en Nueces para el amor (2000). Sola contigo promete el regreso de la estrella española al primer plano de la actualidad cinematográfica, y es que, tras parecer prácticamente perdida en una errática y nada sólida carrera internacional, este filme resulta un nuevo y jugoso protagonista, de mujer autosuficiente pero frágil, de esos de los que anda nutrida la trayectoria de Ariadna Gil y que tuvo su clímax, a nivel interpretativo, gracias a Soldados de salamina (2003), de David Trueba


La actriz se alza, por lo que apreciamos en las imágenes del tráiler, en una de las favoritas en la carrera por los próximos Goya. Y desde actoresSinVergüenza nos congratulamos de que así sea y esperamos, que de responder a las expectativas, los académicos no se olviden de ella, aunque la película llegue a los cines relativamente pronto para las nominaciones, el próximo 7 de junio.

Tres títulos más cierran la Sección Oficial del 16º Festival de Málaga Cine Español.


A falta de apenas dos semanas para la puesta en marcha del 16º Festival de Málaga Cine Español, este pasado fin de semana hemos conocido el nombre de tres nuevos títulos que se suman a los ya anunciados para competir por la preciada Biznaga de Oro que anualmente entrega el Jurado del certamen y que este año presidirá el guionista y director Joaquín Oristrell y del que formarán parte, entre otros, las actrices Natalia Verbeke y Verónica Echegui. Así, con la incorporación de estos tres nuevos films a la lista de títulos avanzada hasta ahora, se cierra la Sección Oficial de un festival que dará a conocer hoy lunes su programación definitiva.

Inevitable, de Jorge Algora.


Co-producción hispano-argentina que se convierte en el segundo largometraje de Algora tras la estimabe El niño de barro (2007), basada en la obra de teatro "Cita a ciegas", del argentino Mario Diament. Se trata de un drama romántico sobre una pareja aparentemente perfecta cuya relación da un giro tras la repentina muerte de un compañero de trabajo.

El punto fuerte de esta producción lo encontramos en un atractivo y sugerente reparto que lideran los incontestables maestros Federico Luppi y Darío Grandinetti, perfectamente secundados por la italiana, aunque residente en Argentina, Antonella Costa (que ya coincidió con Luppi en la magnífica El viento (2005), de Eduardo Mignogna), y la española Mabel Rivera, Goya a la mejor secundaria por Mar adentro (2004), de Alejandro Amenábar, últimamente más activa en la pequeña pantalla.

Stockholm, de Rodrigo Sorogoyen.


Co-director junto a Peris Romano de la poco consistente 8 citas (2008), Sorogoyen ha puesto en pie su segunda película tras recurrir al crowdfunding (microdonaciones), logrando más de 200 mecenas, que hicieron posible el rodaje de esta historia sobre un chico y una chica que, tras conocerse una noche en una fiesta, se enamoran automáticamente y acaban pasando el resto de la noche juntos. Pero a la mañana siguiente, ambos descubrirán que el otro no es quién parecía ser. Esta sinopsis, lejos de ser la de una comedia romántica o un melodrama, invita a cierto optimismo si tenemos en cuenta que sus guionistas, el director más Isabel Peña, confiesan que entre sus referentes se halla la cinta Caché (Escondido) (2005), de Michael Haneke y que pretendían hablar del padecimiento del Síndrome de Estocolmo desde un punto de vista cotidiano.


Confesamos, por nuestra parte, nuestro más que entusiasta interés por tan sugestiva propuesta, de muy bajo presupuesto, y que está protagonizada por la joven y prometedora Aura Garrido, nominada al Goya revelación 2010 por Planes para mañana, de Juana Macías, y Javier Pereira, que regresa a la primera línea con este protagonista, tras unos años recluido en roles secundarios.

El amor no es lo que era, de Gabi Ochoa.


Esta comedia, ópera prima de Ochoa, clausurará el Festival de Málaga Cine Español el próximo sábado 27 de abril. La película, que manejó un presupuesto de 1,1 millones de euros, tiene previsto su estreno en salas el próximo otoño y al programarse en último lugar dentro de la Sección Oficial, tiene muy difícil su acceso al palmarés definitivo.

Según su director, la película "cuenta tres historias sobre tres estadios del amor: un encuentro, un desencuentro y un reencuentro”. En el reparto destacan Alberto San Juan, Blanca Romero, Petra Martínez, Carlos Álvarez NovoaAida Folch y Jose Coronado, que con ésta sumará dos cintas a competición (la otra será Hijo de Caín, de Jesús Monllaó Plana), erigiéndose en uno de los protagonistas de esta edición, puesto que también será galardonado con el Premio Málaga-Sur por toda su trayectoria.