Karra Elejalde regresa el viernes a los cines.

Repasamos la filmografía del actor cuando regresa a la comedia con "Ocho apellidos vascos".

Palmarés XXIII Premios de la Unión de Actores.

"Caníbal", de Manuel Martín Cuenca, una de las vencedoras con 2 premios.

17º Festival de Málaga. Cine Español.

La Sección Oficial está compuesta por 15 largometrajes muy esperados para este 2014.

17º Festival de Málaga. Cine Español.

Seis títulos integran la sección paralela, competitiva, Zonazine, el espacio independiente.

17º Festival de Málaga. Cine Español.

Málaga Premiere y Estrenos Especiales completan la oferta de novedades del certamen.

jueves, 26 de septiembre de 2013

La brujería de Carmen Maura, gloria nacional aparte de Premio Donostia.


Si hay un nombre de un intérprete español que merezca ser declarado la estrella de esta semana es, lejos de toda duda, el de Carman Maura. Primero porque mañana justo llega a las salas su reencuentro con uno de los directores que mejor y más estupendo partido ha sabido sacarle a su corpus interpretativo, Álex de la Iglesia, a cuyo particular universo ha vuelto para protagonizar Las brujas de Zugarramurdi, muy probablemente uno de los títulos clave del año. Y segundo, porque esta misma semana la actriz ha pasado a la historia de nuestro cine por ser la primera mujer española homenajeada por todo lo alto en el prestigioso Festival de San Sebastián, obteniendo uno de los importantísimos Premios Donostia con los que el certamen lleva premiando la labor profesional de intérpretes consagrados, auténticos mitos vivos del cine, consideración de la que ya debería gozar esta auténtica diva de nuestro cine. Por consiguiente, no nos faltan razones para dedicar una retrospectiva a fondo a la trayectoria de esta verdadera gloria nacional.

Tigres de papel (1977).

Estudiante de Filosofía al principio, la bisnieta del político Antonio Maura y Montaner, perteneciente a una familia acomodada y casada en 1966 con el abogado Francisco Forteza Pujol, con el que tuvo dos hijos, se inició pronto en el Teatro Español Universitario como aficionada hasta que el crítico teatral Alfredo Marquerie le aconsejó dedicarse a la interpretación dada su valía. Es así como Carmen Maura decide, sin contar con el apoyo familiar, pasar una buena temporada de formación en café-teatros, numerosos cortometrajes de corte independiente y pequeños papeles en televisión, así como alguna que otra gira teatral con compañías de teatro independientes y de escasa resonancia. Debuta en el cine con un pequeño papel en 1969 a las órdenes de Carlos Serrano en la comedia Las gatas tienen frío. Siguió participando en numerosos filmes de todo tipo, siempre en breves intervenciones, durante la primera parte de los setenta, al mismo tiempo que seguía con su aparición en algunos espacios dramáticos de televisión. Inesperadamente se convertiría en todo un referente para la nueva generación de jóvenes de la Transición al protagonizar las comedias de Fernando Colomo Tigres de papel (1977) y ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste? (1978), en las que representó con gracia y buen hacer el papel de chica 'progre' que se siente completamente atraída por los nuevos valores nacidos con el cambio político del país, a pesar de la educación clásica que la domina. El éxito de ambas cintas la catapultaron a la primera fila del raquítico "star-system" nacional, propiciándole la primera de ellas un premio a la mejor actriz en el Festival de Cine de La Coruña. Pero Maura no se dejó llevar por la buena suerte y siguió apostando por conservar su integridad, participando en otros tantos cortometrajes y también en alguna que otra disparatada opera prima, como fue el caso de Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980), de Pedro Almodóvar.

Con Verónica Forqué en ¿Qué he hecho yo para merecer esto! (1984).

A partir de entonces compaginó su labor para interesantes cineastas del cine español con una estrecha colaboración con el director manchego, que la tomó como su actriz fetiche. Así, alternó trabajos más o menos lucidos en filmes importantes como Gary Cooper, que estás en los cielos (1980), de Pilar Miró, Extramuros (1985), de Miguel Picazo, o Sé infiel y no mires con quién (1985), de Fernando Trueba, con los surrealistas y personales delirios de Almodóvar, que extrajo de ella desconocidos registros en Entre tinieblas (1983) y, sobre todo, ¿Qué he hecho yo para merecer esto! (1984), que aparte de un Fotogramas de Plata a la mejor actriz, la ratificó como una de las estrellas de mayor aceptación crítica y popular de la década, gracias a la inmediata conexión que establecía con el público por la cercanía y la llaneza de su técnica interpretativa. Que el mismo Almodóvar la desperdiciase con un corto, aunque simpático, papel en Matador (1986) importa poco pues ese mismo año llegaba a las pantallas el trabajo con el que la Maura logró depurar formidablemente su alcance dramático en la espléndida Tata mía (1986), de José Luis Borau. Y es que figurar en el mismo reparto que Imperio Argentina y no achantarse ni quedar reducido a escombro es todo un logro y sólo por eso esta mujer debía haber figurado como una de las nominadas al Goya en su edición inaugural. Una ejemplar actuación, aunque no tan buena como la ofrecida por la actriz en su siguiente trabajo a las órdenes del director manchego.

 Con Antonio Banderas en La ley del deseo (1987).

Almodóvar le puso en bandeja el protagonismo “femenino” de su película más masculina, una transexual con ferviente instinto maternal y un extremo odio hacia los hombres en La ley del deseo (1987), actuación que se erigió pronto en toda una lección de interpretación de primera clase. Premiada en el Festival de Cine de Bogotá, por la revista de cine italiana "Ciak" y con otro Fotogramas de Plata a la mejor actriz de cine, pero inexcusablemente ignorada otra vez por la Academia a la hora de componer la lista de nominadas en su segunda edición de los Premios Goya, Carmen Maura regaló para la historia del cine español una soberbia interpretación que se cuenta ya entre las mejores de la década. Un error que la Academia decidió subsanar a lo grande en la tercera edición, año en el que fue miembro de un trío protagonista irrepetible en Baton Rouge (1988), un thriller complejo de Rafael Moleón premiado con cinco nominaciones a los Goya y en el que la actriz brillaba en la piel de esa apasionada y en apariencia ingenua mujer de clase alta dominada por pesadillas violentas y seducida hasta la perdición por un joven treta. A pesar de lo conseguido de su reinterpretación del tipo femme fatale en este recomendable ejercicio de cine negro, con no pocas influencias de Les diaboliques (Las diabólicas) (1955), de Henri-Georges Clouzot, resulta comprensible que la Academia ignorase su trabajo en beneficio del desempeñado en Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988) y es que su anunciada última colaboración con Pedro Almodóvar supuso un deslumbrante recital al que era imposible dar la espalda. Esta magistral creación se erigió pronto en el buque insignia de una trayectoria interpretativa ya de enorme nivel. Dan fe de ello los incontables premios que la actriz llegó a acumular ese año, entre ellos un Premio Nacional de Cinematografía otorgado por el Ministerio de Cultura, el correspondiente a la mejor actriz en los recién instaurados Premios del Cine Europeo (otorgados por la Academia Europea de Cine) o el Fotogramas de Plata, a los que hay que sumar el merecidísimo Goya que la confirmaba como una de las más grandes actrices que había parido este país. 

Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988).

Por el contrario, cansada de soportar la enorme presión a la que la solía someter Pedro Almodóvar durante los rodajes, la Maura dio por concluida su relación profesional con el director después del feliz alumbramiento de Mujeres al borde de un ataque de nervios, la película que, paradójicamente, les llevó a los dos a lo más alto en la esfera cinematográfica mundial, incluyendo la consabida nominación al Oscar en la categoría de película extranjera. Tras el éxito, la estrella pasó todo un año sin dar señales de vida. ¿Había vida después de Almodóvar? La actriz no tardó mucho en acallar los rumores que señalaban un posible declive artístico lejos de la protectora sombra almodovariana y, tras un breve paréntesis, se puso a las órdenes de nada menos que Carlos Saura, probablemente el cineasta español más reconocido internacionalmente después del maestro Luis Buñuel. Para él encarnó, literalmente, a Carmela, la artista ambulante dedicada a entretener durante el conflicto civil al bando republicano junto a su marido Paulino y al muchacho sordomudo que tienen acogido hasta que, en su regreso a Valencia, se pierden en la niebla yendo a parar al territorio nacional, donde serán detenidos. Consciente tal vez de que de esta extraordinaria oportunidad iba a depender el resto de su carrera, la Maura se empleó a fondo alcanzando en su interpretación cotas de maravillosa y soberana perfección que elevan el nivel de ¡Ay, Carmela! (1990) al de casi una obra maestra. Una vez más, puso a sus pies a toda la industria cinematográfica europea, que le concedió un nuevo Premio del Cine Europeo a la mejor actriz. La española no iba a ser menos y, a pesar de la portentosa labor llevada a cabo por Victoria Abril en ¡Átame!, la coronó como la mejor interpretación femenina protagonista de 1990 otorgándole su segundo Goya. Dos importantísimos premios (a los que habría que sumar un nuevo Fotogramas de Plata a la mejor actriz de cine y el Premio del CEC a la mejor actriz) que le cubrían las espaldas a la hora de afrontar la nueva década en solitario, sin la seguridad que debía dar el disponer de una batuta tan firme y rentable como la ofrecida por Almodóvar en los ochenta. 

Con Andrés Pajares en ¡Ay, Carmela! (1990).

Desde el tremendo éxito de ¡Ay, Carmela!, Carmen Maura continuó recogiendo premios y menciones a lo largo de toda la década de los noventa. Tras ser dirigida por Ana Belén en su debut tras las cámaras llamado Cómo ser mujer y no morir en el intento (1991), estuvo en el drama de Félix Rotaeta Chatarra (1991) y en la comedia La reina anónima (1992), de Gonzalo Suárez, antes de hacer las maletas y probar suerte en el cine francés, donde debutó en 1992 protagonizando Sur la terre comme au ciel (Entre el cielo y la tierra), aburrida cinta de Marion Hänsel, por la que la actriz quedó finalista a los Fotogramas de Plata como mejor actriz de cine. Un año después obtuvo una nueva candidatura al Goya como mejor actriz por Sombras en la batalla (1993), de Mario Camus, y volvió a ser reclamada por Francia para la ambiciosa producción Louis, enfant roi (Luis XIV, niño rey), de Roger Planchon. Al principio muy tímidamente, la actriz se fue asentando poco a poco en el cine galo hasta que a finales de los noventa, prácticamente, desarrolló su actividad artística allí, aunque los resultados no fueran especialmente llamativos: Le bonheur est dans le pré (La alegría está en el campo) (1995), de Étienne Chatiliez, agradable y simpática comedia que quedaba muy por debajo de las posibilidades de la estrella; Elles (Ellas) (1997), de Luis Galvão Telles, coproducción con Portugal, una insulsa comedia con mensaje feminista de fondo; Alice et Martin (Alice y Martin) (1998), a las órdenes del prestigioso André Téchiné, en este drama en el que secundaba a una portentosa Juliette Binoche; o Le harem de Madame Osmane (El harén de Madame Osmane) (2000), de Nadir Moknèche, un nuevo drama maternofilial ambientado en Argel.

Con Sergi López en Lisboa (1999).

En nuestro país, por el contrario, siguió sumando a su currículum trabajos para algunos de los más reputados o interesantes cineastas del momento. Retomó su rol de Cómo ser mujer y no morir en el intento para la secuela que dirigió Enrique Urbizu, Cómo ser infeliz y disfrutarlo (1994), con una Maura pletórica; se apuntó a la moda de la comedia "a la catalana" formando un divertido trío junto a Rosá María Sardá y Juanjo Puigcorbé en Pareja de tres (1995), de Antoni Verdaguer; y se bañó de prestigio al ser reclutada por Jaime de Armiñán  para su adaptación de la novela de Eduardo Mendicutti El palomo cojo (1995) y por Manuel Gutiérrez Aragón, que la volvió a unir a Alfredo Landa para poner en pie El rey del río, sereno y emotivo drama familiar. A partir de aquí, se mantuvo alejada de nuestra industria durante tres largos años, anteponiendo ya de una forma bastante explícita su trayectoria en el extranjero. Sólo regresó puntualmente en 1999 para protagonizar el excelente thriller de carretera Lisboa, de Antonio Hernández, por el que la Academia le brindó su cuarta nominación al Goya a la mejor actriz, de nuevo gracias a un trabajo impecable y soberbio, como ya debía ser norma en alguien de su categoría.

La comunidad (2000).

Con el cambio de siglo se produce su primer y feliz encuentro con el irreverente Álex de la Iglesia, quien la escogió para protagonizar su divertida y genial La comunidad (2000), obligándola a adoptar un tono cómico cercano al cómic que la elevó a los altares de todos los cinéfilos. La Maura se comía enterita toda la película y, como recompensa, ganó la Concha de Plata a la mejor actriz en el Festival de San Sebastián. Un galardón que llevaba consigo la posterior consecución el respectivo Goya, que en su caso se convertía en el tercer cabezón a la mejor actriz protagonista, todo un récord. Tremendo éxito antecedió a un inesperado pero agradecido aumento de su actividad para nuestro cine, quizás porque también comenzó a mostrarse menos selectiva que antaño, encabezando los repartos de algunos títulos concebidos únicamente como vehículo de sus incuestionables dotes de actriz. Siguió con notable fortuna adscrita a la comedia, si bien la practicó de modo alocado en Carretera y manta (2000), de Alfonso Arandía, con tintes sociales en El palo (2001), de Eva Lesmes, en un trabajo secundario de irrepetible comicidad; sentimental en Clara y Elena (2001), de Manuel Iborra, manteniendo un formidable duelo interpretativo junto a Verónica Forqué; y referencial en su nuevo encuentro con Álex de la Iglesia, 800 balas (2002). Seguiría un simbólico y encomiable paréntesis dramático con La promesa (2004), de Héctor Carré, donde la actriz volvía a dejar constancia de su estupenda buena forma, para continuar con el género cómico en la fallida Entre vivir y soñar (2005), de Alfonso Albacete y David Menkes, y la coral Reinas (2005), de Manuel Gómez Pereira.

Volver (2006).

Esta alta tasa de ocupación en nuestro cine no menguó su labor más allá de nuestras fronteras, sino que se reforzó con títulos como la argentina El sueño de Valentín (2002), de Alejandro Agresti, o las francesas Le ventre de Juliette (El vientre de Juliette) (2003), de Martin Provost, y la comedia 25 degrés en hiver (25 grados en invierno) (2004), de Stéphane Vuillet. Sin olvidar un papel secundario en la israelita Free Zone (Zona libre) (2005), de Amos Gitai, impactante y reflexiva película sobre el conflicto israelí protagonizada por la estadounidense Natalie Portman. Justo un año después se produjo el gran milagro: su vuelta al cine de Almodóvar, algo que parecía improbable dada la fría y distanciada relación que habían mantenido el director y la actriz tras rodar juntos Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988). El resultado de tan anhelado reencuentro no puede brillar a mayor altura, tanto que Maura ganó, junto a sus compañeras de reparto, el premio a la mejor actriz en el Festival de Cannes. Ausente de las candidaturas al Goya desde que consiguiese su tercer cabezón en el 2000 por La comunidad, su vuelta a casa (que es como podría considerarse su reencuentro con el director manchego, el que la consagró definitivamente allá por los ochenta como una actriz de amplio registro) fue muy bien acogida por la Academia, que le regaló su cuarto Goya, por primera vez como secundaria, de un total de seis nominaciones, igualando en premios a Verónica Forqué, la actriz más premiada hasta ese momento. En Volver (2006), Maura da vida a Irene, la madre de Raimunda y Sole, cuyo fantasma se les presenta a sus hijas para ajustar las cuentas con el pasado. Exenta del glamour y la elegancia que siempre le han acompañado, Carmen se pone las medias por debajo de la rodilla, la bata del pueblo y las zapatillas para alejarse del prototipo de mujer fría, autosuficiente y de alta consideración que siempre le ha acompañado; para ser las raíces del pueblo, la manchega matrona llena de amor y consideración no sólo hacia sus hijas, sino también hacia su vecina Agustina. Sólo Almodóvar podía atreverse a tal cosa. Y la Maura se deja manejar a placer, consciente de tener entre sus manos el mejor papel de cuantos ha incorporado en los últimos años.

Las chicas de la sexta planta (2010).

A partir de aquí, la trayectoria de Carmen Maura pierde fuelle, muy al contrario de lo que todos esperábamos. Al menos, en lo que respecta a nuestra cinematografía, dónde sólo logró atrapar un buen papel en el interesante thriller El menor de los males (2007), de nuevo a las órdenes de Antonio Hernández. Sin embargo, su imagen adquiere más prestigio si cabe en el extranjero, primero por su elección para formar parte del elenco artístico de la exuberante vuelta por todo lo alto de Francis Ford Coppola a la dirección con Tetro (2009) y segundo por la consecución de su primer César, el galardón más importante del cine francés, en calidad de mejor actriz secundaria por Les femmes du 6ème étage (Las chicas de la sexta planta) (2010), de Philippe Le Guay, premio al que sólo había optado anteriormente en una ocasión por La alegría está en el campo (1995). Desde entonces, su labor para el cine francés ha seguido a buen ritmo, protagonizando la comedia Let My People Go! (¡Deja ir a mi pueblo!) (2011), de Mikael Buch, o el thriller Escalade (2011), de Charlotte Silvera, sobre una profesora raptada en su domicilio por cuatro alumnos. En España, apenas se ha dejado tentar para la pequeña pantalla, protagonizando series como Las chicas de oro (2010) o Estamos okupa2 (2012) que en modo alguno la merecen y que, hasta cierto punto, han vendido a la baja el talento y la consideración artística de una de las mejores actrices que ha visto nuestro cine. Algo que parece va a subsanar definitivamente la llegada a los cines de la esperada Las brujas de Zugarramurdi, por la que la actriz suena irremediablemente como favorita en las quinielas a los próximos Premios Goya.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Jorge Sanz aún sigue siendo el actor más joven en ganar un Goya al Mejor Actor Principal.


Avanzamos en nuestro particular repaso por las candidaturas interpretativas de los Premios Goya en toda su historia entrando de lleno en la correspondiente al Mejor Actor de la cuarta edición, que premiaba los mejores trabajos interpretativos vistos a lo largo del año 1989. En esta ocasión, se mantuvo en cinco el número de trabajos nominados, aunque dos de ellos pertenecían al mismo intérprete, que ni aún así logró hacerse con el cuarto Goya de la historia al Mejor Actor, que fue a parar a las manos del intérprete no solo más joven de la terna, sino también de la todavía corta historia de los Premios Goya en una decisión desconcertante pues la Academia declinó la posibilidad de premiar como hubieran merecido dos de los mejores trabajos interpretativos vistos en el Cine Español de los ochenta.


Ser el actor más joven en ganar un Goya en la categoría principal es la marca que aún sigue en manos de Jorge Sanz. Fue gracias a Si te dicen que caí, su nueva colaboración con Vicente Aranda tras participar en El Lute II, por la que había sido finalista al Goya secundario de la edición anterior. El que ahora nos ocupa es un trabajo que parece una continuación de aquél que desempeñara en El año de las luces (1986), de Fernando Trueba, y que el intérprete resolvió convenientemente aunque a grandes rasgos no supusiera ningún reto interpretativo. Sin embargo, son dignas de aplauso el visible realismo sobre el que Sanz ejecuta su juego actoral y la serenidad con la que lleva a cabo toda la peripecia de su personaje, un joven trepa y astuto que malvive prostituyéndose mientras intenta localizar a la amante de su hermano, erigiéndose en el protagonista absoluto de las fantasías e historias, denominadas en el relato “aventis”, de los niños del barrio protagonista. Por desgracia, su trabajo se resiente de la confusión reinante en la película, pero Jorge Sanz acierta al no desprenderse de ese toque entre inocente e infantil al mismo tiempo que lleva a cabo la exposición dura y cruel de los actos de un personaje en verdad antipático. Este trabajo le consagró definitivamente y le convirtió en el actor joven más solicitado del cine español, a lo que contribuyó la lluvia de premios que cayó sobre él: Fotogramas de Plata al mejor actor de cine, premio al mejor actor por RNE de Cataluña, un nuevo premio al mejor actor en el Festival de Nîmes, el Premio Sant Jordi y el Premio Conseil d'Etat en el Festival de Ginebra, a los que hubo que sumar más tarde el otorgado por la Asamblea de Directores y Realizadores Cinematográficos y Audiovisuales (ADIRCAE) y este sorprendente Goya a la mejor actuación masculina protagonista a sus escasos 20 años de edad en la que era su tercera nominación, un hecho sin precedentes en la historia de estos premios, que aseguraba para el intérprete una nueva década repleta de oportunidades para seguir apuntalando el talento insinuado hasta la fecha y, de paso, seguir acumulando premios por doquier.


El vencedor "moral" de aquel cuarto Goya al Mejor Actor es justo reconocer que no fue otro que Juan Diego, que obtenía su segunda nominación al meterse de lleno en la piel de San Juan de la Cruz en el filme de Carlos Saura La noche oscura, ofreciendo del místico poeta carmelita un retrato admirablemente tangible y empático y es que en las complejas pieles de un personaje de estas características, Juan Diego ponía en pie su interpretación desde la sencillez y la humildad de un hombre corriente encerrado de manera indefinida en una celda por sus hermanos frailes, contrarios a sus ideas reformistas. Con honda transparencia, el intérprete se sometía literalmente a un descomunal tour de force que iba más allá del subrayado físico de algunas secuencias, alcanzando cotas de verdadera maestría en los incesantes recitados de sus poemas en los que se extasía su personaje en la soledad de su celda. Eludiendo para nuestro gozo una innecesaria hagiografía del santo, Juan Diego se recrea en el misticismo y lo esotérico que caracterizó la biografía del personaje real para justificar en su actuación la grandilocuencia y la intensidad de algunos pasajes de la película, sin que este exceso en las formas llegue jamás a perjudicar un trabajo compositivo de primer orden, cabalmente estudiado en todos sus aspectos y que ponía de manifiesto la inclinación del intérprete a profundizar hasta extremos incomprensibles en los interiores torturados de sus personajes. Premiado en el Festival de Cine de Bearritz con el premio al mejor actor, debería haber ganado sin disputa alguna el correspondiente Goya al que fue finalista.


Justo después quién más debía haberse llevado el cabezón aquel año fue el maestro Fernando Fernán Gómez, debido a la grandeza y enormidad de sus trabajos en 1989, dos magníficas interpretaciones que obtuvieron un sorprendente e insólito reconocimiento y es que, por primera y (hasta la fecha) única vez en la historia de los Premios de la Academia, Fernán Gómez tuvo que competir contra sí mismo por el Goya al mejor actor principal, figurando candidato además en los apartados de dirección y guión adaptado por El mar y el tiempo. Un logro que sólo podía conseguir este actor convertido ya en un veterano superviviente, de persistente carisma e indomable carácter, Premio Nacional de Cinematografía precisamente aquel 1989. El mar y el tiempo es un bello y hondo retrato social y familiar de la España de finales de los sesenta, dirigido por él mismo y basado, a su vez, en una novela suya, en el que Fernán Gómez se reservaba el papel masculino protagonista para estamparnos un personaje absolutamente gris y casi intrascendente, un hombre maduro que hace tiempo perdió los ideales que le caracterizaron en su juventud y que vive un presente autómata, manejado por los intereses de su actual compañera sentimental y de sus hijas ya mayores, ante los que su Eusebio siempre reaccionará de buena gana, sin pararse a pensar ni importarle si quiera las consecuencias negativas que los actos de éstas puedan acarrear a sí mismas o a la propia familia. Estoico y sumamente sobrio, sin subrayados dramáticos de ningún tipo, Fernando Fernán Gómez nos obsequiaba un trabajo que raya en la perfección, sobre este hombre sin aspiraciones ni ambiciones de ningún tipo que, debido a la sensible cercanía con la que lo afronta el intérprete, inspira pronto una ciega compasión en el espectador.


En un registro absolutamente dispar a éste, en Esquilache, de Josefina Molina, Fernán Gómez llevaba a cabo una interpretación solemne y magistral. Verdadera alma de la ambiciosa producción de la directora, el intérprete se hacía inmortal, cinematográficamente hablando, exponiendo con brillantez el particular calvario sufrido por su personaje titular, un “soñador para el pueblo”, en palabras de Antonio Buero Vallejo, al que el pueblo rechazó de cuajo, un hombre que Fernán Gómez nos presenta sumamente decepcionado, emocionantemente desolado siempre, aunque aún conserve la firme convicción de la conveniencia de sus reformas para el Estado Español. Porque el Esquilache de Fernán Gómez es un hombre seguro de sí mismo, aunque tocado por el indulgente matiz de una sensibilidad arrolladora, sensibilidad que el contrastado arte de la estrella exponía sin traba alguna, logrando la identificación inmediata del público con su, paradójicamente, impopular personaje. Sobrio, convenientemente ajustado siempre, pero a la vez tierno y doliente, es imposible imaginar a otro actor para representar de modo tan magnífico semejante tesitura emocional como lo hace Fernando Fernán Gómez en Esquilache.


El último en discordia obtenía su tercera nominación consecutiva después de haber ganado el premio en la primera. Y es que Alfredo Landa reincidía en la lucha por el cabezón gracias a su protagonismo en el drama de aventuras El río que nos lleva, de Antonio del Real, intento por parte de nuestra cinematografía de abordar un género auténticamente cinematográfico y que se materializaba en una floja cinta donde la aventura y la acción quedaban siempre eludidas a favor de un estatismo acartonado y letárgico. Lo que podía haber sido una estimulante obra de género, se quedaba en un desdibujado estudio sobre unos personajes demasiado estereotipados, sometidos a los peligros que conlleva su entusiasta ocupación: el transporte de enormes troncos de madera por la cuenca del río Tajo. Pero el viaje de estos míticos gancheros nos es ocultado casi por completo, predominando en la película redundantes escenas sobre sus frecuentes paradas en tierra firme en las que Landa destaca para bien sobre el resto de intérpretes, ahondando una vez más en su lado más serio y severo como el cabecilla leal y sensato del grupo, brillando con sus frecuentes silencios y sus expresivos ojillos allí donde ni la puesta en escena del director pretende entusiasmar. De todos modos, el decepcionante resultado final de la película juega en contra del trabajo de la estrella, que pierde valor y consideración con secuencias como la del bochornoso tiroteo final y su tercera nominación al Goya se nos antoja más producto de la alta estima que le profesaba la práctica totalidad de la industria.

Los Olvidados.


También un año después del trabajo que le llevó a aspirar al Goya, José Soriano volvió a marcarse una interpretación soberbia en nuestras pantallas como el hermano exiliado de El mar y el tiempo, de Fernán Gómez, un antiguo revolucionario que, paradójicamente, al volver a España tras haber construido toda una vida en Argentina, sólo encuentra la decepción que le provoca el comprobar que todo lo que conocía, todo aquello que añoraba en sus largos años de ausencia, ha cambiado irremisiblemente. El contagioso dinamismo que raya en lo infantil y la entrañable cercanía en los que el intérprete sostiene todo su trabajo, convierten la contemplación de la actuación de José Soriano en una deliciosa experiencia, no exenta de una considerable hondura, pues sobre él y la decepción que experimenta su personaje, ejecuta su director y autor el terrible y desolador discurso sobre la memoria, sobre su pérdida (voluntaria o no), que sostiene toda la película. En suma, un trabajo admirable que debió colocar al actor, por segundo año consecutivo, entre los finalistas al Goya.


Otro trabajo de gran altura se lo marcó José Sacristán con su protagonismo en la comedia coral El vuelo de la paloma, de José Luis García Sánchez, componiendo con admirable y estoica flexibilidad a un personaje fracasado y desilusionado que afronta su vida con inusitada desfachatez, de borrachera en borrachera, ganándose el sueldo gracias a sus “trabajos” como (falso) testigo en los juicios del trepa de su hermano. Con estudiada aprehensión, Sacristán se convierte con muy poco esfuerzo en uno de los mejores argumentos para visionar esta película, gracias al enérgico y naturalizado despliegue cómico del intérprete, que emerge de una conveniente y consistente sobriedad, muy apegada a esa tipología de hombre de izquierdas, aquí de clase obrera, tan presente en toda su filmografía. El vuelo de la paloma supuso, además del reencuentro con el mejor Sacristán, un nuevo desencuentro entre intérprete y Academia, que volvió a dejarle fuera de los nominados al Goya, siendo su ausencia aún más significativa si tenemos en cuenta que la gran mayoría de sus compañeros de reparto en el filme sí quedaron finalistas.


De dos veteranos de tal calibre, pasamos a un absoluto debutante: Manuel Bandera, protagonista de la celebrada Las cosas del querer, de Jaime Chávarri. Y aunque es cierto que ante el grandioso nivel finalista al Goya en 1989 resulte temerario proponer el trabajo realizado por Manuel Bandera en este melodrama musical ambientado en la posguerra española, no lo es menos que su labor al frente de ese cantante homosexual de desinhibida existencia, permanentemente vigilado por un régimen que no toleraba comportamientos de raigambre liberal como el suyo, resulta estimulante. Pasando por alto las concomitancias que el dibujo de Mario Ruiz pudiera tener con el caso real del malogrado cantante Miguel de Molina, la afilada presencia de este intérprete, de perfil griego y rotunda mirada, así como la agradable seguridad con la que desfila por la pantalla resultan elementos más que suficientes para dar verosimilitud al personaje, en el que el actor proyecta una soberana altanería, idónea para transmitir la despreocupada insolencia con la que debe responder a los requiebros del marqués, así como la soberana petulancia, no exenta de simpático encanto, con la que se hace el dueño y señor del escenario en los abundantes números musicales. Es ahí donde la actuación de Manuel Bandera en Las cosas del querer gana enteros, permitiéndose el actor brillar descaradamente merced a un registro vocal muy atractivo, así como a una apertura emocional considerable que eleva dos de ellos a una categoría suprema: el ensayo de "Te lo juro", que el actor utiliza de excusa para llevar a cabo una sentida y doliente declaración de amor, y su debut en solitario interpretando "La bien pagá", donde rezuma una insoportable energía provocada por un indescriptible remolino emocional proyectado hacia sus compañeros de reparto a través de esa mirada de expresiva fuerza. Aunque esta intensidad dramática alcanzada por Bandera en los pasajes musicales no se corresponde con la leve demostración realizada en el resto del filme, donde mantiene siempre una línea sencilla y discreta de actuación, logrando una composición correcta, un tanto perjudicada por cierto agarrotamiento corporal achacable quizás a su condición de novel, pero notablemente humana y certera en la exposición de unos sentimientos que por el bien propio convenía mantener bien escondidos, cabe hablar de su trabajo en Las cosas del querer como uno de los debuts cinematográficos más destacados de los vistos en la década de los ochenta, refrendado con sendas nominaciones al mejor actor en los Premios Sant Jordi y en los Fotogramas de Plata.


También es digno de mención Sancho Gracia, gracias a prestar toda su hombría para dar fuste dramático al musical racial de Montoyas y Tarantos, de Vicente Escrivá, representación frustrada de nuestro cine en los Oscar de aquel año en la que Sancho Gracia encarnaba con imponente severidad al cabeza de los Montoya, una rica familia gitana, en esta singular actualización del clásico “Romeo y Julieta” de William Shakespeare. Y aunque la mayor parte de su trabajo se adhiera irremisiblemente al tópico de padre autoritario e inflexible, Gracia lo ejecuta con estudiada solidez, erigiéndose pronto en lo más destacable de un reparto en general poco consistente, en lo que a recursos dramáticos se refiere, y cuyo máximo exponente es la desacertada elección de la pareja de actores protagonistas que dan vida a los jóvenes enamorados. Frente a ellos, a Sancho Gracia le basta con muy poco para comerse por completo la pantalla, fundando terror y congoja con el empleo de una fría y odiosa mirada al mismo tiempo que se gana el beneplácito del espectador en su encuentro con la matriarca de los Tarantos, interpretada con ahínco racial por la bailaora Cristina Hoyos, en el que el intérprete incorpora a su trabajo un palpable dolor y la manifestación de un orgullo herido, lo que desvela la dosis necesaria que nos hace intuir el pasado sentimental que une trágicamente a ambos personajes. En definitiva, una buena y consistente actuación que, por qué no, hubiera podido meterlo en la lucha por un correspondiente Goya.


Un año más (e iban cuatro consecutivos) resulta obligado hablar de Eusebio Poncela en esta lista de olvidados y es que este 1989 gozó de un sobrado protagonismo en la oscura y curiosa ópera prima de Xavier Villaverde, Continental, un intento de cine negro con desafortunada herencia publicitaria, muy bien planificado pero finalmente artificioso, en el que Poncela encarnaba a ese capo de la mafia llamado Otálora, asesino de su predecesor y rival por el control de la prostitución y el contrabando de su antiguo amigo Ventura, encarnado por el actor francés Féodor Atkine. Con su acostumbrada sobriedad y llevando a cabo un eficaz uso de esa mirada suya tan característica, enigmática y penetrante, Eusebio Poncela lograba un trabajo preciso y calculado, sin desmarcarse en ningún momento y por ningún aspecto de las directrices marcadas por la Historia del Cine para este tipo de personaje, de gran repercusión dentro del género. En definitiva, un trabajo idóneo para las características interpretativas de las que había venido haciendo gala el intérprete y que, a pesar de la relativa sencillez del mismo, permite incluirle una vez en la lista de intérpretes olvidados al Goya gracias a la frívola maldad y a la despótica crueldad que el actor logra insinuar tras sus sinuosos y seductores ademanes.

viernes, 20 de septiembre de 2013

La animación y el terror nacionales asaltan la cartelera.

¡¡¡Ya es viernes!!! El viernes de "la vuelta al cole", no para los infortunados críos, que ya vivieron ese trágico y, para algunos (los más masoquistas) anhelado momento, sino para este servidor y sus fieles (o eso quiero pensar yo) seguidores. Después del largo descanso estival, ha llegado el momento de retornar al trabajo, con energías renovadas y también algo más serenas. Y como manda(ba) la tradición, el viernes es el turno para los estrenos. A diferencia de la época pasada, esta nueva etapa la vamos a dedicar en exclusiva al CINE ESPAÑOL, por ello no encontraréis aquí más información que la referente a las novedades patrias que aterrizan hoy mismo en las salas.

La peli del finde.


Saludada por todos los interesados como la gran apuesta del año en lo que a la animación española se refiere, aterriza hoy Justin y la espada del valor, de Manuel Sicilia, que debuta así en solitario en la dirección de largometrajes después de haber dirigido a dos manos junto a Raúl García El lince perdido (2008). Distribuida por Sony, que la lanza a lo grande (sobre todo tratándose de una película de animación, para más inri, española) en 311 salas, 136 copias analógicas y 223 en soportes digitales, de las que 201 se exhibirán en 2D y 110 en 3D, todo hace pensar que estamos ante el nuevo Tadeo Jones de la taquilla nacional, aunque tal y como leemos en el blog de Juan Herbera, Justin no posee el apoyo publicitario que tuvo Tadeo y su presupuesto también es inferior, lo que nos hace mantenernos algo más cautos en cuanto a lo que se refiere a sus aspiraciones comerciales. ¿Y en lo referente a sus aspiraciones al Goya?

Ambientada en un mágico mundo medieval, Justin y la Espada del Valor trata sobre un chico, el personaje titular, cuyo mayor sueño trata de hacer realidad a toda costa: convertirse en caballero. Este corto y sencillo argumento servirá para poner en pie una aventura de corte familiar que, según leemos en algunas críticas que ya hemos encontrado por la red, no logra enganchar como debiera. Según la web HoyCinema: "Técnicamente es un trabajo impecable, de escenario, luces y voces con los que arropar a los personajes, pero la historia se queda corta, muy corta, y su simpleza y falta de originalidad la deja en terreno llano, sin un mínimo de vuelo.", mientras en LaButaca terminan lanzando una baza a su favor al señalar que "donde realmente encuentra Justin y la espada del valor su esencia y simpatía es en las bondades del discurso que la empapa, total y absolutamente enfocado a los chavales y también, en cierto modo, a los niños grandes".


División de opiniones pues para esta película que viene respaldada por el internacional Antonio Banderas, quien no sólo presta su voz a uno de los personajes principales, sino que efectúa labores de productor como ya hiciera en su día con el anterior filme de Sicilia, el ya mencionado El lince perdido. Junto a Banderas, esta vez sólo encontramos en el reparto la voz de un intérprete conocido, Inma Cuesta, algo poco habitual para este tipo de producciones, sobre todo si tenemos en cuenta el abultado y espléndido elenco que presta sus voces en la versión anglosajona: Freddie Highmore (Justin), Rupert Everett, Alfred Molina, Saoirse Ronan, Julie Walters, Charles Dance y Olivia Williams.

Terror made in Spain.


La oferta nacional se complementa este fin de semana con la llegada a las salas de dos producciones adscritas al género fantástico. Ambas de bajo presupuesto y dirigidas a públicos muy seleccionados. La primera de ellas es Para Elisa, ópera prima del conquense Juanra Fernández rodada íntegramente en su ciudad natal y cuya premisa argumental no deja de cautivar nuestro interés: cuenta la historia de cómo una tarde cualquiera para una joven estudiante que cuida de una inocente niña, se puede convertir en su última tarde. Esto sucede al traspasar el umbral del tercero izquierda, una puerta que conduce directamente a la boca del mal. Las imágenes de su tráiler promocional poseen fuerza y generan tensión, lo que nos hace pensar que tal vez estemos ante uno de los debuts más estimulantes del año, con serias opciones para Fernández en la categoría a la mejor dirección novel en los próximos Premios Goya.


Sin todavía haber podido echarle un ojo a ninguna crítica sobre la película, habrá que estar muy atentos para no perdérsela a su paso por la cartelera pues su distribuidora, la independiente Splendor Films, la saca sólo con 30 copias para todo el territorio nacional. Protagonizada por la semidesconocida Ona Casamiquela, a la que pudimos ver en un papel secundario en Eva (2011), de Kike Maíllo, Para Elisa cuenta en el reparto con intérpretes consagrados como la televisiva Ana Turpin, Luisa Gavasa o el genial Enrique Villén.


El último de los estrenos de ficción de este viernes es la independiente, producida por su propio director a través de su productora Brutal Box, Omnívoros, de Óscar Rojo, cineasta absolutamente outsider en nuestra industria, que vuelve dos años después de darse a conocer con su impactante ópera prima Brutal Box (2011) con un producto dispuesto para paladares verdaderamente exquisitos, a tenor de lo que podemos vislumbrar tras visionar su tráiler promocional. La película cuenta cómo un prestigioso crítico gastronómico acepta el encargo de escribir un reportaje sobre la reciente aparición de “restaurantes clandestinos”. Su investigación le llevará a descubrir que en uno de ellos se organizan reuniones furtivas de canibalismo a cambio de grandes sumas de dinero. Tal premisa, que reincide en un tema que dentro de poco abordarán otras dos propuestas nacionales de próximo y esperado estreno como Las brujas de Zugarramurdi, de Álex de la Iglesia, y Caníbal, de Manuel Martín Cuenca, parece no haber dejado indiferente a nadie.

Con un reparto que lidera Mario de la Rosa y en el que intervienen pocos rostros realmente conocidos, entre los que destacan Fernando Albizu, Elisa Matilla o el televisivo Paco ManzanedoOmnívoros ha levantado verdaderos sentimientos encontrados. Los hay desde los que la aman, como bien comprobamos al leer las críticas publicadas en CinemaBites ("plantea un interesante caso del uso del poder en manos de determinadas personas a través de unos personajes del que sólo se nos dan breves pinceladas de su pasado y que somos nosotros los que debemos reconstruir el presente") o en Cine Maldito ("desvela un estilo formal que logra condensar en apenas segundos una imponente atmósfera sin necesidad de refugiarse especialmente en la imagen o en lo que el cineasta muestra en ella (...), más bien centrándose en la lograda ambientación que, acompañada por una omnipresente banda sonora siempre que la acción lo requiere, funciona con la suficiente convicción"); hasta los que sin tapujos la defenestran, tal y como leemos en LaButaca ("una caspa soporífera sobrecargada de ínfulas mesiánicas de adoctrinar punzando la moral del respetable (...), decorada con un espectro técnico que no es sino una acumulación de indignidades cinematográficas") o en la web HoyCinema ("tal vez haya un par de ideas interesantes sobre la gastronomía oriental, pero lo cierto es que la película no te abre las ganas, ni de comer ni de ver cine").


A su debido tiempo y como corresponde a mi compromiso adquirido con este, nuestro cine, valoraremos en su justa medida estos títulos y emitiremos nuestro propio juicio sobre ellos, que en modo alguno será complaciente. Por lo pronto, buen fin de semana y nos vemos en el cine.

¡¡Un saludo, Sinvergüenzas!!

jueves, 19 de septiembre de 2013

Un canto al AMOR con sabor a gaseosa.


Con la práctica totalidad de la prensa especializada rendida a sus pies y con cifras de taquilla en verdad esperanzadoras (fue la película española que mejor media de recaudación obtuvo por copia el fin de semana de su estreno), es lógico y razonable que a uno le dé por pensar que se encuentra ante una de las que podría considerarse pequeña joya del cine patrio en este 2013. ¿Estábamos ante el debut del año en el cine español? Nada más lejos de la realidad, señoras y señores. No nos llamemos a engaño, que Barcelona, nit d'estiu (Barcelona, noche de verano), debut en la dirección de largometrajes de Dani de la Orden, se queda en las antípodas de los grandes e inolvidables debuts con los que, por suerte, nuestro cine nos sorprende año sí y año también. ¿Quiere decir esto que estamos ante una película mala? En absoluto, lo único que pretendo decir es que la película no merece ni por asomo el tremendo beneplácito suscitado entre los críticos.


Si bien comparto la opinión generalizada acerca de que se trata de un filme cuya mayor virtud es su falta de ambiciones, que sin tabúes de ningún tipo se atreve a hablar de un tema tan manido y mil veces defenestrado en el cine como es el AMOR (sí, sí, en mayúsculas) y hacerlo además sin rodeos, abordándolo desde una óptica marcadamente romántica, edulcorada y hasta cursi, sin que por ello se le caigan los anillos; también disiento de tal al creer que dicha virtud nada en un mar de aceite si observamos con detenimiento los pilares sobre los que se sustenta todo el edificio. Para empezar, un guión no ya sólo poco trabajado, donde apenas detectamos la más mínima profundidad en la descripción de personajes y situaciones, sino absolutamente esquemático, que bebe y se emborracha de los clichés más recurridos en este tipo de producciones para dar forma a los conflictos y a los caracteres de los distintos personajes protagonistas de estas seis historias cruzadas, obteniendo un mejunje que no molesta por lo trillado, sino por su escasez de inventiva y su inequívoca y soporífera previsibilidad.


Ninguna de las historias de amor, desamor o tensión sexual no resuelta brilla precisamente por un desarrollo audaz o, por lo menos, novedoso. Sólo existen destellos de algo realmente bueno en algunos contados momentos de la película (el descubrimiento de la paternidad y la responsabilidad que conlleva en un caso, la confesión amorosa de dos amigos vía juego etílico en otro, el adoctrinamiento amatorio de una niña a su hermanastro retraído en última instancia), que terminan siendo perjudicados por el segundo gran defecto de la cinta: una puesta en escena más cercana a los dogmas de un spot publicitario que a los de un auténtico y veraz ejercicio cinematográfico. Barcelona, nit d'estiu se la juega a ganar a través de un montaje desequilibrado, una colección de estampas de bonito acabado visual y una música sentimental y algo melancólica para acompañar emocionalmente no a los personajes ni mucho menos a las imágenes, sino a los entregados espectadores que, todo hay que decirlo, se quedarían fríos durante el visionado si no escuchara de fondo las bonitas canciones de Joan Dausà (también presente en el reparto como protagonista de una de las historias).


Las seis historias se terminan quedando vacías, huecas, embargadas por la misma emoción que desprenden los anuncios de Coca-Cola, de efecto instantáneo y más rápido olvido, dejando a Barcelona, nit d'estiu muy lejos de todos los referentes cinematográficos a los que alude, consciente e inconscientemente (incluso desde la confección del mismo cartel) en su predecible transcurrir y ni donde una historia tan, a priori, subversiva como la de la pareja de futbolistas homosexuales alcanza la altura crítica que tan a gritos pedía, produciendo casi más sonrojo por la resolución caricaturesca de la misma que por la falta de química establecida entre sus dos intérpretes (Àlex Monner y Luis Fernández). Apartado este, el de la interpretación, en el que no hay actores que puedan destacar por la obvia razón de lidiar todos ellos con personajes que no van más allá de una simple y estereotipada máscara de roles establecidos. Sólo la televisiva Bárbara Santa Cruz logra hacerse un hueco en nuestra cinefilia por dotar a su personaje (y a su historia) de un componente diferenciador: una más que agradecida autoironía, plasmada gracias a la sutil y soslayada vis cómica con la que afronta la práctica totalidad de su participación.



Puntos fuertes a los Goya 2014:
- Mejor Actriz Revelación: Bárbara Santa Cruz.

martes, 17 de septiembre de 2013

Fiel al momento actual, "La gran familia española" también anda en crisis.


Tiene el cine de Daniel Sánchez Arévalo la virtud de hablarnos sin tapujos y sin pudores de aspectos decididamente incómodos y de difícil digestión para el ser humano normal y corriente, pero siempre desde una perspectiva impunemente tragicómica, lo que ha dotado siempre a sus películas de un alma, una especie de vida propia, desmarcándolas del grueso de la producción nacional del momento y significando pequeños oasis en un desierto donde la comedia y el drama difícilmente se dan la mano o, al menos cuando lo hacen, no llegan a encajar, a ensamblarse de forma sincronizada. La gran familia española, cuarto largometraje del joven realizador, sigue jugando en la misma liga que los anteriores, pero, muy a nuestro pesar, se queda por debajo de las expectativas, no solo las impuestas por una campaña promocional ciertamente envidiable (con preselección a los Oscar incluida), sino a las debidas por una filmografía previa en verdad estimulante y en la que, aún hoy, sobresale como su mejor obra aquella imperfecta pero brillante película que fue Gordos (2009).


Porque a diferencia de esta última, en La gran  familia española Sánchez Arévalo vuelve a intentar conjugar elementos dispersos inherentes a géneros tan dispares como son la comedia y el drama pero sin alcanzar el equilibrio descorazonador que imperaba en su segunda película. Así, la comedia naufraga en sus múltiples intentos por arrancarnos carcajadas, con gags y guiños al slapstick más clásico metidos con calzador (el personaje de Raúl Arévalo, en un cameo que podrían haberse ahorrado), así como enredos sentimentales y existenciales que no alcanzan la altura de los grandes ejemplos de la comedia romántica a los que de manera inevitable tiende a hacer referencia sutil, desde Annie Hall (1977), de Woody Allen, al (500) días juntos (2009), de Marc Webb. Ni tan siquiera poseen el efecto cómico deseado los entresijos familiares protagonistas, donde el director pierde pulso y deja florecer un desagradable gusto por lo grotesco y lo chabacano en detrimento del más que necesario costumbrismo, lo que invalida su más que patente reminiscencia al cine de Wes Anderson.


De este modo, al director le sale finalmente una película coja, donde lo único que verdaderamente funciona es la parte dramática de la propuesta, precisamente por su contrastado saber hacer en lo que a la expresión de las emociones se refiere. En esos momentos, donde se imponen los sentimientos y se nos hace un perceptible nudo en la garganta es cuando La gran familia española echa a volar y adquiere la categoría de gran película con la que tanto nos la han venido vendiendo. Pero no son los únicos, posee una especial fuerza la secuencia de la confesión por parte de los jóvenes novios, montada en montaje paralelo de descacharrante alcance cómico o la inspirada encadenación de planos tras el triunfal gol de Iniesta en el Mundial 2010 que sirve como agente externo y catalizador del drama personal de los protagonistas. Es también en esos momentos cuando más defraudados nos sentimos, al comprobar el potencial de un director y guionista que comienza a dar signos de falta de inspiración, incapaz de redondear como él bien sabe un argumento con bastante y muy buena chicha como este y donde deja entrar desde variopintos y rancios clichés sobre el cine de, para y con adolescentes, hasta incluso una subtrama poco justificada y altamente desaforada como la del robo. Imperdonables desajustes para un director que con su cuarta obra debía estar ya por encima de tales ínfulas más propias de un novel.


Pero a Sánchez Arévalo le salvan el cuello, en parte, un plantel de actores en perpetuo estado de gracia, como viene siendo norma en su cine desde aquél estupendo debut que fue AzulOscuroCasiNegro (2006). Desde el siempre ajustado Antonio de la Torre hasta un contenido Quim Gutiérrez, pasando por una magnífica (como es norma) Verónica Echegui o el concurso de un ya otoñal pero admirable Héctor Colomé, no se le pueden poner casi peros al trabajo coral interpretativo de una película que, por fortuna, sabe ponerse al servicio de sus intérpretes y dejarles aire y espacio para trabajar. Esto se nota especialmente en el descubrimiento de la cinta, con permiso de un competente Patrick Criado: el actor teatral Miquel Fernández, que se alza pronto como lo mejor de la película gracias a un matizado, preciso y pormenorizado retrato de su personaje, de sus neuras y sus traumas, acertando hasta el más mínimo gesto en su exposición de las mismas. El que haya sido incluida dentro de las cuatro finalistas a representar a España en los próximos Oscar nos hace pensar en las muchas posibilidades que tiene La gran familia española entre las favoritas a los próximos Premios Goya, algo que parece sostenerse una vez vista la cinta más por su valor mediático que por sus virtudes intrínsecas, aunque si algo había de quedar, sin duda, que sea la revelación de Miquel Fernández.


Puntos fuertes a los Goya 2014:
- Mejor Película.
- Mejor Director: Daniel Sánchez Arévalo.
- Mejor Guión Original: Daniel Sánchez Arévalo.
- Mejor Actor Secundario: Antonio de la Torre.
- Mejor Actor Secundario: Héctor Colomé.
- Mejor Actriz Secundaria: Verónica Echegui.
- Mejor Actor Revelación: Miquel Fernández.
- Mejor Actor Revelación: Patrick Criado.
- Mejor Actriz Revelación: Arantxa Martí.
- Mejor Música Original: Josh Rouse.
- Mejor Fotografía: Juan Carlos Gómez
- Mejor Montaje: Nacho Ruiz Capillas.
- Mejor Sonido: Carlos Faruolo.

El Goya 1988 a la mejor actriz puso a Carmen Maura al borde de un ataque de nervios.


Llegamos al final del repaso por las candidaturas interpretativas de los Premios Goya 1988 con la correspondiente a la mejor actriz principal. Una categoría díficil de evaluar, sobre todo teniendo en cuenta que nos ha sido remotamente imposible localizar y visionar como se merecía otro de los cinco trabajos interpretativos nominados, como también nos sucedió en la categoría secundaria del año inmediatamente anterior (1987). A pesar de esto, no nos cabe la menor duda de que el tercer Goya de la historia a la mejor actriz fue también el primero absolutamente merecido, pues con él se premió una de las actuaciones más emblemáticas del cine español de los 80 y, por extensión, también uno de los hitos artísticos de una de las más grandes actrices de nuestro país.


Ninguneada como pocas en las ediciones precedentes, donde figura como una de las olvidadas más destacadas, Carmen Maura logró resarcirse de tanto agravio gracias, de nuevo, a Pedro Almodóvar, que le regaló otro de sus grandes papeles para el cine en Mujeres al borde de un ataque de nervios y es que su anunciada última colaboración con el manchego supuso un deslumbrante recital al que era imposible dar la espalda. Bajo la amargada y angustiada piel de Pepa, esa actriz de doblaje abandonada por su amante el mismo día que conoce la noticia de que está embarazada, Carmen Maura se elevaba a los altares cinematográficos del momento exponiendo sin tapujos toda la sinrazón obsesiva por la que deambula su desesperado personaje, brillando tanto en los breves e iluminados momentos de reafirmación interna de su rol, imbuido por una más que digna necesidad de superación, como, sobre todo, en los más recurridos abatimientos sentimentales de una mujer herida y decepcionada, aunque todavía enamorada. No posee el trabajo de la estrella un solo “pero” que indicar, todo en él resulta perfectamente medido y calibrado, dando forma a un perfecto y milimétrico tour de force, rebosante de emoción incluso en algunos momentos de inconfundible patetismo, que terminó de enmarcarla como una de las más destacadas intérpretes del panorama cinematográfico español. Esta magistral creación en Mujeres al borde de un ataque de nervios se erigió pronto en el buque insignia de una trayectoria interpretativa de enorme nivel. Dan fe de ello los incontables premios que la actriz llegó a acumular ese año, entre ellos un Premio Nacional de Cinematografía otorgado por el Ministerio de Cultura, el correspondiente a la mejor actriz en los recién instaurados Premios del Cine Europeo (otorgados por la Academia Europea de Cine) o el Fotogramas de Plata, a los que hay que sumar este merecidísimo Goya que la confirmaba como una de las más grandes actrices que había parido este país. Por el contrario, cansada de soportar la enorme presión a la que la solía someter Pedro Almodóvar durante los rodajes, la Maura dio por concluida su relación profesional con el director después del feliz alumbramiento de Mujeres al borde de un ataque de nervios, la película que, paradójicamente, les llevó a los dos a lo más alto en la esfera cinematográfica mundial, incluyendo la consabida nominación al Oscar en la categoría de película extranjera.


Desde el mismo momento del anuncio de las nominaciones, el Goya a la mejor actriz debía tener nombre propio. Sin embargo, si hubo alguien aquel año que podía disputar a la vencedora una batalla de igual a igual fue Victoria Abril,  a la que la Academia premió con su tercera nominación al Goya consecutiva por su trabajo en el thriller Baton rouge, de Rafael Moleón, donde en ese papel de falsa psiquiatra seducida por un pelagaitas, la actriz llevaba a cabo con brillante convicción todo un homenaje a la figura mítica del cine negro de la femme fatale, intensificando con una fiera mirada y un porte soberbio el lado oscuro de un personaje lleno de aristas y que la actriz sabe matizar a conveniencia para generar el necesario despiste en el espectador en aras de la sorpresa final. Implacable, cruel, una verdadera devora hombres que sabe bien cómo jugar sus cartas incluso invitando a la compasión en ese terrible y nada esperanzador último plano, abrazada entre temblores al inspector de policía. En definitiva, otra impecable y magnífica demostración del arte de Victoria Abril bien sustentado por esta tercera nominación al Goya.


También con bastantes opciones debía haber partido la protagonista de Caminos de tiza, de José Luis Pérez Tristán, otro de los títulos malditos del cine español de los 80, hoy totalmente olvidado y desconocido para el gran público, pero que permitió aspirar a un Goya a María Fernanda D'Ocón, intérprete múltiplemente galardonada y homenajeada por su excelsa labor teatral y con escasa trayectoria cinematográfica para la que éste suponía su primer y único papel netamente protagonista en la gran pantalla. De nuevo como una monja, esta vez dedicada a la enseñanza, que buscaba reencontrarse con sus tres alumnas predilectas tras conocer la noticia de su próxima muerte, la D'Ocón se apuntaba un deslumbrante y emotivo éxito personal acometiendo su trabajo desde una agradecida naturalidad, alejando a su rol del cliché al que podía haber quedado reducido gracias a una entusiasta actitud no exenta de un feliz infantilismo. De este modo, su Madre Mercedes se convierte en el vehículo perfecto para seguir con buen ánimo este drama sensible y emotivo, tendente por momentos a cierto sentimentalismo edulcorado, algo que la actriz sabe sortear de manera estoica a través de una mesurada y metódica contención, con las lágrimas siempre humedeciendo esos ojos inmensamente comunicativos, rozando en algunos solemnes y brillantes momentos algo parecido a la perfección dramática, sobre todo en aquellos que comparte mano a mano junto a un estupendo también Jesús Puente. Por suerte para todos, la Academia tuvo a bien incluir este preciso y tierno trabajo de esta dama de la escena entre las cinco finalistas al Goya de aquella tercera edición, pues sirve así la posibilidad de recuperar y no pasar en balde un filme que merecía mayor repercusión de la que le ha dado el paso del tiempo, además de significar un importante e inesperado reconocimiento del cine a una verdadera eminencia del teatro.


Poco más se puede decir de una categoría en la que también figuraba nominada, también por primera vez la estrella Ana Belén, gracias a la comedia ligera Miss Caribe, de Fernando Colomo, donde se mostraba resuelta y encantadora como esa recatada maestra valenciana que por herencia se convierte en propietaria de un barco-burdel en pleno Caribe. Y aunque le comiese casi todos los planos el desparpajo natural de su compañera Chus Lampreave, Ana Belén cumplió con creces su cometido y rebosó naturalidad y frescura, exentos casi por completo de ese afectado divismo que había venido perjudicando sus anteriores trabajos, motivo por el que resulta justificado el que lograse ser nominada por fin al Goya a la mejor actriz, aunque vista con ojos actuales su nominación parezca responder más a las necesidades de rellenar huecos dentro de las cinco candidatas en la categoría que a una recompensa netamente artística.

La quinta nominada fue, por segunda vez, Ángela Molina, gracias a la película Luces y sombras, de Jaime Camino, una película mal acogida en su presentación en el Festival de Venecia de aquél año, como leemos en la pertinente crónica encontrada en El País y que nos ha sido imposible localizar.

Las Olvidadas.


1988 no sólo fue el año en el que la Academia coronó a Carmen Maura como la mejor actriz de cine, sino que además también fue el año en el que la misma estrella debía ser mencionada como una importante olvidada para la misma categoría gracias a Baton rouge (1988), un thriller complejo de Rafael Moleón premiado con cinco nominaciones a los Goya y en el que la actriz brillaba en la piel de esa apasionada y en apariencia ingenua mujer de clase alta dominada por pesadillas violentas y seducida hasta la perdición por un joven treta, y con la que exponía sin tapujos todo el arsenal erótico que poseía como mujer arrolladoramente carnal, evolucionando ante la cámara dominada por una cautivadora y penetrante lascivia. A pesar de lo conseguido de su reinterpretación del tipo femme fatale en este recomendable ejercicio de cine negro, con no pocas influencias de Les diaboliques (Las diabólicas) (1955), de Henri-Georges Clouzot, resulta comprensible que la Academia ignorase su trabajo en beneficio del desempeñado por su compañera en el reparto Victoria Abril, con mayores y mejores dosis de lucimiento en la gran pantalla.


Pero Maura no sería la única de las candidatas definitivas con múltiples opciones aquel año, también la Abril hubiera podido quedar finalista con la hilarante protagonista que desempeñó en El juego más divertido, de Emilio Martínez Lázaro, una actriz de culebrones televisivos desesperada por encontrar un lugar y un momento en el que poder quedarse a solas con su amante, su también compañero de trabajo. Se puede decir que la película pertenece enteramente al trabajo de la Abril, que llevaba a cabo una interpretación tocada por una espontaneidad desbordante y logrando aparecer en cada una de sus escenas infinitamente divertida, dejando bien claro, de paso, que no hay nadie mejor que ella para hacer creíbles escenas de cama tan arriesgadas como las que protagoniza. Sin embargo, ante tan inolvidable recital de indescriptible comicidad, la Academia optó por seleccionar a la intérprete por un trabajo algo más intenso.


Perjudicada por el olvido casi general que sufrió su película de cara a las nominaciones a estos Premios Goya 1988, la bastante desconocida actriz aragonesa María José Moreno pasó desapercibida gracias al papel protagonista de La Tacón, la madame de un prostíbulo, en el estupendo thriller El aire de un crimen (1988), de Antonio Isasi Isasmendi, y con el que la actriz se adueña irremisiblemente de la pantalla en cada una de sus intervenciones como esa mujer chantajista y embaucadora, víbora sigilosa que sabe mudar de una piel dulce y acaramelada a la de una descomunal arpía con sólo unos segundos de margen, como dan fe su primera aparición junto a una joven Maribel Verdú o sus posteriores y continuados encuentros con Fernando Rey. Un trabajo interpretativo de magistral consecución que suponía la encarnación más perfecta y sublime de una auténtica femme fatale (y van...) que había dado la producción nacional en toda su historia y que, dado el flojo nivel en materia de interpretaciones femeninas protagónicas vistas aquélla temporada, bien le podría haber valido una nominación al Goya.


Por último, es digno incluir en esta lista a una de las más firmes promesas del cine nacional de finales de los 80, Aitana Sánchez Gijón, quién supo aprovechar la oportuna llegada de un primer papel protagonista en Viento de cólera, de Pedro de la Sota, aunque por su delicado y refinado aspecto parecía improbable que la joven actriz pudiese llegar a encarnar con la necesaria convicción un rol como el de María, que requería una gran preparación física para desenvolverse fácilmente por el escarpado bosque que su personaje conoce como si se tratara de la palma de su mano, al haberse criado en él desde pequeña. Y no sólo por esta razón, sino también por las dificultades que puede acarrear para un intérprete no preparado la complicada accesibilidad a una localización determinada y la posterior desenvoltura que éste debe demostrar en escenas donde prima la acción de los personajes. Sánchez-Gijón demostraba estar muy por encima de las impresiones generadas por su frágil aspecto de muñeca y se impuso con pasmosa convicción a todos los tipos de obstáculos por los que tuviera que atravesar su personaje. Serena y sobria, Aitana pisa firme sobre la maleza de los escenarios naturales del Valle de Baztán, asentando a cada zancada un gramo imperceptible de un talento interpretativo que se nos antojaba ya sumamente suculento. Viéndola en pantalla, uno tiene la sensación de que esa joven ha vivido en ese hermoso y otoñal paraje toda su corta existencia. Es tal la fuerza con la que la actriz se apropia no ya sólo del escenario, sino de los elementos y animales que lo habitan, así como también de las harapientas ropas que la visten, que la verosimilitud de la propia película llega a resentirse cuando ella no está en el plano. Lograda la apropiación física de su personaje, Aitana se podía permitir el lujo de no esforzarse lo más mínimo a la hora de presentarlo a los espectadores y dedicarse a dar vida fílmica al constringente temor que va empujando a su rol una constante rebelión hasta el final. Para ello, su mejor arma fueron sus enormes, oscuros y fieros ojazos, significativamente expresivos y que, para la ocasión, exponían en pantalla registros tan variados como un terrible desconcierto, al que sigue un miedo preocupante que cristaliza en incauta cólera. Y ya en la parte final, cuando los roles se invierten y es ella la que acosa al malvado, florecían en sus pupilas unas brillantes llamas que anticipaban un desenlace que es tal gracias a ese coraje reflejado en su rostro. Con un punto salvaje e incivilizado, Aitana supo responder emotivamente en la intimidad de su personaje, logrando con su sola presencia que una escena tan gratuita como aquella en la que muestra sus senos, resplandezca dentro del conjunto, debido al alto grado de privacidad expuesto por la actriz. Sin que el riesgo asumido a la hora de filmar una violación pudiera ya sorprendernos, debido a la eficacia que demostró en Jarrapellejos (1988), de Antonio Giménez Rico, en una escena mil veces más brutal, el trabajo global de Aitana Sánchez-Gijón brillaba con luz propia en Viento de cólera, razón por la que fue premiada con el Premio Francisco Rabal en la Semana de Cine Español de Murcia y por la que no habría estado nada mal una primera candidatura al Goya a la mejor actriz.

lunes, 16 de septiembre de 2013

¡Maldita resaca!


El cine de terror para adolescentes viene adoleciendo en los últimos años de una cierta falta de inventiva, una palpable escasez de ideas realmente originales que tiene su origen en la propia naturaleza del (sub)género, donde es difícil desmarcarse de lo establecido y acertar con una reinvención de la fórmula. El slasher, que es como se denominó al género allá por los 80 cuando los estadounidenses copiaron y banalizaron a los célebres giallos italianos, no es que esté de capa caída, sino que parece dar poco margen de maniobra a sus perpetradores para revitalizar, innovar y dar alas al género. Y España no iba a ser una excepción. De ello da buena cuenta el último ejemplo cinematográfico que desembarcó el pasado viernes en las carteleras de nuestro país. 


Este After party posee una premisa argumental decididamente irónica y bastante suculenta: un joven, guapo y chulito ídolo de masas televisivo se queda encerrado en una casa laberíntica tras una devastadora fiesta junto a tres fans adolescentes y a un asesino armado con cuchillo y que viene a imitar los asesinatos acaecidos en la serie de TV que le ha hecho famoso. Esta idea de partida se malgasta al poco de comenzar porque queda demasiado patente desde el principio que After party no va a rozar ni tan siquiera la posibilidad de aprovechar la ocasión para construir una crítica, o por lo menos un atisbo de ella, acerca del mundillo del famoseo televisivo y sus persistentes fans en edades hormonales. Lo que es peor, ni mucho menos se toma todo el asunto con un mínimo de perspicacia y afronta tan terrible suceder de acontecimientos "terroríficos" con la voluntad de reírse de sí misma, algo que en su día hizo muy grande al inicio de la saga Scream (1996), de Wes Craven.


Es más, el grado de insensatez se alcanza cuando, pasada la mitad del metraje, desaprovechando un giro de guión no por esperado y bastante previsible, menos eficaz, su director, el debutante Miguel Larraya se atreve a virar el tono de su criatura y After party abandona los trillados senderos del terror con cuchilladas por el del thriller asfixiante y claustrofóbico en virtud del escenario único en el que transcurre la trama. Y si en la primera parte, Larraya se había desenvuelto con corrección, a pesar de una equivocada y tramposa planificación en aras del giro posterior, tras éste, el director pierde fuelle y estampa su película contra un muro, primero al demostrarse incapaz de generar tensión y atmósfera dentro de un registro que requiere de tales para funcionar y, segundo, con una resolución final definitivamente soporífera.


Larraya no sólo no logra levantar su película con su oficio, sino que además demuestra poseer poco tino en la dirección de actores, pues no hay ni uno solo de los pocos intérpretes de la cinta que no patine en su trabajo ante las cámaras, empezando por el protagonista, el televisivo Luis Fernández, y terminando por los cameos de Úrsula Corberó (en una secuencia inicial que remite directamente y sin tapujos a la que abría Scream) y Pilar Rubio, sin olvidarnos del grupo de quinceañeras protagonistas, a cada cual más desajustada, dando forma a algo que se acerca más a una representación teatral de un colegio de primaria que a un trabajo interpretativo realmente serio y profesional. 


Puntos fuertes a los Goya 2014:
- Ninguno.

lunes, 17 de junio de 2013

"Blockbuster", con Manolo Zarzo, ya tiene tráiler.



Blockbuster, la película que podría este año significar la primera nominación al Goya de un astro de la interpretación de la categoría de Manuel Zarzo, ya tiene tráiler. Se trata de la segunda película de Tirso Calero, tras su desapercibida y de estilo casi amateur Carne cruda (2011). Un homenaje cinematográfico a los actores y al séptimo arte, siguiendo los pasos de un veterano actor (Zarzo), una auténtica gloria nacional, aquejado de una enfermedad terminal, que decide participar en un corto de ciencia-ficción que dirigen unos jóvenes 'frikis'.

Rodada a caballo entre Alicante y Galicia, la película recupera además para la gran pantalla a otros tantos veteranos de nuestro cine: Luis Varela, María José Alfonso, Jesús Guzmán, Guillermo Montesinos o Fernando Esteso, dos años después de estar en boca de todos por su regreso en tono autoparódico en Torrente 4 (2011), de Santiago Segura. Además, supone la gran oportunidad del popular Adam Jeziersky, famoso gracias a la serie adolescente Física o química, de efectuar su primer protagonista neto en el cine.