jueves, 28 de marzo de 2013

El Primer Goya a la Mejor Actriz Secundaria fue el Primer Goya de Verónica Forqué


Regresamos al año 1986 y echando un vistazo a la producción nacional nos damos cuenta de que sí, las tres finalistas al Goya a la mejor actriz secundaria fueron verdaderamente acertadas, pero que también hubo otros trabajos destacados que pasaron sin pena ni gloria por aquella Primera Edición de los luego tan importantes galardones. Ha llegado la hora de sacar del olvido no sólo los tres trabajos interpretativos que lucharon por aquél primer Goya, sino también a algunos de los que, para nada, hubiesen desmerecido tal honor. Repasamos las mejores actrices de reparto de 1986:


Y comenzamos por la intérprete que terminó triunfando en aquella primera entrega de premios, una joven Verónica Forqué, que ya ganaba su primer Goya en la edición inaugural gracias a El año de las luces, su segundo encuentro con Fernando Trueba, donde el director se sirvió del significativo timbre de voz de la actriz y de su sonrisa inocente y llena de ilusiones para crear de la nada a una enfermera jefe obligada, por los principios del régimen y los ideales que ella comparte, a ejercer una especie de sacerdocio en un preventorio para niños menores de 12 años, mientras la consumen por dentro unas fuerzas descomunales que le aprietan el vientre y le ahogan la garganta, ante las cuales reacciona a través de un hermetismo agrio y cortante, como tratando con ello de erradicar el latente pecado que amenaza con desestabilizar su apacible existencia. Los ojos acuosos de la Forqué se esmeraron al exponer generosamente y sin ningún tipo de tabú la represión sexual de esta mujer, visible sobre todo cuando mira a sus interlocutores varones con un fulgor erótico difícil de pasar por alto incluso detrás de esa pose gélida y autoritaria que caracteriza a su personaje a lo largo de toda su intervención. Es la de Verónica Forqué una composición realmente admirable, sobre todo por la valentía demostrada por la actriz al asumir el riesgo que suponía incorporar un personaje que podía ser fácilmente incomprendido y mal juzgado. Expuestos sin fisuras todos los recovecos que hacen de su Irene un personaje tan atractivo ya en la primera escena en la que aparece, debido al matizado retrato que ofrece de ella la intérprete, Verónica se limita desde entonces dejarse llevar por las líneas marcadas desde el guión, que la obliga a seguir fingiendo con autoritaria y distante curiosidad ante el resto de personajes mientras cae rendida en la desoladora verdad que esconde en su interior cuando queda a solas. En estos pocos, pero valiosos momentos, Trueba otorga a la Forqué sus mejores ocasiones de lucimiento, exhibiendo la actriz una vena dramática llena de una apacible emotividad que surge de la cercanía con la que está construido todo el personaje. El llanto desconsolado sobre la cama se convierte en una escena impagable debido a la desbordante desnudez con la que la actriz se adueña de ese momento privado y evoluciona corroída por la angustia y la desesperación que se han adueñado del alma de Irene. Esta presencia secundaria adquiere así una categoría superior dentro de la película, tanto que permanece en la memoria mucho tiempo después del visionado de la cinta. Es mérito absoluto de la estudiada candidez con la que la Forqué se adentró en los pormenores de su pequeño rol y nos los descubrió de par en par, con una fe ciega depositada tanto sobre su director como sobre sí misma y su enorme talento de actriz. El primer Goya a la mejor actriz de reparto de la historia cayó, merecidamente (¡qué duda cabe!), en sus manos y abrió las puertas de la cinematografía nacional a una Verónica Forqué que no tardaría mucho en consolidarse como una de las primeras figuras femeninas del cuadro interpretativo español de finales de los ochenta.


El año de las luces logró aquel primer año goyesco algo que, más tarde, llegaría a ser habitual en estos premios: dos actrices de reparto nominadas por la misma película. A Verónica Forqué, la acompañó en tremenda lid nada menos que Chus Lampreave, a la que Trueba también supo sacarle una interpretación de gran altura, incorporando a una maestra beata, autoritaria y fascista, de primario e intratable carácter, que reacciona ante cualquier tipo de provocación hecha una auténtica fiera, con impetuoso temperamento, dejando constancia de un mal íntimo y secreto guardado en su interior, que bien podría ser algún tipo de represión de índole sexual. Lampreave aparece agria, irracionalmente severa y hasta cierto punto castradora, dando forma a un personaje estereotipado que en sus manos adquiere la frescura y la garra de la que carecía sobre el papel: no hay ninguna intención por parte del guión en alcanzar una posible y necesaria humanización de su rol, pues siempre nos la muestran respondiendo al arquetipo que la ha visto nacer. Con tan poco material, no es de extrañar que el trabajo de la actriz caiga por momentos en una acusada sobreactuación, ya que lo único que parece interesar al realizador es mostrar la ignorante y ridícula crueldad del tipo de personaje al que representa su maestra Tránsito. Pero Lampreave ya era más lista que el hambre y dejó que en esos puntuales momentos de descontrol aflorara la maravillosa vis cómica que siempre le ha caracterizado, transformando sus escasas intervenciones en los momentos más altamente disfrutables, por divertidos, de la película. Así, se hace imposible pensar en otra actriz capaz de arrancar una carcajada mayor de la que ella consigue por sí sola al gritar "¡Esto es un motín!" o al forzar inesperadamente a todos a bailar una jota en mitad del campo para evitar que se siga bailando agarrados. La actriz hace del desmadre su arma arrojadiza para quedar impresa en nuestra memoria y utiliza la estricta rigidez que pedía a gritos su Tránsito para desplegar un registro abrupto y tajante, visiblemente impostado y a veces caricaturesco, sí, pero que nos daba una idea del inmenso repertorio dramático que llevaba consigo la gran Chus Lampreave. Que perdiera el primer cabezón de la historia en favor de su compañera de reparto poco importó al cabo del tiempo, pues logró asentarse con pies de plomo como una de las más populares y carismáticas actrices de reparto de nuestra industria.


La tercera en discordia vino a ser una de las más grandes y consagradas intérpretes de nuestro teatro y nuestro cine: la gran María Luisa Ponte, que participaba además en tres de las cintas nominadas. Su candidatura la ganó gracias a El hermano bastardo de Dios, de Benito Rabal, donde la portentosa intérprete ejecutaba con sobriedad y con no poca entereza las escasas escenas que protagonizaba, desplegando una arrolladora energía en la primera parte de su intervención para, inesperadamente, encogernos el alma con la sobrecogedora reacción de su personaje ante la terrible noticia que contiene una de las cartas que recibe del frente de batalla. Inesperadamente porque, teniendo en cuenta lo previsible que resulta tal hecho dentro del argumento, María Luisa logra con su trabajo superponerse al texto y marcarse todo un recital en poco menos de un minuto. Inmensa es la palabra. Teniendo en cuenta el triunfo final (3 Goyas) de El viaje a ninguna parte, de Fernando Fernán Gómez, en la que también participaba con un pequeño (injustamente pequeño) papel, resulta extraño que la Academia no eligiese esta actuación para incluirla como una de las tres finalistas al premio a la mejor actriz secundaria y sí seleccionase a tal efecto su trabajo en El hermano bastardo de Dios, quizás también quedaron fuertemente impresionados por esa trágica y dolorosa escena que antes mencionábamos.

Las Olvidadas.


Entre los olvidos más flagrantes de aquél año se encuentra el de la veterana actriz de culto, musa de Luis Buñuel, Margarita Lozano, a la que tras varios años alejada de nuestra cinematografía, recuperó Manuel Gutiérrez Aragón en La mitad del cielo, donde encarnaba a esa abuela vigorosa y sumamente tierna, con no pocos poderes mágicos, que se convierte en un pilar esencial dentro del argumento de la película, sin lugar a dudas uno de los elementos esenciales de la misma. En su piel, Margarita Lozano realizaba un trabajo sereno y deslumbrante, dotado de una magia y un encanto inolvidables, y lograba que todas sus escenas se erigieran en algunos de los momentos más bonitos y hermosos de La mitad del cielo. Con sabiduría y sin alardes de ningún tipo, la Lozano se comía la pantalla ella solita, logrando que lo estrambótico y surrealista de su personaje pasase por resultar fascinante y conmovedor y que el espectador sintiese desconsolado la pena inmensa de su desaparición a poco más de la mitad de la película. Un auténtico regalo de esta diva al cine español que los responsables del film se encargaron de “ensuciar” al doblar la voz (bronca y de timbre característico) de la intérprete, razón que quizás justifique su ausencia dentro del grupo de actrices nominadas al Goya a la mejor interpretación femenina de reparto. Un “crimen” doble que a pesar de todo no afecta a la enorme consideración debida a esta actriz ni tampoco al sublime trabajo logrado en La mitad del cielo.


Pero Lozano no fue la única gran actriz olvidada aquél año. Es obligado acordarse también de Rafaela Aparicio. Su participación en el film de Trueba se quedó en muy poca cosa debido al esquemático dibujo que presentaba su personaje ya en el libreto original y, claro está, por las escasas ocasiones de lucimiento de las que disponía. No obstante, la actriz, fiel a su estilo, supo aprovechar la ocasión y robar para sí unos cuantos planos en la piel de esa vieja gruñona, cocinera del preventorio, esposa del conserje al que da vida Manuel Alexandre, cuya relación es lo más destacado de su intervención en la cinta, ya que entre los dos nos proporcionan un delicioso espectáculo de hiriente y amoroso sentido del humor, beneficiado por la adorable compenetración existente entre la pareja de intérpretes, que ya quisieran para sí otras parejas 'de hecho' más jóvenes del cine español. A diferencia de Emilio, el rol de Rafaela queda en mera comparsa de su marido, objeto constante de las burlas de éste ante las que la Aparicio siempre reacciona refunfuñona, llamándole "mamarracho", en un recurso cómico que por reiteración acaba funcionando perfectamente siempre. La hondura, así como la gracia y el desparpajo otorgados por la Aparicio a sus cortas intervenciones sacan al personaje del segundo plano invisible en el que se habría quedado en manos de otra actriz. Una nominación al Goya como actriz de reparto por El año de las luces para una intérprete de su valía no habría estado nada mal y mucho menos si se debe a un trabajo cómo este.


Vicky Peña llevaba cinco años alejada de las cámaras cinematográficas cuando el director Jaime Camino la llamó para dar vida a la mismísima Carmen Polo de Franco en Dragón rapide, película en la que, figurando en los créditos con su nombre aún sin abreviar, la actriz logró una convincente creación de la esposa del futuro dictador español, a pesar de contar con pocos minutos para el lucimiento. Quizás fuese ésta la razón por la que su contenida, aplicada y estudiada interpretación fue pasada por alto por la Academia. Con su cuello de jirafa, su boca grande y su cabeza pequeña, Vicky Peña demostró aquí que se encontraba perfectamente dotada para iniciar un seguro y exitoso porvenir cinematográfico como actriz de carácter, después de foguearse su trayectoria en todo tipo de roles en el marco televisivo. En Dragón rapide conseguía, con muy pocos elementos, reflejar la comprensión, el cariño y el conocimiento exhaustivo que profesa su personaje hacia su marido y del que carecía el film mismo. Carmen Polo fue probablemente la persona que mejor conoció al dictador y la química que la actriz establece con Juan Diego, su oponente en pantalla, evidencia una relación afectiva basada más en la lealtad a unos votos matrimoniales que al amor romántico, aportando ese pequeño toque de humanidad que a todas luces pedía una historia como Dragón rapide.


Es justo recordar en este apartado el primer encuentro de una de las actrices de teatro más importantes de nuestro país con el director Vicente Aranda. Hablamos de Margarita Calahorra, que debutaba con Aranda aquel 1986 con una pequeña pero lucida intervención en Tiempo de silencio, como la madre iletrada de la joven gitana muerta tras practicársele un aborto en pésimas condiciones. Su personaje, la Ricarda, se pasea durante todo el film detrás del cuerpo de su hija, al que desea dar tierra como Dios manda cuanto antes, así llora y se lamenta desconsoladamente no sólo en el lúgubre velatorio, sino también junto a la puerta del tanatorio donde han trasladado el cadáver para practicarle una autopsia. Es tan desangelado ese llanto y tanto dolor expresa, que la Calahorra convierte a su personaje en uno de los puntos clave de la película de Aranda, cobrando vital importancia al final, cuando retenida en la comisaria, su testimonio libera al protagonista de la prisión. Hay que alabar la decisión de Aranda de otorgarle a ella este trágico y bonito personaje, que bien podría haberla llevado a luchar por el Goya a la mejor actriz de reparto.


Y si pudieron competir dos actrices por El año de las luces, también la crónica sobre la Guerra Civil a través de la mirada de un niño que fue El hermano bastardo de Dios podía haber obtenido una doble nominación en esta categoría y es que, con muy pocas escenas a su favor, Terele Pávez supo apoderarse de ellas y resultar de lo mejor de una película en la que daba vida a un personaje harapiento y enloquecido, una mujer borracha que vagabundea por las calles maldiciendo y blasfemando y que, para salir del apuro económico en el que se encuentra, no tiene reparos en vender a uno de sus hijos a una familia pudiente. Le ofrecían poca cancha para poderse lucir en la piel de Ramona, pero la Pávez supo hacerse notar en la única escena importante que protagoniza: en la tienda de alimentación, cuando con el dinero que ha sacado de la venta de su hijo puede por fin saldar la deuda que allí tiene. Con lo dada que sería posteriormente la Academia a nominar en la categoría secundaria a intérpretes con empeños tan o más pequeños que el suyo en El hermano bastardo de Dios, bien hubiese podido la Pávez ser una de las primeras finalistas en la categoría en la edición inaugural de los Premios Goya.


Como también podría haberlo sido Julieta Serrano. Y es que aquél año Pedro Almodóvar volvió a ficharla para otro papel secundario en su descompensada película Matador, donde la actriz demostró lo bien que casaba dentro del universo personal del director manchego, de nuevo en un registro de mujer madura, fría y cruel, con notables desequilibrios interiores, que los ojos perspicaces de la actriz lograron exponer sin titubeos de ninguna clase, comiéndole la película a los verdaderos protagonistas. No fue nominada al Goya pero ganó, no obstante, el premio a la mejor actriz en el Festival de Cine Fantástico de Oporto, a pesar de la escasa extensión de su participación en la película.

Reacciones:

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Para mí el Goya a la mejor actriz de reparto hubiese distinto en los siguientes años.

1986- Margarita Lozano (La mitad del cielo)NO NOMINADA
1987- Esperanza Roy (Divinas palabras) NO NOMINADA
1988- María Barranco (Mujeres al borde de un ataque de nervios) GANADORA REAL
1990- Loles León (Átame) SOLO NOMINADA
1993- Rossy de Palma (Kika) SOLO NOMINADA
1999- Julieta Serrano (Cuando vuelvas a mi lado)
En este caso se premió en esta categoría a María Galiana por "Solas" que para mí debería haber ido en categoría protagonista como ganadora.
2003- Mónica López (En la ciudad) SOLO NOMINADA
2006- Blanca Portillo (Volver) SOLO NOMINADA
2007- María Vázquez (Mataharis) SOLO NOMINADA
2008- Ana Wagener (El patio de mi cárcel) Fue propuesta como actriz revelación ese año, pero era más coherente incluirla en actriz de reparto al ser una veterana.
2009- Bárbara Lennie (Los olvidados) NO NOMINADA
2010- Carmen Machi (Pájaros de papel) NO NOMINADA
2011- Goya Toledo (Maktub) SOLO NOMINADA
2012- Aina Clotet (Los niños salvajes) NO NOMINADA

Juanma Martín dijo...

Iremos analizando, poco a poco, cada categoría cada año. Y sí, muchas de las que mencionas (entre las olvidadas) estarán incluidas (doy fe) en nuestra selección. XD
Es lo que tienen los Goya... Dan para mucho debate...