lunes, 5 de marzo de 2012

El coraje de Maribel Verdú


Ahora que vuelve a los cines con su trabajo en De tu ventana a la mia, el debut de Paula Ortiz, por el que (aún sin haberse estrenado comercialmente), Maribel Verdú ha vuelto a ser finalista al Goya en la categoría de reparto sumando su octava nominación (está a una de igualar a la más nominada en la historia de los cabezones: Victoria Abril); recuperamos el trabajo que la rescató del olvido cinematográfico abriéndole una trayectoria posterior pletórica, colmada de buenos e intensos protagonismos que confirmaron la excelente categoría de la Verdú.

Nueve años tuvieron que pasar para que los académicos volvieran a acordarse de una de nuestras mejores intérpretes, a la que habían ninguneado desde que sobrecogiese a todo el mundo con su desgarrado trabajo en La buena estrella (1997), de Ricardo Franco. No obstante, su rol en El laberinto del fauno, del mexicano Guillermo del Toro, la reconcilió con la Academia a tiempo para reactivar una carrera cinematográfica que podía empezar a peligrar. En la misma línea que la magistral creación que realizó la simpar Lola Gaos en Furtivos (1975), de José Luis Borau, la sirvienta de un terrorífico militar franquista que colabora a hurtadillas con la resistencia maqui, donde milita su propio hermano, está tratada por la Verdú con una contundencia y una sangre fría insólitas hasta ahora en los trabajos anteriores de la actriz. 


Temerosa y frágil, la Verdú saca un coraje y una rabia descomunales, perdiéndose en las entrañas de su rol, al que devora desde dentro y nos lo escupe en la cara para dejar constancia de la maravilla de actriz que se estaba perdiendo el cine español. Una actriz capaz de hacer suyo un insólito acento aragonés, de representar en su persona y con una absoluta franqueza el sentimiento de libertad que caracteriza a los oprimidos, y, en definitiva, de emocionar y encoger el alma sólo con una lágrima escapándose de sus enormes y expresivos, impresionantes, ojos. Ganadora del Premio Ariel (el Oscar mexicano) a la mejor actriz por esta actuación, es una lástima que coincidiera en la final goyesca con el portento de Penélope Cruz en Volver y que el tamaño de su intervención no la corone como absoluta protagonista del filme puesto que estamos ante una actuación demasiado pequeña como para, a través de ella, premiar la inmensa valía de Maribel Verdú, a quien sin desmerecer en absoluto su extraordinario trabajo en Siete mesas (de billar francés), de Gracia Querejeta, por el que ganó (¡por fin!) el Goya a la mejor actriz un año después, es seguro que éste Goya también fue, en cierto modo, compensación a su derrota por esta nominación con El laberinto del fauno, un premio  ganado a pulso debido también a su extensa e intensa trayectoria.


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