lunes, 16 de septiembre de 2013

¡Maldita resaca!


El cine de terror para adolescentes viene adoleciendo en los últimos años de una cierta falta de inventiva, una palpable escasez de ideas realmente originales que tiene su origen en la propia naturaleza del (sub)género, donde es difícil desmarcarse de lo establecido y acertar con una reinvención de la fórmula. El slasher, que es como se denominó al género allá por los 80 cuando los estadounidenses copiaron y banalizaron a los célebres giallos italianos, no es que esté de capa caída, sino que parece dar poco margen de maniobra a sus perpetradores para revitalizar, innovar y dar alas al género. Y España no iba a ser una excepción. De ello da buena cuenta el último ejemplo cinematográfico que desembarcó el pasado viernes en las carteleras de nuestro país. 


Este After party posee una premisa argumental decididamente irónica y bastante suculenta: un joven, guapo y chulito ídolo de masas televisivo se queda encerrado en una casa laberíntica tras una devastadora fiesta junto a tres fans adolescentes y a un asesino armado con cuchillo y que viene a imitar los asesinatos acaecidos en la serie de TV que le ha hecho famoso. Esta idea de partida se malgasta al poco de comenzar porque queda demasiado patente desde el principio que After party no va a rozar ni tan siquiera la posibilidad de aprovechar la ocasión para construir una crítica, o por lo menos un atisbo de ella, acerca del mundillo del famoseo televisivo y sus persistentes fans en edades hormonales. Lo que es peor, ni mucho menos se toma todo el asunto con un mínimo de perspicacia y afronta tan terrible suceder de acontecimientos "terroríficos" con la voluntad de reírse de sí misma, algo que en su día hizo muy grande al inicio de la saga Scream (1996), de Wes Craven.


Es más, el grado de insensatez se alcanza cuando, pasada la mitad del metraje, desaprovechando un giro de guión no por esperado y bastante previsible, menos eficaz, su director, el debutante Miguel Larraya se atreve a virar el tono de su criatura y After party abandona los trillados senderos del terror con cuchilladas por el del thriller asfixiante y claustrofóbico en virtud del escenario único en el que transcurre la trama. Y si en la primera parte, Larraya se había desenvuelto con corrección, a pesar de una equivocada y tramposa planificación en aras del giro posterior, tras éste, el director pierde fuelle y estampa su película contra un muro, primero al demostrarse incapaz de generar tensión y atmósfera dentro de un registro que requiere de tales para funcionar y, segundo, con una resolución final definitivamente soporífera.


Larraya no sólo no logra levantar su película con su oficio, sino que además demuestra poseer poco tino en la dirección de actores, pues no hay ni uno solo de los pocos intérpretes de la cinta que no patine en su trabajo ante las cámaras, empezando por el protagonista, el televisivo Luis Fernández, y terminando por los cameos de Úrsula Corberó (en una secuencia inicial que remite directamente y sin tapujos a la que abría Scream) y Pilar Rubio, sin olvidarnos del grupo de quinceañeras protagonistas, a cada cual más desajustada, dando forma a algo que se acerca más a una representación teatral de un colegio de primaria que a un trabajo interpretativo realmente serio y profesional. 


Puntos fuertes a los Goya 2014:
- Ninguno.

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